Mártires de sangre

¿Qué sucedería si nuestros obispos proclamarán la Verdad y se ciñeran al Magisterio de la Iglesia Católica? Posiblemente serían mártires de sangre. Un artículo imperdible

Mártires de Sangre“, un artículo de Santiago Valle Balbín

Todos los obispos deberían ser mártires y dar fe con su sangre de la Verdad, que es Cristo.

En la dictadura del relativismo, liberal y nietzscheana, no se admite que exista la Verdad. No se admiten los mandamientos: no hay Dios y, en consecuencia, no hay Ley Eterna ni Ley Natural. Nada está bien ni está mal. Todo depende. En última instancia, cada uno es dios y decide por sí mismo al más puro estilo satánico. Y como lo que está bien para mí puede estar mal para ti, la única manera de establecer el bien y el mal es el consenso de las mayorías: democracia y soberanía nacional (el pueblo manda).

Así, si la mayoría considera que el aborto está bien, se aprueba una ley en el parlamento y desde ese momento, el aborto está bien y es un derecho. Y lo mismo será con la eutanasia y con tantas otras leyes inicuas que aprueban las mayorías.

El bien y el mal es algo subjetivo: no algo real y objetivo. Y por lo tanto, desde el subjetivismo radical, se llega a lo que Benedicto XVI denominó “dictadura del relativismo”.

Todas las ideas son tolerables y respetable porque ninguna es verdad y todas lo son. Todo es tolerable: menos el catolicismo. Porque los católicos creemos que Dios es la Verdad; que Cristo es la Verdad. Y creemos que hay una Ley Moral Eterna y Universal que establece lo que está bien y nos previene de lo que tenemos que evitar porque nos lleva a la perdición. Y esa Ley Eterna es la misma que la ley natural que cada uno de nosotros llevamos inserta en nuestra conciencia.

Todo el mundo sabe, sin necesidad de estudiar nada, que robar, matar o mentir está mal…

Pero las democracias liberales no admiten la existencia de la ley natural y, mucho menos, de la ley eterna. La democracia liberal no aceptará jamás la soberanía de Dios. Según la doctrina liberal imperante, todo individuo es libre para hacer lo que quiera, sin ninguna cortapisa moral externa y sin más límite que la que se pueda imponer cada uno a sí mismo según su propio criterio sobre lo que está bien o mal. “No creo en Dios ni respeto ningún mandamiento”. “La Iglesia reprime la libertad individual porque condena como pecado aquello que me gusta y me apetece” (puro hedonismo).

La felicidad para el hombre moderno es disfrutar de la vida. Se trata de gozar de los placeres terrenales. La vida es digna y merece la pena mientras puedas disfrutar y pasártelo bien. Pero cuando eres viejo o estás enfermo, no se puede o no hay nada que disfrutar, y entonces tu vida ya no es digna y la solución, entonces, es una “muerta digna”. Antes la eutanasia se proponía solo para enfermos terminales. Ahora en Holanda, ya se propone para mayores de 70 años “cansados de vivir”. Luego será para cualquiera de cualquier edad que esté cansado de vivir (aunque tenga 14 años). Y llegará el momento en que la pastillita del matarile ya no será voluntaria, sino obligatoria a partir de la edad que el Estado Todopoderoso decida; eso sí: después de que la soberanía popular haya aprobado la medida por mayoría parlamentaria, porque el pueblo es soberano. Y si la mayoría cree que la vida del ser humano debe limitarse a los sesenta años, así debe ser y así debe ser aceptado como algo bueno y necesario para la supervivencia del planeta y para que la vida sea sostenible. Seguramente antes de ingerir la pastilla o de insertarte el supositorio por vía rectal, te leerán un artículo de la constitución y te darán un fuerte aplauso mientras todos nos arrodillamos ante la Pachamama: ¡Qué felicidad! Ya no supondrás un gasto para el Estado, ya no dejarás más huella de carbono, ya no contaminarás más al planeta y te volverás a unir a la Madre Tierra para servir de pasto a los gusanos y de abono a los huertos ecológicos (la incineración se prohibirá por contaminante).

Es la opinión de las mayorías – la soberanía popular – quien establece las leyes: también las leyes morales. Y los obispos parecen encantados con una Constitución que ha aprobado el divorcio, el aborto y el “matrimonio” gay; y que va camino de aprobar la eutanasia y cuantas leyes inicuas se les ocurra con tal de ofender a Dios y degradar moralmente o matar al hombre. Los obispos españoles están encantados con la democracia y con esa soberanía del pueblo que legisla contra la Ley de Dios. Nuestros obispos apuestan por la democracia, por la soberanía nacional y por la constitución. Son muy grandes ellos. Y no digamos el nuevo nuncio de Su Santidad en España, que también se derrite de emoción con la Constitución del 78, “una declaración de valores y principios” que hermana a España con las naciones y democracias modernas. Y es que somos todos muy modernos y tenemos que adaptar las verdades de la fe a los nuevos tiempos. “Hemos perdido el tren de la historia y llevamos por los menos doscientos años de retraso”, dicen los modernistas. En fin…

Si los obispos proclamaran la Verdad y defendieran los derechos de Dios y la Ley Eterna; si proclamaran la soberanía de Cristo; si en vez de aplaudir las bondades del “sistema liberal” o de callar “prudentemente”, condenaran con rotundidad las leyes inicuas y excomulgaran a herejes y apóstatas, probablemente acabarían siendo mártires de sangre. Pero ¿quién quiere afrontar la cruz? ¿Qué es eso de defender los derechos de Dios?

Dios nos pedirá cuentas a todos.

¿O no?

Tal vez, después de morir, nos disolvemos y desaparecemos en la nada…

Santiago Valle Balbín

Mártires de sangre-MarchandoReligion.es

Esperamos que hayan disrutado con este artículo, “mártires de sangre”. Les invitamos a conocer a nuestras firmas. Nuestro artículo recomendado:


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