La esperanza: paz en la tribulación

Tiempos complejos en el mundo, ¿Podemos los católicos encontrar paz en la tribulación en estos momentos tan oscuros de pachamamas y ordenaciones de curas casados?

“La Esperanza: paz en la tribulación”, Padre Jesús de María

Intentar silenciar, o tal vez edulcorar las circunstancias que estamos viviendo en la Iglesia, so pretexto de no crear división o realizar críticas a la que es nuestra madre, sería caer en la falsedad o mentira.

Vivimos unas circunstancias que parecen iluminadas por el texto evangélico, ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. (Lc. 12,51). No nos podemos callar. El buenismo, la paz falsa que claudica ante el error, la profanación y la apostasía son incompatibles con la vida del cristiano católico. Hemos llegado a una situación extrema, gravísima, que nos obliga a emprender como cristianos la lucha que estaba anunciada por la defensa de Cristo, de su Reino, tanto en nuestras almas, como en nuestro mundo y sobre todo en la Iglesia. Sí, en nuestra madre la Iglesia que en sus máximos representantes está traicionando el depósito de la fe de la que es responsable y guardiana.

Nos referimos al lamentable y herético Sínodo de la Amazonía que ha concluido con su documento final que no puede ser aceptado por ningún católico.

Con espanto y horror hemos escuchado las palabras de Francisco en las que reconoce que los ídolos lanzados al Tíber que han sido recuperados y representan a la diosa Pachamama, anunciando que serían expuestos en la Basílica de San Pedro para la misa de clausura del Sínodo. Ha hecho así alarde de una soberbia diabólica y una profanación nunca vistas en la Iglesia Católica y mucho menos en el sucesor de Pedro.

Son muchas las voces cualificadas, los obispos y algunos cardenales que manifiestas su oposición a los derroteros por donde quiere llevar Francisco a la Iglesia. Los comentarios y estudios a los documentos, tanto al laboris como al final, del Sínodo Amazónico son abundantes. Desde la más elemental catequesis que podamos tener, estos documentos sinodales son ambiguos, imprecisos, insostenibles, heréticos, idolátricos… Y se ve que llevan tiempo preparados, y no hay que elucubrar mucho para darnos cuenta cómo han inventado este absurdo e inoportuno sínodo so pretexto de introducir una doctrina opuesta a la Tradición y Magisterio de la Iglesia. Los ataques y desprecios de Bergoglio a los católicos rígidos, como él nos llama son constantes, y como también dice, somos minoritarios, como si del número dependiera la verdad de la enseñanza magisterial de la Tradición de la Iglesia. Olvida la época arriana y desconoce a San Atanasio:

¿Así, por consiguiente, pretendéis sostener el error y la mentira por medio del gran número, y establecerlo con perjuicio de la Verdad, que un grandísimo número no enrojeció en confesar públicamente a expensas de su vida? ¡Ah, por cierto, hacéis ver la magnitud del mal y hacéis conocer la profundidad de la llaga, pues la desgracia es tanto mayor cuanto más individuos se encuentran envueltos en ella! “No sigáis la muchedumbre para obrar mal, ni el juicio te acomodes al parecer del mayor número, si con ello te desvías de la verdad” (Homilía de San Atanasio contra los que consideran al número como prueba de la verdad o que no juzgan de la verdad sino por el número).

Aunque quedemos reducidos a unos pocos, nos dice San Atanasio que nosotros somos la verdadera Iglesia de Cristo.

Pero no es así en lo que dicen del número, hasta en eso mienten, somos muchas las voces discordantes ante lo que está sucediendo, solamente que no tenemos los medios oficiales, o nos han silenciado, expulsado o desterrado de todo ámbito público eclesial, por medio de la misericordia que tanto predican y que sólo aplican a los adúlteros, fornicarios, homosexuales y toda clase de pervertidos que no se arrepienten ni cambian de vida, sino que se jactan de atribuir a Dios sus desmanes. Escuché de un sacerdote que se quejaba a su obispo del grupo de sacerdotes homosexuales que llevaban doble vida y al que le respondió su obispo: “Y qué voy hacer con ellos, no los voy a tirar a la basura, son buenos sacerdotes los quiere la gente.”

Sí, la situación escandalosa ha llegado al extremo y como el diablo es astuto sutil y padre del engaño puede hacer que muchos desistan por el desánimo y por la tristeza sucumban. De ninguna manera queridos hermanos. ¿Han pensado ustedes por qué Dios nos ha puesto en esta época? ¿Qué quiere de cada uno de nosotros?.. Estamos en guerra, hemos sido llamados para la lucha:

¡Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo! (Lc 13, 49)

Pero esta lucha está llena de esperanza porque conocemos que la Victoria es de Cristo, que vamos a vencer con Él.

Sí, Cristo ha vencido al pecado y a la muerte. No estamos solos, tal vez nuestra primera impresión, ante la dificultad del testimonio en la verdad nos haga parecer que nadie nos comprende, que es una locura, pero nuestro corazón, nuestra conciencia nos grita ¡adelante! y no podemos apagar la voz de nuestra conciencia, porque una conciencia recta y bien formada en la ley de Dios es la voz de Dios. Es el testimonio de los mártires que con su sangre confesaron a Cristo y lo amaron hasta dar la vida por Él. Sí ¡cuántos hermanos nuestros fueron fieles en medio de la más absoluta soledad! Jesucristo mismo en Getsemaní, vivió la más absoluta soledad y es por eso nuestra única esperanza.

Hemos tenido en España un hermoso testimonio de fidelidad hasta el último momento, me refiero al prior de la comunidad benedictina del Valle de los caídos. El padre Santiago Cantera ha mantenido la fidelidad y nos ha transmitido esperanza a todos los católicos porque es un hombre de paz. En medio del abandono total de los obispos españoles que cobardemente han permitido la profanación de la Basílica y de la tumba de un hijo de la Iglesia condecorado con el máximo galardón de caballero de la orden de Cristo. El padre Santiago no ha tenido miedo a las coacciones, amenazas, abusos e imposiciones. La comunidad benedictina ha sufrido la persecución propia de los lamentables años de la II República anticlerical. Esto es un hermoso testimonio de esperanza en medio de la confusión que estamos viviendo en la Iglesia de nuestros días.

Sí, sólo desde la paz de un corazón que ama al Señor y que no antepone nada al amor de Cristo, como dice la Regla de San Benito, se puede encontrar la Esperanza. Por el contrario, la cobardía, el miedo, nunca traerán la paz y por consecuencia menos aún la esperanza. Es la cruz nuestra única esperanza. En estos tiempos no podemos dejarnos llevar por los derroteros sugerentes de lo que es menos problemático y conflictivo.

No queremos la división y el enfrentamiento, pero hemos de luchar y defender la verdad que es Jesucristo.

Esto hizo a muchos cristianos defender lícitamente la fe de la Iglesia en momentos históricos como en la Vendeé en Francia o en la guerra de los cristeros en Méjico. Y ellos también experimentaron el abandono de la Iglesia oficial en aras de lo políticamente correcto.

Ahora también nosotros, despreciados, humillados y olvidados hemos de renovar nuestro amor al Señor y nuestro deseo de ser fieles hasta el final. Hemos de ver, que, si nos llega la persecución, incluso por parte de aquellos que nos debieran proteger, tenemos una hermosa vocación, no sólo al martirio, sino a la alegre esperanza de sabernos escogidos por el Señor para formar parte de sus predilectos. Santa Teresa de Jesús le decía al Señor: Si así tratas a tus amigos ahora se por qué tienes tan pocos. Ser amigos de Jesús en estos momentos es tal vez experimentar la soledad del mundo, pero nunca la de Dios. Decía el cardenal Newman que: Esperar es no solo creer en Dios, sino creer y estar ciertos de que nos ama y desea nuestro bien. (Sermón para el Domingo IV después de Epifanía).

 Somos conscientes de que la fuerza para lo que tenemos que vivir no es nuestra, sino de aquel que está a nuestro lado, de Jesús. La esperanza es un ancla que impide que nos dejemos llevar por cualquier viento de doctrina más favorable. El mismo San Juan Crisóstomo:

Esta virtud es como una fuerte cadena que baja del cielo y ata nuestras almas; si estas quedan firmemente sujetas, va tirando de ellas poco a poco hasta unas alturas sublimes, y las sustrae a las tormentas de la vida presente. (Exhortación a Teodoro, 1).

El que tiene esperanza no sólo es fuerte e inamovible como el ancla, pero además le ayuda a superar las pruebas de la vida.

En la prueba tan terrible que estamos sufriendo en la Iglesia, ahora es necesaria, más que nunca nuestra alegre esperanza. Cristo ha vencido al mundo, y el amor que nos tiene genera nuestra esperanza. Este amor se renueva constantemente por los sacramentos y la oración, estar a solas con aquel que nos ama, es fuente para alentar nuestra esperanza. Sin oración no es posible mantener la esperanza porque no es posible mantener el amor.

El Santo Padre Benedicto XVI nos dice en Spessalvi 35

Es importante sin embargo saber que yo todavía puedo esperar, aunque aparentemente ya no tenga nada más que esperar para mi vida o para el momento histórico que estoy viviendo. Sólo la gran esperanza-certeza de que, a pesar de todas las frustraciones, mi vida personal y la historia en su conjunto están custodiadas por el poder indestructible del Amor y que, gracias al cual, tienen para él sentido e importancia, sólo una esperanza así puede en ese caso dar todavía ánimo para actuar y continuar.

Se acerca la solemnidad de todos los santos y esta fiesta es de sublime esperanza, San Bernardo nos recuerda que: Hemos de desear no solo la compañía, sino también la felicidad de que gozan los santos, ambicionando ansiosamente la gloria que poseen aquellos cuya presencia deseamos. (Sermón 2). Es un aliciente en nuestra lucha ahora. Estamos llamados a ser santos, a participar de su gloria eterna. Meditar en el sentido de esta fiesta nos puede ayudar sobremanera ahora, en estas circunstancias. Meditar en el cielo, ¡bendita y alegre esperanza gozar de la presencia del Señor en compañía de su Santísima Madre y de todos los santos! He aquí la paz y la alegría serena en medio de la tribulación.

Les animo en este tiempo y de cara al próximo adviento a meditar sobre la esperanza para recobrar el ánimo en nuestra batalla contra todas las potestades del mal que asedian a la Iglesia. Les animo a meditar la lectura de Spessalvi del papa Benedicto XVI, les animo a mantener la ardiente esperanza en la oración constante ante Aquel que nos ama y es nuestra única esperanza. Sin olvidarnos de Santa María, esperanza nuestra, bienaventurada tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá. (Lc 1,45)

Padre Jesús de María

Si quieren encontrar paz en la tribulación que estamos viviendo, nosotros le recomendamos que se queden en nuestra página y visiten nuestra sección espiritual

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