40 días y 40 noches: El desierto

El Dr. Mario Guzmán nos trae una propuesta para la cuaresma, nos invita a acercarnos al desierto y a renunciar a algo para crecer en nuestra vida espiritual

“40 días y 40 noches: El desierto”, un artículo del Dr. Mario Guzmán Sescosse

Han pasado 40 días y 40 noches desde que empezó el programa de ascetismo de Exodus 90. La mayoría de quienes decidimos intentarlo hemos fallado, no en una, sino en varias ocasiones. La oración el ascetismo y la fraternidad se han vuelto elementos centrales de nuestra vida diaria. Pero con ello también hemos atestiguado nuestras debilidades, nuestras esclavitudes y nuestras limitaciones. Algunos se resisten a hacer las 14 practicas de ascetismo, otros las intentan, pero después caen en la indulgencia y otros se dan cuenta que el orgullo y la vanidad no serán suficientes para lograr 90 días de desierto, de transformación y abandono de las pasiones.

Esta experiencia de desierto contemporáneo está lejos de la experiencia de Nuestro Señor en el desierto o de la experiencia de San Antonio en su ermita en medio del desierto de Egipto. La experiencia de Jesús fue radical y la de Antonio también, lo dejaron todo, absolutamente todo. Pero a pesar de que no se puede comparar su desierto con nuestro desierto, si existen algunas similitudes. Tanto Nuestro Señor como San Antonio decidieron retirarse para profundizar en lo que Dios Padre quería para ellos, además los dos fueron tentados por el demonio para que abandonaran su ascetismo, renunciaran a Dios y se entregaran a lo que el maligno les ofrecía. Nuestro Señor implacablemente lo rechazo y lo venció. San Antonio, por su parte, lo padeció pues siendo un hombre y no el Hijo de Dios tendría que enfrentarse a sus propias limitaciones y ser constantemente asediado por el demonio y así sufrir física y espiritualmente por ello. Pero San Antonio nunca se rindió y su ejemplo inspiró a la tradición monástica dentro de la Iglesia y hasta el día de hoy es considerado tanto en la Iglesia Latina como en la Ortodoxa como uno de los más grandes santos bajo el título del “Padre de Todos los Monjes”

Quienes participamos en Exodus 90 también hemos querido dejar todo aquello que nos ata al mundo y nos impide acercarnos a Dios. Hemos buscado que, a través de la mortificación, la renuncia, la vida interior y el apoyo de otros podamos comprender lo que Dios quiere de nosotros. Pero también hemos sido tentados; nuestros vicios, nuestras cadenas y nuestros viejos hábitos que a lo largo de nuestra vida construimos, reclaman nuestra atención. Y es que mientras más busca el hombre acercarse a Dios, el demonio más trata de impedírselo.

La batalla espiritual entre el bien y el mal no es un símbolo de la debilidad humana, mucho menos una alegoría cultural para expresar lo que la cultura dominante considera correcto o incorrecto.

La lucha entre el bien y el mal es una realidad de la que todos somos parte, lo sepamos o no.

Los cientos de millones de niños asesinados cada año en al vientre de sus madres son un reflejo de ello. La invasión de la pornografía en la intimidad de los hogares y la inocencia de nuestros niños es otra prueba más. El ataque a la familia, el creciente fenómeno del divorcio y la confusión de las nuevas generaciones que no aceptan ni su propio cuerpo también lo evidencian. El abuso y la injusticia a la que cientos de millones de personas son sometidos en China, Corea, Venezuela y otras partes del mundo donde el socialismo y el comunismo gobiernan es parte de la batalla. Los niños que participan en las guerras, las familias enteras desplazadas, la persecución de los cristianos en manos de los islamistas y comunistas y la destrucción de la naturaleza también son parte de la lucha que tiene lugar día a día entre el bien y el mal. Nosotros, lo sepamos o no, lo queramos o no, estamos en medio de dicha confrontación. Es una guerra en la que uno no decide participar o no, solo decide de que bando estará, si del bando de Nuestro Señor o si del bando del maligno.

En el desierto resulta más evidente comprobar la existencia de esta batalla espiritual que se vive permanentemente.

Y es que privados de las distracciones y de los medios que nublan nuestra visión, los condicionamientos se presentan con más claridad y podemos ver cuán aletargados hemos estado. Pero en el desierto también se replica la batalla entre el bien y el mal, sin embargo, el campo de batalla tiene lugar en nuestro interior. Como San Pablo, reconocemos con mayor facilidad nuestra tendencia a no hacer el bien que queremos y en cambio a hacer el mal que no queremos (Romanos 7: 19-25) y al igual que Nuestro Señor y San Antonio, nos vemos confrontados con el demonio, con las tentaciones que nos hacen creer que lo que hacemos de nada sirve.

Pero renunciar a uno mismo y renunciar a las pasiones si sirve. Su efecto podrá no ser evidente, pareciera incapaz de detener la maldad que habita en el mundo, a pesar de ello es fundamental pues deviene en la transformación del individuo. Como lo explica el apóstol en su carta a los Colosenses 3:10 esta transformación nos viste de un “nuevo hombre, el cual se va renovando hacia un verdadero conocimiento, conforme a la imagen de aquel que lo creó”

Martin Luther King acertó cuando dijo “la oscuridad no puede expulsar la oscuridad; solo la luz puede hacerlo. El odio no puede expulsar al odio; solo el amor puede hacerlo” Eso es lo que Nuestro Señor nos mostró con su presencia y enseñanza en la tierra, eso es lo que la transformación individual y la experiencia del desierto puede hacer en cada uno de nosotros. Puede encender una pequeña vela de luz interior que ayude en la batalla entre el bien y el mal, a la vez que puede devenir en un poco de amor que nos ayude a expulsar el odio que hay en nosotros y que sin duda crece en el mundo.

40 días y 40 noches de Exodus 90 no es ni la mitad del camino, aún faltan 50 días más del programa. Pero la meta no es esa, la meta debe de ser el cielo y estos 90 días son nada en comparación del desierto que vivió Nuestro Señor y que santos como San Antonio experimentaron. A pesar de ello, son una invitación para todos, para que recordemos que nosotros también estamos llamados a salir del mundo y abandonarnos en la Providencia de Dios.

La cuaresma está por llegar y es una extraordinaria oportunidad para que tú que me lees también puedas experimentar el desierto, reconocer la batalla entre el bien y el mal y puedas decidir de qué lado estarás. Así podrás prepararte de una manera más íntima e intensa para el misterio de la muerte y la resurrección de Dios. Así podrás participar en tu propia muerte y resurrección, psicológica y espiritual. No tienes que hacerlo como lo hacemos en Exodus 90, pero ¿qué tal renunciar a algo en esta cuaresma? ¿o tal vez, leer uno de los evangelios de principio a fin para entender más a Nuestro Señor? ¿o quizá, buscar imitarle lo más que podamos en el amor al Padre y en el amor a nuestro prójimo?

Tú también puedes encender la luz de tu interior y expulsar un poco de la obscuridad que hay en el mundo.

Saludos con aprecio

Por: Mario Guzmán Sescosse

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Mario Guzmán

Mario Guzmán

Dr. Mario Guzmán Sescosse es profesor e investigador de tiempo completo en Trinity Christian College en la ciudad de Chicago en EUA. Es doctor en psicología y cuenta con dos maestrías en psicología y psicoterapia, además de la licenciatura en psicología y estudios en filosofía. Es autor del libro "La Transformación del adolescente", de diversas obras científicas y capítulos de libro. Tiene más de 17 años de experiencia como terapeuta. Sus intereses académicos son psicología y religión, psicoterapia, psicopatología y desarrollo humano. Además, está casado y tiene 3 hijos junto con su esposa. https://www.drmarioguzman.com/