Las ciudades de la llanura

¿Han escuchado hablar de Adama? ¿Y de Zeboím y Zóar? Positiva o negativa su respuesta, les invitamos a visitar las ciudades de la llanura

“Las ciudades de la llanura”, Miguel Toledano

Aunque moralmente no se saquen hoy las consecuencias, todo el mundo sabe de Sodoma y Gomorra, mencionadas profusamente a lo largo del Antiguo y del Nuevo Testamento.

Menos conocidas son las otras tres localidades que formaban parte de la pentápolis o confederación de la que Sodoma era la urbe principal.  Nos referimos a Adama, Zeboím y Zóar, la única que Dios dispensó.

El capítulo 14 del Génesis nos relata cómo Abraham y sus trescientos dieciocho bravos reconquistaron la pentápolis, en cuya capital pudo volver a establecerse Lot junto con su familia.

Posteriormente, el capítulo 19 del Génesis describe cómo Dios hizo llover azufre y fuego para destruir la perversidad de las ciudades de la llanura, salvando sólo a la pequeña y fértil Zóar, donde pudiera refugiarse el sobrino de Abraham.  Los arqueólogos modernos han localizado incluso la gruta en la que Lot y sus dos hijas se resguardaron en medio de la ira del Padre del universo.

Cuatro milenios más tarde, en pleno verano de 1943, una nueva lluvia mortífera fue abatida sobre una metrópolis, aunque ésta vez no en las riberas del Jordán, sino del Elba.  La ciudad portuaria de Hamburgo fue prácticamente arrasada y treinta y cinco mil de sus vecinos asesinados alrededor del tornado de fuego ejecutado con científica precisión por la fuerza aérea británica y estadounidense.  Como en este caso el castigo no fue divino, sino humano, la perla hanseática volvió a erigirse desde sus escombros y, en la Alemania reunificada, cuenta con la filarmonía quizás más espectacular del orbe.  Por su similitud con la columna abrasadora que el mismo Abraham pudo distinguir en la distancia, los generales aliados llamaron a su plan destructor “Operación Gomorra”.

Pero volvamos al relato veterotestamentario.  Seis siglos después de Abraham, Moisés recordaba que la tierra donde un día se alzaron las cuatro ciudades de la llanura aniquiladas por la furia del Señor no volvería jamás a ser sembrada ni crecer en ella hierba alguna (capítulo 29 del Deuteronomio). 

Zóar sí sobrevivió y fue llamada Segor por los griegos.

Tres siglos más tarde, el rey Salomón volvía a dejar constancia de la esterilidad de las tierras destruidas, cuyos “árboles sólo daban frutos inciertos en el tiempo” (capítulo 10 del libro de la Sabiduría).

Ya en nuestra época, el gran humorista P.G. Wodehouse se refiere a las ciudades de la llanura en al menos tres de sus novelas.

En la colección “El hombre con dos pies izquierdos y otras historias”, de 1917, el joven dramaturgo James Renshaw Boyd queda abocado a un trabajo como oficinista en Chicago, ciudad a la que “contempla con un desagrado que hacía amable por comparación la actitud de Lot hacia las ciudades de la llanura”.  Si alguno le apetece visitar la población del lago Michigan, que sepa que ha sido aquí descrita con caracteres semejantes a los de los impíos municipios de la Escritura.

La maestría del escritor inglés en el dominio escriturístico se repitió a los dos años, con “Mi hombre Jeeves”.  El joven rentista Beltrán Wooster acude en ayuda de Rocky Todd, quien para agradar a su adinerada tía se ve obligado a vivir en Nueva York, aunque él prefiere el campo como inspiración poética.  Cuando los dos se encuentran en la Gran Manzana, Wooster manifiesta sentirse como “los amigos de Lot cuando fueron a verle para charlar tranquilamente y su simpático anfitrión empezó a criticar las ciudades de la llanura”. 

Wodehouse pone en boca de su más famoso protagonista la referencia bíblica, pero voluntariamente de forma defectuosa, para lograr el efecto humorístico deseado.  Los amigos de Lot que fueron a verle eran nada menos que todos los vecinos de Sodoma, que deseaban raptar a los dos ángeles recién llegados para disponer sexualmente de ellos.  Por consiguiente, resulta una figura literaria casi astracanesca, pretendiendo que los sodomitas vinieran en tropel “para charlar tranquilamente”, cuando en realidad estuvieron dispuestos a derribar la puerta de la casa de Lot con tal de llevarse a los dos efebos.  Es de recordar que el sobrino de Abraham llegó a mostrarse incluso dispuesto a entregar a sus dos hijas a la turba con tal de preservar a los ángeles del Señor.  Los lectores de las andanzas de Wooster y Jeeves saben que, aunque Beltrán presume de haber ganado cuando niño un concurso escolar de conocimiento religioso, a menudo cita torpemente la historia sagrada.

Nuevamente, en 1928, la escena del Génesis reaparece en “Dinero por nada”. 

El tímido John Carroll espera poder hacer una proposición de matrimonio a su gran amiga de la infancia, la joven Patricia Wyvern, en el club nocturno londinense “La cuchara de mostaza”.  Cuando las circunstancias se tuercen y la orquesta le resulta de una cacofonía insoportable, John “medita la escena con básicamente el mismo espíritu de crítica quisquillosa con que Lot consideró en una ocasión las ciudades de la llanura”.  Por tercera vez comprobamos el recurso hiperbólico del genio del humor al drama del pueblo elegido.  La pista de baile se convierte en el valle arrasado por Yahvé.  Lot, al denunciar la degradación de las cuatro villas, estaba siendo “quisquilloso”.  Pero, como le ocurrió al patriarca caldeo al observar las costumbres del valle de Sidim, el aspecto de la clientela y camareros del ambigú provocaban en el protagonista de la novela una sensación de contrariedad.

Sensación de contrariedad que hoy no pasaría de la indiferencia o de la misma adhesión.  Si Lot hubiese vivido en la época dorada de Wodehouse, las décadas anteriores a la segunda guerra mundial, aún hubiese encontrado cincuenta hombres justos.  Pero en la nuestra no sé si van llegando ya a diez.   Y no se ve una Zóar en las cercanías donde poder refugiarse.  Porque, cuando lleguen, los tornados de fuego serán bastante más abrasadores que aquél producido por la RAF en el seco verano de 1943.

Miguel Toledano Lanza

Domingo vigesimosegundo después de Pentecostés, 2019

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Miguel Toledano

Miguel Toledano

Miguel Toledano Lanza es natural de Toledo. Recibio su primera Comunión en el Colegio Nuestra Señora de las Maravillas y la Confirmación en ICADE. De cosmovision carlista, esta casado y es padre de una hija. Es abogado y economista de profesión. Ha desempeñado distintas funciones en el mundo jurídico y empresarial. En la actualidad es subdirector de un colegio internacional en Bruselas. Ha sido secretario general de la Fundación Nacional Francisco Franco y afiliado del partido político Alternativa Española. Es fiel asistente a la Misa tradicional desde marzo de 2000. Ha publicado distintos artículos en diferentes medios.