Doctor Fausto (II), 2ª parte

¿Continuamos la historia del doctor Fausto de Christopher Marlowe? Acomódense y prepárense para una buena lectura

Doctor Fausto (Y II), un artículo de Miguel Toledano

Hace unos meses dejamos a nuestros lectores ante el primer descenso del telón de la inmortal tragedia a cargo de Christopher Marlowe, según pueden recordar aquí. Es el momento ahora de rematar la faena.

En el día de San Pedro, Fausto y Mefistófeles, criado de Lucifer, visitan al Papa en el palacio apostólico. Su propósito es burlarse del Vicario de Cristo. Éste, por su parte, vive en medio de una considerable molicie, lo que podría abonar la tesis contraria al catolicismo del autor.

Años después, el universitario alemán acude a Aquisgrán, a la corte de Carlos V, todavía rey de romanos con anterioridad a su coronación como emperador. Carlos demuestra su proverbial magnanimidad, así como una admiración por Alejandro Magno de entre todos los estadistas que la historia había producido hasta entonces.

Las escenas 19 a 23, cuando la muerte se acerca al protagonista, constituyen el punto clave de la obra. Gozando de sus últimos días de vida, Fausto logra aún de Mefistófeles que éste haga aparecer a la simpar Helena de Troya. En el drama homónimo de Goethe y Gounod, la belleza y la virtud están simbolizadas por la famosa Margarita, heroína entre las heroínas románticas. Por el contrario, en esta anterior versión el ideal femenino lo encarna la reina espartana del siglo XIII a.C., que cruza el escenario para admiración de todos.

Mefistófeles proporciona al infeliz doctor un cuchillo, con el fin de que el suicidio le sepulte en el infierno, mas en ese momento aparece un Anciano que le ofrece la salvación a través del arrepentimiento. Fausto lucha en su interior: la esperanza no logra superar su pesimismo, convencido de que su destino fatal está sellado. De hecho pronuncia una frase terrible: Me arrepiento de mis pecados, pero no siento esperanza. Es el pecado de desesperación, peligrosísimo porque niega la gracia que produciría la confesión de todos los demás.

Para contrarrestar los buenos consejos del Anciano, una suerte de director espiritual de urgencia, Mefistófeles se apresta a atacar físicamente al viejo; sabe que la gran fe de éste protege de forma total su alma, incólume por consiguiente a las fuerzas del infierno. Y tal es el vigor moral del cristiano, que el demonio apenas puede siquiera causar dolor físico, pues la gracia perfecciona la naturaleza.

Antes de morir, Fausto suplica admirar por última vez a Helena; quizás un beso de ella le otorgue la inmortalidad pero, naturalmente, dicho propósito se demuestra por dos veces insensato. El desdichado catedrático se aferra a su amor platónico antes que a nada en el mundo; primero estuvo dispuesto a vender su alma por veinticuatro años de poder; ahora está dispuesto a ceder todo ese poder por Helena. Al final, no quedará ni lo uno ni lo otro, sino toda la eternidad ante él.

Su última tarde, ya irremediablemente débil y enfermo, la pasa en compañía de tres colegas universitarios, lo que nos da idea de que se despediría de este mundo antes de alcanzar su edad de jubilación, aunque muy envejecido por sus desmanes; eso que los periodistas del corazón llaman vitalismo. Los otros profesores lamentan que su amigo haya pasado tanto tiempo solo. En un tiempo en que las facultades de estudios aún estaban presididas por el cultivo de la religión, le recuerdan que el perdón divino es eterno.

Sin embargo, demasiados años insultando a Dios ya no le permiten llorar, rezar o arrodillarse. Mefistófeles logró que en su presencia no se hablase siquiera de Dios, como a menudo sucede en nuestros días. El hombre se halla solo y se ha acostumbrado, además, a vivir como si Dios no existiese. En ese momento, las puertas del infierno se nos abren como la única alternativa posible.

En su última hora de vida, Fausto querría parar el tiempo. Con algo más de margen, quizás podría lograr arrepentirse. Una sola gota de la sangre de Cristo obraría el milagro. Pronunciar su santo nombre es preferible a implorar piedad de Lucifer, que no lleva a nada. En los albores de la muerte, el agonizante desea ser enterrado por las montañas para poder escapar a la ira del Altísimo; que un rayo destruya el cuerpo para que pueda volar el alma.

Media hora y todo se habrá acabado: Una ilusoria fantasía, quizás el infierno no sea eterno, aunque dure cientos de miles de años; o quizás el hombre sea como los animales y resto de la naturaleza, en la que el polvo vuelve al polvo y no hay alma que viva eternamente. El condenado llega a maldecir a sus padres por haberle transmitido el ser; pero de inmediato se halla tratando de esconderse de Lucifer. Un minuto más, pues nadie está listo para el infierno. La poca resistencia física del desahuciado, un alarido final, no bastan para impedir la caída. El universo cruje con cada alma separada de Dios.

La moraleja está principalmente destinada a los sabios: Los servidores del mal saben cómo hacernos admirar lo ilícito. Cinco siglos después de su creación, la triste historia de Fausto es, más que nunca, una alegoría de sensatez cristiana para este milenio que comienza.

Miguel Toledano Lanza

Domingo de Septuagésima, 2020

Nuestro artículo recomendado, la primera parte del doctor Fausto

¿Quieren leer el libro del Doctor Fausto? http://www.fundacionsiglodeoro.org/assets/FAUSTUS-EDICION-16-02-2012.pdf (Enlace ajeno a Marchando Religión)


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Miguel Toledano

Miguel Toledano

Miguel Toledano Lanza es natural de Toledo. Recibio su primera Comunión en el Colegio Nuestra Señora de las Maravillas y la Confirmación en ICADE. De cosmovision carlista, esta casado y es padre de una hija. Es abogado y economista de profesión. Ha desempeñado distintas funciones en el mundo jurídico y empresarial. En la actualidad es subdirector de un colegio internacional en Bruselas. Ha sido secretario general de la Fundación Nacional Francisco Franco y afiliado del partido político Alternativa Española. Es fiel asistente a la Misa tradicional desde marzo de 2000. Ha publicado distintos artículos en diferentes medios.