El hogar Católico

Iniciamos una nueva sección en nuestra página dedicada a la familia tradicional, al hogar católico. Además de distintos artículos sobre las familias cristianas, iremos publicando un día a la semana, los martes, los distintos capítulos del libro “el hogar cristiano: Una guía para la felicidad en el hogar” (Celestino Strub, O.F.M) y que gracias a la traducción y generosidad de Augusto Pozuelos podrán disfrutar en Marchando Religión

“El hogar Católico”

Traducido por Augusto Pozuelos

INTRODUCCIÓN

El mundo de hoy está lleno de reformadores. Se nos dice que la sociedad está enferma con muchos males, y que un remedio radical es imperativo si se quiere evitar el colapso total de la civilización cristiana. Sin embargo, si bien la necesidad urgente de reforma es generalmente aceptada, existe una amplia divergencia de opiniones sobre los medios adecuados para llevarla a cabo. Como católicos, poseedores de las verdades reveladas divinamente que deben regular toda acción humana, sabemos que muchos de los remedios propuestos para la cura de enfermedades sociales son inadecuados, porque no alcanzan la raíz del mal; y que muchos movimientos de reforma bien intencionados están condenados al fracaso, porque no se basan en el único fundamento verdadero y sólido de toda reforma social; a saber, el principio de que no puede haber justicia social y moral real y permanente sin justicia y moral privadas; y que no puede haber justicia privada o moralidad duraderas sin religión.

Una verdad de Perogrullo

Hay total acuerdo entre los católicos: la religión y la moral deben formar la base de toda reforma verdadera; y resulta demasiado obvio decir que si todos los individuos que componen la sociedad fueran moralmente buenos y religiosos, los males que afligen a la sociedad desaparecerían. Además, los católicos están de acuerdo en que la Iglesia Católica ofrece al individuo todo lo necesario para llevar una buena vida. ¿Por qué entonces fallan tantos de sus hijos? Ellos tienen la verdadera fe; tienen los mandamientos, que les dicen lo que deben hacer y lo que deben evitar; y tienen los medios de gracia, oración y sacramentos, para ayudarlos a evitar el pecado y practicar la virtud. ¿Por qué, entonces, no son todos moralmente buenos y religiosos?

El pecado de Adán

La razón fundamental es simplemente que no eligen ser así. El pecado es aparentemente tan agradable, al menos momentáneamente; y en cambio, la práctica constante de la virtud es tan difícil, que los hombres a menudo eligen lo primero con preferencia a lo segundo. Incluso en el Paraíso, donde todas las circunstancias eran tan favorables, Adán y Eva abusaron de su libre albedrío al desobedecer a Dios. Pero como consecuencia de ese primer pecado de Adán, existe en todos sus descendientes una fuerte inclinación al mal, lo que dificulta aún más la práctica de la virtud. Y a todo esto se agrega el ejemplo del mundo malvado en el que vivimos.

El enemigo externo

Es este último, el mal ejemplo del mundo que nos rodea, el que constituye el gran obstáculo para la reforma social, incluso entre los católicos. Si el hombre fuera simplemente un individuo que viviera solo, únicamente tendría al enemigo dentro de sí mismo para luchar; pero al ser un ser social, destinado por Dios a vivir en sociedad, también tiene un enemigo fuera de su interior, el malvado ejemplo de muchos de aquellos con quienes vive. ¿Cómo superar este mal ejemplo? Es el gran problema de la reforma social. Es bastante fácil decir que al mal ejemplo debe servir de contrapeso el buen ejemplo; pero, ¿cómo y dónde se puede tener el buen ejemplo?

Sociedades Católicas

Muchos dicen que, debido a que son principalmente las atracciones sociales las que llevan a los católicos a una compañía y lugares de diversión peligrosos, debemos tener nuestras propias sociedades, nuestras propias agencias sociales, salas de clubes y centros de recreación, para que nuestra gente pueda satisfacer sus deseos de compañía y diversión de manera inofensiva. Si bien admitimos que nuestra gente debería tener amplias oportunidades para la recreación saludable e inocente, y admitiendo al mismo, la importancia y conveniencia de las sociedades católicas, tanto seculares como religiosas, y confiriendo que, cuando se lleva a cabo adecuadamente bajo los auspicios adecuados, tales sociedades pueden hacer un inmensa cantidad de bien, sin embargo, soy de la opinión de que no es por medio de estas sociedades que los males sociales se reducirán en gran medida. Que haya esas sociedades, hagamos todo lo posible para tenerlas; pero cuando las hayamos establecido y las hagamos prosperar, no imaginemos que nuestra tarea está concluida. En todas esas sociedades, algo falta: la asociación íntima y diaria de los miembros, en todos los asuntos importantes de la vida.

La mejor sociedad católica

Felizmente, sin embargo, hay una sociedad que cumple con este requisito tan importante; una sociedad natural, en la que la gran mayoría de los hombres pasan la vida; una sociedad que es capaz de ejercer una influencia de por vida en sus miembros. Esa sociedad, querido lector, es la familia. En la familia tenemos todas las cosas esenciales que el hombre requiere, como ser social, para su bienestar y progreso físico, moral e intelectual. Y dado que la familia, más que el individuo, es la unidad de la sociedad, para reformar la sociedad uno debe comenzar con la familia. Restaurar la religión a su lugar legítimo en el hogar; dejar que la religión dirija, controle y permee la vida familiar, y no solo el individuo tendrá la protección que necesita contra los males de la sociedad, sino que la sociedad misma se transformará. Es, entonces, la religión en el hogar, en mi opinión, el mejor de todos los remedios para la reforma de la sociedad; y el propósito de este pequeño libro es explicar el remedio e inducir a todas las familias cristianas posibles, a que lo adopten. “Por el amor de nuestro Salvador, Jesucristo, imploramos a los pastores de almas, por todos los medios a su alcance, por instrucciones y catecismos, de boca en boca y por artículos escritos ampliamente distribuidos, que adviertan a los padres cristianos de sus graves obligaciones. Y esto debe hacerse no de una manera meramente teórica y general, sino con una aplicación práctica y especial a las diversas responsabilidades de los padres que tocan la formación religiosa, moral y civil de sus hijos, y con la indicación de los métodos mejor adaptados para hacer su educación efectiva, suponiendo siempre la influencia de sus propias vidas ejemplares “. (Pío XI, “Sobre la educación cristiana de la juventud”)

Les esperamos es nuestra sección dedicada a la Familia Tradicional


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