La duquesa Loana

Hay un lugar en el que todo aquel que tiene talento puede expresarlo sentándose al piano y dejándose arrastrar por las notas musicales. La cita es en el bar “la nostalgia”, ¿les apetece escuchar al dúo de esta noche?

La duquesa Loana”, Sebastián Renna

La realidad es abrumadora, desconcertante, y no es posible mirar con indiferencia lo que nos rodea. Sólo los cretinos logran ignorarla o beneficiarse con ello (“a río revuelto…”). Hoy los acontecimientos lejanos, pienso en Singapur, Kirguistán, Suiza, Cachemira, Perú… ya no lo parecen. Recuerdo un refrán, aunque no recuerdo a quién se lo debo: “la caridad bien entendida empieza por casa”. Pues mi casa, mi barrio, mi ciudad, mi país, el mundo…, me pregunto: ¿qué tan lejos está todo eso hoy de mí…? ¿Mi casa no es acaso este mundo? Puedo ver desde esta ventana lo que ocurre ahora mismo frente al “Palais Garnier” (todo ocurre demasiado cerca). Me dirán que en el mundo sólo estamos de paso, peregrinamos. Recuerdo a Gilson: “Nosotros estamos en el mundo. Querámoslo o no, es un hecho, y no depende de nosotros estar o no estar en él; pero no debemos ser del mundo” (esto lo escribe en su bellísimo libro: “Amor a la sabiduría”, en el capítulo “La inteligencia al servicio de Cristo Rey”, si mi memoria aún me es fiel). En ningún momento recomienda Gilson que a nuestro estado -aun relativamente breve-, le conviene el quietismo o la indiferencia, todo lo contrario.

Acabo de publicar un artículo que no escribí en la red social que frecuento, dónde curiosamente, y sin proponérmelo, he recibido pedidos de “amistad” de casi 5000 personas de todo el mundo y permanentemente me pregunto: ¿qué esperan de mí…? Me resistí en principio a hacerlo por ahorrarles el desasosiego ante semejante denuncia, que seguramente afligiría a tantos corazones inocentes. Pero, ¿“quién soy yo” para decidir qué puedo o no hacer con declaraciones que interesan a tantas personas? Acaso, barrer la verdad bajo la alfombra ¿evitará el dolor de mis hermanos? Lo hice, lo publiqué: “Mons. Athanasius Schneider: el Vaticano está traicionando a Jesucristo como único salvador de la humanidad (tomado de la página “Adelante la Fe”). No tengo ninguna duda de que así es, aunque íntimamente quisiera que así no fuese. Sin embargo, afrontar la adversidad siempre es mejor, esto lo he aprendido con “sangre” ¿y qué he ganado, sino mayores y más profundos padecimientos? Pero además he aprendido (mucho, quizá demasiado) he fortalecido mí fe y no he perdido la esperanza, jamás le concedería al enemigo tal cosa.

Escribo una saga, aún no tiene título definitivo y ya voy por el segundo libro, pero por la inmediatez de tantos sucesos me he demorado. Intento dar al mundo esperanza, al menos desde la ficción, porque no me ocurra lo que al siervo del Evangelio a quien su señor le confió un talento y al ajustar cuentas con él, reciba la misma reprimenda: “siervo malo y perezoso”. Recuerdo que cuando comencé a escribirla, un amigo que la sigue (¡pobre amigo mío!), comprendió inmediatamente la idea: «Nos hemos vuelto seres tan terrenales que lo sobrenatural ya no forma parte de nuestra realidad. Yo quiero recuperar la presencia de lo sobrenatural en nuestras vidas. La Gracia necesita de lo natural, y lo natural de la Gracia. No comprendo cómo alguien puede aceptar la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, y teme a las apariciones o considera una locura que en la oración se produzca un coloquio real con Cristo y María, pero, ¿qué otra cosa sería sino, la oración? Y ¿por qué atribuimos aquello que Pedro nos advirtió: “vuestro adversario el diablo anda como león rugiente buscando a quien devorar”, a una metáfora, o el infierno a un mito? ¿Es que acaso nos hemos vuelto idiotas, o se trata sólo de “efectos residuales” de la inefable “eco-teología”?».

La saga es protagonizada por un descendiente de San Luis IX Rey de Francia, que se propone restaurar la Cristiandad, o al menos crear las condiciones para que su sucesor tome la posta y continúe la empresa. Son conocidas varias anécdotas sobre San Luis, cito una de ellas para dar al lector una idea que le permita elaborar una aproximación al perfil de su descendiente: Walderico (en la saga), al caso, aquélla en la que un asistente se acerca al rey, Ludovico, quien sentado en su trono atendía con habitual diligencia e inusual fervor los asuntos del reino, para anunciarle que Cristo estaba en la capilla de Palacio, donde el santo solía pasar mucho tiempo orando:

¡Ya lo sé!

Respondió Ludovico, sin mirar a quién le había comunicado la noticia, y sin dejar de atender los múltiples asuntos que lo ocupaban. El paje insistió:

-¡Majestad! ¿Me ha oído Usted bien? ¡Le he dicho que el mismísimo Jesucristo está en la capilla!

El rey se volvió hacia él y respondió con extraordinaria naturalidad:

Pero hombre…, ¿no te he dicho que ya lo sé? ¡Ahora déjame en paz, estoy muy atareado!

Son casi las 4 de la madrugada. En mi cabeza se ha congregado una exaltada asamblea de murmullos y rumores, en la que miles de voces porfían quebrantar cualquier intento de reconciliación entre las palabras que conforman un relato. Los reproches de vivos que demandan acción con la urgencia de los que ya no les es posible esperar, y las voces de los muertos que exigen atención desde los anaqueles, me impiden completar este capítulo, demorado más allá de lo conveniente, aunque, entre tanto barullo es inútil insistir. Falta el aire y me siento aturdido. Necesito aire puro y silencio; afuera hace frío, pero no más que en esta habitación… No lo pensé, salí a caminar. Mis pies conocen el camino y el destino de aquellas postrimerías. No ejercen el bucólico derrotero de los pasos perdidos o azarosos, intuyen que “La Nostalgia” es el fin de mis horas tortuosas e infecundas, y no vacilan.

De camino a “La Nostalgia”, y como no podía ser de otra manera, los recuerdos sobrevinieron naturalmente a mi memoria. Atesoro mis recuerdos, por ellos me doy cuenta de que mi vida no ha carecido de intensidad, estoy vivo y eso quiere decir que no soy sólo una mera rata de biblioteca, mi historia es compleja y fascinante, o al menos así la percibo yo. Ha sido hasta hoy una trama de variopintas vindicaciones, múltiples encrucijadas, disparatadas incursiones y asombrosos desencuentros, a uno de ellos le debo el establecimiento al que se encaminan mis pasos. Conocí a Manuel en uno de mis primeros empleos. Pronto nos hicimos amigos y no tardamos en formar un dúo, era un cantante excepcional, yo lo acompañaba al piano. Soñábamos con un “piano bar” propio, al que pudiesen acudir aquellos quienes tuviesen algún talento musical y quisiesen expresarlo, libremente, allí. Pero Manuel era un tipo inquieto, su espíritu rechazaba el arraigo, así es que al poco tiempo y sin despedirse emigró a Italia. No tardó en volver y con mucho dinero, más que suficiente para fundar el establecimiento que habíamos soñado.

La idea fue exitosa. Pronto el lugar rebosaba de jóvenes que frecuentaban el local con el fin de interpretar su música unos y apreciarla otros, o por tomarse un café y ver en vídeos a sus músicos -nacionales o internacionales- preferidos. “Música y Palabras” (así lo bautizó Manuel, yo no lo objeté) era un local amplio con suficiente espacio para un pequeño escenario y varias mesas para los parroquianos, y la barra. Por la noche, a eso de las diez, Manuel y yo interpretábamos algunas canciones, he invitábamos luego, a quien lo deseara, a compartir su talento con los demás. Admito que la cantidad de asistentes y la calidad de los artistas que asistía intimidaba, pero el bar no cerraba, así es que todo el día estaba a disposición de los que deseasen ejecutar sus composiciones o tomar un café, cerveza, etc. Por aquellos tiempos no estaba prohibido fumar en el interior de los locales públicos, pero estábamos acostumbrados a ello y nadie se quejaba. Manuel dirigía el establecimiento y solía contratar a músicos conocidos a nivel nacional. En algún momento pensamos en buscar un local más amplio. Fue entonces cuando, y repentinamente, decidió volver a Italia, vendió a muy buen precio el bar, se despidió rápidamente y se fue. Por mucho tiempo no lo he vuelto a ver.

Los nuevos dueños del establecimiento, desde el principio, me aseguraron que yo siempre sería bienvenido, contaban con mi música y todos mis gastos corrían por cuenta de la casa. Esto, probablemente, fue una condición que Manuel puso a quienes adquirieron el establecimiento.

A partir de entonces el nombre del “piano bar” es “La Nostalgia”.

Nunca pregunté la razón. La relación con los nuevos dueños -Tomás y Nancy- siempre era cordial, y aunque la fisonomía del ambiente fue alterada rápidamente, adquiriendo una cierta sofisticación que contrastaba con la rudeza de la decoración original, no me desagradó, le otorgaba una nueva personalidad, no menos atractiva que la anterior; y esto, según creo, resultó fundamental para mantener la vigencia del bar. Renovaron todos los instrumentos y equipos con otros de primeras marcas y excelente calidad, por lo que el sonido mejoró muchísimo y se necesitó menos espacio para el escenario, favoreciendo mayor asistencia de personas. Nadie dejó de frecuentar el lugar, nuevos parroquianos se unieron a ellos, y eso también contribuyó a mantener la fama del bar a pesar del paso del tiempo. Una vez al año, en verano, un artista de fama nacional era contratado puntualmente; y los sábados se presentaban figuras locales. El resto del tiempo, cualquiera podía usar los equipos para interpretar su música.

Yo solía acudir a “La Nostalgia” en horas en que la concurrencia disminuía, normalmente a la madrugada, y si el piano estaba libre me sentaba a tocar algunas canciones sin pensar en agradar, sólo en recordar. Muchas veces se unieron a mi otros músicos y algunos cantantes. El clima que se creaba era agradable y me ayudaba a descongestionar la pensadora. Por lo demás, era evidente que lo mío era la literatura.

Aquella noche, al llegar a “La Nostalgia”, saludé a Tomás que conversaba con sus amigos animadamente, y como vi el piano libre, fui derecho hacia él. Debía a una amiga que estaba muy lejos, una canción. Con las primeras notas de la introducción noté que una dama dejaba sobre el teclado una rosa blanca, no entendí, pero mis manos continuaron la introducción y cuando llegó el momento, una joven vestida de blanco, comenzó a cantar…

Sentada en el andén,

Mi cuerpo tiembla y puedo ver,

Que a lo lejos silva el viejo tren

Como sombra del ayer…

Al finalizar la canción, que la joven cantó maravillosamente, se volvió hacia mí, ¡era Loana…! Su inconfundible sonrisa y sus tremendos ojos celestes me lo confirmaron: ¡era Loana…! ¿Pero cómo puede ser…? Antes de que pudiese salir de mi asombro dijo:

¡Toca otra “viejo perdedor”, haces que me sienta bien!

Inmediatamente mis manos comenzaron con “Piano man”, y la niña a cantar:

It’s nine o’clock on a Saturday

The regular crowd shuffles in

There’s an old man sitting next to me

Makin’ love to his tonic and gin…

Cuando terminó la canción, nuevamente se volvió hacia mí y dijo sonriendo:

– La Bohème, s’il te plaît!

Je vous parle d’un temps

Que les moins de vingt ans

Ne peuvent pas connaître

Montmartre en ce temps-là

Accrochait ses lilas

Jusque sous nos fenêtres

Et si l’humble garni

Qui nous servait de nid

Ne payait pas de mine

C’est là qu’on s’est connu

Moi qui criait famine

Et toi qui posais nue…

Ansiaba que terminase la canción para hablar con ella:

-Très bien, Duchesse. Je t’invite un café.

– Pourquoi pas?

Después de que Tomás nos sirvió el café y nos dejó solos, pregunté:

– ¿Cómo es posible? ¡Tú eres uno de mis personajes!

¡No lo sé! ¡Dígamelo Usted!

Sebastián, me llamo Sebastián. Realmente eres muy bonita, y tienes la mirada de una persona inteligente. No tengo ninguna duda de que Waldemar al fin encontró lo que buscaba.

¿El Grial?

Pero veo en ese cielo algunas nubes: ¿Qué te preocupa?

María…, está muy triste, le he preguntado la razón y me responde con lágrimas. Dime Sebastián: ¿Por qué está tan triste Nuestra Señora? Todo este tiempo que Waldemar ha faltado de casa lo he pasado acompañándola, de rodillas frente al Santísimo, orando. De esa manera logro que no llore, pero cuando el cansancio me vence y dejo de hacerlo, vuelven las lágrimas a sus mejillas.

Yo no puedo hablar por la Virgen, niña. Pero, por lo que me cuentas, es evidente que pide oración, y su tristeza, es muy probable que tenga que ver con los últimos acontecimientos que vive la iglesia y el mundo.

¿Y qué está pasando en la Iglesia y en el mundo…?

Sé que conoces los evangelios, recuerdas lo que ha dicho nuestro Señor: “Pero cuando el Hijo del hombre vuelva ¿hallará por ventura fe sobre la tierra? Inmediatamente antes de decir eso habla del “clamor”, en “la parábola del juez y la viuda”, ¿comprendes?

Crisis de Fe en las personas y sobre todo en el clero, y el “clamor”, la oración. El juez que hace justicia por la “insistencia” de la viuda. ¡Comprendo! Sin embargo, creo que hay algo más…

Siempre hay algo más, Loana. Waldemar ya te ha advertido que tu vida junto a él no será fácil, y ese “algo más” es probablemente a lo que se refería. Tú serás la reina de la Cristiandad, ¿por qué crees que la Virgen acude a ti?

¡Deseaba tanto conocer a mi padre!

– ¡Y yo a ti, mi hermosa y queridísima hija!

– ¿Volveré a verte?

– No lo sé. Tal vez… Pídeselo a María… Yo también lo haré.

– ¡Ya lo he hecho, volveremos a vernos!

La niña se incorporó de su silla, besó mi frente y dijo:

¡Te quiero, guapo!

La rosa blanca que había dejado sobre el teclado, ahora estaba sobre la mesa, frente a mí, en lugar de su taza de café. No ha sido un sueño y sé que volveré a verla.

Sebastián Renna

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Sebastian Renna

Sebastian Renna

Mendigo de Dios e impenitente objetor del Siglo