Fortunata y Jacinta: El amor a los personajes

Gilmar nos adentra en una novela de Galdós, “Fortunata y Jacinta” y para analizar estos personajes nos propone una clase con Julián Marías

“Fortunata y Jacinta: El amor a los personajes”, Gilmar Siqueira

Empiezo a escribir este artículo poco tiempo después de escuchar una clase de Julián Marías1 en la que el profesor hablaba del amor en Benito Pérez Galdós. Me llamó mucho la atención cuando el profesor dijo que Galdós amaba a sus personajes, incluso a los que son muy poco amables.

Hace pocos días concluí mi primera lectura de Pérez Galdós: Fortunata y Jacinta. Como suele suceder en tales casos, conservo la impresión de que he dejado escapar lo mejor de la novela y que no la entendí ni he podido digerirla. Sigo dando vueltas en la cabeza con los personajes y, mientras más pienso, más aumenta mi confusión. Más que en las personajes Fortunata y Jacinta anduve pensando en Juanito Santa Cruz. Lo que hizo sufrir a las dos mujeres – siempre justificándose – me llevó a pensar que es un personaje, para decir lo mínimo, muy poco amable.

Se me ocurrió la idea de que Santa Cruz es poco amable porque así lo quiso retratar su autor, es decir, porque tampoco a él le caía en gracia. La afirmación de Julián Marías, sin embargo, me obligó a repensar la novela y la manera como yo la leí: mi antipatía hacia Juanito Santa Cruz es más mía que de Galdós. Con eso no quiero decir que el autor aprobaba sus fechorías – algo que no se puede considerar porque no hay semejante evidencia en ninguna parte de la novela; lo que quiero decir es que Galdós lo comprendió mucho mejor y más profundamente que yo. Claro – puede pensar algún lector – si fue Galdós quien lo creó es evidente que lo conozca mejor. Pero, después de escuchar a Julián Marías, volví a algunos fragmentos de la novela y he podido ver que el mismo Galdós nos da elementos que prueban la comprensión – el amor – hacia el personaje.

Ese amor del creador a la creatura es un amor auténtico, maduro, precisamente porque desprecia las falsedades de su personaje.

En el viaje de luna de miel con Jacinta, por ejemplo: después de emborracharse, Juanito Santa Cruz se pone a contar a su mujer lo que le había hecho a Fortunata y siente una culpa terrible. La sinceridad misma cambia su manera de hablar: Jacinta siente miedo porque todavía no le había visto de aquella manera. Sin embargo, algunos días después vuelve al tema y habla como siempre – lleno de palabras y razones – de tal manera a excusarse y casi hacerse la víctima.

Nadie diría que el hombre que de este modo razonaba, con arte tan sutil y paradójico, era el mismo que noches antes, bajo la influencia de una bebida espirituosa, había vaciado toda su alma con esa sinceridad brutal y disparada que sólo puede compararse al vómito físico, producido por un emético muy fuerte. Y después, cuando el despejo de su cerebro le hacía dueño de todas sus triquiñuelas de hombre leído y mundano, no volvió a salir de sus labios ni un solo vocablo soez, ni una sola espontaneidad de aquéllas que existían dentro de él, como existen los trapos de colorines en algún rincón de la casa del que ha sido cómico, aunque sólo lo haya sido de afición. Todo era convencionalismo y frase ingeniosa en aquel hombre que se había emperejilado intelectualmente, cortándose una levita para las ideas y planchándole los cuellos al lenguaje.

Un Santa Cruz así, con levitas cortadas a medida y cuellos siempre bien planchados, es lo que vemos hasta el fin de la novela.

Cuando se aburre del hogar, busca una amante; y, cuando se aburre de la amante, vuelve a que Jacinta le perdone y le reciba en sus brazos. Sin embargo, oportunidades de enmienda no le faltaron, porque Jacinta le amaba entrañablemente. Aun después de saber que él se había enredado con Fortunata otra vez, le perdonó:

¡Pero una es tan débil!… ¡Si merecemos todo lo que nos pasa!… Es la mayor desgracia ser así, tan simplona… Como que estamos a merced de esas… secuestradoras, que de tiempo en tiempo nos prestan a nuestros maridos para que no alborotemos…

Estas palabras de Jacinta conmueven tanto porque nos dan una medida de su amor y hasta de su inocencia, mientras que dejan más clara la miseria de Juanito Santa Cruz. Es una declaración de amor patética: pone en evidencia, de la manera más sencilla, el sufrimiento de la pobre mujer. Esa confesión también picó a Santa Cruz: algo le dolió ver lo que hacía sufrir a la buena Jacinta, pero el orgullo habló más fuerte y recorrió una vez más al palabrerío para justificarse. Quizás – esto lo pienso yo – si le hubiera de verdad hecho caso al sufrimiento de Jacinta en este momento, si hubiera hecho caso a ese desahogo, sus vidas serían distintas. Pero tenía que justificarse para ser “menos culpable”.

Aunque parezca algo paradójico, ahí creo ver el amor de Galdós a su personaje tan poco amable: enseñar de esta manera el sufrimiento de Jacinta, su confesión de debilidad, es un verdadero lamento – antes que acusación – a las actitudes de Santa Cruz. Esto lo pienso ahora, después de escuchar a Julián Marías y volver a la novela. En la primera lectura me pareció todo lo contrario.

Pero creo que el lamento de Galdós por lo que hizo Juanito Santa Cruz es más grande al fin de la novela:

Entonces se vio que la continuidad de los sufrimientos había destruido en Jacinta la estimación a su marido, y la ruina de la estimación arrastró consigo parte del amor, hallándose por fin este reducido a tan míseras proporciones, que casi no se le echaba de ver. La situación desairada en que esto le ponía, inflamaba más y más el orgullo de Santa Cruz, y ante el desdén no simulado, sino real y efectivo, que su mujer le mostraba, el pobre hombre padecía horriblemente, porque era para él muy triste, que a la víctima no le doliesen ya los golpes que recibía. No ser nadie en presencia de su mujer, no encontrar allí aquel refugio a que periódicamente estaba acostumbrado, le ponía de malísimo talante.

Y era tal su confianza en la seguridad de aquel refugio, que al perderlo, experimentó por vez primera esa sensación tristísima de las irreparables pérdidas y del vacío de la vida, sensación que en plena juventud equivale al envejecer, en plena familia equivale al quedarse solo, y marca la hora en que lo mejor de la existencia se corre hacia atrás, quedando a la espalda los horizontes que antes estaban por delante.

Ni siquiera si Maximiliano le hubiese pegado un tiro por la espalda su fin sería tan triste como este.

Vemos que este hombre – que tomó el amor tan a la ligera – nunca supo amar y se quedó con el vacío; pero más le dolió ver que su mujer le dejó de amar, por su propia culpa. Si no me falla la memoria, hay un personaje de Maugham que dice que la más grande de las tragedias es la muerte del amor: es ver con hastío a una persona que en un momento significó todo en la vida. Debe de ser igualmente triste ser visto así, como le sucedió a Santa Cruz.

Si se puede llegar a tener lástima de él, aunque la indiferencia de Jacinta le haya venido por su propia culpa, es porque también Pérez Galdós tuvo lástima de su desdicha; y la tuvo antes que nosotros. La tuvo porque lo amaba. Y es triste ver a un ser amado que poco a poco se va destruyendo.

Gilmar Siqueira

1 Es una clase del curso «La novela como interpretación y expresión del amor» que está disponible en: http://www.cervantesvirtual.com/portales/julian_marias/fonoteca_la_novela/

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Gilmar Siqueira

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Feo, católico y sentimental