Nos Gloriamos en las Tribulaciones. Vivir la Fe cuando el culto público es prohibido

¿Podemos vivir nuestra Fe en estos tiempos de prohibición del culto? Como los mártires, nos gloriamos en las tribulaciones, así lo explica Monseñor en este artículo

Nos Gloriamos en las Tribulaciones. Vivir la Fe cuando el culto público es prohibido, un artículo de Mons. Athanasius Schneider

Con el permiso para su publicación de Mons. Athanasius Schneider

Traducido por Miguel Serafín para Marchando Religión

Pueden leer el artículo en su versión original en ingles: https://gloriadei.io/we-glory-in-tribulations-living-the-faith-when-public-worship-is-prohibited/

Millones de católicos en el llamado mundo occidental libre, en las próximas semanas o incluso meses, y especialmente durante la Semana Santa y la Pascua, la culminación de todo el año litúrgico, se verán privados de cualquier acto público de culto debido a la reacción tanto civil como eclesiástica ante el brote del coronavirus (COVID-19).  Lo más doloroso y penoso de esto es la privación de la Santa Misa y la Sagrada Comunión sacramental.

La actual atmósfera de un pánico casi planetario es atizada continuamente por el universalmente proclamado “dogma” del nuevo coronavirus pandémico.  Las drásticas y desproporcionadas medidas de seguridad sumadas a la negación de los derechos humanos fundamentales de libertad de desplazamiento, libertad de congregarse y libertad de opinión, parecen orquestadas casi a nivel mundial a lo largo de un plan preciso.  Así, toda la raza humana se convierte en una especie de prisionero de una “dictadura sanitaria” mundial, que por su parte también se revela como una dictadura política.

Un importante efecto secundario de esta nueva “dictadura sanitaria” que se está extendiendo por todo el mundo, es la prohibición creciente e intransigente de todas las formas de culto público.  A partir del 16 de marzo de 2020, el gobierno alemán emitió una prohibición sobre todas las formas de congregación religiosas públicas para todas las religiones.  Una medida tan drástica de estricta prohibición de todas las formas de culto público era inimaginable incluso durante el Tercer Reich.

Antes de que se tomaran estas medidas en Alemania, se implementó una prohibición gubernamental de cualquier culto público en Italia y Roma, el corazón del catolicismo y del cristianismo.  La situación actual de la prohibición del culto público en Roma lleva a la Iglesia a la época de una prohibición análoga emitida por los emperadores paganos romanos en los primeros siglos.

Los clérigos que se atreven a celebrar la Santa Misa en presencia de los fieles en tales circunstancias pueden ser castigados o encarcelados.  La “dictadura sanitaria” mundial ha creado una situación que respira el aire de las catacumbas, de una Iglesia perseguida, de una Iglesia clandestina, especialmente en Roma.  El Papa Francisco, quien el 15 de marzo, con pasos solitarios y vacilantes, caminó por las calles desiertas de Roma en su peregrinación desde la imagen del “Salus populi Romani” en la iglesia de Santa Maria Maggiore hasta la Cruz Milagrosa en la iglesia de San Marcello, transmitía una imagen apocalíptica.  Era una reminiscencia de la siguiente descripción de la tercera parte del secreto de Fátima (revelada el 13 de julio de 1917): “El Santo Padre atravesó una gran ciudad mitad en ruinas y mitad tambaleante; con pasos vacilantes, afligido por el dolor y la tristeza”.

¿Cómo deberían reaccionar y comportarse los católicos en tal situación?  Tenemos que aceptar esta situación de manos de la Divina Providencia como una prueba, que nos traerá un mayor beneficio espiritual que si no hubiéramos experimentado tal situación.  Uno puede entender esta situación como una intervención divina en la actual crisis sin precedentes de la Iglesia.  Dios usa ahora la despiadada “dictadura sanitaria” del mundo para purificar a la Iglesia, para despertar a los responsables en la Iglesia y, en primer lugar, al papa y al episcopado, de la ilusión de un mundo moderno agradable, de la tentación de coquetear con el mundo; de la inmersión en cosas temporales y terrenales.  Los poderes de este mundo ahora han separado por la fuerza a los fieles de sus pastores.  Los gobiernos ordenan al clero celebrar la liturgia sin el pueblo.

Esta intervención divina purificadora actual tiene el poder de mostrarnos a todos lo que es verdaderamente esencial en la Iglesia: el sacrificio Eucarístico de Cristo con Su Cuerpo y Sangre y la salvación eterna de las almas inmortales.  Quizás aquellos en la Iglesia que se ven privados de forma inesperada y repentina de lo que es central comiencen a ver y apreciar su valor más profundamente.

A pesar de la dolorosa situación de ser privado de la Santa Misa y la Sagrada Comunión, los católicos no deben ceder ante la frustración o la melancolía.  Deben aceptar esta prueba como una ocasión de abundantes gracias, que la Divina Providencia ha preparado para ellos.  Muchos católicos tienen ahora de alguna manera la oportunidad de experimentar la situación de las catacumbas, de la Iglesia subterránea.  Uno puede esperar que tal situación produzca los nuevos frutos espirituales de los confesores de la fe y de la santidad.

Esta situación obliga a las familias católicas a experimentar literalmente el significado de una iglesia doméstica.  Ante la imposibilidad de asistir a la Santa Misa, incluso los domingos, los padres católicos deben reunir a sus familias en sus hogares.  Podrían tener en sus casas una Santa Misa trasmitida por televisión o Internet, o si esto no es posible, deberían dedicar una hora santa de oraciones para santificar el Día del Señor y unirse espiritualmente con las Santas Misas celebradas por sacerdotes a puerta cerrada incluso en sus pueblos o en sus alrededores.  Dicha hora santa dominical de una iglesia doméstica podría hacerse, por ejemplo, de la siguiente manera:

El rezo del Rosario, lectura del Evangelio dominical, Acto de Contrición, acto de Comunión Espiritual, Letanía, oración por todos los que sufren y mueren, por todos los perseguidos, oración por el papa y los sacerdotes, oración por el fin de la epidemia actual física y espiritual.  La familia católica también debe rezar El Viacrucis los viernes de Cuaresma.  Además, los domingos, los padres podían reunir a sus hijos por la tarde o por la noche para leerles sobre la vida de los santos, especialmente aquellas historias extraídas de tiempos de persecución de la Iglesia.  Tuve el privilegio de haber vivido una experiencia así en mi infancia, y eso me dio la base de la fe Católica para toda mi vida.

Los católicos que ahora están privados de asistir a la Santa Misa y de recibir la Sagrada Comunión sacramental, quizás solo por un corto tiempo de algunas semanas o meses, pueden pensar en estos tiempos de persecución, que los fieles durante años no pudieron asistir a la Santa Misa y recibir otros sacramentos, como fue el caso, por ejemplo, durante la persecución comunista en muchos lugares del Imperio soviético.

Permitan que las siguientes palabras de Dios fortalezcan a todos los católicos que actualmente sufren la privación de la Santa Misa y la Santa Comunión:

“No os extrañéis del fuego que ha prendido en medio de vosotros para probaros, como si os sucediera algo extraño, sino alegraos en la medida en que participáis en los sufrimientos de Cristo, para que también os alegréis alborozados en la revelación de su gloria.” (1 Pedro 4: 12-13)

“El Padre de las misericordias y Dios de toda consolación, que nos consuela en cada tribulación nuestra para poder nosotros consolar a los que están en aflicción, ¡mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios!” (2 Cor. 1: 3–4)

“A fin de que la prueba de vuestra fe, más preciosa que el oro perecedero que es probado por el fuego, se convierta en motivo de alabanza, de gloria y de honor, en la Revelación de Jesucristo.” (1 Pedro 1: 6–7) 

En los tiempos de una cruel persecución de la Iglesia, San Cipriano de Cartago (+258) dio la siguiente enseñanza edificante sobre el valor de la paciencia:

“Es la paciencia la que fortalece firmemente los cimientos de nuestra fe.  Es esto lo que eleva en alto el aumento de nuestra esperanza.  Es esto lo que dirige nuestro obrar, para que podamos retener el camino de Cristo mientras caminamos por Su paciencia.  ¡Cuán grande es el Señor Jesús, y cuán grande es su paciencia, que Él que es adorado en el cielo aún no se vengó en la tierra!  Queridos hermanos, consideremos su paciencia en nuestras persecuciones y sufrimientos; ofrezcamos una obediencia llena de expectación a Su venida” (De patientia, 20; 24)

Queremos rezar con toda nuestra confianza a la Madre de la Iglesia, invocando el poder intercesor de Su Inmaculado Corazón, para que la situación actual de ser privados de la Santa Misa pueda traer abundantes frutos espirituales para la verdadera renovación de la Iglesia después de décadas de noche de persecución de verdaderos católicos, clérigos y fieles que se han suscitado dentro de la Iglesia.  Escuchemos las siguientes palabras inspiradoras de san Cipriano:

“Si se reconoce la causa del desastre, inmediatamente se encuentra un remedio para la herida.  El Señor ha deseado que Su familia sea probada; y debido a que una larga paz había corrompido la disciplina que divinamente nos había sido entregada, la reprensión celestial ha despertado nuestra fe, que estaba cediendo, y que yo casi tenía dormida; y aunque merecíamos más por nuestros pecados, aun así, el misericordiosísimo Señor ha moderado tanto todas las cosas, que todo lo que ha sucedido parece más una prueba que una persecución “. (De lapsis, 5)

Dios conceda que esta breve prueba de la privación del culto público y la Santa Misa inculquen en el corazón del papa y los obispos un nuevo celo apostólico por los tesoros espirituales perennes, que se les confiaron divinamente, es decir, el celo por la gloria y el honor de Dios, por la unicidad de Jesucristo y Su sacrificio redentor, por la centralidad de la Eucaristía y su manera sagrada y sublime de celebración, por la mayor gloria del Cuerpo Eucarístico de Cristo, el celo por la salvación de las almas inmortales, por un clero casto y apostólico.  Que escuchemos las siguientes palabras de aliento de San Cipriano:

“Se deben dar alabanzas a Dios, y sus beneficios y dones deben celebrarse dando gracias, aunque incluso en el momento de la persecución nuestra voz no ha dejado de dar gracias.  Porque ni siquiera un enemigo tiene tanto poder como para impedirnos, que amemos al Señor con todo nuestro corazón, nuestra vida y nuestra fuerza, declarar sus bendiciones y alabanzas siempre y en todas partes con gloria.  Ha llegado el día fervientemente deseado por las oraciones de todos; y después de la terrible y repugnante oscuridad de una larga noche, el mundo ha brillado irradiado por la luz del Señor”.  (De lapsis, 1)

19 de marzo de 2020

+ Atanasio Schneider, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Santa María en Astana

Una muestra de oraciones para la hora santa doméstica del domingo

Perfecto acto de contrición:

Dios mío, me pesa de todo corazón haberos ofendido, detesto mis pecados porque podéis castigarme con las penas del infierno, pero sobre todo por haberos ofendido a Ti mi Dios que eres toda bondad y merecedor de todo mi amor. Propongo firmemente ayudado de Tu Gracia confesar mis pecados y cumplir la penitencia que me fuera impuesta,
y enmendar mi vida. Amén

Oración para hacer la comunión espiritual:

“A tus pies, oh, Jesús mío, me postro y te ofrezco el arrepentimiento de mi corazón contrito, que se humilla en su nada y en tu santa presencia.  Te adoro en el sacramento de Tu amor, la inefable Eucaristía.  Deseo recibirte en la pobre vivienda que mi corazón te ofrece.  Mientras espero la felicidad de la Comunión Sacramental, deseo tenerte en espíritu.  ¡Ven a mí, oh, Jesús mío, ya que yo, por mi parte, voy a Ti!  El amor abraza todo mi ser en la vida y en la muerte.  Creo en ti, espero en ti, te amo.  Amén”

Oraciones del Ángel de Fátima:

“¡Dios mío, yo creo, adoro, espero y os amo!  Y os pido perdón por los que no creen,

no adoran, no esperan y no os aman.  Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, os adoro profundamente.  Os ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Tu amadísimo Hijo Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los tabernáculos del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencia con los cuales es ofendido.  Por los méritos infinitos del Sagrado Corazón de Jesús, y el Corazón Inmaculado de María, os pido por la conversión de los pobres pecadores.  Amén.”

La Oración Universal (atribuida al Papa Clemente XI)

Creo en Ti, Señor, pero ayúdame a creer con más firmeza; espero en Ti, pero ayúdame a esperar con más confianza; te amo, Señor, pero ayúdame a amarte más ardientemente; estoy arrepentido, pero ayúdame a tener mayor dolor. Te adoro, Señor, porque eres mi creador y te anhelo porque eres mi último fin; te alabo porque no te cansas de hacerme el bien y me refugio en Ti, porque eres mi protector. .


Que tu sabiduría, Señor, me dirija y tu justicia me reprima; que tu misericordia me consuele y tu poder me defienda. Té ofrezco, Señor mis pensamientos, para que se dirijan a Ti; te ofrezco mis palabras, para que hablen de Ti; te ofrezco mis obras, para que todo lo haga por Ti; te ofrezco mis penas, para que las sufra por Ti. Todo aquello que quieres Tú, Señor, lo quiero yo, precisamente porque lo quieres Tú, quiero como lo quieras Tú y durante todo el tiempo que lo quieras Tú. Té pido, Señor, que ilumines mi entendimiento, que inflames mi voluntad, que purifiques mi corazón y santifiques mi alma. Ayúdame a apartarme de mis pasadas iniquidades, a rechazar las tentaciones futuras, a vencer mis inclinaciones al mal y a cultivar las virtudes necesarias. .

Concédeme, Dios de bondad, amor a Ti, odio a mí, celo por el prójimo, y desprecio a lo mundano. Dame tu gracia para ser obediente con mis superiores, ser comprensivo con mis inferiores, saber aconsejar a mis amigos y perdonar a mis enemigos. Que venza la sensualidad con la mortificación, con generosidad la avaricia, con bondad la ira; con fervor la tibieza. Que sepa yo tener prudencia, Señor, al aconsejar, valor frente a los peligros, paciencia en las dificultades, humildad en la prosperidad.

Concédeme, Señor, atención al orar, sobriedad al comer, responsabilidad en mi trabajo y firmeza en mis propósitos. Ayúdame a conservar la pureza de alma, a ser modesto en mis actitudes, ejemplar en mis conversaciones y a llevar una vida ordenada.
Concédeme tu ayuda para dominar mis instintos, para fomentar en mí tu vida de gracia, para cumplir tus mandamientos y obtener la salvación. Enséñame, señor, a comprender la pequeñez de lo terreno, la grandeza de lo divino, la brevedad de esta vida y la eternidad de la futura. Concédeme, Señor, una buena preparación para la muerte y un santo temor al juicio, para librarme del infierno y alcanzar el paraíso. .

Por Cristo nuestro Señor. Amén.

+ Athanasius Schneider, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Santa María en Astana

*Nota de edición: La fotografía pertenece al artículo original


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