Para él: Tu novia

Continuamos hablando del noviazgo cristiano. Hoy los consejos van dirigidos al hombre para que sepa como tratar a su novia, es mujer que mañana puede ser su esposa

Por un noviazgo cristiano. Para el: tu novia

Fuente: Seminario Internacional Nuestra Señora Corredentora
C. C. 308 – 1744 Moreno, Pcia. de Buenos Aires. Hojitas de Fe

La incomprensión no es un privilegio femenino: así como la mujer no puede comprender el amor de su marido sin captar su psicología, tampoco puede el hombre comprender el amor de su mujer sin comprenderla a ella misma. Con todo, la incomprensión del hombre es la más frecuente.

La incomprensión masculina


¿A qué se debe esta incomprensión? Entre otras cosas, a la naturaleza de la mujer, cuya feminidad misma, con sus tendencias y cualidades, impregnadas todas de versatilidad, hace tan difícil comprenderla. Y es que en la mujer hay un enigma, un misterio de movilidad; y no son raros los hombres que renuncian a la dicha conyugal y se resignan a la incomprensión simplemente porque su mujer se les presenta bajo su aspecto tan enigmático.

Sepa el hombre que, por compleja que sea la mujer –lo bastante compleja para que a veces a ella misma le cueste trabajo comprenderse–, no lo es hasta el punto de resultar impenetrable para su marido. Lo absoluto del juicio con que los hombres se apresuran a considerar a las mujeres como enigmas indescifrables es tan injusto y discutible como lo absoluto del juicio femenino según el cual todos los hombres son sistemática e irremediablemente unos egoístas.

Muy a menudo, el hombre no consigue comprender a su mujer por ser demasiado perezoso. Ese terreno movedizo que es el alma femenina sólo se deja explorar por aquel que, con mucha paciencia, acepta renovar sin cesar sus esfuerzos durante muchos años. Conviene, pues, que el novio se convenza de que le es absolutamente necesario aplicarse, contra viento y marea, a comprender a su novia hoy, y, más adelante, a su esposa. Si no, la desunión interior no tardará en llegar, y acaso también la ruptura exterior.

“El hombre no consigue comprender a su mujer por ser demasiado perezoso “

Una mujer sólo puede vivir con un hombre que la comprenda. Este pedido de comprensión brota de lo más profundo de su ser, hasta el punto de que puede ahogar el amor cuando la otra parte no responde a él.

Por eso, el hombre ha de saber sacudir la indolencia natural que le inclina a creerse dispensado de todo esfuerzo, y tratar de aprender a conocer a su mujer tal como es; esto es, no cribándola a través de su psicología de hombre, con arreglo a sus maneras masculinas de ver, pensar y hablar, sino deteniéndose en ella como en un ser diferente al que debe adaptarse, para formar con él una pareja en la que el amor se afiance sin cesar. Sólo así evitará que la mujer, ante la falta de comprensión, se sienta como un ser defraudado e infeliz, y empiece a evadirse del hogar en busca de una comprensión que no halla en su marido.

Fundamento de la psicología femenina

Para comprender el universo psicológico de su esposa, el hombre debe fijarse primeramente en la maternidad, que es la clave del alma femenina. Así como la estructura del alma masculina corresponde a su función de jefe responsable del hogar, así también la estructura del alma femenina co-rresponde a la función que el Creador asignó a la mujer: «La mujer –dice San Pablo– se salvará engendrando hijos» (I Tim. 2 15).

Es esta maternidad la que otorga a la mujer una intuición de las cosas, por la que las percibe y las «siente». Es porque piensa, reflexiona y razona «con su corazón», por lo que la mujer puede poseer esa intuición.

En vano se obstinaría el hombre en hallar en su mujer la armazón lógica que, según él, debe acompañar todo razonamiento. Además, la intuición tiene una «lógica» particular que lleva a la mujer a cambiar muchas veces de parecer, ya que se adapta a las circunstancias y a los hechos, y cuando éstos cambian, cambian también sus juicios. Esta es la razón por la que el hombre puede considerar inestable y voluble a su esposa, y acabar pensando que los juicios emitidos por ella carecen de todo valor. De ahí a no tener nunca en cuenta lo que dice su mujer, no hay más que un paso, que muchos hombres dan.

Por eso, cada hombre debe esforzarse en captar el modo de pensar de su mujer, a fin de estar en condiciones de traducir a su lenguaje racional las intuiciones que ella tiene, y que a menudo formula con gran dificultad.

Para conseguir esta feliz manera de complementarse en inteligencia con la mujer cuya vida entera debe compartir, el hombre ha de armarse, sobre todo a los comienzos, de una suave paciencia. No se le pide que eche abajo una puerta, sino que encuentre la llave que le permita abrir el alma de su mujer.


Dada la peculiar sensibilidad femenina, en que la nota predominante es el corazón y el sentimiento, el hombre ha de aprender a controlar sus vio-lencias y arrebatos, a fin de no herir con palabras hirientes o actitudes des-preciativas la delicadeza de la esposa. Tiene que cambiar, por así decir, de modo de ser, y cultivar la delicadeza como una segunda naturaleza.

No se mofen los maridos de sus mujeres, reprochándoles su sensibilidad excesiva. Por cierto que la mujer ha de intentar controlar su emotividad para no incurrir en una hipersensibilidad que acabaría siendo enfermiza; pero ni ella ni el hombre, aun con la mejor voluntad del mundo, podrán evitar esta fundamental vulnerabilidad a que la expone su naturaleza sensible.

El hombre debe, pues, colocarse ante esa sensibilidad como ante un hecho que no puede eliminar, y hacer el aprendizaje de la delicadeza. Si un hombre no quiere obligarse a ese trabajo, ni aceptar los sacrificios que eso entraña, que no se case.

No olvide el hombre que la sensibilidad de la mujer es en cierto modo el maravilloso instrumento que le permite moverse entre los seres a quienes ama, consagrándose totalmente a ellos. Gracias a esa sensibilidad llegan a ser posibles, en la alegría, esos sacrificios que se escalonan a lo largo del día, como límites que marcan el camino de las abnegaciones obscuras e interminables que lleva a cabo una mujer que es a la vez esposa y madre.

Dentro de esta psicología tan peculiar, la mujer tiene un gran culto del detalle. Para el hombre los detalles son sólo eso, detalles; pero la mujer está hecha de tal modo que para ella no hay detalles: todo es importante. Ya se trate de un aniversario olvidado o del beso matinal distraído, para ella eso adquiere grandes proporciones; y estas proporciones pueden hacérsele do-lorosas y alarmantes si ella las considera a través de la lente de aumento de su imaginación y las sopesa en la balanza hipersensible de su corazón.

Frente a la mujer, no hay moneda más segura que los detalles para pagarle su amor, ni camino más verdadero para probarle que es amada. Por eso, los detalles han de ser para el hombre el lenguaje de las cosas, que dirán quizá más que oleadas de palabras pronunciadas por los labios, y que suplirán además ventajosamente lo que él no podrá expresar, como suele ocurrirle.

La reina del alma femenina, a la vez que uno de los mayores peligros que acecha a la mujer, es la imaginación. Por eso el hombre debe ayudarle a adquirir un perfecto dominio de la misma, y preocuparse de preservarla contra ella. Eso lo logrará proporcionando a su esposa la ocasión de eliminar, en cierto modo, las sobrecargas imaginativas que perturban periódicamente su equilibrio. Pero, para hacerlo, debe él saber escuchar a su mujer.

Es éste uno de los remedios más eficaces, por ser no sólo curativo, sino preventivo. Cuando una esposa halla en su esposo unos oídos atentos y puede liberarse, en un ambiente afectuoso y comprensivo, de todas esas ideas que se agitan en su cabeza y que sirven de materiales para hacer castillos en el aire, negros o rosas, logrará mantenerse dueña de sí misma; porque extraerá del realismo masculino, y de esa calma y ponderación que son tal vez los signos más seguros de la virilidad, la parte de apaciguamiento que ella necesita.

Por tanto, el hombre debe aprender a enriquecer con su equilibrio el alma de su mujer, y a tratarla con una ternura comprensiva y receptora. De ésta extraerá la mujer el complemento que le es necesario para consumarse, haciéndose una mujer sana y sólidamente equilibrada.

La delicadeza, clave de la psicología femenina. Mientras que la fuerza y la robustez es el patrimonio del hombre, la delicadeza hecha de gracia y de fragilidad es el patrimonio de la mujer. La mujer es delicada tanto en su ser corporal como psíquico. Actuar en todos los frentes a la vez es abrumador para ella; y mucho le costaría hacer cara a las exigencias de dueña de casa, si se acrecientan con trabajos exteriores regulares y con exigencias sexuales frecuentes.

A menudo el marido tendrá que intervenir, sagaz y diplomáticamente, para proteger a su mujer contra sí misma, sobre todo en lo referente al trabajo fuera del hogar, que después del matrimonio acaba convirtiéndose para la mujer en una sobrecarga excesiva. Si la necesidad obliga a la mujer a trabajar fuera de casa, el marido debe guardar siempre una clara conciencia de los límites que ofrece la resistencia física y nerviosa de su esposa.

El hombre ha de esforzarse igualmente en sobrellevar las súbitas variaciones de humor que su esposa sufrirá a veces. Cierta irritabilidad o melancolía periódicas pueden acompañar ese fenómeno, contra el cual ni la propia mujer puede hacer nada. En ese período, más que en ningún otro, debe el hombre mostrarse conciliador, comprensivo, lleno de ternura y de delicadeza, evitando toda brusquedad, dureza o autoritarismo. Estos pasos en falso, inadmisibles en toda ocasión, pueden resultar entonces catastróficos.

Finalmente, el hombre ha de tener en cuenta la necesidad de brindar a su esposa una elevada vida moral. La mujer siente de manera más intensa que el hombre la realidad y el valor superior del universo espiritual: Dios, el alma, la gracia, el bien, el mal, son para ella otras tantas realidades familiares; y eso es lo que le haría difícil apreciar y estimar a un prometido que trata los valores espirituales a la ligera, o a un marido en quien descubre una indiferencia negligente, o incluso un desprecio constante, por las cosas de Dios y del alma.

“El hombre ha de tener en cuenta la necesidad de brindar a su esposa una elevada vida moral”

Resumiendo, el hombre, como jefe del hogar, es responsable del equilibrio psicológico de su esposa, y si no le ofrece ese auxilio tiernamente comprensivo a que nos estamos refiriendo, falta radicalmente a su papel de hombre y de cristiano.

«Tú, el marido –dice San Ambrosio–, debes prescindir de tu orgullo y de la dureza de tus maneras cuando tu esposa se acerque a ti con solicitud; debes suprimir toda irritación cuando, insinuante, te invite ella al amor. Tú no eres un amo, sino un esposo; no has adquirido una sirvienta, sino una esposa. Dios ha querido que seas para el sexo débil un guía, pero no un déspota. Paga su ternura con la tuya, responde de buen grado a su amor. Conviene que moderes tu rigidez natural por consideración a tu matrimonio, y que despojes tu alma de su dureza por respeto a tu unión».

Conclusión.

Entre un hombre y una mujer hay tantos motivos de posible confusión, que quien no anda cuidadoso y vigilante, ve muy pronto cómo se multiplican obstáculos cada vez más peligrosos. Por eso, la atención delicada que el novio tiene hacia su novia durante el período del noviazgo, debe trasladarse luego a la vida matrimonial.

Cuando el novio se convierte en marido, debe ser tanto o más paciente, delicado, despierto y comprensivo que antes. Desde el principio y siempre, el marido debe ser ante su mujer un hombre sen-sato y hábil, que sabe lo que debe decir y cómo decirlo, así como debe saber lo que ha de hacer, cómo hacerlo y cuándo. Renunciar a la disciplina personal que este estado reclama, es cultivar la inconsecuencia y aceptar perder el amor de su mujer.

El marido puede fraguar la felicidad o la desgracia de su mujer: a él le corresponde mostrarse consciente de esas posibilidades y escoger.

Fuente: Seminario Internacional Nuestra Señora Corredentora
C. C. 308 – 1744 Moreno, Pcia. de Buenos Aires.

Hojitas de Fe
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