El acuerdo entre jóvenes esposos

¿No es cierto que muchas veces los jóvenes esposos llegan al matrimonio sin apenas conocerse y sin saber como enfrentar la nueva situación en sus vidas?

El acuerdo entre jóvenes esposos

EL HOGAR CRISTIANO: UNA GUÍA PARA LA FELICIDAD EN EL HOGAR
Celestino Strub, O.F.M. Al final del artículo tienen el índice de la obra

Traducido por Augusto Pozuelos

El principal afán de unos novios que se preparan al estado conyugal es el de establecer entre ellos unidad de opiniones, unidad de sentimientos, unidad de proyectos, para vivir en perfecta unión: «Serán los dos una sola carne» (Gen. 2 24).

¿No es el matrimonio el sacramento de la unidad? Pero esta unidad conyugal no es cosa fácil: se debe tender a ella como a un ideal elevado cuya ardua persecución ha de ser constante, y, como en todo ideal, a base de superar múltiples obstáculos.

No se extrañen, pues, los novios al ver que la realidad resulta tan distinta a como la imaginaron durante el noviazgo. ¿Habrán errado el camino? No. La unidad ansiada llegará, pero será preciso dejar pasar tiempo, aplicar en ello buena voluntad y una inteligencia que sepa observar la naturaleza de los obstáculos más frecuentes, a fin de ver de qué lado debe uno dirigirse para evitarlos.

1º El choque de dos personalidades.

A lo largo del noviazgo los novios han hecho un esfuerzo para moldearse según la personalidad del otro, evitando sostener opiniones que chocaran con las del otro, y ocultando a veces los propios gustos e inclinaciones. El resultado ha sido que, inadvertidamente, bajo el efecto de una coacción que se imponían espontáneamente, han falseado en parte la propia imagen.

Una vez contraído el matrimonio y pasada la euforia de las primeras semanas, la coacción se afloja y cada cónyuge vuelve a ser él mismo. Entonces reaparecen las costumbres de toda clase contraídas en la época del celibato; se revalorizan opiniones antes atenuadas, cuya intransigencia absoluta se deja ver ahora; y la personalidad se afirma con su verdadero rostro, despojada de todos los artificios que eran posibles en el período del noviazgo, pero que la vida en común, compartida por entero, hace imposible de allí en adelante.

¿Quiere eso decir que los novios se han mentido o han disimulado deliberadamente la verdad en la época del noviazgo? No. Ni los novios más rectos, aun los que han intentado reflejar la realidad con la mayor exactitud, pueden liberarse de la inevitable ilusión de esa temporada. Sería preciso un milagro para que no surgieran conflictos entre dos personalidades que tienen su carácter peculiar, su temperamento propio, sus reacciones personales, que se han formado en ambientes familiares distintos, que han vivido hasta entonces desconocidos el uno para el otro, y que, después de un año o dos de trato, se unen para vivir en común su existencia.

Al sentir el desconcierto de los primeros choques imprevistos en sus pasos de recién casados, los jóvenes esposos, en vez de aprender a manejar con calma los primeros desacuerdos, pueden empezar a abrir fuego y a abrumarse con reproches mutuos. Si este hostigamiento mutuo se prolonga, uno de los dos acabará perdiendo la paciencia y, harto ya, abandonará pasivamente la lucha buscando evasiones. Es ya una ruptura que, aunque no siempre sea patente, no por esto deja de ser menos grave y dolorosa.

Para evitar una evolución tan peligrosa, los novios deben prepararse a esos inevitables desacuerdos que surgirán a pesar de su buena voluntad, aprendiendo a anticiparse a ellos y a resolverlos, efectuando desde la época del noviazgo un serio trabajo de armonización de las personalidades.

2º El papel del amor.

Esta delicada adaptación de los comienzos es la prueba reveladora de la calidad de un amor serio, capaz de renuncia, de paciencia, de dulzura, ante un ser imperfecto y al que se debe amar a pesar de sus imperfecciones. Solamente un amor semejante hará posible el acuerdo de las personalidades, porque sólo él aportará a los cónyuges las bases mismas de ese acuerdo: la delicadeza y la perseverancia.

1º Ante todo, la delicadeza. Cuando dos jóvenes entran en la vida con-yugal, deben aprender a suprimir toda brutalidad, incluso la que suele llamarse franqueza. «Ser muy franco» no es siempre el modo más acertado de entenderse con el propio cónyuge. Hay que decir toda la verdad, pero no en cualquier momento ni de cualquier forma.

Hay que tener el tacto de decir las cosas, un tacto que no sigue reglas fijas, ya que es esencialmente un arte de adaptación al otro. Conviene, pues, delimitar lo que hay que decir u omitir, proponer el modo como conviene hablar u obrar, y determinar el mejor momento para hacer una confidencia o dirigir un reproche. Ese mismo tacto ha de llevar a los jóvenes esposos a no hablar nunca bajo efecto de la emoción violenta que acompaña habitualmente a la primera reacción. Le sucede a nuestro espíritu lo que al agua: cuando se enturbia, ya no se ve nada en ella; no queda otra que dejarla reposar hasta que recobre su limpidez.

De igual modo, después de un rapto de malhumor subsiguiente a una tor-peza del cónyuge, debe saberse esperar, antes de levantar la voz, a recuperar la calma y la aptitud para juzgar objetivamente. Este modo de proceder es la regla de oro de que debe proveerse toda pareja al inicio de su vida en común.

En toda observación, evitar las palabras agrias; en toda crítica, evitar las palabras ultrajantes; en todo reproche, evitar la aspereza; tales son las condiciones requeridas para un acuerdo conyugal. Este sólo puede realizarse en un cli-ma en que el afán de comprensión recíproco sea evidente.

2º Y luego, la perseverancia. Cuando un chico o una chica ingresan en el matrimonio, llegan a él con ciertas costumbres desarrolladas a lo largo de veinte años, por lo que, pese a toda buena voluntad, no lograrán suprimirlas en cuestión de meses. El cónyuge que sufre las imperfecciones del carácter del otro, no podrá exigirle que realice un cambio completo y repentino, sino que deberá soportar con paciencia unas falencias que el otro tardará forzosamente cierto tiempo en superar. Esta paciencia, que será una de las formas superiores del amor y un testimonio irrecusable de desinterés, lo llevará:


• A tener en cuenta que se trata de un empeño mutuo, y no el esfuerzo de uno solo: ambos esposos han de cambiar lo que molesta o altera al otro, sin aferrar-se a las propias manías, al propio modo de ver, de hablar, de obrar, bajo pretexto de que hacer cambiar la propia personalidad sería debilitarla.

• A saber repetir una corrección sin dejar traslucir que está uno harto y a punto de estallar. Excitarse no servirá de nada. La calma es la actitud más acer-tada para lograr la enmienda de la otra persona.

• A no exigir del otro cónyuge, por eso mismo, una transformación inmediata, sino respetar la lentitud normal de todo cambio humano, imponiéndose una paciencia a toda prueba, sabiendo esperar a que el otro vaya superando sus defectos, y animándole cuando se le vayan viendo progresos en ese sentido.

• A no corregir nunca delante de extraños. No se reprende a la esposa o al esposo como se reprende a los niños.


3º Algunos obstáculos importantes. Para llevar a cabo este acuerdo entre esposos, no basta ser constante en perseguir la adaptación al otro cónyuge, sino que además es necesario evitar varios obstáculos que se interponen entre ambos.

1º El primero es el individualismo. Cada uno de los cónyuges se dedica a pensar en sí mismo, a buscar propia su comodidad en detrimento ajeno, a facilitarse la vida, aunque sea a costa de complicaciones para los demás.
En general, el proceso comienza del lado del hombre, a quien sus actividades exteriores empujan fuera del hogar. Poco a poco se deja dominar de nuevo por un trabajo acaparador, se ve invadido por preocupaciones ajenas al hogar, y bajo la fuerza de la costumbre, se dedica a pensar y a reaccionar… como si todavía fuese soltero. Y es entonces, del lado de la mujer, la caída en la soledad con todos los riesgos desconocidos que ésta implica: se desprende psicológi-camente de su marido, se repliega sobre sí misma y vive de sus recuerdos, y se endurece contra aquel a quien siente que vuelve a ser un extraño.

Por eso, el culto del nosotros es la primera clave del acuerdo entre esposos. Al aceptar el amor, y su consecuencia final que es el matrimonio, ambos han aceptado construir un «nosotros» en detrimento del propio «yo». Deben renunciar constantemente a recobrar la propia libertad de acción, a aislarse del otro en sus ocios y actividades sociales, y esforzarse siempre en seguir siendo una pareja, unida con tanta frecuencia como sea posible y en todos los terrenos posibles.

2º Otro obstáculo son los celos, esa llaga tan destructora de la vida conyugal que, si hace su aparición desde la época del noviazgo, la única solución que se puede aconsejar a los novios, por dura que parezca, es la ruptura.

Una pareja sólo puede vivir de confianza mutua. Esta confianza viene a ser como una higiene del amor. Se desarrolla por una apertura de corazón, por intercambios periódicos de opiniones, que permiten que la imaginación, sobrecargada a ciertas horas, se refrene y recobre su aplomo. Hay que darle a esta confianza fundamentos tan sólidos que, en caso de que se levanten sospechas contra el otro cónyuge, pueda cada uno aplicar la regla de confiar en el otro.

3º El tercer obstáculo es el humor detestable, el malhumor crónico, que actúa como pantalla en el matrimonio, a semejanza de las nubes que se in-terponen entre la tierra y el sol. En un hogar donde impera el malhumor, el amor puede muy bien existir y aun ser profundo, pero no brilla, como el sol al que las nubes impiden ver, y se olvidará muy pronto que existe.

Contra tal peligro conviene cultivar la serenidad. Una atmósfera en calma favorece mucho más la armonía que las actitudes obstinadas. Enojarse es una puerilidad que resulta intolerable en los adultos. Que la mujer, sobre todo, se guarde de manejar esa arma de dos filos, ya que, con su malhumor, la esposa puede provocar fácilmente la evasión del esposo del hogar.

También es preciso cultivar el perdón recíproco. Algunas torpezas repetidas pueden tener como efecto que alguno de los cónyuges, sobre todo la mujer, se refugien en una protesta silenciosa pero virulenta. Se encierra uno entonces en sí mismo, y se niega a avanzar más por el camino de la comprensión: ya ha dado demasiadas veces el primer paso, el primer beso, la primera sonrisa, hacia la reconciliación. Piénsese, con todo, que más peligroso es no perdonar lo suficiente que perdonar demasiado, ya que un exceso de bondad sólo puede servir al amor, mientras que éste podría no sobrevivir a una negativa de perdón.

4º Un último obstáculo viene a ser la taciturnidad, que, la mayoría de las veces, es patrimonio del hombre. Este debe dedicar a su esposa, por lo menos, tanta atención como prestaba en otro tiempo a su novia.

Hay maridos que no comprenden el suplicio que así imponen a su mujer. A lo largo de todo el día ésta queda confinada en su hogar, donde no tiene a nadie con quien conversar; nada más normal, por lo tanto, que sienta ganas de comunicarse con su marido apenas llega a casa. Pero éste, cansado, no tiene ganas de conversar; unos cuantos monosílabos revelan en seguida a la esposa que el silencio es la norma. Cuando esto se repite con regularidad, la mujer se siente rechazada. Si el marido se contenta con un breve saludo para encerrarse después en un mutismo desconcertante, ¿cómo podrá llegar a comprender a su mujer? Por seguir este sistema, más de un marido ha llegado a ser un extraño para su esposa hasta el punto de no saber ya nada de ella, de sus pensamientos y sentimientos, de sus esperanzas y decepciones, de sus alegrías y penas.

Amar a un cónyuge imperfecto, vivir con él en la más profunda com-prensión, esforzarse en hacerle feliz, matar en sí la tentación del reproche constante, esa es la más firme garantía del amor. Sólo cuando el amor llega hasta ahí puede alcanzarse, en la vida conyugal, la verdadera felicidad.

EL HOGAR CRISTIANO: UNA GUÍA PARA LA FELICIDAD EN EL HOGAR.
Celestino Strub, O.F.M. (La oración familiar)

Índice:

Introducción

Capítulo I (entrega I)

Familia numerosa. El orgullo de los padres

El fin del matrimonio

La educación temprana de la prole

El hogar y la escuela

Las escuelas no católicas

La religión previene el divorcio

La oración en el hogar

Cuánto se debe rezar

Gracias en las comidas

La oración familiar

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