El misterio del Adviento en san Bernardo de Claraval y Benedicto XVI

¿Podemos llegar a comprender el misterio del Adviento? Es un tema del que se han ocupado los Doctores de la Iglesia. Hoy, el Rev. D. Vicente nos instruye siguiendo la huella de San Bernardo de Claraval y Benedicto XVI

“El misterio del Adviento en san Bernardo de Claraval y Benedicto XVI”, Rev. D. Vicente Ramón Escandell

Introducción

Todo tiempo litúrgico se nos presenta como una renovación del misterio de nuestra salvación, que es actualizado a través de los signos y símbolos que la Liturgia nos ofrece. Esta actualización hace que el Misterio de Cristo siga presente en nuestro hoy de un modo místico, distinto de como tuvo lugar durante su vida terrena, pero con la misma capacidad salvífica que tuvo hace más de dos mil años.

El Adviento es uno de estos momentos de actualización del Misterio de Cristo que nos abre a una doble dimensión del mismo: la histórica y la escatológica. La primera hace referencia a la preparación en el tiempo de su nacimiento según la carne, vivido a través de la experiencia del Pueblo de Israel, los profetas, Juan el Bautista y María; la segunda apunta a los últimos tiempos, a la Segunda Venida de Cristo cuya preparación corresponde, en el tiempo, a la Iglesia y a cada cristiano en particular. Entre ambas venidas, se encuentra el Adviento cotidiano, en el cual el Señor se hace presente de un modo particular en cada persona y acontecimiento, como nos recuerda el Prefacio III de Adviento.

La comprensión de este misterio, de esta preparación para la venida del Nuestro Señor, ha ocupado a los grandes Padres y Doctores de la Iglesia, como también a los Sumos Pontífices que, en sus homilías instruyen al pueblo cristiano para acoger dignamente a Aquel que viene y que vendrá. En este retiro, nos centraremos en dos de estas figuras magisteriales de la Iglesia: San Bernardo de Claraval y el Papa emérito Benedicto XVI; el primero por su profunda comprensión mística del misterio del Adviento y el segundo por su exposición actualizada del pensamiento de los grandes doctores y místicos de la Iglesia. Que bajo la guía de tan grandes e insignes maestros podamos profundizar en este misterio que nos prepara para la gran Epifanía de Cristo en Belén.

UN DOBLE MOVIMIENTO DEL ESPIRITU

 La tradición espiritual cristiana ha contemplado en el Adviento un doble significado: por una parte, es un tiempo de preparación para el nacimiento de Cristo según la carne, participando de esta manera del anhelo salvífico del Pueblo de Israel que, desengañado por el fracaso de los mediadores humanos (reyes, sacerdotes y profetas), pone toda su esperanza en Dios mismo, que les prometió un Salvador que asumirá la función regia, sacerdotal y profética; y, por otra parte, la Iglesia prepara el advenimiento definitivo del Señor, esperado por todas las generaciones cristianas, en el cual establecerá un reino que no tendrán fin, profetizado por el ángel Gabriel a María y que se cumple en el Apocalipsis de san Juan.

 Sobre este aspecto doble del Adviento, dice el Papa emérito Benedicto XVI:

“[El Adviento es] un tiempo de gran profundidad religiosa, porque está impregnado de esperanza y de expectativas espirituales: cada vez que la comunidad cristiana se prepara para recordar el nacimiento del Redentor siente una sensación de alegría, que en cierta medida se comunica a toda la sociedad. En el Adviento el pueblo cristiano revive un doble movimiento del espíritu: por una parte, eleva su mirada hacia la meta final de su peregrinación en la historia, que es la vuelta gloriosa del Señor Jesús; por otra, recordando con emoción el nacimiento en Belén, se arrodilla ante el pesebre. La esperanza de los cristianos se orienta al futuro, pero estásiempre arraigada en un acontecimiento del pasado. En la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios nació de la Virgen María: “Nacido de mujer, nacido bajo la ley”, como escribe el apóstol san Pablo. (Ga 4,4)”[1]

El P. Vagaggini en su obra El sentido teológico de la Liturgia resume magníficamente la idea que nos ha transmitido el Papa emérito en el testo precedente:

“El Señor había de venir, el Señor vino, el Señor viene cada día en la misa y en las almas por vía sacramental o por vía moral, el Señor vendrá.”[2]

UN TIEMPO DE RENOVACION PARA EL MUNDO

 El Adviento no es sólo una celebración ligada a una determinada comunidad religiosa, lo cual empobrecería su sentido y desfiguraría en sentido universal de la Salvación de Cristo. La gracia del Adviento alcanza a toda la humanidad, a todo hombre cuya alma se haya herida por el Pecado Original o por los pecados personales. Los hombres esperan anhelantes un salvador, alguien que lo libere de sus miserias morales o espirituales, y, aunque muchos se han presentado como tales, sólo Cristo es el verdadero y único Salvador de los hombres. De ahí, que la renovación del mundo y de la humanidad no vendrá de mano de “mesías” mundanos, sino de Aquel cuyo nacimiento, pasión, muerte y resurrección renovará todas las cosas para ponerlas de nuevo en las manos de Dios.

Sobre esta idea del Adviento como un tiempo de renovación del hombre y la Creación, afirma Benedicto XVI, siguiendo la doctrina del Concilio Vaticano II:

Podríamos decir que el Adviento es el tiempo en el que los cristianos deben despertar en su corazón la esperanza de renovar el mundo, con la ayuda de Dios. A este propósito, quisiera recordar también hoy la constitución Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo actual: es un texto profundamente impregnado de esperanza cristiana. Me refiero en particular al número 39, titulado “Tierra nueva y cielo nuevo”. En él se lee: “La revelación nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia. (…) No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esa tierra.” En efecto, recogeremos los frutos de nuestro trabajo cuando Cristo entregue al Padre su reino eterno y universal. María Santísima, Virgen del Adviento, nos obtenga vivir este tiempo de gracia siendo vigilantes y laboriosos, en espera del Señor.[3]

Esta fuerza renovadora del Adviento, que implica una correspondencia del hombre a la gracia de Cristo, se deja también ver en el Sermón I sobre el Adviento de San Bernardo de Claraval, a cuyos monjes invita a acoger esta renovación por medio de místicas representaciones:

Ya atardecía y el día iba caído; se estaba poniendo ya el Sol de justicia, y su resplandor y calor se apagaban en la tierra. La luz del conocimiento divino era muy tenue, y al crecer la maldad, se enfriaba el fervor de la caridad. Ya no se dejaba ver el ángel ni hablaba el profeta; habían claudicado como vencidos por la desesperación, ante la dureza y obstinación de los hombres (…) La plenitud y la abundancia de las cosas había acarreado el olvido y la inteligencia de las realidades eternas. Llegó oportuna la eternidad, precisamente cuando dominaba lo temporal.

PRIMERO EL MOVIMIENTO DE DIOS HACIA EL HOMBRE

La Salvación es iniciativa de Dios en beneficio del Hombre, de ahí, que el Adviento sea, ante todo, un movimiento divino en favor de los hombres. Dios desea, como dice el Apóstol, que todos los hombres se salven y conozcan a su Hijo Jesucristo, Camino, Verdad y Vida. Por ello, sin necesidad alguna de su parte, y por pura bondad, Dios sale al encuentro del hombre ofreciéndole su salvación en una Persona, no en una doctrina o ideología, con la que establece una relacion personal, un tú a tú, íntimo y único. Y en la cual, la parte que se revela respeta la libertad del sujeto de su revelación: Dios no quiere esclavos que lo teman, sino hijos que lo amen.

Sobre esta dimensión personal y de encuentro del Adviento y la Salvación afirma el Papa emérito:

En este tiempo de Adviento de Adviento la comunidad eclesial, mientras se prepara para celebrar el gran misterio de la Encarnación, está invitada a redescubrir y profundizar su relacion personal con Dios.

La palabra latina adventus se refiere a la venida de Cristo y pone en primer plano el movimiento de Dios hacia la humanidad, al que cada uno está llamado a responder con la apertura, la espera, la búsqueda y la adhesión. Y al igual que Dios es soberanamente libre al revelarse y entregarse, porque sólo lo mueve el amor, también la persona humana es libre al dar su asentimiento, aunque tenga la obligación de darlo: Dios espera una respuesta de amor. Durante estos días la liturgia nos presenta como modelo perfecto a esa respuesta a la Virgen María.[4]

Por su parte, san Bernardo de Claraval, con su habitual estilo místico y poético, recoge esta misma idea del Adviento como llamamiento divino a la salvación y redención del hombre, en su Sermón III sobre el Adviento:

El que había creado al hombre a su imagen y semejanza, se hizo hombre para conocer a los hombres. 

y en otra parte del mismo, no dice igualmente:

[Dios] ama al alma que vive siempre en su presencia y que se juzga así misma sin disimulo.

PREPARARNOS AL ADVIENTO, PREVENIDOS A LA CONTAMINACION COMERCIAL

Un fenómeno característico de nuestro tiempo es la “secularización” de las celebraciones cristianas. En nuestros días, aun siguiéndose celebrando las fiestas navideñas, estas van perdiendo poco a poco su sentido cristiano para adquirir uno más mundano, que guarda las apariencias pero que no responde a su sentido verdadero. La Navidad ya no viene precedida por un tiempo de oración y penitencia, sino de compras compulsivas, cenas de empresa y adornos neutros, que conforman la nueva liturgia del Adviento. Preparan y celebran no el nacimiento de Cristo, sino el de sus dioses y diosecillos prefabricados y materialistas, a los cuales ofrecen sus libaciones y ofrendas, como los paganos lo hacían a sus dioses.

Ante esta “criptopaganizacion” del Adviento, nos advertía el Papa Benedicto XVI a no caer en ella y perseverar en el sentido cristiano y autentico de este tiempo litúrgico:

Después de celebrar la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, entramos en estos días en el sugestivo clima de la preparación próxima para la santa Navidad, y aquí ya vemos erigido el árbol. En la actual sociedad de consumo, este periodo sufre, por desgracia, una especie de “contaminación” comercial, que corre el peligro de alterar su atentico espíritu, caracterizado por el recogimiento, la sobriedad y una alegría no exterior sino intima.[5]

Con una mayor contundencia, expresa san Bernardo de Claraval esta tentación de mundanizar el tiempo de Adviento en su Sermón III sobre el Adviento. Las siguientes palabras del Doctor Melifluo, aunque describen una realidad de su tiempo, bien podrían aplicarse a la realidad que nos ha toca vivir a nosotros cristianos del siglo XXI:

Los de vida y mentalidad mundana, aunque celebran esta memoria (…) pasan estos días en la aridez habitual, sin devoción ni afecto. Y lo que es más reprochable les da pie a consuelos carnales. Por eso los ves que preparan durante estos días vestidos elegantes y refinamientos culinarios; como si Cristo en su nacimiento buscara cosas parecidas y se le tributara una acogida más cálida donde aparecen semejantes detalles.

y con un tono que recuerda las denuncias de los profetas sobre la hipocresía religiosa de Israel, dice con mayor contundencia el Doctor Melifluo:

Celebras mi Adviento honrándome con los labios, pero tu corazón está lejos de mí.

CONSTRUIR EL BELEN EN CASA

Decía san Agustín respecto a los sacramentos que estos son “signos visibles y eficaces de la gracia invisible”. Algo parecido podríamos decir de los distintos elementos que adornan nuestros hogares y personas, que nos recuerdan nuestra condición de cristianos y el amor que profesamos a Dios, a la Virgen y a los Santos.

Uno de estos signos visibles de nuestra fe es el Belén, que representa, en su forma más simple, el misterio del Nacimiento según la carne de Nuestro Señor Jesucristo. La presencia del Belén en nuestros hogares actualiza en ellos el misterio de nuestra salvación, lo que hace de él un elemento no meramente decorativo sino casi sacramental. Por desgracia, cada vez son menos las familias que, siguiendo la tradición de nuestros mayores, instalan el Nacimiento en sus casas, llevados por determinadas modas que, con sus símbolos, han apartado este signo cristiano de ellos. Pero para quienes siguen haciendo un hueco en sus hogares a este símbolo cristiano, se hacen acreedores del mayor agradecimiento por parte de Dios: han convertido sus casas en un nuevo portal de Belén donde, expulsados de otras tantas, han encontrado un lugar donde pasar la noche a Jesús, José y María.

Sobre el significado familiar, material y espiritual del Belén, decía el Papa emérito Benedicto XVI:

En muchas familias, siguiendo una hermosa y consolidada tradición, inmediatamente después de la fiesta de la Inmaculada se comienza a montar el belén, para revivir juntamente con María los días llenos de conmoción que precedieron al nacimiento de Jesús. Construir el belén en casa puede ser un modo sencillo, pero eficaz, de presentar la fe para transmitirla a los hijos.

El belén nos ayuda a contemplar el misterio del amor de Dios, que se revelo en la pobreza y en la sencillez de la cueva de Belén. San Francisco de Asís quedó tan prendado del misterio de la Encarnación, que quiso reproducirlo en Greccio con un belén viviente; de este modo inicio una larga tradición popular que aún hoy conserva su valor para la evangelización.

En efecto, el belén puede ayudarnos a comprender el secreto de la verdadera Navidad, porque habla de la humildad y de la bondadmisericordiosa de Cristo, el cual “siendo rico, se hizo pobre” (2 Cor 8,9) por nosotros. Su pobreza enriquece a quien la abraza y la Navidad trae alegría y paz a los que, como los pastores de Belén, acogen las palabras del angel: “Esto os servirá de señal: encontrareis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.” (Lc 2, 12). Esta sigue siendo la señal, también para nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI. No hay otra Navidad.[6]

Si bien en tiempos de San Bernardo no exista la costumbre de poner el Belén en los hogares, esto no quita de que el Doctor Melifluo penetrara en el sentido profundo y espiritual de esta presencia material del misterio del Nacimiento de Cristo en los hogares cristianos. Por ello, estos textos de su Sermón I de la Vigilia de Navidad pueden ser de gran utilidad a la hora de meditar el signo visible de este misterio:

Nace Jesús. Alégrese incluso el que siente en su conciencia de pecador el peso de una condena eterna. Porque la misericordia de Jesús sobrepuja el número y la gravedad de los delitos.

Y esta alegría espiritual, representada en el misterio material que preside nuestros hogares en Navidad, se une, en san Bernardo al gran misterio de la Eucaristía, fuente de la alegría cristiana:

Si la carne de la resurrección renueva y conforta al viejo odre de tu cuerpo, si, mejorado por este sentimiento, puede contener el vino nuevo que está en el interior, y si en fin vives de la fe y nunca te lamentas de haber olvidado de comer tu pan, te has convertido en Belén [casa de pan], y digno, por tanto, de acoger al Señor, contando siempre con tu confesión. Sea pues, Judá [que significa confesión] tu misma santificación. Revístete de confesión y de gala; condición indispensable que Cristo exige a sus ministros [y fieles].

ORACION

Mi santísima Señora, Madre de Dios, llena de gracia, tú eres la gloria de nuestra naturaleza, el canal de todos los bienes, la reina de todas las cosas después de la Trinidad…, la mediadora del mundo después del Mediador; tú eres el puente misterioso que une la tierra con el cielo, la llave que nos abre las puertas del paraíso, nuestra abogada, nuestra mediadora. Mira nuestra fe, mira nuestros piadosos anhelos y acuérdate de tu misericordia y de tu poder. Madre de Aquel que es el único misericordioso y bueno, acoge nuestras almas en nuestra miseria y, por tu mediación, hazlas dignas de estar un día a la diestra de tu único Hijo.

Amen. (san Efrén)


Rev. D. Vicente Ramón Escandell Abad

[1]Angelus I Domingo de Adviento (27-XI-2005)

[2] P. 326

[3]Angelus (4-XII-2005)

[4]Angelus (11-XII-2005)

[5]Angelus (18-XII-2005)

[6]Angelus II Domingo de Adviento (10-XII-2006)

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Rev. D. Vicente Ramon Escandell

Rev. D. Vicente Ramon Escandell

Rev. D. Vicente Ramón Escandell Abad: Nacido en 1978 y ordenado sacerdote en el año 2014, es Licenciado y Doctor en Historia; Diplomado en Ciencias Religiosas y Bachiller en Teología. Especializado en Historia Moderna, es autor de una tesis doctoral sobre la espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús en la Edad Moderna