Luz del mundo

¿Quiénes son la la “sal de la tierra” y la “luz del mundo”, que han de iluminar a la Creación? En este artículo tienen la respuesta

LUZ DEL MUNDO

MISTERIOS DE LA VIDA DE CRISTO

1. Evangelio (Mt 5, 13-16)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Más si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos».

2. Comentario al Evangelio

El Evangelio según san Mateo no solo muestra a Jesús como centro y culmen de la esperanza salvífica de Israel, sino que lo presenta como el fundador de una nueva realidad, la Iglesia, que vendrá a realizar en plenitud y perfección lo que sólo en figura y promesa realizó el Pueblo de Israel. Por ello, san Mateo recoge en su Evangelio las principales instrucciones de Jesús sobre los fundamentos de esta nueva realidad, que se inicia sobre la base de los Doce discípulos por Él escogidos. Son ellos, como lo fueron los Doce hijos de Jacob, los pilares sobre los que se edifica el nuevo Pueblo de Dios, al frente del cual sitúa a un hombre, a Pedro, el primero en autoridad entre los apóstoles. Por la misión que les ha sido encomendada, Jesús les exige un alto grado de perfección, que implica la coherencia de vida y el anuncio de la Buena Nueva a toda criatura salida de las manos del Padre. Ellos son la “sal de la tierra” y la “luz del mundo”, que han de iluminar a toda la Creación, recibiendo ellos mismos la Luz eterna de la que son un resplandor efímero: Brille (…) vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos.

3. Reflexión

Les enseña [Jesús] la confianza cuando predican, para que los apóstoles no se escondan por el miedo y se asemejen a la lámpara debajo del celemín; que se muestren con toda libertad y proclamen sobre los tejados lo que han escuchado en la intimidad[1], comenta san Jerónimo sobre el Evangelio de este Domingo.

l Símbolo de la fe (Credo) nos enseña, y con él toda la Tradición de la Iglesia, que esta es “apostólica”, es decir, que tiene su origen y fundamento en los Doce apóstoles. Esta nota de la Iglesia se manifiesta principalmente en su origen, enseñanza y estructura, pero también en su misión: la Iglesia de hoy participa del mismo mandado misionero dado por Cristo a sus apóstoles el día de la Ascensión. Este se materializa a partir de Pentecostés cuando, fortalecidos por el Espíritu Santo, los apóstoles tienen plena conciencia de que son portadores de una verdad universal y objetiva, destinada a todos los hombres de cualquier raza, nación o condición social, sin quedar excluido nadie de su anuncio. Esta conciencia, de la cual participan también todos los primeros seguidores de Cristo, es la que la lleva a romper su aislamiento dentro del Judaísmo, y abrirse al mundo, tal y como era el deseo del Maestro, que había salido del Padre para iluminar a los que vivían en sombras de muerte. Fieles pues, al deseo de su Maestro y Señor, los apóstoles salen a anunciar la Buena Nueva de la Salvación, buscando la salvación de quienes los oían, y no tanto engrosar las filas de la naciente Iglesia. Y aquí radica, la diferencia entre el apostolado y el proselitismo: en que para el primero la propagación de la fe busca el bien espiritual y eterno de aquellos a quienes se dirige, sean pocos o muchos los que acojan el anuncio; mientras que el segundo mira con obsesivo afán el número de convencidos, al margen cualquier consideración sobrenatural. Lo primero es lo propio de la Iglesia, que, desde el respeto a la libertad de conciencia, anuncia a todos los hombres, sea cual sea su raza, cultura o religión, el mensaje salvador de Cristo, al margen del resultado del mismo anuncio; lo segundo, es más propio de las sectas, las ideologías, los partidos políticos…, que buscan la masa y no al individuo, que pierde su singularidad, para fundirse en un grupo amorfo e impersonal. Este no fue, evidentemente, el estilo de los apóstoles que, en una predicación de tú a tú, buscaban la salvación del individuo concreto, con su singularidad, sus raíces históricas, culturales y religiosas, conscientes siempre, como lo ha sido la Iglesia, de ser portadores de un mensaje universal de Salvación que no puede limitarse a un grupo, raza, cultura, sociedad o espacio geográfico.

Magisterio de la Iglesia

San Pío X, papa (1903-1914)

¿Qué cosas propone la Iglesia a nuestra consideración en los divinos oficios de las semanas de Septuagésima, Sexagésima y Quincuagésima?

En los divinos oficios de la semana de Septuagésima, la Iglesia nos presenta la caída de nuestros primeros padres, y su justo castigo; en los de Sexagésima, el diluvio universal, enviado por Dios para castigo de los pecadores; y en los tres primeros días de la semana de Quincuagésima, la vocación de Abraham y el premio dado por Dios a su obediencia y a su fe.

Catecismo Mayor de San Pío X

Oración

Señor Jesucristo, Luz de luz, que enviaste a tus heraldos a anunciar la Buena Nueva de una Salvación que no conoce límites humanos, culturales o religiosos; danos tu auxilio para que, consciente de la grandeza del mensaje que recibimos de los apóstoles, también nosotros lo hagamos llegar, con nuestras palabras y obras, a toda la Humanidad. Que vives y reinas. Amen.

Rev. D. Vicente Ramón Escandell Abad


[1]Comentario al Evangelio según San Mateo, 14.15

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Rev. D. Vicente Ramon Escandell

Rev. D. Vicente Ramon Escandell

Rev. D. Vicente Ramón Escandell Abad: Nacido en 1978 y ordenado sacerdote en el año 2014, es Licenciado y Doctor en Historia; Diplomado en Ciencias Religiosas y Bachiller en Teología. Especializado en Historia Moderna, es autor de una tesis doctoral sobre la espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús en la Edad Moderna