Coronavirus: Suspensión de bodas y bautizos

Parece una película pero es real, un virus que ha desestabilizado al mundo, al punto de que en los Templos se ha decretado la suspensión de bodas y bautizos, ¿Medidas correctas o incorrectas? Nuestro compañero Juan Manuel expresa su opinión

Coronavirus: Suspensión de bodas y bautizos, un artículo de Juan Manuel Rubio

Antes de que el Gobierno de la Nación declarase el estado de alarma en toda España por la epidemia del COVID-19, diversos obispos emitieron decretos cerrando los templos, suspendiendo las misas con público, los matrimonios, bautizos, confirmaciones y todo. Lo nunca visto en España desde que cesó la persecución de hace poco más de ochenta años; aunque entonces hubo sacerdotes que siguieron celebrando sacramentos como el matrimonio, cosa que les costó la vida, o más bien les supuso cambiar la temporal por la eterna.

Ahora no, en buena parte de las iglesias particulares que peregrinan en España se corre más y más lejos que un gobierno abiertamente anticatólico en cuyo Real Decreto, por el que se declara el estado de alarma, pone:

«Medidas de contención en relación con los lugares de culto y con las ceremonias civiles y religiosas. La asistencia a los lugares de culto y a las ceremonias civiles y religiosas, incluidas las fúnebres, se condicionan a la adopción de medidas organizativas consistentes en evitar aglomeraciones de personas, en función de las dimensiones y características de los lugares, de tal manera que se garantice a los asistentes la posibilidad de respetar la distancia entre ellos de, al menos, un metro.»

El Gobierno no pretende que se cierren los templos, únicamente que los fieles estén suficientemente separados. En muchas de las misas eso ocurre de manera espontánea, va poca gente y tiende a ponerse esparcida por todo el templo. En las pocas misas en que los templos se llenan o medio llenan habría que cerrar las puertas una vez alcanzado el número de personas que caben con separaciones de un metro. Limitación lamentable, pero razonable. No afectaría a demasiada gente y se podría paliar el problema haciendo lo sugerido por obispos polacos y ucranianos: celebrar más misas para que en cada una haya menos asistentes.

Dejar de celebrar matrimonios es un disparate. Casarse es un derecho natural de un hombre y una mujer que sean aptos y no tengan impedimentos. Para los bautizado es, además, un derecho sacramental pues todo matrimonio entre bautizados o es sacramento o no es matrimonio. ¿Qué problema habría para celebrar matrimonios con los contrayentes, los dos testigos, también llamados padrinos, y el testigo cualificado por la Iglesia, el sacerdote? Basta que esas cinco personas se reúnan un ratito, unas cuantas oraciones, prestación de consentimiento mediante alguna de las fórmulas rituales, firma final de documentos que dejen testimonio del hecho y matrimonio tenemos.

Estas celebraciones tendrían un enorme valor pastoral, demostrarían de manera práctica que lo fundamental en los casamientos es la celebración del sacramento, propiamente dicho, y no la bambolla que se suele montar alrededor y deja lo sacramental sepultado bajo una montaña de tonterías consumistas. Comprendo que la imposibilidad de celebrar banquete de boda se les puede hacer cuesta arriba a muchos, pero debo advertirles que ni su falta hace nulo el matrimonio ni su carácter multitudinario y lujoso supone la menor garantía de que los nuevos cónyuges vivan su matrimonio como Dios manda.

No sé si me parece igual o peor el que se supriman los bautizos. ¡Dejar sin bautizar a los niños porque hay una epidemia! ¡Pero si ese debiera ser un motivo para bautizarlos con más urgencia! Es otro caso en que la breve reunión del niño, sus padres, padrinos y sacerdote, en total seis personas, no supone especial peligro y tendría el gran valor pastoral de mostrar lo importante que es el primero de los sacramentos, así, sin adiciones extrasacramentales que tampoco afectan a su validez.

Llegado aquí aprovecho para volver a mostrar mi aprecio por el Obispo de Alcalá de Henares, uno de los pocos prelados españoles que ni es un perro mudo ni ha perdido la cabeza por la presente epidemia. Ha dispuesto:

«Tras el anuncio de la Declaración del Estado de Alarma por parte del Gobierno de la Nación Española … Consciente de nuestra responsabilidad y para velar por el ejercicio de la adecuada atención que como pastores hemos de prestar DECRETO … Asegurar la celebración de la Eucaristía en todos los Templos Parroquiales y demás comunidades, manteniendo los horarios habituales; que toda Eucaristía celebrada por cada sacerdote, ya sea solo o acompañado de un grupo reducido de fieles … Para las celebraciones del Sacramento del Bautismo y del Matrimonio que estuvieran previstas, y para las Exequias y Funerales que pudieran surgir, sean celebrados en presencia sólo de los familiares y personas más allegadas … Realizar, con la prudencia debida, actos piadosos y rogativas suplicando al Dios de la vida el cese de la Pandemia … El cese de toda actividad parroquial, excepto la sacramental …»

Lo normal en toda la historia de la Iglesia, mantener el culto ordinario en lo que se pueda y añadir actos específicos para implorar el fin de la calamidad. ¡Dios bendiga a Reig Pla!

«¡Guías ciegos, que filtráis el mosquito y os tragáis el camello!» Mt 23,24

La verdad es que vivimos en una sociedad muy dada a magnificar insignificancias, como el trato a los animales, y tragar enormidades, como el aborto. Todos podemos caer en subversiones de valores semejantes y bastantes de nuestros obispos caen de lleno, así que conviene poner la epidemia del COVID-19 en su justo contexto.

Lo ocurrido en diversos países indica que en esta epidemia será inevitable que gran proporción de las personas entre en contacto con el virus mientras será pequeña la parte que sufra enfermedad grave, siendo previsibles varios miles de muertos en España, bastantes más de los que suele producir la gripe con que nos obsequia la naturaleza cada año, pero nada parecido a la peste negra, ni siquiera a la gripe de 1918. No caigamos en los terrores que las epidemias llegaron a producir en siglos pasados. Será una epidemia peor que casi todas las que hemos visto los españoles vivos, quizás con excepción del SIDA, y posiblemente vuelva cada inverno de forma parecida a la gripe, pero no es el fin del mundo.

Los expertos de apariencia más ponderada dicen que, en sociedades como la española, será imposible impedir la propagación de la epidemia; solamente se logrará que el número de personas enfermas de manera simultánea sea menor a costa de que la epidemia dure más tiempo. Un objetivo modesto que ya deja claro que no vale la pena adoptar medidas extremas. En otros siglos, especialmente en Europa central y oriental, las epidemias solían ser acompañadas por quema de brujas y ataques a poblaciones judías. No incurramos en los comportamientos equivalentes del siglo XXI; ni la cosa es para tanto ni sirven para nada.

Esta epidemia será irrelevante desde el punto de vista demográfico. En España mueren un promedio de 1171 personas al día (datos de 2018) y subiendo por el envejecimiento de la población (la cifra no incluye unos 250 asesinatos diarios de no nacidos ya que a efectos estadísticos esos no son muertos de verdad, sino derechos sexuales y reproductivos de sus madres) y añadamos que pronto padeceremos no menos de 20 muertes diarias por eutanasia, mirando los precedentes extranjeros. En este panorama los muertos del COVID-19, unos miles de viejos enfermos que morirían pronto, incluso sin este nuevo virus, no se notarán cuando en los próximos años alguien estudie la pirámide de población. ¿Soy un insensible? Desde luego soy más racional que sensiblero y pronostico que, de aquí a unos años, los católicos seremos los únicos que nos ocuparemos de los muertos de esta epidemia, al menos seguiremos rezando por ellos al hacerlo por los difuntos en cada misa, porque los que son del Mundo no van a notar su ausencia.

Vivimos en una sociedad que sobrevalora la salud e infravalora la vida. Es un contradiós, pero es así. Anticoncepción, aborto y eutanasia por un lado, por el otro grandes gastos en sanidad, tratamientos de belleza, cirugía estética, gimnasios, dietas milagrosas… sentirse bien y parecer más joven de lo que se es a toda costa. En tal ambiente, creciendo el paganismo de nuestra sociedad, no se asimila bien ni el mero envejecimiento natural, menos todavía una epidemia cuyo avance inexorable se anuncia durante semanas por los medios de comunicación.

Que muchos de nuestros obispos caigan en este juego, que ante un problema de salud reaccionen con excesos tales como dejarnos a los fieles sin misa dominical, mientras son tan tímidos al reaccionar frente a lo que afecta a la vida, como el proyecto de ley de eutanasia, indica la clase de jerarquía eclesiástica que padecemos.

Una última consideración más política, si ello es posible. Vivimos en un país con gobiernos, mayorías parlamentarias, medios de comunicación y gran número de habitantes que odian a la Iglesia, incluso trabajan activamente para erradicarla. Privarnos de la misa por una epidemia algo peor que la mayoría, pero nada arrasadora, significa que estamos dispuestos a considerar nuestros templos como un peligro sanitario; y dado que el nivel va bajando, en un futuro próximo podríamos acabar cerrándolos, o siendo obligados a hacerlo, por una epidemia de gripe cualquiera. Como soy persona maliciosa y distingo a las autoridades españolas con mi más generosa desconfianza (manifestaciones del 8 de marzo), he mirado tanto en la declaración del estado de alarma a escala nacional como en las medidas de la autonomía asturiana sobre salud pública si aparecían expresamente mencionados, como lugares peligrosos para la salud, los prostíbulos. No aparecen por ninguna parte. En Asturias se ordena explícitamente cerrar al público los centros religiosos, a escala nacional que la gente no se aglomere en los templos, pero a las casas infames no se les pone ninguna limitación explícita. ¡Así estamos!

Juan Manuel Rubio

Suspensión de bodas y bautizos-MarchandoReligion.es

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