Nostalgia de las novelas no escritas

Empezamos algo con el deseo de terminarlo, pero a veces, el escritor, siente nostalgia de las novelas no escritas, pero estas, siempre pueden ser continuadas

“Nostalgia de las novelas no escritas”, Gilmar Siqueira

Como saben los amigos que han leído mi último artículo – sobre Fortunata y Jacinta – anduve escuchando algunas clases de Julián Marías. Me llamó la atención que, en más de una ocasión, el profesor dijo la siguiente frase: “Yo tengo nostalgia de las novelas no escritas”. La dijo cuando hablaba de autores concretos que, por cualquiera que fuera la razón, no pudieron continuar una novela ya empezada o que sencillamente dejaron de escribir novelas cuando mejor hubieran podido hacerlo.

Entonces me acordé que, en alguna parte de sus memorias, Maurice Baring cuenta que él y su amiga Violet Paget – conocida por su nombre de pluma Vernon Lee – hablaban largamente sobre novelas que nunca serían escritas. Para emplear la expresión de Balzac que Baring mismo emplea, se reunían para fumar cigarrillos mágicos.

Hace pocos días, sin hacer demasiado caso a estas ideas, me puse a leer el primer tomo de las obras completas de Pereda en la bella edición de Aguilar. Tras los artículos escritos en su juventud, el editor puso una novela apenas comenzada que se titulaba Hero y Leandro. La narrativa cuenta que una pareja santanderina de pescadores, no muy diferentes de tía Sidora y tío Mechelín, tras perder sus cinco hijos – el último todavía un nene – cuidaron de un niño muy chiquito que había sido abandonado en la Inclusa. Como la mujer estaba amamantando cuando se murió el último hijo, le pidieron que criara el pobre abandonado. Así lo hizo ella y, al cabo de pocos días, la pareja estaba encantada con el pequeño y decidieron quedarse con él. Transcurrieron algunos años y, en un encontronazo que tuvo con otro chicho, éste le largo una extraña palabra al niño de esa buena pareja: Inclusero. La palabra le dolió mucho, aunque no supiera qué significaba. Entonces les preguntó a sus padres que, muy indignados por lo que dijo el otro niño, no le dieron una respuesta concreta.

Sería de suponer que, sin saber qué significaba aquél insulto – que imaginaba ser insulto por su tono por lo menos –, el muchacho no pensara más en el asunto. Sin embargo, la palabra esa parecía escarbarle una tal herida que, aunque no dijera nada a sus padres, siguió con ella en la cabeza. Entonces tuvo la mala ocurrencia de preguntarle a una vecina muy suelta de lengua qué significaba eso de “Inclusero”; la mujer se lo dijo muy claramente y el chico supo su origen. Ni se le ocurrió contarlo a sus padres adoptivos – a quien quería de veras – ni mucho menos dudó de su origen. Siguió viviendo con la herida.

Era muy querido por sus padres y ayudaba mucho en el trabajo.

Cuando ellos murieron, se quedó en la casa pero totalmente solitario. La verdad es que la idea del abandono nunca le había dejado en paz y, una vez muertas las únicas dos personas que le amaron de verdad en la vida, no supo para qué seguía viviendo. Entonces se le ocurrió un remedio para su dolor: conocía una bonita muchacha que vivía cerca de su casa; un día, a pesar de toda su timidez, se hinchó de valor y le habló a ella. La respuesta que tuvo fue esta:

– ¡Qué lástima, hombre – le respondió ella, sinceramente condolida –, qué lástima que seas… lo que eres, porque, fuera de esa tacha, no tienes otra!

Fueron estas las últimas palabras que escribió Pereda para la novela. Las cuartillas la encontraron después de ya muerto el maestro. Nada más sabemos ni llegaremos a saber de Hero y Leandro. Sólo nos quedará esa desazón causada por las palabras de la muchacha. Se puede imaginar cómo habría reaccionado él – casi pidiéndole perdón a ella –, se puede imaginar lo que pensaría después… Se pueden imaginar muchas cosas. Pero el hecho es que de verdad no se puede saber lo que le habría pasado si continuara la novela.

Nuestras vidas… Escuché tanto a Julián Marías que casi empiezo este párrafo diciendo “La vida humana”.

Adelante. Nuestras vidas están llenas de novelas no escritas o interrumpidas como esa novela de Pereda. A todos nosotros se nos puede aplicar en alguna medida aquél triste verso de Manuel Bandeira: “A vida inteira que podia ter sido e que não foi”. No dejamos de pensar con nostalgia en lo que pudo haber sido si… y aquí que cada uno termine la frase con su propia novela no escrita.

Nuestras vidas son a manera de novelas porque, a su vez, las novelas son pequeños y limitados fragmentos de vidas posibles. En las novelas de Baring, por ejemplo, se pueden ver muchos acontecimientos interrumpidos y, en ellos, las pequeñas novelas vividas por los personajes que no se pudieron escribir. No sé si el transcurrir del tiempo hace más llevadero el recuerdo de aquellas cuartillas abandonadas todavía en su principio. Es posible.

Lo que sé es que, tanto en nuestras vidas reales como en las novelas, nunca empezamos algo que no deseamos llevar adelante.

Todo lo que empezamos lo empezamos con ilusión, con esperanza de llegar a alguna parte, de realizar – literalmente, hacer real – lo que nos ilusiona. Y a veces no podemos seguir. Sin embargo, la esperanza queda. No nos contentamos con un fin sin sentido, es decir, con un fin que no es fin. Esto no es humano. La brusquedad de una novela que se acaba cuando apenas empieza a transcurrir parece significar que un día – o cuando ya no pensemos en términos de días, ni horas, ni años – ella tendrá su verdadero fin, podrá ser continuada. Esperemos.

Gilmar Siqueira


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Gilmar Siqueira

Gilmar Siqueira

Feo, católico y sentimental