Decimotercer Domingo después de Pentecostés



Evangelio del día. Santa Misa Tradicional

Evangelio según San Lucas, XVII

En aquel tiempo: Yendo Jesús a Jerusalén, pasaba por medio de Samaria y de Galilea. Y al entrar en una aldea, le salieron diez leprosos, los cuales se pararon lejos y alzaron la voz, diciendo: Jesús, Maestro, apiádate de nosotros. El, al verlos, dijo: Id y mostraos a los sacerdotes. Y aconteció que mientras iban, quedaron sanos. Y uno de ellos, cuando vio que había quedado limpio, volvió glorificando a Dios a grandes voces, y se postró en tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Era samaritano. Dijo entonces Jesús: ¿Pero no son diez los curados? ¿y los otros nueve, dónde están ? No ha habido quien volviese a dar gloria a Dios, sino este extranjero. Y le dijo: Levántate, vete, porque tu fe te ha salvado. 

Decimotercer Domingo después de Pentecostés . Meditación

La curación de diez leprosos.

Para que un milagro sea reconocido como tal, en este pasaje del Evangelio, se realizan dos las condiciones más importantes, 1- La curación es inmediata y 2- No hay explicación científica alguna.

Llama la atención qué el relato nos dice que los leprosos se detuvieron ante la vista de N. S. Jesucristo y alzaron la voz, eso significa que no se acercaron mucho y necesitaban gritar para poder ser escuchados, ya que estaban a cierta distancia.

La costumbre con los leprosos era muy estricta, estaba prohibido por la lay acercarse a los poblados y mucho menos a las personas. Los leprosos estaban obligados de llevar unas campanillas o cascabeles para advertir su presencia. Si incumplian alguna de estas normas, eran apedreados.

Todo eso nos hace comprender la razón por la cual guardaron distancia y “alzaron su voz”.

Este pasaje nos muestra también, cómo incluso la casta más pobre y miserable de la sociedad, tenía ya el conocimiento de las profecías, pues sabían que el Mesías estaba prometido y que tenía ser de estirpe real, por ello le gritan: “Jesús hijo de David, apiadate de nosotros.”
 Por su reacción ante la curación, nos damos cuenta de que no eran muy piadosos ni agradecidos. Es decir, sabían por la fama de Jesucristo, que había hecho milagros, que curaba lo incurable. Seguramente lo hicieron por realizar un último intento, igual, ya estaba todo perdido, “veamos si de verdad es el mesías y nos saca de este apuro, ya que para él, un truco más de ‘magia’, no le costará mucho esfuerzo…”

Y por desgracia esto  sigue sucediendo durante todo el curso de la historia e incluso actualmente. Como exorcista hemos tenido muchos casos en los cuales hombres, mujeres o familias enteras, vienen a pedirte curación, liberación de un ataque espiritual, problemas graves de salud o de sucesos paranormales que les tienen impresionados y atormentados.
 La relación con el Evangelio de hoy, es que muchos nunca han buscado la fe, ni la oración y en algunos casos no quieren saber nada con los diez mandamientos de Dios: es decir, buscan al sacerdote “como un mago” y no como una ayuda espiritual para su propia conversión y mejoría de vida.

Es esta la explicación por la cual los nueve leprosos, ni siquiera volvieron a dar las gracias a Jesucristo. Sólo uno de ellos tuvo el detalle de mostrar su gratitud y por ello obtuvo el gran don de su conversión, ya que “volvió adorando a Dios.

Y una vez más, se nos relata que era samaritano, ni siquiera era considerado judio; es decir, una vez más también se nos quiere decir que algunos que no parecen católicos, suelen en ocasiones ser más compasivos y agradecidos que muchos que presumen de su ‘legalidad religiosa’.

Cuando estuve unos años en parroquia y apostolado en los EEUU, recuerdo que en una ocasión una feligresa me trajo a un amigo protestante que padecía dolores en su brazo derecho, los médicos nunca habían logrado curarle ni aliviarle. Lo sorprendente es que después de haberle hecho las oraciones y una bendición, el hombre reconoció después de meses que nunca le volvió a doler el brazo. Pero nunca vino a decírmelo, a dar su testimonio ni tampoco a dar las gracias. El Evangelio sigue siempre tan actual…

N. S. Jesucristo fue respetuoso con las leyes y por eso les indica claramente a los leprosos, “Id y mostraos ante los sacerdotes.” Porque la ley establecía que el sacerdote era quien ‘certificaba’ si esa persona se había limpiado totalmente de la lepra, para así poder volver  habitar en la ciudad y volver también a una vida social normal.

 Esto significa que cuando nos dirijmos al sacerdote, cómo sacerdote, respetando su dignidad y su misión, no nos dirijmos a él “como a un mago”; entonces tenemos más posibilidades de ser escuchados y curados de nuestros males, temporales o espirituales.

Recordemos que todos somos capaces de caer en esta gran ingratitud de los nueve leprosos, no sólo con Dios, sino también con cualquier sacerdote o cualquier otra persona.

A menudo también suele suceder que cuando un sacerdote que sí cumple con su vocación y se entrega totalmente a su gente, recibe mucha ingratitud. En parte por la miseria humana, en parte porque algunas personas no han sido formadas por sus familias en la virtud de la gratitud y también porque se ha caído en “la lepra de la burocracia”: en efecto, algunos despues de haber recibido favores de un sacerdote, horas de paciente escucha, horas de cansados viajes para ir a atender un enfermo o visitar a alguien que sufre o cualquier otro sacrificio que haya hecho por ayudar al projimo; a menudo se oye decir: “Es su deber, es su trabajo, a mi no me ha hecho ningún favor…” Y la ingratitud e indiferencia de los leprosos para con Jesucristo…se repite una y otra vez en la historia de la humanidad.

Es por ello que Santo Tomás de Aquíno, en la cuestión 107, II, II, nos habla de la ingratitud como un pecado ofensivo a Dios y a los hombres.

Al caer de rodillas y Adorar a N. S. Jesucristo, el que fue curado de la lepra escucha sus palabras llenas de aprobación y bendición:

 “Tu fe te ha salvado.”

 Observemos que no dice “Te ha salvado el certificado de papel que  te ha dado el sacerdote, ni la aprobación del pontífice, ni la pertenencia al pueblo judío.”

¡Cuán importante es siempre ser agradecidos y estar siempre atentos a pagar favores con grandes o pequeños detalles, para que así nuestro corazón no se endurezca y caiga en la frialdad del ingrato!

Sin la piedad nuestro corazón se puede volver más duro e ingrato que las piedras, como nos lo dice este Santo Padre de la Iglesia :

“El corazón del ser humano puede llegar a ser más duro que las piedras; pues todas sus creatúras reconocieron a su creador, menos el hombre: las aguas le reconocieron cuando caminó sobre ellas, los vientos le obedecieron cunado increpó a la tormenta, los cielos se nublaron y oscurecieron cuando murió en la cruz, las piedras se partieron en dos y la tierra tembló. Pero al hombre le cuesta aún más que a ellos reconocerle.”
San Agustín +

Ave Maria

P. Ricardo Ruiz Vallejo

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Esperamos que la meditación del Decimotercer domingo después de Pentecostés les ayude a crecer en su vida espiritual

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Padre Ricardo Ruiz

Padre Ricardo Ruiz

Padre Ricardo Ruíz: 1980 Filosofía y latín en el Seminario Ntra. Señora Corredentora de Buenos Aires; 1986 Teología, Francés en Suiza; 1988 Ordenación sacerdotal, Seminario San Pío X, Suiza; 1988 Primer apostolado de parroquia en San Nicolás du Chardonnet, París, Francia; 1988-1990 Misión Parroquial en Mexico; 1991 - 2000 Madrid. España; 1996-2000 Exorcista "Ad Actum" en Valencia; 2000 - 2001 Parroquia en Wausau, Wisconsin, EEUU; 2000-2001 Capellán Hermanas del Corazón Real de Jesús. María Alm, Austria; 2002 - 2006 Capellán de convento Hermanas De La Presentación, Iowa, EEUU; 2006 - 2018 Casa De Retiros San José. Madrid, España.