Chispas, descabalgar la locura

Gilmar nos habla del desequilibrio que puede suponer a un hombre el cabalgar todo el tiempo en su propia cabeza. La respuesta a muchos males está en la literatura, ahí se puede descabalgar la locura

“Chispas, descabalgar la locura”, Gilmar Siqueira

Toda obra de arte es una confesión: sólo descubriendo los secretos del ser – adivinados a fuerza de sufrir las cosas de aquí abajo – es como la obra confiesa el secreto del poeta”. Leonardo Castellani. Los Papeles de Benjamín Benavides.

En un artículo anterior tratábamos de la locura de nuestro tiempo, la cual está en nosotros o cuando menos nos atrae. He intentado describir la caída del caballo de un hombre que de una vez perdió la máscara y las vanas esperanzas que había forjado en su “yo” sin atentarse lo más mínimo para la realidad. Y, como habrá notado el lector, mi descripción fue la de una caída bastante brusca, provocada por el desgaste y el cansancio del pobre loco que necesita, a fuerza de sus pensamientos, mantener el mundo girando. Porque el pobre, sin saberlo, se creerá Dios; y seguirá teniendo rabia porque las cosas no se adaptarán a sus pensamientos furibundos. En ese artículo, dije que llegaría un momento en que tendría que enfrentarse a su abismo, ni que fuera por agotamiento.

Creo que los límites de cada hombre son distintos, como son distintas sus personalidades y circunstancias. Así, por ejemplo, el Iván Ílitch de Tolstói sólo se dio cuenta de que había malgastado su vida cerca de la muerte; y el Innocent Smith de Chesterton, por otra parte, debía de andar en la casa de los 20 años cuando quiso pegarle un tiro a su profesor escéptico y después suicidarse (hablamos de esta novela en un artículo anterior). Hay incluso los que no despiertan nunca y dejan que se escapen las oportunidades, como el Luís Murguía, de Pío Baroja. Pero de los últimos no hablaré aquí. En este artículo intentaré tratar de una de las causas que puede provocar el desequilibrio de un hombre que cabalga sobre la locura de vivir todo el tiempo en su propia cabeza.

Pensará el lector, con toda la razón, que la auténtica causa para derribar a ese hombre de su caballo es el contacto con la realidad. Pero dicho contacto puede venir de muchas partes: de una enfermedad, de la pérdida de una persona querida, de la compasión por el sufrimiento ajeno etc. Y también puede venir por el contacto con vidas ajenas que, aunque no sean reales, son por lo menos posibles: me refiero a la literatura.

En su autobiografía Thomas Merton relata que, cuando estaba más loco y enconado por la ideología, el único momento en que su mente encontraba algún reposo era en las clases de literatura en que su profesor hablaba de Shakespeare. Creo que el profesor era Mark Van Doren. Thomas Merton no conocía las posiciones políticas de su profesor (lo que podría alarmarle) y lo único que le importaba era que el profesor hablaba siempre de los rasgos humanos de los personajes de Shakespeare.

Los personajes eran hombres como él: con pasiones, alegrías, tristezas, disputas y consolaciones.

Pero, como para un ideólogo es muy difícil tratar con la gente – su “yo” no puede permitir que una barrera tan grande como la del “otro” entre en él – los personajes literarios aparecen como buenos intermediarios: porque en la literatura tanto la vida exterior como la interior de los personajes es dibujada de tal manera que es difícil juzgarlos, por lo tanto cuando vemos sus actitudes más absurdas sabemos que están sufriendo por algo. Y nos identificamos porque con nosotros también es así. A ver lo que dijo el Padre Castellani, en su Psicología Humana, sobre la obra de arte:

Y la verdad es que todo está en ella y mucho más, porque una gran obra de arte sufre infinitas interpretaciones, según sea el intérprete. Es una cosa que está allí, que tiene su propia vida, o mejor dicho su propia esencia, que siendo una esencia ideal tiene en cierto modo más consistencia y más realidad que mi propia existencia contingente y mudable – y que la existencia del poeta – y por otro lado es una mera imaginación, el vano sueño de un hombre; y un hombre existente, cualquier hombre, es siempre más que un sueño. Esa es la paradoja de las creaciones del espíritu humano: en cuanto son creaciones, relativas por lo tanto a la Verdad, a la Belleza y al Ser, son algo eterno; en cuanto son creaciones humanas, son un vano sueño.

Voy a contar algo que me pasó ayer. Mientras leía la novela Tinkers Leave de Maurice Baring (está traducida al español como Unas Vacaciones, por José Romero de Tejada), me deparé con la terrible historia del personaje Alyosha: cuando tenía 18 años y estaba ya en el ejército ruso, perdió a sus padres y a un tío muy rico, de modo que en poco tiempo se vio completamente libre y lleno de dinero. Por entonces conoció a una chica de 17 años, se enamoró de ella y la pidió que se casará con él; ella, también enamorada, lo aceptó. Sin embargo, Alyosha jugaba demasiado y había ofrecido todos sus bienes como garantía al hombre que le prestó dinero. En la noche anterior a la boda su acreedor le mandó llamar:

Sentí entonces algo que se sublevaba en mi interior. Era el diablo que venía a perderme, hoy estoy seguro, y me sentí dispuesto a todo. <<Asqueroso Shylock, asqueroso judío, asqueroso Svoloch – pensé. No me exprimirás más. Ni a mí ni a ningún outro. Voy a terminar de una vez contigo. Ya has hecho desgraciada a bastante gente>>. Y saqué mi revólver, disparándole dos tiros. Quedó muerto. Nada más sucedió. Yo no hice nada. No registré sus papeles, ni quemé mi pagaré. Una vieja me había abierto la puerta; era sorda y estaba, además, en el piso de abajo. En la casa había pocos criados. El canario se desperto poniéndose a cantar. Me puse en pie, saliendo de la habitación. La vieja me abrió la puerta. En la calle cogí un coche y me volví a casa. Escribí una carta a la policía y la envié por un próprio, y otra a mi coronel. Naturalmente, me arrestaron. Cuando examinaron los papeles del viejo, vieron que la causa de haberme llamado era para perdonarme todas mis deudas. Era su regalo de boda, y, además, había hecho testamento nombrándome su heredero. (…).

El relato sigue, pero basta con lo citado. Puedo imaginar que el lector habrá sentido la misma sensación de lástima que yo. Como dije antes, este relato está en una novela de Baring, de manera que no sabremos nunca si realmente pasó algo así o no. Puede que no sepamos ni siquiera de algo semejante que haya pasado en la realidad. Y, sin embargo, sentimos lástima de todos modos; la sentimos porque algo en nuestro interior sabe que tal historia pudo haber sucedido, que es cuando menos verosímil. No hablo aquí de que hayamos leído otros libros antes, de que conozcamos a mucha gente o de que sepamos algo de la naturaleza humana; hablo sencillamente de que sentimos lástima porque intuimos como posibilidad real un acontecimiento igual o semejante. Sentimos lástima de este hombre dibujado por el autor en las páginas de su novela porque se parece a un hombre de carne y hueso y porque ha sufrido: exactamente igual que nosotros.

Podemos hablar con mucha gente todos los días, de temas triviales o importantes, sin ni siquiera entrever sus tragedias; o peor: si oímos que ha hecho algo muy feo, nos ponemos a comentar la cosa como si nada. Y, si el que habla con los otros es el hombre que cavalga en la locura de vivir no más que en sus pensamientos, la posibilidad de que el otro sufra, de que sus actitudes también estén movidas por un profundo encono (no es raro que los ideólogos se detesten) ni siquiera se le ocurre. Porque el otro, aquella amenaza concreta al “yo”, está cerca y puede ser aburrido, pesado y, aún más, tener sus propias ideas y también creer que la realidad es lo que él piensa. Sin embargo, si el loco de nuestro ejemplo – y, como dije al princípio, todos estamos en alguna medida en esta locura o nos encontramos por lo menos atraídos hacia ella – lee el relato contado por Baring en boca de su personje Alyosha, podrá sentir también compasión: la sentirá porque todo lo que ha visto del personaje le provocó simpatía, porque en la historia el sufrimento de Alyosha es real, porque él también hizo algo en su vida de que se arrepentía y, especialmente, porque Alyosha no está vivo. Puede que, si viviera un Alyosha a su lado, nunca fuera capaz de darle atención ya que es mucho más difícil tratar a una persona concreta que a un personaje literario.

Pero detengámonos un momento más en su compasión por el Alyosha de Baring. Será una compasión verdadera ante un sufrimiento que él intuye como posible. Tal experiencia será nueva para él, prenderá una chispa en su alma. Puede que incluso le haga preguntarse: ¿y si las otras personas también se parecieran un poco a Alyosha? Y tal duda se quedará con él, aunque intente olvidarla con sus “ideas” sobre las cosas y personas. La duda será, a la vez, uno de los elementos del desequilibrio de su caballo de locura y la simiente que podrá florecer a partir del día en que ya no le quedaren más falsas esperanzas.

Gilmar Siqueira

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Gilmar Siqueira

Gilmar Siqueira

Feo, católico y sentimental