Sacerdotes santos: Sacerdote para siempre

“Me impresiona la figura de los sacerdotes que conservan la liturgia tridentina”, ¿Les gusta esta frase? De esto nos habla hoy Jorge en su artículo, la santidad Sacerdotal, un don para la salvación de las almas, necesitamos Sacerdotes santos.

“Sacerdotes santos: Sacerdote para siempre”, Jorge A. Rangel

He quedado sin palabras y con la cabeza llena de pensamientos después del mes del “Rosario” y “Misionero”, el mes que nos habla del final de los tiempos y de la vida eterna en la liturgia, y todo concluye con la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo.

No he digerido mentalmente lo que todos hemos visto y oído desde los jardines y aulas del Vaticano, de la misma Basílica de San Pedro, de Roma la que fuera el centro y modelo de una sociedad civilizada en su organización, derecho, cultura.

No imagino el verdadero significado y trascendencia de la cantidad de noticias, signos, ritos, afirmaciones, diagnósticos y votaciones democráticas para cambiar lo que se ha llamado “el más grande regalo que Dios ha hecho a la humanidad, el sacerdocio”.

Qué es un sacerdote

Desde que entré a la escuela siempre me sentí acompañado de un sacerdote, hoy doy gracias a Dios por la sabiduría sencilla de mi madre, que sintió la importancia de la educación católica para sus hijos, y venciendo todas las dificultades, me ha permitido convivir con muchos, muchísimos sacerdotes.

Creo ante todo que el “Sacerdote” es un hombre escogido por Dios, un hombre de Dios, desde antes de su nacimiento, como San Juan el Bautista, ningún sacerdote puede vanagloriarse de serlo porque el sacerdocio es un regalo de Dios y no un logro humano; ¡cuántas veces hemos escuchado del llamado y la respuesta, de la vocación!, alguna vez escuché decir a un señor obispo que hay muchos más hombres con vocación sacerdotal de los que imaginamos, que la vocación sacerdotal, y a manera de ejemplo decía, la tienen como se porta un virus, que se desarrolla o no, según la fomente el que la tiene, esa vocación puede morir por el ambiente en que se vive, por sus costumbres, por sus compañías.

He visto que los sacerdotes se forman y se pulen como las piedras en el río; en los seminarios no todos llegan al ser sacerdotes, pero todos se forman, ellos en el trato diario, en la oración, estudios, trabajo y descanso se desgastan, y moldean su personalidad, su carácter de hombre, de cristiano y de sacerdote.

Jesucristo es el divino modelo de la perfección a la que debemos aspirar, y debemos aplicarnos en cuanto podamos en hacernos semejantes a Él: dulce, humilde, obediente, casto, celoso, paciente, caritativo y resignado a la voluntad de Dios Padre. ¿Qué no será para los que están llamados a ser otros Cristo? Ellos son hombres de fe robusta, esperanza firme, caridad ardiente, oración constante, dignos de ofrecer el sacrificio de la santa Misa, con cultura amplia, constantes a rezar el oficio divino, necesitados de ejercicios espirituales, castos por convicción, sobrios para saber renunciar, modestos en el vivir, laboriosos en las cosas de Dios, pobres por seguir al Señor, respetuosos con sus superiores, hermano con los iguales y solícito con los a él confiados, quien conoce su parroquia y a sus fieles, que vive con celo apostólico, con desinterés de acumular bienes, activo en lo que es importante, prudente con todos, suave con los dolidos y constante en la atención de todos, cuidadoso en la formación de quienes reciben los sacramentos de iniciación cristiana, atento con los jóvenes, buen predicador, fiel lector de la Palabra de Dios, generoso administrador de los sacramentos, santo bautista, amante de la Eucaristía, comprensivo administrador del perdón divino, consuelo de los enfermos, fortaleza de los moribundos, administrador fiel y honrado de los bienes materiales a él confiados, generoso en los cargos y encomiendas, un sinfín de cualidades humanas y divinas le revisten y sólo Dios puede dar lo necesario para ser un santo Sacerdote.

¿Hombres probados?

No basta ser buena gente, ni tener buena voluntad, ni ser buena onda, ni tener buenas vibras. Para ser sacerdote principalmente se necesita ser hombres de Dios.

Recuerdo que en 1972 en uno de los primeros retiros espirituales de mes que viví, llegaron a la casa de formación dos entonces jóvenes sacerdotes, muy alegres, creativos, actualizados.

Iniciaron los días del retiro con ejercicio físico, técnicas de relajación, que si ahora sientes el aire entrar a tus pulmones, que si sientes como corre la sangre por tus venas, todo muy pausado y sin faltar una musiquita relax de fondo. Por la noche, alrededor de una fogata contemplamos sentimentalmente las brazas y escuchamos el chasquido de la leña ardiente.

Las misas fueron “especiales” cambiaron el lugar del altar, le rodearon de las bancas y de sillas, que si nos tomamos de las manos para decir el padrenuestro, que si autocomulgamos de las dos especies, tomando la hostia por la propia mano.

Las pláticas partieron de dos temas principales, una despegando de un famoso libro de autosuperación: “El vendedor más grande del mundo”, y para continuar una canción: “Eres tú” que todavía se llega a escuchar. ¿A quién no le gustan las cosas bonitas? Solo teníamos que dejarnos llevar.

Hoy pienso que esa y otras experiencias creativas y novedosas estaban tan lejos de Dios y llenas de mundo, que recuerdo la cáscara de lo que contenía ese vacío divino. Esos dos padres que renunciaron a serlo, fueron ordenados a fines de los sesentas tienen la misma edad de los que hoy hacen reverencia, llevan en procesión y se postran ante la “madre tierra”; ya en esos tiempos usaban huaraches, un viejo pantalón de mezclilla, un corte de pelo desaliñado y una barba tipo candado, les gustaba lo fino, un horario holgado.

Cuanto se olvidó en todos estos años y hace falta recordar las palabras anteriores a la ordenación sacerdotal por parte del obispo: “¿Sabes si son dignos?”.

Señor, danos sacerdotes santos

Sacerdotes santos-MarchandoReligion.es

La divinidad del sacerdocio en nuestra Iglesia está contenido en frágiles vasijas (nuestra humanidad) que en un descuido puede estrellarse, incluso romperse, pero la divinidad del contenido permanece, quieran o no, fueron ungidos y consagrados por toda la eternidad.

Recuerdo con tristeza a quienes se ordenaron y a las pocas semanas o meses dejaron el ministerio, otros tal vez duraron años, otros murieron pronto, como uno que apenas Dios le concedió 15 días y falleció en un accidente. Muchos han muerto por enfermedad, y los más admirables son los que viven y tanto ancianos como enfermos dieron 40, 50 y hasta 60 o más años al servicio de la Iglesia.

Pienso que todos conocemos o recordamos a un sacerdote que nos habla con sus palabras y con su vida del nuestro Dios que es un Padre bueno, sabio y todopoderoso.

Me impresiona la figura de los sacerdotes que conservan la liturgia tridentina; desde que se lavan las manos antes de la santa Misa, hasta que de rodillas dan gracias ante el altar por el sacrificio divino que ofrecieron, muestran la plena conciencia de la grandeza y santidad de Dios. El sacerdote es pastor de almas y las conduce al cielo cruzando el valle de lágrimas que rezamos.

Pidamos perdón y no una piedra de molino

Ante la desacralización de lo verdaderamente santo, y la divinización de lo creado, el sacerdocio, la santa Iglesia es determinante. Si tenemos muchos sacerdotes, tendremos quien nos ayude a acercarnos a Él. Escogido, consagrado y enviado, todo sacerdote es otro Cristo.

Ya vivimos de todo, hoy nos enfrentamos a lo absurdo, a ocurrencias peores y en grado superlativo como aquel retiro de jovencitos.

¿Podemos pedir una piedra de molino para quienes escandalizan con lo que permiten? El escándalo no como morbo o exageración sino como promoción de desconcierto y duda. ¿O podemos pedir perdón por tan bárbaro culto que se realizó en un lugar santo, pues esa colina fue bañada por la sangre de san Pedro, el primer Papa y mártir de nuestra Iglesia. Perdón por usar la casa de Dios para rendir culto, postrarse, y no respetar un lugar separado sólo para la oración y rendirle solo adoración al Dios verdadero?

Perdón por rebajar la dignidad sacerdotal de quienes saludaron, se inclinaron, cargaron en procesión y engañaron a los fieles disculpando o interpretando falsamente un ídolo con la representación de la vida y de la Santísima Madre de Dios.

Todavía falta el documento final revestido de diagnósticos y de pistas de reflexión y de interpretaciones. Dios nos libre del sacerdocio express, de las diaconisas y de ritos paganos.

De nosotros depende defender el sacerdocio y su dignidad, pues sin sacerdotes santos dentro de poco terminaremos todos postrados ante cualquier ídolo que flota en el Tíber.

Jorge A. Rangel Sánchez

Pueden leer todos los artículos de Jorge en nuestra página: Artículos de Jorge A. Rangel

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