Para ella: tu novio

Continuamos hablando del noviazgo. La mujer debe saber que para amar mejor, necesita comprender al hombre. Hoy es tu novio y mañana puede ser tu esposo. Formemos hogares católicos

Por un noviazgo cristiano. Para ella: tu novio

Fuente: Seminario Internacional Nuestra Señora Corredentora
C. C. 308 – 1744 Moreno, Pcia. de Buenos Aires. Hojitas de Fe

No basta el amor para casarse, sino que debe haber compatibilidad entre los contrayentes. Pero esta compatibilidad se enfrenta a un serio problema: la diferencia psicológica entre ambos sexos.

1º Un mal corriente: la incomprensión.

Desde el inicio, la vida en común va a plantear el problema de la comprensión mutua. Convivir con la propia pareja es mucho más difícil de lo que parece. A menudo el fracaso del matrimonio viene del hecho de que ambos ignoran recíprocamente la fisonomía psicológica del sexo opuesto.

Dos novios pueden amarse mucho, pero conocerse sólo un poco. Se juzgan destinados a ser felices, pero sucede luego que, después del matrimonio, ese entusiasmo se extingue, y una ira sorda, alimentada por el despecho que causa la incomprensión, enfrenta a los jóvenes esposos que acaban apenas de jurarse un amor sin fin.

¿Cómo explicar esta tensión entre ambos, que los lanza el uno con-tra el otro, con el riesgo de destrozarse para siempre? Por la incomprensión. A menudo hace ésta su aparición desde los primeros meses de vida común, y una vez instalada en el seno de la pareja, se sustenta fácilmente con los menores hechos y las actitudes más sencillas, y no tarda en extender sus tentaciones de odio a toda la vida conyugal. Y ahí están los cónyuges, erizados de reproches, armados de protestas, fácilmente irritables y casi constantemente irritados.

¿De qué sirve amarse si no se logra luego vivir en armonía? Para evitar esta desgracia, cada uno de los cónyuges debe saber captar la psicología del otro. Y es que hombre y mujer pertenecen a dos mundos distintos: su lenguaje, su manera de pensar y sentir, son distintas; sus reacciones ante un mismo suceso pueden ser diametralmente opuestas; su concepto del amor, de la felicidad, de la vida, son hasta tal punto divergentes, que pueden no coincidir jamás. Por eso, su primerísima obligación es aprender a compren-derse, aplicándose a ello con un esfuerzo paciente y perseverante.

2º Estructura peculiar del mundo interior masculino.

A fin de adaptarse mejor a su marido, y no dirigirle acusaciones que serían profundamente injustas, la futura esposa debe tener en cuenta las constantes psicológicas que estructuran el alma del hombre.

Para captar el sentido de las cualidades que posee el hombre, y de las miserias que las acompañan, hay que recordar el papel providencial que le corresponde en el seno del hogar: todo se explica a la luz de ese papel.

La función peculiar del hombre en el seno del hogar es ser su cabeza, su jefe: «Las mujeres –enseña San Pablo– sean sumisas a sus maridos como al Señor. Porque el marido es cabeza de su mujer, como Cristo lo es de la Iglesia; de modo que, así como la Iglesia se somete a Cristo, así deben las mujeres someterse a sus maridos en todo» (Ef. 5 21-24). Esto quiere decir que el hombre es el responsable del hogar: responsable de su esposa, y responsable de sus hijos. Cada mujer debe asimilar que no es degradante para ella estar consagrada a la obediencia, porque esto va de acuerdo con su propia naturaleza.

Esposo y padre, él debe ser la providencia de los suyos. Es decir, debe ante todo velar por su bienestar y asegurarles su subsistencia. Por eso entra en la lógica de las cosas el que el cuerpo del hombre se caracterice por una fuerza claramente superior a la de su esposa. Debe ganar el pan de los suyos «con el sudor de su frente», y estabilizar su seguridad, porque él no es sólo su proveedor, sino también su protector.

Gracias a esa robustez, la salud del hombre está menos sometida a las fluctuaciones que afectan frecuentemente la de la mujer; es menos vulnerable que ella; su humor es más estable, menos sujeto que ella a esos cambios súbitos que la hacen pasar de repente de la alegría a la tristeza, de la calma a la impaciencia.

También por eso: puede el hombre sentir la tentación de acusar a su esposa de excesiva tensión, de alterarse por cualquier motivo, o no comprender las dolencias, indisposiciones y debilidades de que ella se ve aquejada; la mujer, a su vez, puede interpretar la serenidad del hombre como indiferencia ante los acontecimientos, o como frialdad, insensibilidad y tal vez brutalidad.

La mujer debe, en este caso, ayudar al hombre a adaptarse a ella, enseñándole a dominar su violencia y su fuerza, para someterse poco a poco a las exigencias de su delicadeza y de cierto refinamiento. Asimismo, debe saber comprender la necesidad que el hombre puede sentir del deporte como un escape para salvaguardar su equilibrio nervioso, cuando el trabajo no le permite descargar la suficiente energía física; o la sed de actividad que sienten ciertos hombres, multiplicando las actividades fuera del hogar, no por evasión, sino como un contrapeso para descargar toda su vitalidad.

La inteligencia masculina es profundamente distinta de la de la mujer, tanto que no debe causar asombro que choquen de vez en cuando.
A la mujer, intuitiva, directa y cordial, le cuesta trabajo orientarse ante el razonamiento frío, gradual y riguroso del hombre. Este deduce, relaciona, elabora una argumentación, distingue; sus juicios son más laboriosos de forjar, más lentos en delinearse que en la mujer, cuya rápida intuición le permite quemar etapas; pero, en general, son más seguros, por haber sido elaborados teniendo en cuenta lo esencial, y vienen formulados con más serenidad.

Ante esta seguridad y «terquedad» de los juicios del marido, la mujer debe tratar de ajustar sus intuiciones, con frecuencia vacilantes y apriorísticas, a las conclusiones más firmes de su esposo. Al mismo tiempo, en contacto con el espíritu masculino, adquirirá un juicio más objetivo de las cosas, y dará a los detalles sus proporciones exactas, sin convertirlos en gigantes cuando en realidad son unos enanos.

Además, el hombre suele eliminar un montón de detalles para llegar al nudo de una cuestión o de un problema. Se fija simplemente en lo esencial, sin dejarse acuciar por bagatelas o consideraciones secundarias, y se preocupa más de la síntesis que del análisis. La mujer debe recordar que todo hombre es ciego para las «cosas pequeñas». Se le escapan muchas cosas: el vestido nuevo que ella se ha puesto para agradarle, el peinado modificado según los deseos de él, los platos que él prefiere, y hasta los aniversarios cuya memoria debería él recordar. No por eso ha de inferir la esposa que su marido carece de galantería, o que es indiferente a su persona.

La mujer está en cierto modo concentrada en los seres que ama, y que toda su actividad le recuerda; mientras que el hombre vive más dispersado, dividido entre su hogar y el mundo exterior en el que se abisma cada día, para enfrentar los más variados problemas. En vez de irritarse ante esta actitud, la esposa debe esforzarse con paciencia a hacerle percibir los detalles de la vida que pueden hacer más grata la unión conyugal

La sensibilidad masculina es uno de los puntos en que el hombre difiere quizá más radicalmente de su compañera. La mujer es fácilmente hiperemotiva, dotada de una sensibilidad a la que el menor acontecimiento o palabra hacen vibrar.

Su marido, en cambio, aunque no carece de sensibilidad, presencia los sucesos sin alterarse. Su corazón, podría decirse, sigue el ritmo de su razón, mientras que en la mujer es más bien ella quien se adapta al ritmo del corazón. Por eso, el hombre controla más sus reacciones, que son menos profundas que las de su esposa. También él siente pena y alegría, pero tiene más facilidad para no dejarse arrastrar por ellas; y aun cuando las sienta, se muestra a menudo incapaz de manifestarlo exteriormente.

Dadas así las cosas, no debe la esposa interpretar el mutismo de su marido como indiferencia, ni creerlo desdeñoso porque no le repite mañana y noche que la quiere. Al contrario, gracias a la calma y mesura de la sensibilidad masculina, el hogar encuentra con frecuencia un equilibrio y conserva una paz que sólo se logran cuando la emotividad está bien controlada.

El hombre, por su parte, debe hacer un esfuerzo para adaptarse a la sensibilidad de su esposa. Gracias al juego tan delicado de su sensibilidad, la mujer puede transformar el universo de su esposo, porque su capacidad de alegría es tan profunda como su capacidad de sufrimiento. El hombre espera de ella que siembre en él la alegría, y le haga compartir ese don que él no posee.

Lo que acabamos de decir a propósito de la sensibilidad, podría casi repetirse al hablar de la imaginación masculina.
En la mujer la imaginación corre con un ritmo desenfrenado, alimentándose del menor detalle, creando situaciones, embelleciendo cosas ya bellas y acentuando las cosas ya negras. Sabe ella inventar mil y una maneras de rehacer el mismo gesto, y está en disposición de renovarse continuamente, ansiando ritmos nuevos.

Mientras que, en el hombre, la imaginación funciona más lentamente, y apenas está despierta. Si se pone en acción bajo el efecto de un choque violento, vuelve a recaer enseguida en su apatía natural. Para expresar su amor, no dispone más que del verbo «amar», lo cual desespera a la esposa: ante semejante estado de cosas, la vida junto al esposo puede llegar a parecerle gris, y hacerle sentir la tentación de rebelarse contra la monotonía que hace que todo sea siempre igual. La defrauda ver que su esposo es incapaz de redescubrir el amor.

Esta falta de imaginación del cabeza de familia, que puede parecer un inconveniente desagradable, es en realidad una gran ventaja. Es porque domina esta peligrosa potencia inferior, por lo que el hombre se mantiene generalmente realista y ve las cosas tal como son, sin excesos ni exageraciones.

Esto le permite con frecuencia evitar el pánico ante situaciones difíciles, el miedo excesivo ante ciertos riesgos necesarios. Por ser responsable de su hogar, el jefe de familia tiene que ser prudente; para ser prudente ha de ser realista; y sólo lo será en la medida en que la imaginación intervenga con mesura en los juicios que emite.

El fervor religioso del hombre es, con toda evidencia, mucho menos perceptible que el de la mujer. ¿Quiere esto decir que sea menos profundo? No necesariamente. La esposa debe, pues, abstenerse de hostigar a su esposo para llevarlo a una práctica religiosa que se ajuste a la suya propia. El hombre es orgulloso, y las recriminaciones sobre este punto no harían más que despertar en él una resistencia obstinada. Además, la religiosidad del marido es mucho más racional que sensible.

Si la mujer quiere ayudarle a vivir intensamente su fe, hágalo estimulándole cuando se descuida por negligencia, despertando discretamente su atención con observaciones cautas y oportunas, pero sin ejercer sobre él presión alguna.

Conclusión


Tal es la fisonomía del hombre llamado a compartir la vida de la mujer. Estos datos básicos dejan entrever cómo puede él fácilmente cobrar fama de egoísta ante su esposa. Por poco que ella interprete los reflejos de su marido a través de su propia manera de hablar, de actuar, de sentir, de razonar, de imaginar, corre el riesgo de atribuir al hombre un mutismo estúpido, cierta brusquedad, insensibilidad y terquedad. A eso se refiere, en definitiva, la acusación generalizada de egoísmo dirigida contra los hombres.

La mujer debe grabar en su mente que, para amar mejor, necesita com-prender mejor al hombre. Mañana, a su marido. Hoy, a su novio. Ha de darse cuenta de que esta asimilación de la psicología masculina se impone ya desde el período del noviazgo, y no debe dejarse para más adelante.
Un último punto. La mujer ha de esforzarse en hablar un lenguaje sencillo y accesible a su marido.

Es propio de la mujer desear ser adivinada sin expresarse; pero eso mismo coloca al hombre en una situación engorrosa: ¿cómo adivinarla, si la mujer persiste en no expresarse? Para el marido, esto es como jugar al escondite, lo cual puede llevarlo a abandonar una persecución inútil, con la consiguiente pena de la mujer de no haberse visto comprendida.

Para evitar que estas situaciones se produzcan, la mujer debe atenerse a pedir las cosas que desee, y a no pedir las que no desee. La esposa puede conseguir así la armonía con su esposo más rápida y profundamente que si se obstina –con el pretexto de que es mujer– a no revelarse al hombre. Este no pide habitualmente más que comprender, ¡con tal de que se le ayude un poco!

Fuente: Seminario Internacional Nuestra Señora Corredentora
C. C. 308 – 1744 Moreno, Pcia. de Buenos Aires.

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