¡Cuánto cuesta una vocación!

Una chica que un día descubre la llamada del Señor, unos padres que se oponen porque esto no es lo que soñaron para su hija y un tío Sacerdote que está en la historia como un ángel de la Guarda, ¿quieren saber cuánto cuesta una vocación?

¡Cuánto cuesta una vocación!, Padre Jesús de María

El diagnóstico era fulminante, sin lugar a dudas, no cabía error posible: un carcinoma lobulillar infiltrante. La intervención quirúrgica sería inmediata y posteriormente comenzaría una intensa etapa de agresiva quimioterapia en la que perdería el cabello, tendría problemas de piel y ese físico que tanto había cuidado de un modo obsesivo y por el que había padecido tantas privaciones alimentarias para estar delgada quedaría deteriorado y dañaría esa imagen que tanto había cuidado. Todo había cambiado, eso no estaba planeado, no podía pasarle a ella que tanto había luchado por su posición, seguridad y apariencia. Sabía lo que era el cáncer cuando unos años antes había enterrado a su padre después de un agresivo tumor. Otra vez se repetía la historia en aquella familia que había vivido para la galería, para dar una imagen de prestigio, dinero, apariencias y que incluso lo religioso era vivido como estatus, como parte de ese rol esnobista decadente de una obsoleta sociedad de provincia.

¡No me quiero morir! ¡esto no me puede pasar a mí!

Eran las continuas expresiones de una mujer desesperada ante el crudo diagnóstico que su propio esposo, médico especialista y director de aquél importante centro sanitario le daba. Con todos los medios sanitarios a su alcance, con toda su buena posición económica con toda su vida controlada, organizada, asegurada, esto no podía pasar. Su esposo trataba de hacerla comprender que el cáncer de mama había sido diagnosticado a tiempo, que evidentemente era importante, pero que no tenía que ponerse, ya desde el principio en una situación extrema.

Su propia familia le dio de lado como si fuese una apestada, y fue la familia de su esposo la que le brindó todo el apoyo y atención necesarios. Ya que el verano acababa de comenzar y sus hijos estaban de vacaciones, estos irían a la casa de campo que sus suegros poseían y así el matrimonio se dedicaría exclusivamente al cuidado de ella.

En aquella gran casa de campo hubo un ambiente sereno, alegre y sano para que aquellos niños, junto con sus primos disfrutaran de una buena convivencia. Estaba también el tío Manuel, hermano del padre que era sacerdote y que ante la situación acontecida buscó ayuda y pudo conseguir ese verano marchar allá para atender la situación familiar que se les presentaba a aquellos niños.

Maria Teresa la mayor de los niños estaba muy afectada por la enfermedad de su madre, ya había perdido a su querido abuelo Antonio al que había estado muy unida y ahora la misma enfermedad amenazaba a su propia madre. El tío Manuel organizó la jornada entre actividades, trabajos misa y pequeñas oraciones para ayudar a que todo fuera a bien y los niños evitasen estar pensando en aquella tragedia familiar. Todos participaban en la misa de cada día, en el rosario de la noche que siempre dirigía Maria Teresa y que se aplicaba por la salud de su madre, después llegaba la hora de acostarse y tras el cansancio del día, todos quedaban plácidamente dormidos.

Maria Teresa hablaba frecuentemente con su tío Manuel, y en sus largas conversaciones comenzó a considerar las enseñanzas y consejos de su tío, a preguntarse qué era de verdad lo importante en esta vida y a buscar un sentido verdadero a todo. Hasta ahora la superficialidad y frivolidad en la que había sido educada que priorizaba la moda, el lujo y las apariencias había sido su única regla y norma. Ahora todo eso no le ayudaba, todas esas vanidadespor las que se había dejado llevar no le servían en aquellos momentos y empezaba a plantearse otras preguntas…

¿Qué es lo verdaderamente importante? ¿Qué merece la pena en la vida? ¿Dónde está la verdad? ¿Para qué vivir? ¿Por qué vivir?

Muchas conversaciones, paseos y lo más importante, el sentirse escuchada, comprendida, atendida por su tío Manuel le devolvieron la paz a su joven alma y colmaron esa necesidad que todo adolescente tiene de seguridad ante los vaivenes de su incipiente y abrupta experiencia de iniciarse en la vida.

En la misa, en las oraciones que se hacían en aquél ajetreado grupo de niños ella a sus quince años empezaba a recuperar el sosiego ante la angustia vivida antes en su familia. Su madre, la mujer perfecta, a la que todo le había salido bien en la vida, tal y como lo había programado: carrera, farmacia, esposo, hijos, ahora era una mujer desesperada, hundida, comida por la humillación y la histeria. Su madre había dejado de ser el referente necesario para toda hija en plena adolescencia.

Pero Maria Teresa encontró la paz a pesar de esa situación familiar y lo que es más importante encontró a Dios que la hizo feliz.

La confianza, la humildad, la vida sencilla del campo fuera de todo convencionalismo social le llevó a descubrir el modo de relacionarse con Dios y de afrontar la vida.

Comenzó el nuevo curso y volvió con sus hermanos a su casa, su madre progresivamente fue recuperándose, pero ya nada era igual. Maria Teresa había cambiado, su piedad había aumentado, se había hecho sincera. Ahora rezaba, hablaba con Dios y asistía a misa con fervor. Se esforzaba, estudiaba con enorme esfuerzo para alegrar a sus padres. En la casa buscaba hacer los trabajos humildes ayudando a las mismas asistentas a escondidas de su madre que jamás le hubiese permitido tal disposición. Empezó a ofrecer pequeños sacrificios y mortificaciones que su propio tío, ahora su director espiritual, tuvo que regular y atenuar ante tales efluvios de fervor y piedad.

Ella fue descubriendo la llamada de Dios a consagrarse a él, a entregarle la vida a darse por entero al que por entero a ella se dio.

Y comenzaron las lecturas, las vidas de santos, los evangelios y fue madurando su vocación a ser la esposa del Señor. Una tarde el tío Manuel fue a visitar a unas monjas de clausura en un pueblo lejano a la ciudad de Maria Teresa y ella con el consentimiento de sus padres le acompañó con enormes deseos ya que tanto bien había escuchado al tío Manuel decir de aquella comunidad. El tío Manuel quedó con la boca abierta cuando en el camino de regreso a casa ella le dijo. Querido tío, si alguna vez soy monja será en este convento.

Pasó el tiempo y ella mantuvo el contacto con la madre superiora que la fue guiando y ayudando a discernir su vocación para aquella comunidad contemplativa. Mientras en la casa familiar, ya recuperada su madre y superado el cáncer, ya no se acordaban de dar gracias a Dios. Ahora pensaban en la carrera que tenía que hacer su hija, en dónde la mandarían a estudiar y ya organizaban un futuro prometedor que les diera prestigio y esplendor. Se empezaron a preocupar por esas devociones de su hija y a prohibirle los ratos de oración. Ella buscaba el silencio de la noche para orar y evitar que la descubrieran sus padres que ya empezaban a sospechar que Maria Teresa no se amoldaba al plan que ellos iban trazando. Ya no salía tanto con sus amigas que sólo hablaban de novios y de frivolidades, evitaba la televisión, leía la Biblia y vestía sencillamente.

Cuando llegó el último año de instituto con sus diecisiete años recién cumplidos frecuentó las conversaciones telefónicas con la madre superiora del convento hasta que llegó a solicitar su entrada en él. Llegó el final de curso y comunicó a sus padres su decisión y la fecha de su ingreso en clausura.

El rechazo, la oposición y hasta la burla de sus padres llegó a desproporcionados extremos.

Todo el programa que sus padres habían trazado sobre el futuro de Maria Teresa ahora parecía cuestionarse por una calentura de una niña tonta que no sabía lo que quería. Cuando vieron la persistencia de Maria Teresa en su vocación iniciaron un despliegue de fuerzas desproporcionadas y dramatismos propios de personas que viven de su imagen social y de apariencias. Acoso, prohibiciones, imposiciones y hasta agresiones contra la propia joven no cesaron.

La segunda fase de la ofensiva consistió en el ataque a la persona del tío sacerdote.

Las llamadas y correos parecían corresponder más que al caso de una joven vocación que ingresa en un monasterio, al de una joven que se fuga con su novio a una secta desconocida. El tío Manuel, sufrió acosos, ataques, insultos, faltas de respeto y educación curiosamente de aquellos que se jactaban de pertenecer a una élite social. Ya no recordaban la ayuda prestada en los momentos difíciles, la atención a sus hijos, la escucha y la paciencia para que esos niños no sufrieran la enfermedad de su madre.

Cuando Maria Teresa comunicó la fecha de su próxima entrada en el convento los padres la llevaron a unas forzadas vacaciones en la playa y ella no pudo ingresar. La agasajaron con regalos, ropas, relojes y todas las bagatelas y vanidades que pudieran hacerla tentar, pero a ella ya esas cosas no le merecían la más mínima atención. Una vez su madre a la desesperada, la llevó al centro de cosmética para hacerle cambiar la imagen. Ella que era guapa, alta y bien proporcionada y que en los últimos años era indiferente a todo eso. A la vuelta de aquellas tensas vacaciones, donde más que descansar los padres regresaron más nerviosos si cabe y con eternas discusiones y acusaciones entre sí, Maria Teresa volvió a presentar una nueva fecha de ingreso. Su padre director del hospital ideó un plan para impedirle su entrada en el convento. Habló con el director del servicio de psiquiatría para obtener una incapacitación mental que le impidiera legalmente su ingreso en religión. En este caso el psiquiatra que se consideraba agnóstico, mostró más sentido común, al negarse como profesional, no sólo a falsear un informe médico, sino a aconsejarle que dejase y apoyase a su hija a tal decisión, pues siempre tendría la oportunidad de ver si no era su camino y abandonarlo. Ellos siguieron buscando otro terapeuta que se prestara al juego.

Pero Maria Teresa ya tenía claro lo que haría.

Viendo que el objetivo de sus padres era destruir su vocación, viendo que la obligaban a marchar a aquella ciudad universitaria en la que habían estudiado sus padres, viendo que la matricularon en la carrera que ellos quisieron y en el colegio mayor donde debía residir, viendo que no le daban la posibilidad de ni siquiera estudiar en su propia ciudad, vivir en el hogar familiar y llevar el régimen de vida de oración y misa que deseaba y mientras dar gusto a sus padres estudiando una carrera de las que posibilitaba su ciudad, entonces decidió fugarse de casa recién cumplidos sus dieciocho años.

Aquella tarde, con el corazón latiendo más deprisa, tomó un autobús y marchó de aquella ciudad provinciana, llena de vanas apariencias y vacía de virtudes cristianas. En la puerta del convento avisados por la madre priora la esperaban dos sacerdotes y el sargento de la guardia civil y de la policía local, que darían fe de su entrada libre y voluntaria.

Su alegría se colmó y diría para siempre, para siempre toda de Jesús.

Una vez en clausura llamó a su padre a comunicarle la noticia. Y como era de esperar, el drama llegó a su punto más álgido, así como el deseo de venganza. Todo descargó, como chivo expiatorio sobre el tío Manuel que fue denunciado al obispado vertiendo toda suerte de calumnias y acusaciones. Llegó a sufrir la presión por parte de su propio hermano para revelar el secreto de confesión y ante su negativa y firmeza en no hablar sobre lo que el sacramento le impedía, visitó el padre al obispo varias veces tratando de denigrar a su mismo hermano. Difamaron a su propia hija indicando que padecía una perturbación mental y como todo esto no conseguía la salida de ella de la clausura, decidieron escribir a la congregación pertinente del Vaticano.

El mismo obispo del lugar notificó al tío Manuel el proceder de la familia de su hermano y cómo, vía nunciatura, había llegado un expediente contra él con las susodichas acusaciones, expediente que no fue cursado ya que el mismo obispo y el delegado de religiosas habían realizado sendas visitas canónicas para comprobar la veracidad de los hechos. Pasaron los años y Maria Teresa acabó su noviciado, su tiempo de profesión temporal y realizó su profesión solemne y pasaron los años y sus padres nunca aceptaron no ya la felicidad de su hija, sino que sus planes de orgullo y vanidad sobre su hija no se cumplieran.

Por supuesto que se rompieron las relaciones familiares entre los padres de Maria Teresa y el tío Manuel que pagó con el deterioro de su fama, el desprecio, y la calumnia el apoyar y defender una vocación.

Evidentemente esta historia, aunque novelada y con los nombres cambiados, es una historia real, así ocurrió en aquella familia. Y ya pasaron casi diez años y aquellos padres siguieron odiando y rechazando a Dios y la gracia de esa vocación. Eso sí, nunca dejaron la misa del domingo, pues estaba mal visto y tenían que guardar las apariencias. Y en su soberbia siempre se creyeron los ofensores ofendidos, los calumniadores calumniados e incluso en el colmo llegaron a decir que ya habían perdonado a Manuel del daño ocasionado a su familia.Ahora díganme si no,  ¡cuánto cuesta una vocación!

Padre Jesús de María

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