De libros comestibles

¿Podemos hablar de libros comestibles? ¡Quién sabe! En nuestra sección de literatura tenemos respuesta para todo, ¡acomódense!

De libros comestibles, Gilmar Siqueira

“Cuando un libro es cosa viva hay que comérselo, y el que se lo come, si a su vez es viviente, si está de veras vivo, revive con esa comida.” Miguel de Unamuno. Cómo se hace una Novela.

Durante algún tiempo estuve obsesionado por las noticias: tenía que saber todo lo que pasaba en todas partes; escuchar comentarios; preocuparme por esto, aquello y lo de más allá; rabiar ante una u otra resolución; ver qué había pasado en tal o cual trifulca; seguir detenidamente el resultado de unas elecciones que nada tenían que ver conmigo. Creo que me habéis entendido. Me ponía nervioso ante los acontecimientos, tenía opiniones para todo y no pensaba en nada. El ruido que la gente de mi edad suele buscar en fiestas, yo lo buscaba en las noticias.

Entonces no lo sabía, pero yo – como el Cleto de Pereda – también tenía una «a modo de entraña allá adentro» que me molestaba muchísimo. No sabía en qué consistía mi inquietud; el hambre de algo que, a lo mejor, por lo menos parecía guardar relación con las noticias que tanto leía. En un proceso más o menos inconsciente, lo que intentaba era calmar esa entraña con la multitud de informaciones: tampoco me daba cuenta entonces, pero en esta época fue cuando empecé a ponerme una máscara.

Ocultada mi cara, las noticias y opiniones se erigieron en un pequeño simulacro de vida para mí. No es que realmente estuviese preocupado por todo lo que leía, sino que tenía que preocuparme a fin de representar mejor mi personaje histriónico. El tal personaje, antes que para engañar a los demás, fue representado para engañarme a mí mismo. Pero la entraña seguía molestándome. Desalentado como un payaso incapaz de hacer a nadie reírse, empecé a leer – con la misma avidez con que leía noticias – otras cosas. En un momento dado, llegué a las novelas. En este punto, lo que ahora cuento coincidió con lo sucedido al U. Jugo de la Raza, de Unamuno:

U. Jugo de la Raza se aburre de una manera soberana – ¡y qué aburrimiento el de un soberano! – porque no vive ya más que en sí mismo, en el pobre yo de bajo la historia, en el hombre triste que no se ha hecho novela. Y por eso le gustan las novelas. Le gustan y las busca para vivir en otro, para ser otro, para eternizarse en otro. Es por lo menos lo que él cree, pero en realidad busca las novelas a fin de descubrirse, a fin de vivir en sí, de ser él mismo. O más bien a fin de escapar de su yo desconocido e inconocible hasta para sí mismo.

También yo, en un principio, leía novelas para olvidarme. Como aquél personaje de la película La Vida de los Otros, intentaba continuamente observar las vidas que no eran mías; él lo hacía por su deber, mientras que yo lo hacía por aburrimiento. Pero nuestra reacción fue la misma ya indicada por Unamuno: el descubrimiento de la vida propia. Los personajes creados por los autores que admiraba fueron poco a poco quitándome los pliegues de la máscara y dejando huecos por los que penetraba algo de luz. La claridad, impresa en las palabras que leía y en los sentimientos que aprendía a nombrar, iluminaba mi cara – la verdadera.

No mentiré: lo que entreví no me gustó. Aquello que leía era en la boca dulce como la miel, pero amargaba las entrañas. A medida que penetraba en la vida de los personajes, aprendía también a contar – a contarme – la mía. Y vuelvo a Unamuno:

Y sólo pueden sentir lo apocalíptico, lo revelador de comerse un libro los que sienten cómo el Verbo se hizo carne a la vez que se hizo letra y comemos, en pan de vida eterna, eucarísticamente, esa carne y esa letra. Y la letra que comemos, que es carne, es también palabra, sin que ello quiera decir que es idea, esto es: esqueleto. De esqueletos no se vive; nadie se alimenta con esqueletos. Y he aquí porque suelo detenerme al azar de mis lecturas de toda clase de libros, y entre ellos del libro de la vida, de la historia que vivo, y del libro de la naturaleza, en todos los puntos vitales.

El raro amargor, Dios lo sabrá por qué, tuvo el efecto de calmar aquella entraña. Tenía, por fin, que comerme los libros. No bastaba con leerlos: si eran malos, no podían ser comidos; si eran buenos, no sería justo tan solo leerlos. Los comía y los sigo comiendo para que su carne sea una con la mía.

Hoy, como ven los fieles amigos que tienen la paciencia de leerme, ya no hablo de noticias. No me hace falta y, más aún, no podría decirle nada de realmente importante a nadie. Mi entraña allá adentro me dice que, si las leo y si de verdad me preocupan, necesito pensarlas sobre aquella claridad – la misma que veo impresa en otras palabras que en un primer momento nada tienen que ver con las noticias.

Intento – con enormes dificultades – ver lo que sucede, las amenazas que son reales; y creo verlas un poco mejor que antes: ahora lo que me amenaza de verdad es lo que puede quitarme mi entraña de allá adentro, la misma que se satisface con el amargor de palabras que son duras, pero permanentes. La misma que un día quise quitarme.

Gilmar Siqueira

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Gilmar Siqueira

Gilmar Siqueira

Feo, católico y sentimental