Tradición, unidad y caridad

Estamos ante una gran crisis dentro de la Iglesia, la amenaza llega por todos los frentes, tanto desde fuera como desde dentro. Una parte de la jerarquía emite documentos heréticos, ¿Estamos ante un próximo cisma? no se pierdan el artículo completo

“Tradición, unidad y caridad“, Padre Jesús de María

Nos encontramos ante unos hechos lamentables para la vida de la Iglesia y su magisterio, que han puesto de manifiesto los cardenales Burke y Brandmüller cuando han dirigido cada uno una carta al resto del colegio cardenalicio ante el próximo sínodo de la Amazonía y su documento de trabajo calificado de herético y apóstata.

En pocas semanas comenzará el llamado Sínodo de la Amazonía. Lo que se sabe hasta ahora sobre el Sínodo no puede sino suscitar las más serias preocupaciones. Algunos puntos del Instrumentum laboris parecen no estar solo en disonancia respecto a la enseñanza auténtica de la Iglesia, sino que son contrarios a ella, afirma el Cardenal alemán Walter Brandmüller en su carta fechada el 28 de agosto.

Como enseña la experiencia de estos últimos sínodos, se ha de temer intentos no solo de manipular la sesión sino de ejercer fuertes presiones sobre ella

Dice también en su carta este cardenal que algunos puntos de este documento hacen presagiar una apostasía de la fe católica.

Ante la situación que estamos viviendo en la Iglesia católica, ante los desvaríos, errores, y ataques al magisterio de la Iglesia, los que amamos la Tradición, los católicos, somos llamados a unirnos por la caridad en la doctrina y enseñanza que está siendo atacada por parte de la jerarquía eclesiástica.

Tradición, unidad y caridad.

Dice san Vicente de Lerins en su Commonitorium que: Tú no eres el autor de la Tradición sino su custodio. No su maestro, sino su discípulo; no su guía, sino aquel que la sigue. Es necesario recordar a nuestros pastores, ya sean sacerdotes, obispos cardenales y pontífices, que están al servicio de ella, que el sucesor de Pedro ha de ser el garante por excelencia de la Tradición de la Iglesia y que, en ningún caso, el objeto de la fe puede exceder aquello que es dado por el testimonio de los Apóstoles.

Sigue diciendo este cardenal experto en historia de la Iglesia que ante la propuesta que plantea el documento sobre los viri probati, tendremos que afrontar serios ataques a la integridad del Depositum fidei (depósito de la fe), a la estructura jerárquico-sacramental y a la Tradición Apostólica de la Iglesia. Con todo esto se ha creado una situación nunca antes vista en toda la historia de la Iglesia, ni siquiera durante la crisis arriana de los siglos IV y V.

Estamos pues, ante quizás la más grave crisis de la Historia de la Iglesia sin precedentes. Se ha venido agravando desde el surgimiento del modernismo, y hasta ahora el magisterio pontificio ha ido afrontando las amenazas externas. Ahora el enemigo, no sólo está dentro, sino que una parte de la jerarquía emite estas doctrinas heréticas y apóstatas, las defiende y persigue a aquellos que velamos por la integridad de la transmisión de la Tradición.

Es momento en todos nosotros, de unirnos y desdeñar nuestras diferencias, evitar toda confrontación en la variedad de grupos, asociaciones que compartimos el valor de la Tradición porque la persecución y la lucha va a conocer proporciones nunca vistas. Los modernistas que han tomado el poder en la Iglesia mantienen la unidad en la defensa del error de sus consideraciones. Ahora nosotros debemos hacer frente común en la defensa de la Tradición católica que ha llegado hasta nosotros y que nuestros pastores por silencio cobarde no quieren defender.

Si vamos a las entrañas mismas de la Tradición, en ella se da la unidad porque así fue recibida por los apóstoles del mismo Jesucristo.

Ellos en unidad la recibieron y la transmitieron y la Iglesia en su historia la ha custodiado y la han hecho llegar hasta nosotros. Dice Holstein en su obra La Tradizione nella Chiesa que: La Iglesia no conoce novedad, sino sólo la explicitación, el esclarecimiento y la definición de las tradiciones transmitidas por el Divino Maestro a los Apóstoles. Esta Tradición, a pesar de ser transmitida por hombres, no es puramente humana, sino sobrenatural, garantizada por el Espíritu Santo.

Todo esto manifiesta un cisma, ya muchos años latente, en la vida actual de la Iglesia católica. No compartimos la misma fe que muchos hermanos nuestros, no nos guiamos por la misma doctrina, no tenemos la misma moral y no celebramos la misma liturgia, ya que los abusos, profanaciones y sacrilegios por parte de muchas comunidades católicas se han convertido en plato cotidiano.

Ante este sufrimiento, escándalo y decepción estamos experimentando una profunda soledad, nos sentimos muy tristes y decepcionados porque nos tachan de tradicionalistas y no católicos.

Hace poco hablando con un sacerdote me comentaba que fue retirado de la comunidad a la que atendía por predicar lo que la Iglesia siempre había predicado, celebrar correctamente la liturgia, tener un crucifijo en el altar y un comulgatorio a los pies del mismo, incluso celebrando el Novus ordo correctamente según el misal de Pablo VI.

El enemigo está haciendo su agosto, actualmente en la Iglesia, y ya no sólo por la difusión de herejías como la del prepósito general de los jesuitas que niega públicamente la existencia personal del diablo sin que los obispos le corrijan, sino porque en los que amamos y defendemos la Tradición hay demasiada confrontación y ataques internos, rivalidades y acusaciones que impiden la unión para lo que se avecina en la Iglesia. Ahora creo que más que dirigir nuestra mirada hacia esos mismos ataques de los que están demoliendo la fe, hemos de trabajar por la unidad entre nosotros, porque si no nos unimos no podremos defender nuestra fe.

Tradición, unidad y caridad.

En los primeros siglos de la Iglesia San Pacomio (1ª mitad del s. III) que era militar conoció a unos cristianos que ayudaron a los reclutas de su tropa y ante tanta caridad quedó impresionado y prometió abrazar el cristianismo y llegó a ser uno de los iniciadores de la vida monástica cenobítica. San Pacomio reconoció en aquel modo de ejercer la caridad la verdad que había de fondo, el amor de Jesucristo. Este hecho nos ilustra el camino para la unidad entre nosotros, para el testimonio que estamos llamados a dar y para la conversión de los no creyentes, que ante un firme testimonio de caridad, Dios pueda suscitar por la gracia la conversión a la fe verdadera de la Tradición. Pero para no caer en el error de la emotividad y el sentimentalismo, Benedicto XVI en Caritas in veritatis, nos habló de la transmisión correcta de la verdad por la caridad, y esta, la caridad tiene como finalidad la transmisión de la única verdad que es Jesucristo.

Sólo por el amor con que nos amemos creerán en el que nos ha enviado. No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú padre en mí, y yo en ti, para que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. (Jn 17, 20-21). La unidad sólo es posible en la caridad y la caridad sólo es posible en la verdad.

Desde distintas experiencias que hemos tenido todos los que nacimos tras la debacle conciliar y hemos conocido la Tradición, hemos llegado a experimentar que algo nos faltaba, que había un vacío en la vida de la Iglesia, que todo el desarrollo postconciliar iba degenerando sin vuelta hacia atrás. Y comenzamos a preguntarnos qué era aquello de lo que nos habían privado.

Siempre en la formación del seminario se nos insistía en la crítica hacia lo preconciliar, hacia la misa de antes, hacia la vida de la Iglesia anterior al Concilio Vaticano II. Y luego los años nos hacía ver que la Iglesia hacía aguas, que la barca de Pedro parecía zozobrar. Antes era de un modo más oculto, ahora totalmente manifiesto. Se había introducido un nuevo lenguaje en el Concilio y habían perdido su contenido los conceptos fundamentales.

Nos sentimos aturdidos, confundidos, perdidos, solos y con la renuncia de Benedicto XVI huérfanos.

Podemos decir que a partir de aquella lamentable renuncia se inició una etapa última en la vida de la Iglesia en la que no parece haber vuelta atrás. Nuestra fe está siendo puesta a prueba, los sufrimientos se agudizan, la persecución va a llegar a ser virulenta. Hemos de pasar la prueba conservando la unidad de la fe en la caridad.

Hemos de aguardar al Señor que llega con las lámparas encendidas de la fe. Dice el catecismo de la Iglesia católica en el número 675 que, antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el “Misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2 Te 2, 4-12; 1Te 5, 2-3;2 Jn 7; 1 Jn 2, 18.22).

Creo que nuestra oración diaria ha de pedir insistentemente la perseverancia en la fe. Hemos de dirigirnos a nuestra Santísima Madre para que nos una en la caridad como hizo con los apóstoles en el cenáculo. Ella que nos prometió que al final su Inmaculado Corazón triunfará obtendrá por su poderosa intercesión la gracia de mantener encendida la lámpara de la fe hasta la vuelta del Señor.

Padre Jesús de María

Recuérdenlo la solución a la actual crisis está en la tradición, unidad y caridad

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