La esperanza mesiánica en el Antiguo Testamento (1)

En Jesús, se cumple la esperanza mesiánica del pueblo de Israel y a través de su historia, les proponemos este recorrido que nos permite adentrarnos en el Antiguo Testamento.

La esperanza mesiánica en el Antiguo Testamento (1), un artículo del Rev. D. Vicente Ramón Escandell

La mediación descendente: reyes, profetas y sacerdotes

El Pueblo de Israel vive a lo largo de toda su historia en constante “adviento”, en constante espera de un Salvador, un Mesías que lo liberaría e iniciaría un periodo de paz y prosperidad jamás conocido en el mundo. Sin embargo, la identidad de este Mesías fue siempre un misterio, pues, para uno se identificaría con un ser humano (rey, profeta o sacerdote), mientras que, para otros, esta promesa se cumpliría con un mediador celestial identificado con la Sabiduría, el Ángel del Señor o el Hijo del Hombre. Todas estas intuiciones desembocan en la persona de Jesús, en quien se funden la esperanza de un mediador terrenal y uno celestial: en Jesús, Dios y Hombre verdadero, se cumple la esperanza mesiánica del Pueblo de Israel.

La lectura cristológica del Antiguo Testamento

Es sabido que los primeros cristianos carecían de textos sagrados propios para comprender el misterio y la persona de Cristo, pues los Evangelios y el resto de los textos del Nuevo Testamento, surgen en las postrimerías de la predicación apostólica, cuando iban desapareciendo los testigos directos de la vida y obra de Jesús. De ahí, que la primera forma de comprensión del misterio de Cristo fuese a partir del Antiguo Testamento, que es leído a la luz de la vida, palabra y obras de Jesús, como lo evidencian muchos pasajes de Hechos de los Apóstoles.

A través de la Ley, los Profetas y los Salmos, los primeros cristianos van penetrando en el sentido de la vida de Jesús, y especialmente en los hechos de su Pasión, muerte y resurrección, que son iluminados por los textos que hasta ahora habían alimentado la fe del Pueblo de Israel. Fue labor de hombres como san Mateo, san Pablo y san Pedro, pero también de otros anónimos, el ir detectando en las Escrituras las huellas de Cristo, dando lugar a una incipiente exegesis que, en parte, era heredera de la judía, como lo demuestra el uso de la tipología donde a través de la figura de un personaje o hecho del Antiguo Testamento se explica un misterio o rasgo de la persona de Cristo. Así, surge, por ejemplo, el paralelismo entre Adán y Cristo de la Carta a los Romano o la presentación de Jesús como el “nuevo Moisés” en el Evangelio según san Mateo; más tarde, surgirá de la misma escuela el paralelismo entre Eva y María, desarrollado en el siglo II por san Ireneo de Lyon, y que es el punto de partida teológico para la explicación de la participación de la Madre de Dios en la obra redentora de Cristo.

Esta labor exegética fue fundamental para comprender en profundidad el sentido cristológico del Antiguo Testamento, que no se presenta de un modo inmediato, pues eliminaría la tensión de la revelación divina y la novedad de Cristo. Alcanzar esta comprensión profunda de la Escritura supuso un gran esfuerzo intelectual y espiritual, y un respeto profundo al sentido literal e histórico de los textos veterotestamentarios que habían alimentado la fe de los primeros cristianos, procedentes del judaísmo, en los que Dios había hablado por medio de los autores sagrados y los profetas para el momento concreto del Pueblo de Israel, pero con la mirada puesta en su pleno y definitivo cumplimiento en Cristo. Así nos lo recuerda el Magisterio de la Iglesia: Aunque Cristo estableció con su sangre la nueva alianza […], los libros del antiguo testamento, incorporados a la predicación evangélica, alcanzan y muestran su plenitud de sentido en el nuevo testamento […], y a su vez lo iluminan y lo explican (DV 16)

Esta lectura cristológica del Antiguo Testamento puede adoptar diferentes formas, aunque una de las más sugestivas es la ofrecida por J. Galot, que ve a lo largo del AT un original, aunque incompleto, dinamismo de encarnación salvífica. Esto supone, que para el Pueblo judío la idea de la presencia de Dios en medio de él no es algo abstracto, sino real y que adopta diversas formas como la palabra profética, la acción de Dios en la historia y su visibilizacion en signos visibles como la tienda, la nube y el templo. E incluso, el autor va más allá: hay en el pueblo la intuición de una presencia más personal, más directa de Dios en medio de su pueblo, que se materializa a través de la idea del Mesías divino, y ello, en una doble dirección: ascendente, en la que el hombre se eleva a Dios, y descendente, en la que una persona tiende a separarse de Dios, sale de la esfera divina y entra en contacto con la humanidad.

Y es desde esta perspectiva desde las que interpretamos las figuras mediadoras que aparecen en el AT: por una parte, las humanas, representadas por el rey davídico, el profeta y el sacerdote; y por otra, una serie de figuras enigmáticas como son la Sabiduría, el Ángel de Yahveh y el Hijo del hombre, que se sitúan en la esfera celeste y divina.

El Mediador terreno

La historia de la mediación humana o ascendente es la historia de un fracaso y una esperanza. De un fracaso porque históricamente ni el rey ni el sacerdote ni el profeta cumplieron con las expectativas que el pueblo había depositado en ellos y porque su desaparición frustró toda posibilidad de mediación; pero también de esperanza, porque su fracaso histórico abrió las puertas a una esperanza regia, sacerdotal y profética no ya vinculada a una dinastía o a una familia, sino a Dios mismo, que habría de asumir en su encarnación la triple mediación humana.

a) La mediación profética: de Moisés al Siervo de Yahveh

Cronológicamente, el profetismo aparece como el primer depositario de la esperanza mesiánica, mucho antes que la realeza y el sacerdocio, cuyo advenimiento fue muy posterior a los orígenes del Pueblo de Israel. Profeta por excelencia fue Moisés, que se convierte en el prototipo del futuro profeta, a quien san Mateo vincula con la figura de Cristo en su Evangelio. Esta esperanza en un gran profeta fututo aparece ya retratada en el libro del Deuteronomio (18, 15-18), en el que Dios, en las postrimerías de la vida de Moisés, promete el surgimiento de un profeta igual de grande y sabio que aquel que había liberado y guiado con sabiduría y santidad a su pueblo. Este futuro profeta será un veraz testigo de Dios, porque no hablará de sí o sobre sí, sino que transmitirá con veracidad la palabra de Dios, cumpliendo filialmente su voluntad; pero también, intercederá por el pueblo ante Dios, como hizo en numerosas ocasiones

Moisés durante el camino hacia la tierra prometida. Esta promesa de un futuro profeta según el espíritu de Moisés, aparecerá ligada a un profetismo carismático, no institucional, nacido de una elección directa, personal e inmediata por parte de Dios, que entra en conflicto con el profetismo profesional que surge en el tiempo de la monarquía y que va minando y oscureciendo el auténtico profetismo, que queda marginado y perseguido.

El conflicto entre el profetismo profesional y el carismático alcanza tintes dramáticos en la vida del profeta Jeremías que, en no pocas ocasiones, tuvo que enfrentarse a los falsos profetas, amados y reverenciados por la corte y el pueblo. A estos sufrimientos parecen hacer mención los soliloquios que fueron recogidos por los discípulos del profeta en el libro que lleva su nombre, pero también parecen vislumbrarse en los canticos del Siervo de Yahveh, autentica síntesis teológica y doctrinal de la esperanza en un profeta mediador.

Aún sin saber si se refieren al profeta benjaminita o al mismo autor de los mismos, los canticos del Siervo de Yahveh describen la misión de este misterioso mediador que, tras ser presentado por Dios al pueblo, realiza su misión que culmina con su muerte redentora y su exaltación por parte de Dios. Marcada por un sentido universal y soteriológico (salvador), la misión del futuro mediador profético, aunque parezca identificable con algún personaje histórico, apunta a un protagonista futuro y sobrenatural, que los primeros cristianos identificaron con Cristo, cuya vida, misión y pasión son prefiguradas en la misteriosa figura y misión del Siervo de Yahveh.

b) La mediación sacerdotal: del sacerdocio levítico al sacerdocio según el rito de Melquisedec

Junto al mediador profético aparece con fuerza el sacerdotal, más tardío, y ligado al culto del Templo de Jerusalén. El sacerdocio en el AT aparece vinculado tradicionalmente a la tribu de Levi, a la que pertenecían tanto Moisés como Aarón. En Dt 33, 8-11, Moisés bendice a la tribu de Leví, haciéndolos depositarios, aunque no de un modo exclusivo, del sacerdocio del pueblo elegido.

El sacerdocio levítico ejerce un triple munus en la vida religiosa de Israel: transmiten el oráculo divino; la tradición y las observancias ligadas a ella; y el servicio al altar. Aparece así el culto ligado a una determinada casta, la familia de Leví, si bien, durante la Monarquía es el rey el que permanece como el verdadero sacerdote de Israel, como lo proclama el salmo 110, pero ligado a la tradición preisraelita de Melquisedec, y que delega en el sacerdocio levítico el ejercicio de sus funciones cultuales. En esto, se detecta cierta influencia de las culturas vecinas, donde el rey es presentado como mediador entre la divinidad y el pueblo, de quien él ostenta la representación vicaria. Sin embargo, la caída de la monarquía davídica y la experiencia del exilio, trasladan estos atributos a la figura del sacerdote, única de las tres instituciones que sobrevive a la caída del Reino de Judá.

En adelante, la esperanza salvífica se centra en la figura del sacerdote, perteneciente a la casa de Sadoc, quien se mantuvo fiel a David durante la rebelión de Absalón y en cuya familia continua el linaje sacerdotal de Leví. Todo ello, ira acompañado por una justificación teológico – histórica, que presentara al sacerdocio como depositario de las promesas salvíficas de Dios, a través de una serie de alianzas y personajes: Noé, Abraham y Pincas, cabeza de la estirpe sadoquica y nieto de Aarón. Sin embargo, la progresiva politización del sacerdocio, en el que la figura del Sumo Sacerdote asume las funciones regias, desemboca en un nuevo fracaso histórico: hacia el 170 a. C., Onias III, hijo del Sumo Sacerdote Simón, fue asesinado por Simón Bilgá, hijo del administrador del Templo, quien usurpo el Sumo Sacerdocio, poniendo fin a la Casa de Sadoc. Según alguno expertos, de los seguidores fieles de Sadoc, que abandonaron Jerusalén tras su asesinato, surgirían las comunidades esenias de Qumrán, que nunca reconocieron la legitimidad del Sumo Sacerdocio posterior a Simón.

c) La mediación regia: ascenso y caída de la Dinastía davídica

Finalmente, la última mediación terrena que aparece en el AT es la regía, que surge de forma posterior al profetismo y al sacerdocio, pero que tendrá una importancia central en la comprensión del misterio de Cristo. El punto de partida se encuentra en la profecía de Natán a David recogida en el 2 Sam 7, 8-16, en la que al rey davídico recibe de su profeta áulico la promesa divida de la protección de su dinastía y la estabilidad de su reino, que, dentro del ideario regio, prolonga y confirma la promesa hecha por Dios a los Patriarcas de posesión de la Tierra prometida.

Desde esta perspectiva, bajo los reinados de David y Salomón, se realiza una relectura de toda la historia de Israel que gira en torno a la Casa de Judá, situada como nexo de unión entre el pasado y el presente del pueblo elegido. El Protoevangelio (Gen 3, 15), la vocación de Abraham (Gen 12, 1-3), la bendición de Jacob (Gén 49, 8-12) y los oráculos de Balaam (Núm 24, 15-19), ofrecen toda una justificación teológico – histórica de la medición real davídica elaborada durante la época de esplendor de la Casa de David, y en las que se intuye la promesa de un descendiente futuro que consolidara el Reino. Promesa esta que se convierte en aliento y esperanza a medida que la dinastía va fracasando estrepitosamente en su misión de fidelidad a la alianza divina, como evidencia la división del Reino, la implantación de la idolatría, las injusticias sociales y la persecución de los profetas. Esta mirada al futuro se hace profecía en Isaías quien, en medio de la grave amenaza asiria y ante la posibilidad de la desaparición de la Casa de David, pronuncia sus oráculos del Emmanuel que apuntan a la aparición de un rey futuro e ideal, que surgirá de la casa davídica, dotado con el carisma profético y que implantará la justicia, reflejo de la santidad de Yahveh.

La caída de Jerusalén en el 586 a. C. y la desaparición misteriosa de Zorobabel, descendiente de David, en el periodo postexilico, ponen punto y final a la esperanza de un medidor salvífico regio terrenal, que adquiere, en las postrimerías del AT, un tinte escatológico: Dios enviará a su pueblo un mesías, de la Casa de David, que se corresponderá realmente con los rasgos descritos por 2 Sam 7.

Conclusión: de la esperanza terrena mesiánica a la esperanza mesiánica escatológica

Hacia finales del siglo I a. C. aparece ya claramente que el Pueblo de Israel no puede esperar nada de sus mediaciones humanas que, como hemos visto, se han manifestado insuficientes y han faltado a su fidelidad a Dios y a la Alianza.

La desaparición de la monarquía y del profetismo, hizo recaer en el sacerdocio la dirección moral y espiritual del pueblo judío tras el 586 a. C., acentuándose la esperanza de un mesías sacerdotal surgido entre los descendientes de Leví, Aarón y Onías; pero la muerte del ultimo descendiente legítimo de este último y la usurpación del Sumo Sacerdocio por diferentes individuos no ligados a la tribu levítica, hace desaparecer la esperanza en un mediador salvífico sacerdotal. Aun así, los escritos de Qumrán, ligados a los esenios, seguirán manteniendo viva la esperanza de un mediador ligado a la casa de David, al sacerdocio levítico y al profetismo mosaico, pero que ya no pertenecerá al plano temporal, sino al escatológico, al celestial, eterno y divino.

La decadencia en la historia de la mediación profética, sacerdotal y real y su consiguiente proyección en sentido escatológico constituyen el terreno propicio para la identificación de Jesús a la luz de las Escrituras, con aquel que las encarnara en un sentido pleno y perfecto.

Vicente Ramón Escandell Abad, pbro.

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Rev. D. Vicente Ramon Escandell

Rev. D. Vicente Ramon Escandell

Rev. D. Vicente Ramón Escandell Abad: Nacido en 1978 y ordenado sacerdote en el año 2014, es Licenciado y Doctor en Historia; Diplomado en Ciencias Religiosas y Bachiller en Teología. Especializado en Historia Moderna, es autor de una tesis doctoral sobre la espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús en la Edad Moderna