La Inmaculada, Patrona de España

¿Quieren saber por qué la Inmaculada Concepción es la Patrona de España? En este artículo, encuadrado en nuestra sección de historia de la Iglesia, tienen la respuesta

La Inmaculada, Patrona de España, Rev. D. Vicente Ramón Escandell

Es conocido por todos el hecho de que la Inmaculada Concepción es la Patrona principal de España y de la Infantería española. Este hecho responde a la profunda devoción que en tierras hispanas se ha manifestado siempre a la Virgen María, hasta el punto de que San Juan Pablo II llego a definir a nuestra Patria como “tierra de María”.

Pero, como llego a ser la Virgen María, bajo la advocación del misterio de su Inmaculada Concepción patrona de España, cuando, por ejemplo, el patrocinio del Apóstol Santiago tenía un mayor arraigo en la historia de España desde la Edad Media. La defensa de la doctrina de la Inmaculada Concepción durante la Edad Moderna, tanto bajo los Asturias como bajo los Borbones, explica, en parte, que la Inmaculada Concepción llegara a ser proclamada por Carlos III patrona de España, en un siglo, como el XVIII donde el indiferentismo religioso, el influjo del moralismo jansenista y los embates del Enciclopedismo, parecían haber hecho obsoletos estos actos.

1. La tradición mariana en España

            En la historia religiosa de España ocupa un lugar especial la devoción a la Santísima Virgen María, una devoción que se manifestó en multitud de advocaciones marianas que, surgidas en la época de la Reconquista, fueron ampliándose a medida que la fronteras de la Cristiandad hispana iban ampliándose.

Sin embargo, ya en la época visigoda encontramos vestigios de esta devoción, tanto materiales como literarios. La proliferación de imágenes marianas en la España cristiana se debe, en parte, en el hallazgo, rodeado muchas veces del halo milagroso, de imágenes de María de la época visigoda que, con motivo de la invasión musulmana, fueron ocultadas y redescubiertas por particulares. Estas imágenes milagrosamente encontradas, manifiesta la difusión de la iconografía mariana en la época visigoda, en la que la Virgen aparece representada como “trono” de Cristo, a quien acoge en su regazo. Por otra parte, en los escritos teológicos y litúrgicos de los Padres de la Iglesia visigoda, encontramos referencias a María y a los misterios que la unían a su divino Hijo, en el marco de las polémicas contra los arrianos que, a pesar de la proclamación de la unidad católico en el 589, siguieron manteniendo cierta oposición a la misma. En este sentido, destaca la figura de san Ildefonso, arzobispo de Toledo, y ferviente defensor de la virginidad de María, negada por los arrianos, y que, según la tradición, recibió de manos de la misma Madre de Dios una hermosa casulla, en galardón por su ferviente defensa.

Llegada la Edad Media, y en el marco del desarrollo de la espiritualidad medieval, la devoción a la Virgen María experimenta un gran desarrollo en las artes y las letras hispanas, como evidencian las Canticas de Santa María, de Alfonso X el Sabio. En ellas el rey castellano recoge una serie de leyendas e historias que tienen como hilo conductor los milagros realizados por la Madre de Dios, y que constituyen una de las piezas más hermosas de la literatura castellana medieval. Junto a ello, el arte contempla a María de un modo más “humanizado”, menos hierático que en el arte románico, en clara sintonía con el cambio que va sufriendo la iconografía de Cristo. De la Virgen Majestad, se pasa a la “Virgen de la leche”, en la que se representa a la Madre de Dios amamantando a su divino hijo, como también a escenas de su vida que, combinando lo bíblico con lo apócrifo, presentan un relato colorido de la vida y misterio de María. Pero, al igual que en otras partes de Europa, y tal vez bajo la influencia del devocionismo franciscano, se desarrolla el tema de la Piedad o Mater Dolorosa, que tiene su paralelo en el Varón de Dolores o Cristo sufriente que expone al espectador sus llagas, rodeado de los principales símbolos de la Pasión.

Llegada la época moderna (Ss. XVI-XVIII) llega a España, procedente de Europa, aunque con algún que otro precedente en ella, la cuestión de la Inmaculada Concepción. Se trata de un debate teológico que suscito grande conflictos de Escuela y que, en más de una ocasión, hizo necesaria la intervención oficial de la Santa Sede. La cuestión era si la Virgen había sido o no preservada del Pecado Original desde el primer instante de su concepción, cuestión que entraba de lleno en la universalidad de la Redención de Cristo. Franciscanos y dominicos se enzarzaron a lo largo del siglo XIV en una dura polémica, defendiendo los primeros que María había sido concebida sin Pecado Original, siguiendo la opinión de Duns Scoto y negándolo los segundos, sobre la base de la posición de Santo Tomás de Aquino a este respecto. No es que el Aquinate no amase a la Virgen, ni creyera en este privilegio, pero le era difícil conjugar la universalidad de la Redención de Cristo con la exclusión de María de la misma; por su parte Scoto, sostenía que, sin quedar excluida de ella, María había recibido el privilegio de recibir esa redención de forma preventiva, mientras que al resto del género humano se le aplicaba la Redención de forma liberativa. En la Edad Moderna entrarían en esta liza los jesuitas que, situándose al lado de los franciscanos contra los dominicos, defenderían con igual ardor la Inmaculada Concepción de María.

En España la polémica inmaculista no estuvo exenta de apasionamientos, algo típico del temperamento español, hasta el punto de producirse altercados públicos entre partidarios y detractores de la Inmaculada Concepción. En Sevilla, por ejemplo, se sabe que los partidarios de los dominicos iban arrancando las estampas que, a favor de tal privilegio, iban depositando los partidarios de los franciscanos. En este conflicto también tomaron parte las autoridades públicas y académicas de España, que, en Cabildos y Universidades se comprometían, mediante el llamado “Voto de Sangre”, a defender el privilegio mariano de la Inmaculada Concepción.

Desde el punto de vista de artístico, el siglo XVI y XVII conoce una proliferación de la iconografía inmaculista, donde tiene un especial papel la obra de Juan de Juanes que, en su retablo que representa a la Inmaculada rodeada por las advocaciones de la letanía lauretana, establece de modo definitivo la iconografía de la misma: la Virgen vestida de blanco y con un manto azul, siempre en la edad juvenil. Con este punto de partida, en el siglo XVII, es Bartolomé Esteban Murillo quien establece de modo definitivo la imagen hispana de la Inmaculada Concepción, en especial, a través de la llamada Inmaculada de Soult, que, robada durante la ocupación francesa, fue devuelta a España en los años cuarenta. Imagen icónica de María, la Inmaculada de Soult supera en belleza y hermosura a otras representaciones de la época, como las de Zurbarán, que repiten los elementos ya dichos, y que en su conjunto presenta a María como la Mujer vestida de Sol del Apocalipsis: corona de doce estrellas, la luna bajo sus pies, vestida con túnica blanca y capa azul.

Vemos pues, como la devoción a María en España alcanza un alto desarrollo en la Edad Moderna, coincidiendo con la Reforma Católica y la ofensiva protestante contra el culto mariano. Es en este momento, frente al rechazo del protestantismo de toda forma de culto y veneración a María, cuando en España se desarrolla de un modo sublime en las letras, en el arte, el mundo académico y social, la devoción a la Inmaculada Concepción. Tanto es así, que, en el marco de las guerras contra los calvinistas holandeses, las tropas españolas adjudican a la Inmaculada Concepción una de sus más importantes victorias, la que tuvo lugar en Empel (8 de diciembre de 1585), en el marco de la Guerra de los Ochenta años.

2. La Inmaculada Concepción, patrona de España

            Si el milagro de Empel ( 1568-1648 )dio lugar a que la Inmaculada Concepción fuese declarada patrona de la Infantería española, el hecho de que esta misma fuese declarada patrona de España por Carlos III es un fruto de un proceso largo, que arranca en el reinado de Felipe IV.

            En el contexto de la España del siglo XVII, marcada por la decadencia imperial y un profundo sentimiento de pesimismo ante el fin de la hegemonía hispánica, se dan los primeros pasos para situar a María como patrona del Reino español. Sin embargo, la principal intención de Felipe IV fue la de apoyar ante Roma la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción, bajo los auspicios de la religiosa y mística Sor María de Agreda de Jesús. Esta religiosa, a quien se le atribuía el don de la bilocación, ejerció como consejera espiritual y política del monarca hispano, impulsándole a dar su apoyo a la proclamación dogmatica, a pesar de las reticencias de Roma en esos momentos. Gran defensora del dogma inmaculista, Sor María Agreda de Jesús escribió una monumental obra titulada La Mística Ciudad de Dios, dedicada exclusivamente a la Virgen María y, que según la autora, le fue dictada por ella misma; sin embargo, esta obra ha sido uno de los grandes obstáculos para su beatificación, ya que contiene, en gran número, datos procedentes de los Evangelios apócrifos, y determinadas afirmaciones teológicas sobre María no son del todo claras.

            Sin embargo, será bajo el reinado de Carlos III cuando el movimiento inmaculista adquiera un nuevo impulso al favorecer este monarca en sus dominios una mayor devoción a la Inmaculada Concepción que le llevara a proclamarla co-patrona de España junto con el Apóstol Santiago, seguramente con la finalidad de contentar a aquellos eruditos que ponían en duda la presencia del Apóstol en tierras españolas y a los que lo defendían con un patronazgo más importante y arraigado en la religiosidad española. La actuación de Carlos III en torno al inmaculismo presenta dos vertientes: una institucional, destinada a vincular la devoción inmaculista con el Reino y al Trono, de ahí, la creación de la Orden de Carlos III y el patronazgo inmaculista de España y todos sus dominios; y otra eclesial, destinada a asentar en los ambientes eclesiásticos la devoción a la Inmaculada Concepción, promover la causa de canonización de la Madre Ágreda de Jesús, y lograr la definición dogmática de la Concepción inmaculada de Maria en la línea de sus antecesores.

2.1. La vía institucional

La vía institucional de la promoción del culto inmaculista tiene dos hitos importantes en la creación de la Real y distinguida Orden de Carlos III, y en la proclamación de la Inmaculada Concepción como patrona de España junto al Apóstol Santiago.

  • La Orden de Carlos III: tiene su origen en el nacimiento del infante Carlos Clemente (1771-1774), primer hijo varón del príncipe de Asturias tras cinco años de matrimonio con María Luisa de Parma[1], y como forma de agradecimiento por el feliz alumbramiento Carlos III creo el 19 de septiembre de 1771 la real y distinguida Orden de Carlos III, también llamada de la Inmaculada Concepción, sin embargo, el Real Decreto no se público hasta el primer día en que la princesa de Asturias fue a misa tras haber dado a luz (24 de octubre de 1771); junto al Decreto instaurador se publicaron los Estatutos de la misma y el nombramiento de los primeros agraciados con las Grandes Cruces[2], máxima categoría dentro de la Orden. La entrega de las primeras Grandes Cruces fue realizada el 7 de diciembre de ese mismo año, en una ceremonia privada en los aposentos reales del Escorial, y a la que asistieron los miembros de la Familia Real y el Marques de Grimaldi, miembro del Consejo de Estado y titular de la Secretaria homónima; los agraciados con este nombramiento fueron, entre otros, el Príncipe de Asturias, los infantes D. Luis, D. Gabriel y D. Antonio, los Arzobispos de Sevilla y Valencia, el Cardenal Patriarca (Gran Canciller de la Orden), y varios nobles entre los que destacan el Marqués de Villadarias, el Duque de Medinasidonia, de Arcos, de Osuna, del Infantado, el Príncipe Pío, etc.[3]

Según los estatutos, la nueva Orden estaba destinada a premiar a aquellos “sujetos beneméritos aceptos a su Persona [a la de Carlos III], que hubiesen acreditado su zelo y amor al Real Servicio; y distinguir notoriamente el talento y virtud de los Nobles en qualquiera profesión ó carrera que sigan, y en que se acrediten aquellos requisitos”[4]. Para poder ser distinguido con la Orden de Carlos III se debía pertenecer a la nobleza, acreditar pruebas de buena conducta y limpieza de sangre; al ingresar en la Orden el nuevo miembro juraba vivir y morir en la fe católica y lealtad absoluta al monarca, además se exigía del miembro que cumpliese con una serie de obligaciones, como era la de comulgar al menos una vez al año en víspera de la festividad de la Inmaculada Concepción, y rezar diariamente, y aquellos que eran premiado con la gran cruz tenían derecho al tratamiento de “excelencia” y de derecho de libre entrada en palacio[5], junto a una pensión de 4000 reales, aunque para su acceso debían abonar los candidatos la cantidad de 50 doblones de oro. La Orden estaba dividida en dos clases: Grandes Cruces (60 miembros) y los Pensionarios (200 miembros); la pertenencia a la primera clase estaba reservada a las personas reales, los prelados más elevados de la Iglesia y los nobles más distinguidos, como fue el caso de Manuel Godoy promovido a Gran Cruz en agosto de 1791 por iniciativa de Carlos IV, y que cumplió para su ingreso con los requisitos exigidos por los estatutos: tuvo que esperar a que se produjera una vacante, como así ocurrió al producirse la muerte del caballero de la Croix, abono los 8500 reales destinados al fondo de la Orden por razón de insignias, servicio y derecho de titulo, presento las pruebas de nobleza requeridas y siguió el ceremonial reglamentario de ingreso[6].

Las festividades de la Orden están estrechamente relacionadas con el culto mariano, se trata de las festividades de la Anunciación (24 y 25 de marzo), y la Inmaculada Concepción (7 y 8 de diciembre) entre otras, y que tienen lugar en los Reales Monasterios de la Encarnación y de las Descalzas Reales.

  • La Inmaculada Concepción patrona de España: la devoción a la Inmaculada Concepción en Carlos III hay que atribuirla, en parte, a la influencia que en su ánimo ejercieron los franciscanos, tradicionalmente defensores de la “piadosa opinión”, bien a través del confesionario, bien al hecho de que en Nápoles había una fuerte tradición inmaculista que tenía sus raíces en los tiempos de la dominación española bajo los Austrias. Sea como fuere, el hecho es que desde su llegada a España Carlos III hizo gala de su ferviente inmaculismo como lo atestigua el hecho de que hiciese suya la suplica de las primeras Cortes de su reinado que, reunidas para jurar fidelidad al nuevo soberano y reconocer a su hijo como heredero, solicitaron al monarca que hiciese suya la causa de la proclamación de María como Patrona de España y de sus dominios en el misterio de la Inmaculada Concepción, solicitando a Roma la Bula confirmatoria de dicho patronazgo. Carlos III hizo suya la causa del Reino y a pesar de las reticencias de Roma, fiel a su política de no pronunciarse oficialmente en el tema inmaculista, logro finalmente del Papa Clemente XIII la Bula que confirmaba el patronazgo inmaculista de España y sus dominios el 8 de noviembre de 1760[7].
  • Reforma de la Junta de la Inmaculada Concepción: hasta el reinado de Carlos III la Junta de la Inmaculada Concepción, creada en tiempos de Felipe IV para la defensa y promoción de la proclamación dogmatica de la Inmaculada Concepción, había sido un órgano meramente consultivo y cuya autoridad, dado el carácter de sus eclesiásticos de sus miembros, residía en gentes pertenecientes a las principales Ordenes regulares del Reino (Jesuitas, franciscanos, dominicos, jerónimos, etc.), sin embargo, a partir de la creación de la Orden de Carlos III la Junta adquirirá un carácter político al unirla a la nueva Orden, estableciendo que en adelante los monarcas españoles, Grandes Maestres de la Orden, serian sus presidentes, pudiendo ser representados en caso de ausencia por el Presidente del Consejo de Castilla; la Junta desde entonces estuvo abierta no solo a los eclesiásticos, sino a también a los más elevados personajes del estado civil[8].

La expulsión de los jesuitas en 1767 trajo consigo una nueva remodelación de la Junta,  ya que las plazas que ocupaban los jesuitas desde los tiempos de Felipe IV fueron suprimidas al ser expulsados sus titulares[9].

2.2. La vía eclesiástica

Consolidado el patronazgo de la Inmaculada Concepción en España y reforzados los instrumentos institucionales para la defensa de la “opinión piadosa”, era necesario dar al nuevo patrocinio un mayor desarrollo a nivel eclesiástico y litúrgico. En este sentido, se logro de Roma el privilegio de celebrar la festividad de la Inmaculada Concepción con rito doble de primera clase con octava, aunque Carlos III deseaba una mayor concisión en el oficio y misa de la Inmaculada solicitando al Papa la concesión del oficio y misa aprobados por Sixto IV y que había sido suprimido bajo San Pío V a raíz de la reforma del Breviario romano, pero que todavía era celebrado por los Franciscanos por concesión pontificia, y en el que se invoca a María con esta palabras: “Inmaculada Virgen, Inmaculada Concepción”; pero a pesar de la concesión pontificia, fueron muchos los eclesiásticos que se oponían a recitarlo dada su oposición a la “piadosa opinión”[10].

Otra concesión pontificia relativa a la Inmaculada Concepción fue la aprobación de incluir en la letanía lauretana, que se recitan tras el rezo del Rosario, la invocación de Mater Inmaculata, ora pro nobis, privilegio solo concedido a España y sus dominios[11].

Finalmente, Carlos III siguiendo las huellas de sus antecesores no cejo en su empeño por lograr la definición dogmática de Roma, de ahí, que sus gestiones ante la Santa Sede en este terreno estuviesen encaminadas a lograr este objetivo, para lo cual trabajó a fin de conseguir como paso previo la beatificación de Sor María de Ágreda, religiosa concepcionista, autora de La Mística Ciudad de Dios y uno de los grandes exponentes del inmaculismo hispano de la Edad Moderna, bajo la dirección de su confesor, el franciscano Fr. Joaquín de Eleta. Pero, a pesar de que Clemente XIV era franciscano y de las gestiones de su confesor, Carlos III se vió obligado a abandonar la empresa ante la oposición de Roma y de Francia, aunque ello no significo un abandono de la causa inmaculista, sino más bien un aplazamiento, pues nunca renegó el monarca de su devoción hacia la Inmaculada Concepción como lo atestigua el propio Fr. Joaquín de Eleta:

<< Ha mandado hacer una Inmaculada lo más preciosa que sea posible, para colocarla en la Real Capilla; y ha entregado al Sr. Patriarca unos collares de las primeras perlas que le han llegado de California para que se pongan a la Madre Purísima, diciéndole delante de muchos… que quiere dar las primicias de las perlas de California a quien, después de Dios, es el principal objeto de su devoción. >>[12]

3. Conclusion

            A partir de Carlos III se hace oficial el patronazgo de la Inmaculada Concepción sobre la nación española, con la esperanza puesta en la proclamación dogmatica que, como bien sabemos, no se llevara a cabo hasta un siglo más tarde bajo el pontificado del Beato Pío IX.

Desde 1771 la Virgen Inmaculada vela por los destinos de España y es invocada por sus hijos en los momentos de peligro y necesidad. Pero, una cosa es una declaración oficial y otra bien distinta el sentir del pueblo cristiano que, ya desde los primeros compases de la cristianización de España, tenían sus ojos y sus almas puestas en la protección de la Santa Madre de Dios. Ella ha sido y es el auxilio de los españoles en todo momento y todo lugar, especialmente, en los momentos más cruciales de nuestra historia cuando, pareciendo todo perdido, siempre se ha alzado la suplica doliente de un español hacia su Madre Inmaculada.

D. Vicente Ramón Escandell Abad, Pbro.


[1] Mercurio Histórico y político, Septiembre de 1771, p.68

[2] Mercurio Histórico y político, Octubre de 1771, p. 250

[3] Mercurio Histórico y político, Diciembre de 1771, pp. 429 – 431

[4] Mercurio Histórico y político, Octubre de 1711, p. 250

[5] LA PARRA, Emilio: Manuel Godoy. La Aventura del Poder, Círculo de Lectores, Barcelona 2003, p. 91

[6] LA PARRA, Emilio, Op. cit., p. 91

[7] L. FRIAS: Devoción de los Reyes de España a la Inmaculada Concepción en Razón y Fe 53, p. 17

[8] L. FRIAS, Op. cit. Pp. 18-19

[9] MARTINEZ RUIZ, Enrique (cor.) Op. cit. p. 168

[10] L. FRIAS Op. cit. Pp. 19-20

[11] L. FRIAS Op. cit. p. 20

[12] L. FRIAS, Op. cit. Pp. 20-21

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Rev. D. Vicente Ramon Escandell

Rev. D. Vicente Ramon Escandell

Rev. D. Vicente Ramón Escandell Abad: Nacido en 1978 y ordenado sacerdote en el año 2014, es Licenciado y Doctor en Historia; Diplomado en Ciencias Religiosas y Bachiller en Teología. Especializado en Historia Moderna, es autor de una tesis doctoral sobre la espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús en la Edad Moderna