Réplica de Monseñor Bux a los Sacerdotes de la Hermandad de San Pío X

Queridos amigos de Duc in altum, después de que el pasado 20 de febrero monseñor Nicola Bux respondiera, a petición mía, a un lector que pedía clarificación en relación con la participación en la Misa tridentina, los sacerdotes del Distrito italiano de la Hermandad de San Pío X escribieron a monseñor Bux una carta con algunas observaciones críticas, que os transcribí ayer. Hoy les replica monseñor Bux.

A.M.V.

“Réplica de Monseñor Bux a los Sacerdotes de la Hermandad de San Pío X”, Aldo María Valli

Artículo original disponible en https://www.aldomariavalli.it/2020/03/03/replica-di-monsignor-bux-ai-sacerdoti-della-fraternita-san-pio-x/

Traducido por Miguel Toledano para Marchando Religión

Agradezco a don Emanuele du Chalard y a la Hermandad de San Pío X haberme hecho llegar una réplica a mi respuesta a la cuestión suscitada por un lector en el blog de Aldo Maria Valli.

Ante todo, me parece obligado excusarme por la primera versión del texto. Fue debida a un descuido mío, por otra parte redactado a hora tardía. Cuando a la mañana siguiente me di cuenta del error cometido, pedí rápidamente a mi amigo Valli que lo rectificase.

Más allá de ello, uno de los problemas relativos a la Hermandad es su estatus canónico.

Una cuestión a la que objetivamente es difícil dar una respuesta que sea plenamente convincente.

No se debe ofender la Hermandad por mi paralelismo y analogía con la llamada Iglesia ortodoxa. Todos recuerdan cómo Pablo VI, por ejemplo, decidió revocar la excomunión que había recaído, en 1054, sobre los cristianos orientales con la carta apostólica o breve apostólico Ambulate in dilectione de 1965. Pero esto no quiere decir que los cristianos de Oriente volviesen a la “plena comunión” con Roma. Sí, hay diferencias con la Hermandad, que, quizás, en rigor, no podría para algunos ni siquiera calificarse de cismática, porque la normativa canónica (can. 751) define al cismático como aquél que rechaza la sumisión al papa, mientras que para la Hermandad probablemente debería hablarse de simple desobediencia. Se trata de sutilezas jurídico-canónicas. Personalmente, pero – repito – esta es una opinión personal mía, reputo que su estado, si no es en realidad el de cisma, se le acerca mucho. Por otra parte, en 2009 el mismo papa Benedicto XVI hablaba, significativamente, de «peligro de cisma», en la carta a los obispos que acompañaba a la revocación de la excomunión; mencionó «cisma», sin llegar a afirmarlo. Por tanto, quizás el status de la Hermandad no sea el de cisma, pero tampoco el de “plena comunión”.

Seguía escribiendo Benedicto XVI: «El hecho de que la Hermandad de San Pío X no posea una posición canónica en la Iglesia no se basa a fin de cuentas en razones disciplinarias sino doctrinales. En tanto que la Hermandad no tenga una posición canónica en la Iglesia, tampoco sus ministros ejercitan ministerios legítimos en la Iglesia. Es necesario por tanto distinguir entre el nivel disciplinar, que concierne a las personas como tales, y el nivel doctrinal, en el cual están en cuestión el ministerio y la institución. Por precisarlo una vez más: mientras no sean aclaradas las cuestiones relativas a la doctrina, la Hermandad no tiene estado canónico alguno en la Iglesia, y sus ministros — incluso si han sido liberados de la sanción eclesiástica — no ejercitan de modo legítimo ningún ministerio en la Iglesia».

Se puede compartir o no esta declaración de Benedicto XVI, pero es todavía de actualidad. No pienso que haya sido revisada o modificada.

La falta de estatus canónico en la Iglesia por parte de la Hermandad impedía (e impide) a sus miembros ejercitar legítimamente todo ministerio. De acuerdo, a continuación de las intervenciones de Francisco en 2015 y posteriormente con la carta apostólica Misericordia et misera de 2016, se acordó a los sacerdotes de la Hermandad la facultad de absolver y, mediante carta de 2017, la licencia para la celebración de matrimonios e igualmente de ordinaciones: en la homilía de la misa de ordenaciones de 2016, mons. de Galarreta afirmó: «J’ai avec moi la lettre – qui m’a été donnée par Son Excellence Mgr Fellay – , où la Congrégation de la doctrine de la Foi nous dit que nous pouvons procéder aux ordinations sans demander la permission des Ordinaires du lieu ; qu’il suffit de leur donner les noms des ordonnés» [Nota del traductor: «Tengo aquí la carta – que me ha sido entregada por Su Excelencia Monseñor Fellay – , donde la Congregación para la doctrina de la Fe nos dice que podemos proceder a las ordenaciones sin pedir permiso del Ordinario del lugar; que basta darles el nombre de los ordenados»]. Y concluía: «Alors nous ne sommes ni schismatiques, ni des illégaux» [Nota del traductor: «Así que no somos ni cismáticos ni ilegales»].

Y no querría errar, pero la misma Santa Sede, desde 2005 y después otra vez en 2009, había acordado a la Hermandad el mandato para juzgar algunos casos de abusos sexuales verificados en el interior de la misma. Incluso el 10 de mayo de 2015 mons. Fellay anunciaba haber recibido un mandato por parte de la Santa Sede para juzgar, en primera instancia, a un sacerdote de la Hermandad acusado de uno de los delicta graviora. Extrañamente, este anuncio fue hecho durante una homilía, en la Iglesia de la Hermandad, en Arcadia, cerca de Los Angeles, en California. Y siempre mons. Fellay, en una entrevista en las columnas de Présent (v. también aquí), en junio de dicho año, admitía que no se trataba de una concesión excepcional, sino de una praxis – la de la delegación al superior de la Hermandad por parte de la Congregación para la doctrina de la fe para juzgar, en primera instancia, a los miembros que resulten culpables, en el interior de la Hermandad, de determinados delitos – cometidos más de diez años antes.

Se trata indudablemente de pasos notables, que sin embargo no modifican sustancialmente el estado canónico de la Hermandad, si bien lo tornan – digámoslo así – ambiguo y en una cierta zona gris desde el punto de vista de la la legitimidad canónica.

Con referencia a la Comunión, es cierto que en diversas misivas de 2002, 2003 y 2005 – estando todavía vigente la excomunión – la Pontificia comisión Ecclesia Dei observaba que se podía cumplir con la obligación dominical «asistiendo a una misa celebrada por un sacerdote de la Hermandad de San Pío X». Sin embargo, en carta de 2012, firmada por mons. Pozzo, la misma Comisión se pronunciaba en sentido opuesto.

Por lo cual, en este momento parece bastante difícil poder dar una respuesta definitiva y cierta. La autoridad de la Iglesia, por el momento, aún no ha desatado el nudo acerca del estatus canónico de la Hermandad. Por eso – con relación a la Misa – se ha optado por una solución práctica de carácter prudencial, viendo su estado actual algo similar (¡que no quiere decir idéntico!) al de los orientales. Esto no obsta, obviamente, al mérito de un apostolado franco y sincero desarrollado por el clero de la Hermandad, a través igualmente de obras beneméritas como la escuela parental San Pancracio de Albano Laziale.

Con referencia a las otras cuestiones, particularmente el estado de crisis de la Iglesia actual y el tema de los documentos del Concilio Vaticano II, recuerdo que han sido objeto de varios coloquios en los cuales he podido participar. Se trata de cuestiones difíciles, pero ciertamente no insuperables, con un poco de buena voluntad por ambas partes. Recordaré únicamente un dato: el mismo Pío XII pensaba en un Concilio con el fin de renovar la vida de la Iglesia. Por otra parte, su reforma de los ritos de la Semana Santa manifestaba este entendimiento. Una reforma que en la época se advertía desde diversas partes.

Refiero sólo una anécdota: hubo un tiempo en que el martirologio romano, según las investigaciones históricas, veneraba el 27 de noviembre de cada año a un santo eremita, un tal san Joasaf (junto con otro extraño santo llamado Barlaam), que no serían sino Buda, como nos explica el magnífico texto de los historiadores Silvia Ronchey y Paolo Cesaretti Historia de Barlaam y Joasaf. La Vida bizantina de Buda (publicado en italiano en ediciones Einaudi). Hoy, el martirologio actual, como es lógico, ya no contempla a este “santo”. Esto lo digo porque, en el curso de dos milenios, se acumularon una serie de oropeles no siempre coherentes y lógicos. Era justo, digámoslo así, retirar las flores secas. Que luego eso se utilizase como pretexto para quitar también ramas verdes y llegar a afectar incluso al mismo árbol de la fe es otra cuestión. Desde luego es innegable la crisis actual de la fe. Sin embargo, pienso que es un error achacar todo al Concilio, mas que sobre todo a la interpretación que de éste se ha hecho. Me permito sugerir, para esto, el libro de Agostino Marchetto El Concilio ecuménico Vaticano II. Para su correcta hermenéutica (publicado en italiano por la Librería Editorial Vaticana, Ciudad del Vaticano 2012). Y también la síntesis de W. Brandmüller, A. Marchetto y N. Bux, Las “claves” de Benedicto XVI para interpretar el Vaticano II (publicado en italiano en ediciones Cantagalli, Siena 2012).

Un último apunte, sin polémica: se me dice que yo contestaría «con placer al Papa reinante, pero no asumo [asumiría] por ello ninguna consecuencia». E incluso que, para mí, «se pueden difundir gravísimas herejías en la Iglesia sin que esto haga lícita y necesaria una resistencia como la que, valerosamente, llevó a cabo monseñor Lefebvre». En realidad, me cabría contestar falta de coherencia, cuando, en honor a la verdad, también se podría achacar a la Hermandad análoga objeción, visto que ha aceptado los distintos reconocimientos – que he recordado arriba – por parte de quien difundiría «gravísimas herejías […] en la Iglesia». La lógica y la coherencia exigirían que no se aceptasen “reconocimientos” por parte de quien difunde gravísimas herejías. Por el contrario, por lo que a mí me parece, dichos reconocimientos, aún parciales y limitados, no han sido, por así decirlo, “devueltos al remitente”. Y esto lo digo, repito, sin vena polémica alguna, sino para rebatir que la actual crisis de la Iglesia sea inédita. Quizás la misma crisis arriana de los siglos IV y V d.C. es sólo lejanamente asimilable a la de hoy. ¿Qué cabría decirse? Por lo que a mí respecta procuro – de acuerdo con los límites de mis posibilidades – mantener firme mi profesión de fe y, con diversos amigos, tratamos de estudiar eventuales soluciones, invocando no obstante la ayuda divina, para que el Señor quiera intervenir y hacer cesar esta tempestad en su Iglesia.

La desobediencia, quiérase o no, lleva como consecuencia fragmentaciones ulteriores, de las que nadie puede sentirse exento; quien practica esta vía, experimenta luego las consecuencias de ello con ulteriores separaciones a su interior. Si, por el contrario, se sigue en la unidad del todo, en la comunión de la Iglesia, como hicieron los santos, se puede experimentar cómo la misma se autoregenera poco a poco. Ninguno de nosotros está libre de pecado, por eso no hay que tomarla con los hombres de Iglesia, sino consigo mismo e implorar todos los días la conversión del corazón. Si amamos a la Iglesia como a nuestra madre, proclamaremos siempre la verdad con humildad, pero preferiremos la persecución antes que cualquier división. Hay que custodiar el bien precioso de la unidad, escribe san Juan Crisóstomo.

In Domino Iesu

Nicola Bux

Réplica de Monseñor Bux


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Aldo Maria Valli

Aldo Maria Valli

Vaticanista. Entre sus libros más destacados están: Claustrofobia, Sradicati, el caso Vigano, 266. Jorge María Bergoglio, Benedicto XVI el pontificado interrumpido. Pueden leer sus artículos y leer toda la información sobre su obra literaria en italiano en su página web https://www.aldomariavalli.it/