Reseña literaria: las ilusiones del doctor Faustino

Hoy, Gilmar, nos trae un libro de Juan Valera, un gran escritor español del siglo XIX con una interesante biografía. Nos detenemos en una de sus grandes obras, las ilusiones del doctor Faustino. Pónganse cómodos y lean

“Reseña literaria: las ilusiones del doctor Faustino”, Gilmar Siqueira

En un artículo anterior – titulado Los caballos muertos – hablé algo del personaje Gabriel Pardo, de Doña Emilia Pardo Bazán. Hoy hablaré de un compañero suyo de espejismos: el Doctor Faustino, de Juan Valera. Pero, antes que diga algo de él, me parece mejor que nos lo cuente el narrador de la novela:

Además, desde el principio de esta historia debe saber el lector que no tratamos de poner al Doctor Faustino como ejemplo de virtud y como dechado de perfecciones, sino como muestra de lo que pueden viciarse y torcerse un claro entendimiento y una voluntad sana con las que vulgarmente se llaman ilusiones; esto es, con un concepto demasiado favorable de sí mismo, con la persuasión de que los propios merecimientos deben allanarnos el camino para el logro de toda esperanza ambiciosa, y con la creencia de que el grande hombre está en nosotros en germen, y de que, siendo así, sin perseverancia, sin trabajo, sin esfuerzos incesantes, sino llevados de la propia naturaleza, hemos de trepar a todas las alturas y rodearnos del fulgor inmortal de toda gloria.

El lector notará que en el párrafo transcrito el narrador no habla del personaje en sí, sino del tipo humano que pretendió representar en el Doctor Faustino. Para este artículo, creo necesario que se plantee antes el tipo humano que el mismo personaje; y el tipo humano es el iluso. El iluso, para el narrador, es quien tiene una idea demasiado elevada de sí mismo y concibe todos sus proyectos vitales teniendo en cuenta esa genialidad que cree poseer. ¿Era un iluso el Doctor Faustino? Veámoslo:

Cuando miro el centro de mi alma, el abismo que tal vez el orgullo abrió allí, me finjo que soy grande como un dios. Cuando miro mis actos y los resortes de mi voluntad, que a tales actos me inducen, se me antoja que soy más vil que un perro.

El Doctor Faustino, último vástago de una familia aristocrática pero pobre de Villabermeja, era un voraz lector y sensible desde la niñez. Estudió – por lo menos formalmente – derecho y se doctoró todavía en la casa de los veinte años: entre literatura y filosofía leía casi todo, pero más para alimentar sus fantasías que para formarse. Con el título de doctor y “toda una vida por delante”, como dicen los (otros) cursis, regresó a su casa creyéndose ya capaz de escribir un poema épico, inventarse un nuevo sistema filosófico o una nueva obra de teatro que atraería multitudes. Con esas ideas en la cabeza, no quiso meterse en un bufete de abogados ni mucho menos pedir un empleo en el estado. Necesitaba realizarse.

No recontaré aquí el enredo, pero el lector ya puede suponer en qué quedaron los planes del Doctor Faustino. Lo que sí quiero comentar es algo del carácter del personaje: en él siempre aparecía la contradicción entre la idea demasiado elevada de sí mismo y sus actitudes que le avergonzaban delante de esta idea:

El mundo hasta entonces no había hecho sino trocar algunas de sus ilusiones en desengaños, y hacerle pagar por cualquier deleite efímero, cualquiera satisfacción de amor propio, con una humillación. El Doctor, por otra parte, al descender de las alturas de sus ensueños, de sus esperanzas y quizás de sus ilusiones; al tratar de dar consistencia a todo aquello en el mundo real, sólo había logrado rebajarse a sus propios ojos, hallarse indigno de sí, desfigurar y manchar y afear el ídolo hermoso, el tipo de perfección que de sí mismo había creado en el seno de su conciencia, y al que pugnaba por acercarse y por identificarse.

Como hemos leído más arriba, el Doctor dijo que cuando miraba hacia dentro de sí se fingía un dios.

Desgraciadamente, así fue: el Doctor Faustino, en la propia imaginación, se forjó para sí un pequeño ídolo, un modelo que devotaba a la vez que intentaba seguirlo; pero fracasaba siempre. Pero, se puede preguntar el lector, ¿no es eso lo que hace todo el mundo? Es decir, ¿no deseamos mejorar en nuestras actitudes? Sí, así es. Pero no fue lo que hizo el personaje de Juan Valera.

En el fondo, el Doctor Faustino ya se creía aquél dios que se había inventado: miraba su interior con regocijo y expectativas, pensaba que todo vendría de por sí para él, porque lo que vendría ya era suyo. No es casualidad que uno de sus espejismos era crear todo un sistema filosófico nuevo: lo que quería era reducir toda la realidad a su propia imagen interior, quería dominarla y no recibir de ella más que los laureles; es decir, quería hacerla su esclava. En algunos momentos, él mismo tenía una idea clara de su situación:

Para la práctica ya había visto que sin amor nada podía; para la teórica halló también que era menester amor. Conforme Dios iba creando las cosas, las miraba con amor, y veía que eran buenas. Para encontrarlas él también buenas, o al menos bellas, era menester que las mirase con amor. Mucho más amor era menester aún para reflejarlas en el espejo del alma con mayor hermosura de la que tienen. El amor es el grande artista, el creador, el poeta, y D. Faustino temblaba de pensar que no amaba.

Un hombre capaz de ver las cosas de esa manera, de ver su propia incapacidad para amar lo creado – que es la condición primordial para las co-creaciones humanas – no puede ser un tonto. O por lo menos no lo puede ser cabalmente. Y sin embargo el Doctor Faustino tenía algo tanto de tonto como de genio: es patético que un hombre reconozca la necesidad del amor, el amor como fundamento de todas las cosas, pero que a la vez se confiese incapaz de amar. ¿Lo era en realidad?

Mucho me temo que sí. Creo que aquí está su tragedia: no es que le faltara algo que los demás tenían y por eso no podía amar, ni tampoco que fuese él víctima de alguna “injusticia” o algo así. No.

El Doctor Faustino fue amado, pero no pudo amar.

En un momento de agonía, se creyó capaz de hacer un pacto como el del famoso tocayo suyo; pero como ningún Mefistófeles llamó a su puerta, pensó haber fracasado también en eso. Se equivocó.

Otra de las causas para la muerte del amor es la idolatría. El Doctor Faustino idolatraba el falso dios que hizo de sí mismo y, de esa manera, fue su propio Mefistófeles. En las caídas que le hacían cada vez más indigno a sus ojos fue poco a poco llegando a la desesperación. Como no podía verse miserable, empezó a despreciarse. Y el hombre que se desprecia, no puede entregarse a nada ni a nadie.

Así vivió el Doctor Faustino dentro de un sistema que, aunque él no lo inventó, existe como posibilidad – y riesgo – para todos nosotros. Ese sistema, que conocemos por otro nombre, consiste en encerrarnos en un falso mundo que inventamos y despreciar el misterio de la realidad.

Los que somos algo Faustinos, hacemos mucho caso a las palabras escritas por Juan Valera en la posdata de la novela:

Las enfermedades y las deformidades físicas no se curan con sólo mirarlas y conocerlas; pero en las enfermedades del alma es ya gran remedio el ver y el conocer; y si por gracia de la fantasía poética se representan artísticamente esa intuición y ese conocimiento, la cura está ya casi realizada. Tal vez a los soberbios, que no quieren ver en ellos mismos ni uno solo de los defectos del Doctor Faustino, sea a quienes peor y más detestable, moral y literariamente, les parezca su historia (…).

De en qué quedaron las ilusiones del Doctor Faustino, no hablaré para nada. Dejaré que lo descubra el lector que no tenga miedo de parecerse algo con él.

Gilmar Siqueira

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Gilmar Siqueira

Gilmar Siqueira

Feo, católico y sentimental