Diario de un dandy rural

Nuestro querido Gilmar nos cuenta sus andanzas dentro de lo que llamamos un centro comercial o un shopping center y es que nuestro dandy rural, nunca había estado en ninguno

“Diario de un dandy rural”, Gilmar Siqueira

Hace algunos meses fui por primera vez en mi vida a un shopping center. Como provinciano de tomo y lomo que soy, aquello me impresionó sobremanera. Era una construcción enorme – para mí, porque me han dicho que hay otros mucho más grandes – llena de todas las cosas: tiendas de ropa, juguetes, libros, comida, cine y más otras cosas que todavía desconozco. En otras palabras, la dicha construcción me ha dado la impresión de autosuficiencia.

Ingresamos – mis amigos y yo – por una puerta de vidrio y, de pronto, algo me llamó la atención: había allí adentro aire acondicionado. Me pareció increíble que hubiera aire acondicionado por todas partes – desde el piso de abajo – en una construcción tan grande. Todo allí era cómodo, limpio y tranquilo. Si se presentara la necesidad de algo, allí mismo encontraría la satisfacción. Era hasta demasiado cómodo.

Caminamos dentro del lugar – yo, deslumbrado; mis cicerones, tranquilos – y su grandeza siguió dejándome hondas impresiones: lo primero que pensé fue que la cosa aquella probablemente sería más grande que mi pueblo; confieso que tal pensamiento me provocó risa tan pronto como se me ocurrió, pero enseguida se probó verdadero cuando mis amigos y yo fuimos almorzar en la llamada plaza de alimentación. Era un espacio enorme – todo en aquél lugar me parecía grande y creo que seguiré empleando el término – lleno de mesas y de gente. El griterío era inmenso: como las mesas estaban muy cerca unas de las otras, las personas tenían que gritar para que sus comensales pudiesen escucharlas. Claro que en un principio eso me molestó. Digo en un principio porque, cuando ya estábamos en la mesa comiendo, noté que mis amigos y yo hablábamos tranquilamente como si no hubiera nadie más que nosotros; es decir, de alguna manera levantábamos nuestras voces con naturalidad.

Cuando me di cuenta de ese cambio raro pero tan de acuerdo a la circunstancia, decidí echar un vistazo a las otras mesas que estaban a nuestro alrededor: casi todas estaban llenas de gente, excepto unas pocas en que unas personas comían solas con la vista sobre el plato; sin embargo, en las mesas llenas, las personas hablaban entre sí – en voz alta – con la misma naturalidad con que hablábamos mis amigos y yo. Y lo hacían sin darse cuenta de las demás mesas. Tanto era así que pude observar muchísimas mesas a mi gusto sin que nadie me hiciera el menor caso por mirón.

Yo estaba azorado. La verdad es que, por dos veces, me choqué con una misma caja de hierro que estaba en una pilastra cerca de nuestra mesa; en la primera vez una expresión de disculpas se me vino a la boca por haber creído que se trataba de otra persona. Si se descuenta mi torpeza normal (que no es poca), se puede decir que los dos choques fueron un signo de mi estado de espíritu en aquél edificio. Mi amigo quiso consolarme de la vergüenza que sentía con una broma: me dijo que la cosa aquella no estaba preparada para mí. Bueno, creo que tenía más razón que un santo, como suele decirse.

La cosa no estaba preparada para mí en la misma medida en que yo no estaba preparado para ella.

Si mis amigos llegan a leer este artículo, podrán decir que se trata de una venganza que me tomo en contra de aquellas condenadas escaleras automáticas. Bien puede ser la verdad. A lo largo de nuestro paseo por el tal shopping center casi me rajé en todas las veces que intenté llegar a los peldaños que se movían de una manera demasiado veloz para mí. Me impresioné al notar que mis amigos lo hacían como si fuera la cosa más natural del mundo. ¿Otro signo?

Dejémonos de signos por ahora. Vuelvo a lo que dije sobre la autosuficiencia que percibí en aquél lugar: todo estaba hecho para atender a las necesidades y los placeres de la gente (la comida era muy buena, por cierto); era como si no pudiera existir nada fuera de ese pequeño mundo únicamente humano. Si lo llamo autosuficiente es porque me pareció que fue construido bajo la idea de darlo todo: su existencia parece decir al hombre que ya no tendrá que buscar nada, que todo lo que quiera y necesite podrá encontrar allá. Y lo hará con toda la comodidad del aire acondicionado, sin correr el riesgo de mojarse por la lluvia (¿qué cosa?) o tostarse en el sol (¿cómo?).

Quizá no me haya expresado bien. A lo mejor nadie es tan inocente como para querer decir al hombre que no tendrá que buscar nada; no, nadie es tan inocente, mucho menos los señores prácticos. Entonces es posible que la idea de todo aquello que contemplé tan azorado fuese otra: la de que el hombre puede atender a todas las necesidades del hombre. No es que no haya nada fuera de allí, es que ya no hace falta preocuparse por lo que está fuera de allí. Eso no tiene importancia.

Gilmar Siqueira

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Gilmar Siqueira

Gilmar Siqueira

Feo, católico y sentimental