¡El misterio de Judas!

Agradecemos a D. Jose Luis Aberasturi su primer artículo en nuestra página, esperamos que sea el inicio de una próspera colaboración. ¿De qué nos habla D. José Luis? De una cita en el libro del Cardenal Sarah sobre la que ha fijado su vista…

¡El misterio de Judas!“, D. José Luis Aberasturi

Nada más empezar a leer, despacio, el último libro del cardenal R. Sarah, Se hace tarde y anochece (Palabra, 2ª edición. 2019), me he encontrado con esta denuncia –“el misterio de Judas”– que, perfectamente y como mínimo, echa a temblar el alma. Porque está hablando del hoy: exactamente del HOY de la Iglesia Católica.

¿Por qué nombra precisamente a Judas? Desde la segunda página de su libro (pág. 9), en un crescendo que te va calando interiormente, acude reiteradamente a este personaje. ¿Por qué? Lo explica claramente, sin cortarse para nada: “Me atrevo a tomar prestadas las palabras del papa Francisco: el misterio de Judas se cierne sobre nuestro tiempo. Los muros de la Iglesia rezuman el misterio de la traición (…). Llevamos mucho tiempo viviendo el misterio de Judas (…). Vivimos el misterio de la iniquidad, el misterio de la traición, el misterio de Judas” (pág. 10).

Tampoco duda, a continuación, en señalar directamente a las insanas, por engañosas y falsas, “directrices” responsables de la traición: “Judas será eternamente el nombre del traidor, y su sombra se cierne hoy sobre nosotros. Sí, ¡también nosotros hemos cometido traición! Hemos abandonado la oración. Por todas partes se ha filtrado el mal del activismo eficaz. Queremos imitar las estructuras de las grandes empresas. Olvidamos que únicamente la oración es la sangre que puede irrigar el corazón de la Iglesia. Decimos que no hay tiempo que perder. Queremos dedicar ese tiempo a labores sociales útiles. [Pero no puede callar que] Quien deja de rezar ya ha cometido traición. Está predispuesto a cualquier compromiso con el mundo. Ha tomado el camino de Judas.

[Continúa:] Nos permitimos cuestionarlo todo. Se pone en duda la doctrina católica. Apelando a posturas supuestamente intelectuales, los teólogos se dedican a desmontar los Dogmas, vaciando la moral de su significado más hondo. El relativismo es la máscara de Judas disfrazado de intelectual. ¿Qué sorpresa nos puede provocar enterarnos de que hay tantos sacerdotes que rompen sus compromisos? Relativizamos el significado del celibato, reivindicamos el derecho a tener vida privada, algo contrario a la misión del sacerdote. Algunos llegan incluso a reclamar el derecho a conductas homosexuales. Se suceden los escándalos entre los sacerdotes y entre los obispos. El misterio de Judas se propaga” (pp. 11-12).

Un poquito más adelante, lo explica con más incisividad si cabe: “El misterio de Judas, el misterio de la traición, es un veneno sutil. El diablo intenta hacernos dudar de la Iglesia [como ya, al principio, con Adán y Eva, intentó, y logró, que dudasen de Dios, del que habían recibido absolutamente TODO. Y lo sabían: estaban al cabo de la calle de que ni las vacas ni la propia naturaleza -¡ellos eran su cima!- les había dado nada]. Quiere que la veamos como una estructura humana en crisis. Pero la Iglesia es mucha más que eso: es la prolongación de cristo. El diablo nos invita a la división y al cisma. Quiere hacernos creer que la Iglesia ha cometido traición. Pero la Iglesia no traiciona. ¡la Iglesia, llena de pecadores, está libre de pecado! Siempre habrá en ella luz suficiente para quienes buscan a Dios. No os dejéis tentar por el odio, por la división, por la manipulación. No se trata de tomar partido, de enfrentarnos los unos a los otros. […]

La Iglesia sufre, ha sido deshonrada y sus enemigos están dentro de ella. No la abandonemos” (pp. 12-13).

Pero no se para aquí, sino que ahonda aún más: “Ante el aluvión de pecados dentro de las filas de la Iglesia nos sentimos tentados de tomar las riendas. Nos sentimos tentados de purificar la Iglesia con nuestras propias fuerzas. Y sería un error. ¿Qué podríamos hacer? ¿Un partido? ¿Un movimiento? Esa es la tentación más grave: una división tapada con oropeles. Con la excusa de hacer el bien, nos dividimos, nos criticamos, nos destrozamos. Y el demonio se ría. Ha conseguido tentar a los buenos bajo la apariencia del bien. La Iglesia no se reforma con la división y el odio. La Iglesia se reforma comenzando por cambiar nosotros mismos. No dudemos, cada uno desde nuestro sitio, en denunciar el pecado, empezando por el nuestro.

La sola idea de que la túnica sin costuras de Cristo corra peligro de rasgarse de nuevo me estremece. Jesús padeció su agonía contemplando de antemano las divisiones de los cristianos. ¡No lo crucifiquemos de nuevo! Su corazón nos dirige una súplica: ¡tiene sed de unidad! El diablo teme que lo llamen por su nombre [mentiroso y padre de la mentira le llama Jesús mismo]. Le gusta envolverse en la bruma de la ambigüedad. Seamos claros. `No llamar a las cosas por su nombre añade mal al mundo´, decía Albert Camus” (pp. 13-14).

Y remata la faena, señalando expresamente a quienes más les incumbe todo esto: rechazar el misterio de Judas, no engrosar el capítulo de los traidores y de las traiciones, sin miedo de llamar a las cosas por su nombre: los miembros de la Jerarquía católica. “No tengamos miedo de decir que la Iglesia necesita una profunda reforma, y que esa reforma pasa por nuestra conversión. (…)

¡Este libro es el grito de mi alma! Es un grito de amor a Dios y a mis hermanos. A vosotros, cristianos, os debo la única verdad que salva. La Iglesia se muere porque los pastores tienen miedo de hablar con absoluta honestidad y claramente. Tenemos miedo de los medios, miedo de la opinión pública, ¡miedo de nuestros propios hermanos! El buen pastor da su vida por sus ovejas. (…).

Dentro de poco compareceré ante el Juez eterno. Si no os transmito la verdad que he recibido, ¿qué voy a decirle? Los obispos deberíamos echarnos a temblar al pensar en nuestros silencios culpables, en nuestros silencios cómplices, en nuestros silencios complacientes con el mundo” (pp. 13-14).

Sí, en la Iglesia hay que reforzar la UNIDAD. La unidad es un tesoro, una perla preciosísima.

Pero la unidad de la Iglesia “no tiene nada que ver con ese espíritu corporativo que existe en el mundo. La unidad de la Iglesia nace del Corazón de Jesucristo. Debemos permanecer junto a Él, en Él. Nuestra morada será el Corazón abierto por la lanza para permitirnos refugiarnos en él” (p. 15).

Seguiremos hablando de este libro pues no dudo en calificarlo de DENUNCIA PROFÉTICA. Como muy bien titula el señor cardenal, Se hace tarde y anochece. Desde luego, para las almas y a día de hoy, es exactamente así.

El remedio, ya nos lo ha dicho, el remedio de siempre en la Iglesia ha sido y es la ORACIÓN, personal y comunitaria. Y la luz se hace. Vuelve siempre. Porque el Señor está siempre junto a nosotros de continuo: y, con Él, nos llamaremos vencedores.

José Luis Aberasturi

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