La Fe: Una luz en la noche

¿Cisma, confusión doctrinal, ritos heréticos? El Padre Jesús de María nos trae la clave para vencer esta caos: La Fe

“La Fe: Una luz en la noche” Padre Jesús de María

Ante esta desoladora situación que estamos viviendo en la Iglesia, con las amenazas de cisma, ante los lamentables sínodos de Alemania y amazónico, ante la confusión doctrinal de la que se hace alarde por parte de los altos jerarcas de la Iglesia, ante las profanaciones y escándalos que son constantes en las iglesias y conventos, ante la indefensión en la que nos vemos sumidos; no ya por parte de las autoridades civiles que decretan profanaciones, que permiten y defienden sacrilegios con la debida prevaricación de los jueces susodichos, sino ante la indefensión por parte de los propios pastores de la Iglesia que debieran defender la ortodoxia, la Tradición, la moral y en definitiva todo el magisterio eclesial y son alentadores de todos estos desmanes.

Cuando la soberbia, el narcisismo, la impenitencia y falta de arrepentimiento ha obcecado la mente de una mayoría que persiste en seguir llamando bien al mal y al mal bien, llegando a vanagloriarse del mal que se hace sin dejar la más mínima posibilidad a Dios para que toque el corazón y conceda la gracia de la conversión. Ante este pecado magno, que parece ser el pecado contra el Espíritu Santo, nos hemos metido de lleno en la noche del mundo, de la Historia, de la Iglesia…

Vivir en la ingenuidad, en la superficialidad, sin ser conscientes de lo que realmente está aconteciendo puede llevarnos a vernos fuera del banquete de bodas por no haber previsto el aceite de nuestra lámpara (Mt 25,1-13).

La luz de la fe ha de iluminarnos en esta terrible noche por la que está pasando la Iglesia, la fe que hemos recibido por el testimonio de los apóstoles, la fe de la Tradición, la fe del Dios vivo que se ha revelado en Jesucristo el único salvador, la única verdad, ante el cual toda rodilla se ha de doblar (Flp 2,10). La fe de los mártires, de los santos padres, de las vírgenes, de los santos, la fe de los concilios, la fe del Magisterio.

Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida (Jn. 8,12).

Somos así la verdadera y única Iglesia de Jesucristo, la Iglesia Católica.

Esta ha de ser nuestra luz frente a las sombras del error que el pecado de la herejía parece apagar. No pueden confundirnos las tinieblas cuando la luz ha sido clara en la historia de la Iglesia, no pueden decirnos que estamos equivocados cuando la Iglesia siempre ha mantenido y custodiado esta luz de la fe. El mal y el error, las astucias de Satanás que ha llegado a lo más alto de la Iglesia no puede hacernos dudar. Sí, muchos de nuestros pastores con Francisco a la cabeza han abandonado la fe de la Iglesia, han profanado con ritos paganos los lugares santos, y nos tratan de imponer el error y la apostasía. Han declarado que Dios quiere la diversidad de religiones y que no se puede buscar la conversión a la fe católica de los miembros de estas sectas o confesiones. Eso es herético, está en contra de la Tradición y el Magisterio anterior de la Iglesia, por lo tanto,no podemos tener parte con ellos, no podemos seguirles, viven en el error, lo que hacen no es de Dios.

El Papa pasará como pasarán los falsos pastores, pero la luz de la fe de la Iglesia nunca perecerá, las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella (Mt 16,18). Y aunque parezca que la mayoría siguen estas falsas doctrinas o por ignorancia o cobardía o por comodidad o por soberbia y maldad, aunque la mayoría parezca seguir estos errores nosotros no, no podemos claudicar, no podemos abandonar a Jesús, el amor de nuestras almas, nuestra vida y consuelo, no podemos dejar a aquél que nos amó hasta el extremo(Jn 13,1), si es que en Dios cabe un extremo en el amor.

Profesamos nuestra fe con el cirio encendido el día de nuestro bautismo y aunque pobres y pecadores, débiles y muy limitados, aunque parece que apenas tenemos fuerza y que no podemos hacer nada, hemos de defender a nuestro Señor, al que nos amó. Hemos de unirnos no sólo en el sufrimiento que ya tenemos, sino en la oración, en el cuidado de la Tradición porque hemos de legar a los que vengan detrás el tesoro de la fe, la fe que no nos inventamos, que no cambiamos, la fe de siempre, la fe de la verdadera Iglesia de Cristo. Tenemos una grave responsabilidad, vamos a ser juzgado por nuestro comportamiento de ahora, estamos en una hora crucial. Hemos de emprender la batalla, la lucha, no penséis que he venido a la tierra a sembrar paz, sino espada (Mt10,34), es ahora el momento de entregar la vida por Aquél que hasta la última gota de su sangre ya nos la entregó. Hemos de luchar contra los ídolos que nos pretenden hacer adorar, hemos de levantar nuestras voces, hemos de gritar, hemos de blandir la espada y derrocar tanta impostura, tanto falso lenguaje tanta herejía, tanta maldad.

Nuestras armas serán las que siempre ha utilizado la Iglesia; la oración, el sacrificio, el sufrimiento, el ayuno y la penitencia.

Es Dios el que nos da su gracia para crecer en la fe, pero somos libres de rechazarlo o aceptarlo. Él ve en el uso de nuestra libertad nuestras disposiciones y las armas que utilizamos para buscar la fe y preservarla de todo error. Pero es él el que nos salvará. Ahora bien, hemos de llevar una vida cristiana seria y sacramental para que la gracia pueda actuar, hemos de evitar todo aquello y todas las situaciones y personas (seglares y pastores) que puedan dañar nuestra fe. Todo aquello que con un lenguaje engañoso contradiga la Tradición y la fe de la Iglesia, cuidado con los profetas falsos; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces (Mt 7,15). La gracia actuará y nos dará la alegría y la fuerza de la fe para poder mostrar nuestro amor al Señor cuando es expulsado de su Iglesia. Reflexionemos que Dios en su providencia ha querido ponernos en estos tiempos por alguna razón y yo creo en conciencia que es para dar testimonio de su amor con la defensa de la fe verdadera frente a todo error.

Hemos visto como en el Sínodo de la familia y en su lamentable exhortación apostólica Amoris laetitia se atacó al sagrado sacramento del matrimonio y a la sagrada Eucaristía. Ahora en este Sínodo se ataca al sacerdocio y se pone al nivel de la oración de la Iglesia los cultos idolátricos paganos, permitiendo la profanación de la Basílica de San Pedro. Como sacerdote afirmo que nunca será lícito para la Iglesia católica latina ordenar sacerdotes a hombres casados, aunque lo digan los más altos y representativos pastores de la Iglesia. Lo que la Iglesia necesita no es la permisión y laxitud en la vida de los sacerdotes sino su reforma. Toda reforma en la Iglesia ha pasado por la reforma de la vida del clero. Estamos en el centenario de San Juan de Ávila, el patrono del clero español y no veo propuesta alguna para hacer más exigente la vida de los sacerdotes. ¿En qué ha quedado el directorio para vida y ministerio de los presbíteros que se publicó en 1993 con Juan Pablo II? Si ahora desde Roma lo que se discute no es que guardemos y vivamos con más exigencia la castidad, sino que nos podamos casar es que Roma ha perdido la fe, sí la fe más elemental.

 El celibato sacerdotal forma parte de  la Tradición de la Iglesia y muchos sacerdotes nos hemos entregado a Cristo para vivir como Él vivió y para morir en cada misa como Él murió.

Sólo el sacerdote célibe y casto puede representar más perfectamente a Jesús el Señor. La Iglesia no necesita nuevos ministerios, lo que necesita son nuevos santos; hombres y mujeres de Dios que estén dispuestos a entregar sus vidas hasta la locura por amor al Señor.

El problema no son las vocaciones sacerdotales, sino nuestra falta de fe fruto de nuestra falta de conversión y de penitencia por nuestros pecados. El problema no es la desforestación o la opresión de los pueblos indígenas, el problema son nuestros pecados. La respuesta no nos la dará la ecología o la política, sino que la única respuesta y solución es Jesucristo, al que han de convertirse todos los pueblos paganos e indígenas de la Tierra, que fue creada por Dios, y es el lugar en el que puso al hombre como culmen de esta perfecta obra creadora. Todo el lenguaje panteísta e indigenista que utiliza el instrumentum laboris es detestable y herético como han expresado diversas autoridades de la Iglesia y de tal documento y del modo en el que se está desarrollando el Sínodo no puede salir nada bueno porque ya se expulsó al Espíritu Santo antes de convocarlo.

Dios en el Sínodo no puede actuar porque en su misterio inefable permite el mal uso de nuestra libertad.

En esta nuestra lucha, la batalla de la santidad por la verdad de la Caridad que es Jesucristo, puede alcanzar cotas inimaginables dados los tiempos que nos ha tocado vivir y que fueron profetizados. Sí, es tiempo de dar la vida, es tiempo de martirio, es tiempo de mártires.

Pero lo que trae la verdadera alegría al corazón del hombre es el amor, la fidelidad, la abnegación, la entrega en el amor. Por el contrario, la infidelidad es traición al amor y sólo puede traer tristeza (El martirio de Cristo y de los cristianos, J.M. Iraburu)

 Desde nuestra vocación cristiana y sacerdotal hemos sido sepultados en la muerte al mundo con Cristo para resucitar a la gracia de hijos de Dios, para ofrecer en sacrificio nuestra vida. ¡No tengamos miedo a proclamar la Verdad! De padecer el martirio de nuestra propia Iglesia que se ha convertido en cueva de bandidos y pozo de suciedad.

 ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia!(comentario del entonces cardenal Ratzinger en la novena estación en el viacrucis del viernes santo en el Coliseo de Roma el 25 de marzo de 2005)

En este bendito mes del rosario que nuestra Santísima Madre interceda por su Iglesia, que hoy se encuentra amenazada por la herejía del modernismo desde su cabeza más alta. ¡Madre de nuestra esperanza! ¡Madre de la Iglesia! Ruega por nosotros.

Padre Jesús de María

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