Domingo XXIII después de Pentecostés

Evangelio del día. Domingo XXIII después de Pentecostés. Santa Misa Tradicional

Evangelio de San Mateo, IX, 18

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la gente, se acercó un personaje que se postró ante y le dijo; Mi hija acaba de morir. Pero ven, pon tu mano sobre ella, y vivirá. Jesús se levantó y lo acompañaba con sus discípulos.

Entonces una mujer que sufría flujos de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y le tocó el borde del manto. Porque se decía: Con sólo tocar su manto, me curaré. Jesús se volvió, y al verla le dijo: ¡Ánimo, hija! Tu fe te ha curado. Y desde aquel momento quedó curada la mujer.

Jesús llegó a casa del personaje y cuando vio a los flautistas y el alboroto de la gente, dijo; ¡Fuera! La niña no está muerta, sino dormida. Y se reían de Él. Cuando echaron a la gente, entró Él, tomó la niña de la mano, y ella se levantó. Y se divulgó la noticia por toda aquella región.

Domingo XXIII después de Pentecostes. Meditación

En este Evangelio de San Mateo, vemos a N. S. Jesucristo que responde inmediatamente a la petición de un cierto príncipe que implora ayuda, su hija acaba de morir. Nos sorprende ya que en otras ocasiones que le habían pedido ayuda, antes de hacerlo, reprendió a un centurión por tener una Fe tan débil.

En otros pasajes pidió ante todo que cumpliesen con lo prescrito y fuesen antes a presentarse ante los sacerdotes, como ordenó en el caso de los leprosos.

Hoy no pide nada a este hombre lleno de dolor por la muerte de su hija, se dirije inmediatamente hacia su casa sin preguntar nada, sin exigir un acto previo de fe. ¿Por qué? Sencillamente porque este hombre procedió de una forma óptima ante el mismo mesías del cual él era consciente tener delante: LO PRIMERO QUE HIZO ES ADORARLE, nos lo relata claramente el Evangelio.

Hizo por lo tanto una oración perfecta y también una oración de petición agradable a Dios. Cumplió ante todo con el primer mandamiento, “Amarás a Dios sobre todas las cosas.” Ese mandamiento significa simultáneamente al mismo tiempo ADORARLE SOBRE TODAS LAS COSAS, ya que los Santos y ángeles en el cielo, cada acto de amor que hacen a Dios constituye un acto inseparable y unido al acto de Adorar simultáneamente.

Esta es la razón por la cual N. S. Jesucristo fue inmediatamente a socorrer a este hombre, porque no dudó de su divinidad, su acto de fe, fue perfecto, su petición humilde, directa y sencilla como la de un niño: “Si no os hacéis como niños no entrareis en el reino de los cielos.”
San Mateo, XVIII, 3.

¿Cuántas veces nosotros pedimos en la oración sin acordarnos de antes hacer una sencilla reverencia de respeto hacia Dios? ¿Cuántas veces hemos llegado pidiéndole y casi exigiéndole que nos dé o conceda algo, sin hacer antes una respetuosa oración? Incluso se ha oído de personas tan necias e irrespetuosas que llegan a amenazar a Dios en su supuesta oración: “Si no me concedes lo que te pido, dejaré de creer en ti…” Y finalmente, lo más grave e importante, ¿Cuántas veces hemos rezado y pedido infinidad de cosas sin haber antes hecho el más mínimo acto de Adoración?

He aquí el secreto a voces que logró que el hombre de el Evangelio de hoy obtuviese inmediatamente la resurección de su hija: ANTES DE PEDIR ADORÓ A JESUCRISTO. No vino ante el Redentor sólo para quejarse, llorar, ni sólo para desahogarse; él quería ante todo sinceramente ADORAR, el resto era importante, pero secundario. No tuvo respetos humanos ni vergüenza ante los ojos de los curiosos y profanos que les observaban, no tuvo miedo de los fariseos que estaban ahí al asecho, no tuvo miedo de nada porque sólo le importaba Adorar a su Señor. Es por ello que Dios le concedió inmediatamente lo que pedía:

Dios está dispuesto a conceder todo lo que pidan, a las almas que buscan sólo su gloria.” Santa Teresa del Niño Jesús

En el mismo Evangelio de hoy, se nos confirma que también el acto de fe debe ser perfecto, ya que la mujer que sufría flujos de sangre desde hacía tantos años, no dudó ni un instante en su curación inminente: “Si tan sólo toco la orla de su vestido ¡quedaré sana!” San Mateo, IX, 20.

Y así fue, en ese instante la curó el mismo Redentor: “Mujer, tu fe te ha salvado.” Observemos que N. S. Jesucristo no le alaba porque ha quedado curada, le dice QUE SU FE LE HA SALVADO, es decir que su curación aunque sea un motivo de regocijo, ¡es algo secundario no es lo más importante para nuestra existencia!

Ahora bien, la mujer estaba segura de su curación por el hecho de tocar lo que está en contacto con lo más sagrado que existe, es decir la orla y el vestido que tocan al mismo Dios y Redentor. De aquí nos viene el profundo argumento de que el sacerdote encomiende a las personas más necesitadas y/o los casos más importantes; ¡precisamente en el momento en el cual está tocando con sus manos consagradas, el cuerpo y la sangre de N. S. Jesucristo! Si a la mejor enferma se le concede su curación, por el pensamiento lleno de fe “Si tan sólo logro tocar la orla de su vestido, quedaré curada;” Cuanto más se le concederá a un sacerdote que con respeto y lleno de fe le pide a su Señor lo más grave, delicado y doloroso que pueda tener en mente, ¡precisamente cuando está tocando su cuerpo y su sangre después de la consagración!

Ahora con la nueva misa inventada, según dicen, por el Vaticano II, el ministro ya no mira hacia Dios sino hacia los hombres, hacia la Asamblea, como dice Lutero; ¡ni siquiera miran a Dios en la forma blanca!, en infinidad de ocasiones podemos constatar que muchos obispos y sacerdotes están mirando con vana curiosidad a los asistentes para observar sus reacciones o para vigilar quien a venido hoy a su misa y quien no…

Si ante todo no adoramos al pedir y no le miramos con referencia al tocarle, puede ser otra de las razones por las cuales solemos ver pocos milagros en esta vida, porque “pedimos y rezamos” a menudo, con una fe imperfecta y mezquina, ‘para ver si es verdad que Dios me cura’, y si así fuese, pues le prometo de todo, incluso rezarle todos los días…

Los protagonistas del Evangelio de hoy no pidieron para tentar a Dios, ni para simple curiosidad, pidieron con toda certeza de ser escuchados, porque antes ADORARON CON TODO SU CORAZÓN.

En verdad os digo que cualquiera que diga a este monte: Quítate y arrójate al mar, y no dude en su corazón, y crea que lo que dice va a suceder, le será concedido.” San Marcos, XI, 23.

¿Y si tengo poca fe, que puedo hacer? Lo mismo que hizo el hombre del Evangelio reprendido por su poca Fe, e inmediatamente quedó sanado de ello:

Y luego el padre del muchacho dijo clamando con lágrimas: Creo, Señor, ayuda a mi incredulidad.” San Marcos, IX, 24.

También San Pedro dudó, pero gracias a su humildad y oración, recuperó y obtuvo una Fe tan grande que se le confirmó para ser el primer Pontífice de la Iglesia.

Quien creé en el Hijo del Hombre, ya tiene la vida eterna.” San Juan, III, 36.

P. Ricardo Ruiz V.

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Esperamos que la meditación del Domingo XXIII después de Pentecostés les ayude a crecer en su vida espiritual

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Padre Ricardo Ruiz

Padre Ricardo Ruiz

Padre Ricardo Ruíz: 1980 Filosofía y latín en el Seminario Ntra. Señora Corredentora de Buenos Aires; 1986 Teología, Francés en Suiza; 1988 Ordenación sacerdotal, Seminario San Pío X, Suiza; 1988 Primer apostolado de parroquia en San Nicolás du Chardonnet, París, Francia; 1988-1990 Misión Parroquial en Mexico; 1991 - 2000 Madrid. España; 1996-2000 Exorcista "Ad Actum" en Valencia; 2000 - 2001 Parroquia en Wausau, Wisconsin, EEUU; 2000-2001 Capellán Hermanas del Corazón Real de Jesús. María Alm, Austria; 2002 - 2006 Capellán de convento Hermanas De La Presentación, Iowa, EEUU; 2006 - 2018 Casa De Retiros San José. Madrid, España.