John Henry Newman y el rol de los laicos en la Iglesia

A unas semanas de su canonización el profesor Kwasniewski nos invita a reflexionar sobre el rol de los laicos que San John Henry Newman pensaba para la Iglesia a la luz de la crisis arriana.

John Henry Newman creyó en un rol no litúrgico único de los laicos en la Iglesia, por Peter Kwasniewski para LifeSiteNews

Traducido por Beatrice Atherton para Marchando Religión

La canonización de John Henry Newman, el pasado domingo, muestra muchas ironías. Desde luego que la principal de ellas es que un Papa conocido por su vaga doctrina y por sus alianzas con agendas mundanas elevó a los altares a uno de los más grandes campeones de la ortodoxia dogmática, del antiliberalismo y de la primacía de lo sobrenatural en la cristiandad.  Uno que dijo que sería mejor que todo el mundo material llegara a su fin a que un alma, a sabiendas, cometiera un pecado venial. Esto sería la versión de Newman de la ecología cristiana.

Otra ironía es que Newman fue un incondicional defensor de los laicos, pero no con el rasgo postconciliar del populismo del consejo parroquial, del afanoso trabajo en el santuario y de la consciencia moral sin restricciones (generalmente, pero no exclusivamente en materias de moralidad sexual), sino más bien observando que los fieles laicos tienen un noble y digno llamado, un genuino lugar en su propio Cuerpo Místico de Cristo, el cual no es el del clero o el de los religiosos, y que les permite hacer un inmenso bien en su propia esfera. El padre Richard Cipolla expone muy bien este punto:

“Es obvio que la visión del Concilio (Vaticano Segundo) por el apostolado de los laicos es principalmente en el mundo donde ellos viven: en sus hogares, en el trabajo, entre sus amigos, en sus muchos encuentros con el mundo en sus vidas de laicos. Deben dar testimonio en sus matrimonios, a sus hijos, a sus amigos, a las muchas y variadas personas que conocen, en su vida política, en su vida intelectual. Ellos deben asumir su propio rol no solo en ser testigos de la fe católica, sino también combatiendo aquellas reales fuerzas de la cultura contemporánea que son contrarias a la fe cristiana. Nótese que en esto no hay ninguna mención de los laicos tomando un rol específico en la liturgia, que la Sagrada Tradición nunca les otorgó. La Tradición aquí está entendida no como una canción del Violinista en el Tejado, sino más bien como lo que se transmitió de los mismos Apóstoles a la Iglesia de nuestro tiempo. Entonces, lo que sucedió en forma práctica es que los laicos después del Concilio se clericalizaron, se convirtieron en aquella maravillosa palabra italiana con la que se llama a los niños que sirven en el altar, chierechetti, pequeños clérigos, como lectores, ministros de la comunión, ministros de comité de liturgia y etc. La clericalización de los laicos después del Concilio ha sido un desastre para los laicos y para la Iglesia en general. Y esto es porque su clericalización les ha obstaculizado en la realización de su propia misión en el mundo como laicos.

El padre Cipolla continúa notando que los laicos que Newman admiró fueron, en su mayoría, los innumerables y anónimos fieles del siglo cuatro que simplemente sobre la base de aferrarse a la fe que habían recibido del bautismo y de manos de la Iglesia, se opusieron a la herejía arriana cuando la mayoría de sus obispos se había volcado hacia el lado del error o simplemente mantenían sus bocas calladas por temor a las repercusiones imperiales.

Pero existe una segunda y más importante razón para tener un laico educado, especialmente educado en la fe católica. Vivimos en un tiempo en el que la naturaleza misma de la Tradición, que ha sido entregada a nosotros por Jesús y los Apóstoles, en las Escrituras y a través de los Padres de la Iglesia y de los antiguos Credos, está bajo ataque. Y bajo ataque no por el mundo del New York Times, el que está muy feliz con la disensión dentro de la Iglesia, porque esto hace a la Iglesia una amenaza mucho menos formidable para el estridente mundo secularizado. El ataque está llegando de aquellos que son ordenados por Dios para ser fieles a la Tradición de la Iglesia y para guiar a su rebaño durante aquellos tiempos de tempestades en el mundo. Aquellos hombres, la mayoría clérigos, reclaman el derecho a cambiar la Tradición, incluyendo el testimonio de las Escrituras. Ellos han tomado la actitud secular de que la Tradición es relativa y condicionada a su historia. Lo hacen en nombre de la misericordia, pero esta comprensión de la misericordia tiene poco que ver con la misericordia de Dios. Y es aquí y ahora que un laico educado, tanto en la fe como intelectualmente, debe ser un testigo de la fe transmitida por la Iglesia desde los Apóstoles en las Escrituras y en la Tradición. Tal cual como los laicos fueron fieles a la fe católica, en el terrible tiempo de la apostasía arriana en el siglo cuarto y más allá cuando la mayoría de los obispos se convirtieron en herejes, así también es esta época los laicos deben ser fieles a la fe católica de una manera humilde, firme y llena de alegría.

Es sorprendente y aleccionador leer el relato de Newman sobre la crisis arriana, a la que le dedicó un libro entero. Escribió:

El episcopado, cuya acción fue tan rápida y en concordancia en Nicea con el surgimiento del arrianismo como clase u orden de hombres, no jugó un buen papel en los problemas derivados del Concilio, pero sí los laicos. Los católicos a lo largo y ancho de la Cristiandad fueron los obstinados campeones de la fe católica y los obispos no lo fueron. Desde luego que existieron grandes e ilustres excepciones. Primero, Atanasio, Hilario, Eusebio Latino y Febadio de Agen, y después de ellos, San Basilio, los dos Gregorios y Ambrosio…Pero en general, teniendo una amplia visión de la historia, estamos obligados a decir que el cuerpo gobernante de la Iglesia se quedó corto y los gobernados fueron preeminentes en la fe, el celo, el coraje y la constancia.

Newman, ya sea el teólogo como el historiador, se pregunta porqué el Señor permitió tal prueba para causar problemas a la Iglesia, porqué a los pastores se les permitió convertirse en lobos por un momento, porqué los buenos y los santos obispos fueron una pequeña minoría y porqué el pueblo fue llamado a aferrarse incluso contra “los mejores”:

Tal vez esto fue permitido con el fin de imprimir en la Iglesia, en una época en la que pasaba de su estado de persecución a un largo tiempo ascendente, la gran lección evangélica, que no son los sabios y poderosos, sino los oscuros, ignorantes, iletrados y débiles los que constituyen su real fortaleza. Fue por los fieles principalmente que el paganismo fue derrotado; fue por el pueblo fiel bajo el liderazgo de Atanasio y de los obispos egipcios, y en algunos lugares apoyados por sus obispos o sacerdotes, que la peor de las herejías fue resistida y erradicada del territorio sagrado.

Como historiador Newman de hecho va más allá y afirma:

(…) en este tiempo de inmensa confusión fue proclamado el dogma de la divinidad de nuestro Señor, cumplida, mantenida y (humanamente hablando) preservada más por la Ecclesia docta (esto es, los laicos) que por la Ecclesia docens (esto es, la jerarquía). Que el cuerpo episcopal fue infiel a su mandato, mientras el cuerpo de los laicos fue fuel a su bautismo; que en un momento el Papa, en otro un Patriarca, Metropolitano o alguna otra gran sede, en otro momento un concilio general, dijeron lo que no deberían haber dicho o que oscurecieron y comprometieron la verdad revelada. Mientras que, por otro lado, estaban los cristianos quienes bajo la Providencia, fueron la fortaleza eclesiástica de Atanasio, Hilario, Eusebio de Versailles y otros grandes solitarios confesores que habrían fracasado sin ellos.

Pero ¿cómo sobrevivieron los laicos durante la crisis arriana? ¿Qué acciones tomaron para preservar la fe y resistir a los obispos heterodoxos?

La respuesta es simple: fue muy difícil, pero con la gracia de Dios ellos hicieron lo que fue necesario.

Para empezar, los fieles ortodoxos dejaron de escuchar los enredos y las tretas de los obispos arrianos y semi-arrianos, que no titubeaban en manipular y “culparlos, tal como los malos obispos de hoy, pensando que ellos estaban siendo “desobedientes” por no estar siguiendo la guía de sus pastores. Mientras la liturgia estaba a menudo en manos de los herejes, los laicos fueron forzados por momentos a dejar de ir a sus iglesias locales y a reunirse al aire libre o en secreto. Newman nos relata que San Basilio Magno, cerca del año 372, escribió estas desgarradoras palabras:

La gente religiosa mantiene silencio, pero cada lengua blasfema se suelta. Las cosas sagradas son profanadas. Aquellos de los laicos que están sólidos en la fe evitan los lugares de culto como escuelas de impiedad y levantan sus manos en soledad con gemidos y lágrimas al Señor en el cielo.

San Basilio Magno, Epístola 92

Cuatro años después Basilio escribiría:

Las cosas han llegado a este punto: las personas han dejado sus casas de oración y se han reunido en los desiertos, una visión lamentable. Mujeres y niños, hombres viejos y otros hombres enfermizos, miserablemente expuestos al aire libre en medio de las más profusas lluvias y tormentas de nieve, de vientos y heladas de invierno y después en verano bajo un sol abrazador. Es a esto a lo que los han sometido porque no serán parte de la malvada levadura arriana.

San Basilio Magno, Epístola 242

Y en su siguiente carta:

Ahora solo una ofensa es vigorosamente castigada: el correcto cumplimiento de las tradiciones de nuestros Padres. Por esta causa los piadosos son llevados de sus naciones y transportados a los desiertos. Las personas se lamentan, con lágrimas continuas en casa y en el extranjero. Hay llanto en la ciudad, un llanto en la nación, en los caminos, en los desiertos. Ya no hay más alegría y jovialidad espiritual. Nuestras festividades se convirtieron en luto; nuestras casas de oración están silentes, nuestros altares privados del culto espiritual.

San Basilio Magno, Epístola 243

Con estas palabras uno no puede dejar de recordar a muchos católicos que, en los últimos cincuenta años, han tenido que invitar a sacerdotes a sus hogares, buscar oscuras capillas o viajar largas distancias con el fin de continuar practicando la fe católica tradicional que recibimos de la Iglesia de todos los tiempos. Aunque de alguna manera la situación ha mejorado en partes del mundo, lo que estamos viendo bajo el Papa Francisco solo puede hacernos preguntar si estamos dirigiéndonos hacia días más oscuros de los ya Estigios años de la década de los ‘70. Los sacerdotes que desean permanecer fieles a nuestro Señor Jesucristo deberán estar mentalmente preparados para el día en el que, habiendo sido destituidos por rehusarse a colaborar o reasignados con el fin de no colaborar con la Mafia Lavanda, la Comisión Litúrgica diocesana o la directiva de la cancillería para la comunión a los adúlteros, etc, no tendrán más opción que dejar sus cargos e irse a la clandestinidad. Deberán tener un set completo de vestimentas, misal de altar, y todos los otros atavíos. Ellos podrán, durante la noche, convertirse en lo que los Jesuitas misioneros en la Inglaterra Isabelina, excepto con este siniestro giro: puede que no sea el gobierno secular el que los persiga, sino el eclesiástico.

Nosotros queremos estar en paz con la jerarquía. Los obedeceremos en todo lo que se requiera, pero nunca cuando se oponga a la Fe. Nosotros amamos sus almas, redimidas por la Sangre de Cristi, y rezamos por su conversión como por la nuestra, ya que ningún hombre vivo está libre de pecado. Pero el tiempo para las tímidas dudas susurradas ha terminado, estamos viviendo en una condición de guerra civil.

Roberto de Mattei en su libro Amor por el Papado y la Resistencia Filial al Papa (pp. 153 – 154) habla de que esto es, con frecuencia, lo más necesario en la situación de hoy, así como de lo que siempre será cierto:

No es suficiente denunciar a los pastores que demuelen – o favorecen la demolición – de la Iglesia. Debemos reducir al indispensable minimun nuestra cohabitación eclesial con ellos, tal como ocurre en un acuerdo de separación matrimonial. Si un padre ejerce violencia física o moral hacia su mujer e hijos, la esposa, aunque reconoce la validez de su matrimonio y sin recurrir a una anulación, puede recurrir a una separación para protegerse ella y a sus hijos. La Iglesia lo permite. En nuestro caso, renunciando a vivir juntos en forma habitual significa distanciarse de las enseñanzas y de las prácticas de los malos pastores, rechazando a participar en los programas y actividades promovidas por ellos.

Pero no debemos olvidar que la Iglesia no puede desaparecer. Por lo tanto, es necesario apoyar el apostolado de los pastores que permanecen fieles a las enseñanzas tradicionales de la Iglesia, participando en sus iniciativas y dándoles coraje para hablar, para actuar y para guiar al desorientado rebaño. Este es el momento de separarnos de los malos pastores y unirnos a los buenos dentro de una Iglesia en la cual tanto el trigo como la cizaña crecen en el mismo campo (Mateo 13, 24-30), recordando que la Iglesia es visible y que no puede salvarse apartándose de sus legítimos pastores.

Ciertamente que San John Henry Newman estaría de acuerdo con esta conclusión. Pueda él interceder por nosotros mientras nosotros atravesamos por lo que el Obispo Atanasio Schneider ha descrito como la peor y más grande crisis que la Iglesia Católica ha jamás experimentado.

Peter Kwasniewski

Puedes leer este artículo en su idioma original en inglés aquí: https://www.lifesitenews.com/blogs/john-henry-newman-believed-in-laitys-unique-non-liturgical-role-in-church

Si te ha gustado este artículo sobre el Cardenal Newman y el rol de los laicos y quieres conocer algo más sobre su pensamiento no te vayas sin leer este artículo


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Profesor Peter Kwasniewski

Profesor Peter Kwasniewski

Profesor Peter Kwasniewski: (Chicago, 1971) Teólogo y filósofo católico, compositor de música sacra, escritor, bloguero, editor y conferencista. Escribe regularmente para New LiturgicalMovement, OnePeterFive, LifeSiteNews, yRorateCaeli. Desde el año 2018 dejó el Wyoming CatholicCollegeen Lander, Wyoming, donde hacía clases y ocupaba un cargo directivo para seguir su carrera como autor freelance, orador, compositor y editor, y dedicar su vida a la defensa y articulación de la Tradición Católica en todas sus dimensiones. En su página personal podrán encontrar parte de su obra escrita y musical: https://www.peterkwasniewski.com/