Expongan a sus hijos a la pobreza

El Dr. Mario Guzmán nos cuenta una experiencia propia, algo que todos nosotros podemos llevar a cabo, entregarnos a los demás, ¿Cómo? La respuesta es esta: Expongan a sus hijos a la pobreza y verán lo que sucede

“Expongan a sus hijos a la pobreza” Dr. Mario Guzmán Sescosse

Hace unos días mi familia y yo atendimos la misa del domingo. Se leyó el evangelio de Lucas (16, 19-31) dónde Jesús habla de que “Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.” Ambos murieron y el mendigo fue al cielo y el rico al infierno. Desde ahí, el hombre acaudalado volteó hacia a Abrahán para buscar consuelo, pero éste le contestó: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado”


Una vez terminada la lectura, el sacerdote que ofició la misa prosiguió a dar su homilía. Yo esperaba escuchar el frecuente aligeramiento que se hace en misa cada que Jesús habla de los ricos y de los pobres. Especialmente porque ésta es una iglesia en una zona afluente. Estaba preparado para escuchar, “el dinero no es malo, sino lo que haces con él” o “den más dinero en misa para que lo repartamos entre los pobres”. Pero eso no es lo que escuché, lo que nos dijo fue: “expongan a sus hijos a la pobreza” nos explicó que la crisis de la Iglesia ha traído consigo otro tipo de crisis, la de la falta de voluntarios, la de los centros de atención a pobres sin quien los atienda, la de los comederos públicos sin católicos atendiéndolos, la de las parroquias secas de caridad, pero llenas de egoísmo. Nos explicó que no encuentran gente que quiera estar con los pobres y servir a los pobres.

En su homilía continuó diciendo cómo los católicos podemos actuar como el rico del evangelio. Podemos creer que ir a misa el domingo, seguir los mandamientos y ser “buenas personas” es suficiente para llegar al cielo, pero no es así, tenemos que cuidar de nuestros hermanos desfavorecidos. Tenemos que salir de la comodidad de nuestro hogar e ir con el necesitado a buscar aliviar su carga. No hay nada más peligroso que una persona que se cree buena, ni nadie más alejado de Dios que el que ha dejado de ver a sus hermanos necesitados.

Saliendo de ahí experimenté un ímpetu, me sentí vigorizado. Recordé cuando mi familia y yo estuvimos en necesidad y cómo la gente nos apoyó, me di cuenta de que nos estábamos tardando para devolver la generosidad y apoyo que un día recibimos. Nos anoté en la hoja de voluntarios para ir a un comedor público a atender a la gente sin techo y se los expliqué a mi esposa y a mis hijos.

Pasaron los días y la fecha se acercó, mientras menos tiempo faltaba, más acrecentaba mi resistencia. El ímpetu y el vigor inicial cedió paso a mi egoísmo y a mi comodidad. Empecé a racionalizar la situación; “estoy cansado, mi trabajo es extenuante” “es domingo el único día que tengo para descansar” “mi esposa y mis niños están cansados” “además, nosotros no somos ricos, por lo que el evangelio no aplica para nosotros” “qué tal si no es un lugar apropiado para los niños, están muy chicos para rodearse de gente en situación de pobreza”… Me llené de vergüenza de reconocer que estaba buscando escapar a una oportunidad de devolver lo mucho que he recibido.

¡Claro que soy rico!, no en la cuenta bancaria, pero tengo una hermosa familia, un extraordinario trabajo y a Dios en mi vida.

No me sobra el dinero, pero me sobran bendiciones en mi vida y esa es mi mayor riqueza para compartir. Afortunadamente, sobrepase mi egoísmo y mi esposa e hijos se mostraron más que dispuestos a acudir.

El domingo fue nuestro primer día. Hicimos una hora de carretera, llegamos al comedor público y ahí estaban mis amigos de la iglesia, todos dispuestos a apoyar. Preparamos hamburguesas con queso y tocino. Frijoles, papas a la francesa, vegetales, fruta y snacks. Mis hijos llegaron y al instante empezaron a jugar con los niños que ahí se encontraban esperando a recibir la comida. No había diferencias entre ellos, sólo niños jugando, coloreando y conversando. Mi esposa y yo ayudábamos en la cocina. Entre todos preparamos la comida, hicimos la bendición de los alimentos y una oración por todos los presentes y servimos lo que preparamos. Convivimos con las personas que estaban ahí y nos compartieron sus historias, sin duda desgarradoras, como la de aquella señora que llevaba varias semanas sin comunicarse pues no sabe hablar inglés y en el refugio nadie hablaba español, su emoción de hablar con alguien era tal que prefería no comer para conversar con mi esposa. O como la señora que, a pesar de no tener hogar ni dinero, todos los días se maquilla, se asea y busca dar la mejor impresión de ella, como si supiera que la dignidad de un ser humano no está en sus posesiones sino en ser hijo de Dios. O como aquella persona, que no puede regresar a su casa por una cuestión legal y que ha perdido todo, incluso fue asaltada en el hotel y ahora tiene que estar en el refugio. O como los padres de familia que estaban ahí con sus hijos por no tener lo suficiente para alimentarlos.

La necesidad de la gente no era solo material, sino humana y espiritual.

Humana por sentir la calidez del otro, por saber que son importantes para alguien más y espiritual por la necesidad que ellos y todos tenemos de encontrar a Dios en medio de nuestros hermanos.

Limpiamos, nos despedimos y emprendimos el regreso en la carretera. Mi hijo mayor se acercó y me dijo, “gracias papá por habernos traído aquí, se sintió bien hacerlo“. En el automóvil hicimos todos una oración, dimos gracias por la experiencia y pedimos por todos los que acudieron ahí. Mi esposa y yo regresamos en silencio, los dos regresamos pensando en lo afortunados que hemos sido. Pero también regresamos sabiendo que llegamos pensando que nosotros ayudaríamos, cuando en realidad fueron las personas de ese lugar las que nos ayudaron. Nos ayudaron a salir de nosotros, nos ayudaron a dejar de pensar en nuestros problemas y en nuestras frivolidades. Nos ayudaron a que viéramos lo afortunados que somos sin merecerlo. Nos ayudaron a ver que para mis hijos no hay diferencias entre las personas. Nos ayudaron a combatir nuestro egoísmo.

No soy ingenuo, sé que con lo que hicimos no cambiamos radicalmente la vida de esas personas. Y también sé que esa acción no nos hace mejores personas, que no hay nada de que enorgullecerse. Pero gracias a eso pude recordar lo necesitado que estoy. Recordar que no merezco nada de lo que tengo.

Recordar que estoy necesitado de la misericordia de Dios.

Pero también recordé las palabras del Papa Francisco en su visita a la cárcel mexicana cuando les dijo a los presos “con frecuencia me pregunto, ¿Por qué son ustedes quiénes terminaron aquí y no yo?” Lo mismo pensé yo “¿por qué estás familias están en esta necesidad y terminaron aquí y no mi familia y yo?”

Exponer a mis hijos (y a mi esposa y a mí mismo) a la pobreza, como lo recomendó el sacerdote, resultó en una enseñanza de la misericordia de Dios, en darnos cuenta que sin merecerlo lo hemos recibido todo, pero que nada nos pertenece, nos ha sido dado para compartirlo con los demás.

Por eso me gustaría invitar a quienes lean esta columna a que ustedes también se expongan y expongan a sus hijos a la pobreza. Que se den la oportunidad de tocar la vida de los demás y de que su vida también sea tocada. De ponerse en la posición que les ayude a ver lo bendecidos que son y la responsabilidad de compartirlo con los demás. Promoverán la generosidad, la empatía, la solidaridad y la caridad, tanto en sus hijos, como en ustedes e incluso en las personas se verán beneficiados, pues ellos también les devolverán eso que ustedes darán. Pero los invito que lo hagan con humildad, no como quien se quita lo que le sobra, sino como quien ve en el otro un hermano, al mismo Jesucristo y busca atenderlo y consolarlos. Que lo hagan como el que sabe que hoy puede ayudar, pero que mañana tal vez él mismo necesite la ayuda. O como lo dijo Nuestro Señor: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mateo 5:7)

Ojalá ustedes también expongan a sus hijos a la pobreza, les aseguro que no se arrepentirán.

Dr. Mario Guzmán Sescosse

Les recomendamos los siguientes artículos del Dr. Mario Guzmán: El padre que ama es el padre que corrige

Les recordamos que Marchando Religión está en las siguientes redes sociales:

FacebookTwitter


*Se prohíbe la reproducción de todo contenido de esta revista, salvo que se cite la fuente de procedencia y se nos enlace.

 NO SE MARCHE SIN RECORRER NUESTRA WEB

Marchandoreligión  no se hace responsable ni puede ser hecha responsable de:

  • Los contenidos de cualquier tipo de sus articulistas y colaboradores y de sus posibles efectos o consecuencias. Su publicación en esta revista no supone que www.marchandoreligion.es se identifique necesariamente con tales contenidos.
  • La responsabilidad del contenido de los artículos, colaboraciones, textos y escritos publicados en esta web es exclusivamente de su respectivo autor
Mario Guzmán

Mario Guzmán

Dr. Mario Guzmán Sescosse es profesor e investigador de tiempo completo en Trinity Christian College en la ciudad de Chicago en EUA. Es doctor en psicología y cuenta con dos maestrías en psicología y psicoterapia, además de la licenciatura en psicología y estudios en filosofía. Es autor del libro "La Transformación del adolescente", de diversas obras científicas y capítulos de libro. Tiene más de 17 años de experiencia como terapeuta. Sus intereses académicos son psicología y religión, psicoterapia, psicopatología y desarrollo humano. Además, está casado y tiene 3 hijos junto con su esposa. https://www.drmarioguzman.com/