Sheldon Vanauken y la misericordia severa

En este artículo de Gilmar se impone el amor y lo hace a través del libro que Sheldon Vanauken definió como la “autobiografía de su amor”, ¿Quieren conocer como Vanauken perdió a su amada Davy?

“Sheldon Vanauken y la misericordia severa”, Gilmar Siqueira

<<Se males faz Amor, em mim se vem;

Em mim mostrando todo o seu rigor,

Ao mundo quis mostrar quanto podia.

Mas todas suas iras são de amor;

Todos estes seus males são um bem,

Que eu por todo outro bem não trocaria.>>

Luís de Camões. Soneto.

El libro A Severe Mercy de Sheldon Vanauken no es una novela sino que, como dice el mismo autor, es la autobiografía de su amor. En la narración nos cuenta como conoció y también como perdió a su amada Davy. Llegué a Vanauken y a su libro gracias a un comentario del profesor Peter Kreeft, que no me permitió descansar hasta tener A Severe Mercy en las manos: “The most moving, beautiful, and enviable true-life love story I know in recent times is Sheldon Vanauken’s A Severe Mercy”. Cuando por fin lo conseguí ya me hacía una idea de que me encontraría delante de algo muy grande, pero hasta empezar la lectura ni siquiera intuí el impacto que más adelante me provocaría.

En el primer capítulo, Glenmerle Revisited, Vanauken describe en tercera persona un viaje nocturno a la vieja casa de sus padres: todo para él estaba lleno de recuerdos y gratitud. Lo más hermoso da la descripción de sus padres es la manera como los aceptaba. Espero que al lector no le parezca demasiado raro decir que Vanauken aceptaba a sus padres porque en esta aceptación está presente el amor: él por fin, quizá gracias a los años de lejanía y a la madurez, pudo contemplarlos tal y como eran y sentirse agradecido por su existencia y por haberlos tenido en su vida. Cada rincón de la casa le evocaba hermosas escenas: su madre poniendo flores por todas partes, su padre fumando en pipa y leyendo y, desde luego, Davy. Porque también para ella Glenmerle fue un hogar; y, a lo largo de su dura enfermedad, los dos anhelaban Glenmerle creyendo firmemente que algún día regresarían allí, mismo estando ya fuera del tiempo.

También en Glenmerle el adolescente Sheldon empezó a reflexionar sobre la vida y eligió su camino: pensó que la alegría parecía ser la máxima realización humana; pero, ¿como conseguirla? En los libros que había leído parecía que la gente encontraba la alegría en el amor. Sin embargo, había también una gran carga de sufrimiento, como si el amor y el sufrimiento caminasen siempre juntos. Y esto es bastante duro, desde luego. Pero, otra vez, pensó que aunque fuera tremendo el sufrimiento, la alegría sería aún más grande. Entonces eligió – porque sabía que había una elección – el amor antes que la tranquilidad y la comodidad de la vida. Dejemos que él mismo nos lo cuente el resultado de su elección:

Desde entonces los años han pasado, y él… ¿no había tenido lo que había escogido allá en la pradera? Había tenido amor. Y la alegría ¡qué alegría habido sido! Y el dolor. Él había tenido, estaba teniendo – todo el dolor que existía. Y, sin embargo, por la alegría valía la pena el dolor. Incluso él ahora reafirmaba esa elección del pasado.

Valió la pena pero tuvo que pagar su precio, que fue bastante alto. Conoció el amor gracias a Davy, una chica que le había atendido con mala cara – una mala cara que le encantó – en una tienda; luego, gracias a un amigo, pudo encontrarla algunos días después y entonces empezó el coloquio que ya no tendría fin: hablaron mucho de poesía e incluso del dolor que trae consigo la belleza, experiencia que los dos habían experimentado. De ahí en adelante se acercaron más y más a medida que pasaban los días hasta que se dieron cuenta de que estaban enamorados. Para proteger a este amor pagano, como lo llamó Vanauken, erigieron su Shinning Barrier: decidieron conocerse incluso en los menores detalles, sin secretos; para esto llegaron al punto de que el uno leyó los libros que el otro había leído en la niñez. Por entonces dice Vanauken que no tenían ni idea de lo que enseñaba el cristianismo sobre el matrimonio – que los dos se convierten en una sola carne – pero la idea seguramente les parecería buena. Gracias a este amor Sheldon y Davy tuvieron aquellos momentos que saben a eternidad, aunque estean en el tiempo:

Una tarde, después del seminario, yo caminaba a casa a través de la nieve y del hielo pensando en que tendría todo listo para cocinar para la cena antes de que Davy llegara de la biblioteca, pero encontré que ella había llegado primero.  Flameaba un destello del fuego en la chimenea, las velas ardían sobre el mantel y la mesa estaba puesto cerca del fuego con una gran cena sobre ella, y las primeras notas del concierto para violín de Bruch estaban sonando suavemente. Davy sonrió ante mi mirada complacida.  La escena completa fue de pronto el corazón más íntimo del amor. La estreché en mis brazos, tambaleando por mi amor por ella, consciente de la alegría y del breve calor de la vida, con toda la fría oscuridad, la noche sin fin, de la muerte más allá. Murmuré algo de esto en su oído, aún sosteniéndola mientras el concierto continuaba. Ambos teníamos lágrimas, lágrimas de alegría, en nuestros ojos. Ahora daba igual la oscuridad más allá, las velas de nuestro amor retenían la oscuridad.

Y realmente nadie podía romper aquella fuerte barrera que Sheldon y Davy habían construído. Nadie excepto Dios. Porque los dos, juntos como una sola carne, también se acercaron a Dios. Es que ya no podían resistir: tras rechazar el cristianismo sin conocerlo, su estada en Oxford para los estudios les obligó por lo menos a tomarlo en serio como un tema intelectual. Vanauken dice que la idea de conversión ni siquiera se les ocurría; en realidad no eran capaces de imarginarse cristianos, aunque sus buenos amigos lo fueran. Entonces empezaron nuevas lecturas: Chesterton, Charles Williams, T. S. Eliot, C. S. Lewis y muchos otros. ¡Al fin el “tal” cristianismo parecía tener sentido! Pero también demandaba una elección, un paso que cambiaría sus vidas. Y Davy lo tomó antes: ahí se abrió la primera hendidura en la Shinning Barrier. Sheldon sentía que ella se alejaba porque había vislumbrado un camino al que todavía no le era permitido el ingreso; temía perderla pero no sabía qué hacer. Y, al mismo tiempo, tenía sus propias dudas: en una carta a C. S. Lewis – de quien se hizo gran amigo – dijo que quería creer, pero que no todavía no estaba seguro, como si algo le detuviera. Sabía que Davy rezaba por él. En el diario que tenía con su mujer relata la elección:

Escogí creer en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, en Cristo, mi Señor y mi Dios. El cristianismo tiene el anillo, el sentimiento de verdad única, de la verdad esencial. Por eso, la vida se hace plena en vez de estar vacía, llena de significado en lugar del sin sentido. El Cosmos se vuelve hermoso en el Centro, en vez del feo escalofriante bajo el encantador pathos de primavera. Pero pienso que el vacío, el sin sentido y la fealdad solo pueden ser vistos cuando uno ha vislumbrado la plenitud, el significado y la belleza. Cuando el cielo y el infierno han sido ambos vislumbrados es que es imposible volver. Pero también continuar parece imposible. Un vistazo no es una visión. Era necesaria una elección, y no hay certeza. Se puede elegir solamente un lado. Entonces yo – yo ahora escojo mi lado. Escojo la belleza; escojo lo que amo. Pero elegir creer es estar creyendo. Esto es todo lo que puedo hacer: elegir. Y confieso mis dudas y le ruego a mi Señor Jesucristo entrar en mi vida. No sé qué es Dios, pero digo: que se haga en mí conforme a su voluntad. No digo que no tengo dudas, pero habiendo elegido le ruego ayuda. No tengo más que decir: Señor, yo creo, ayúdame en mi incredulidad.

A veces se puede pensar – e incluso desear – que la fe cristiana sea una consolación permanente (una falsa consolación, desde luego, muy sensiblera): un punto en que las dudas desaparecen y el alma se tranquiliza. Para quien se ve harto atormentado – y todos los estamos en alguna medida – ésta es una tentación bastante grande, pero que trae consigo el peligro de la desesperación cuando las falsas esperanzas no se cumplen y los tormentos continúan. Vanauken bien lo sabía, como se puede ver por la entrada en su diario; y sin embargo, ya de regreso con Davy a los Estados Unidos, sentía todavía que ella se alejaba sin que él pudiera convocar el Appeal to Love que los había mantenido juntos en anteriores crisis de su etapa “pagana”. Davy trabajaba mucho todos los días: siempre para Dios. Y eso le parecía a Sheldon una exageración. Entonces vino la enfermedad. Los médicos no sabían concretamente qué le había pasado a Davy, pero sabían que ella iba a morir probablemente dentro de algunos meses. Sheldon estaba seguro que la perdería, pero aún así no podía ser flojo y desesperarse: tenía que hacerse fuerte para sostener a Davy. Y pidió la misericordia de aquel Dios que aparentemente les había alejado el uno del otro:

Un año más. ¿Era correcto pedir más? ¿Era correcto pedir cuando ella había ofrecido su vida? ¿Cómo debería acercarme a Dios? ¿Qué debiera decirle al Dios Encarnado que creó el mundo y lo sufrió crucificado? Pensé en Grey Goose, nunca navegaría las aguas de este mundo. Pensé en la poesía, incluyendo la mía y en todas las cosas queridas. Pensé en las islas del oeste. Entonces lo junté todo en una pelota. Si ella muere, podría…ya que bajo Dios yo no debo actuar para seguirla…podría vivir por años. Aquellos años y toda la belleza que podrían contener los puse en la pelota, y entonces yo le ofrecí todo esto al Rey: toma todo lo que he soñado, todo lo que siempre he deseado incluyendo la muerte. Ciertamente que lo anhelaré: lo ofrezco, oh Cristo, por ella, por su bien, muerte o vida. Esta fue mi ofrenda. Le rogué a Dios tomar todo, todo lo que fue o lo que nunca sería en un sagrado intercambio, no para que perdonara su vida, lo que sería mi bien pero tal vez no el de ella, sino por su bien, fuera el que fuera. Más tarde rezaría para que ella pudiera recuperarse, pero solo si era para su bien. Este ofrecimiento fue tal vez el más netamente santo y puro acto de amor de mi vida.

Antes de la enfermedad Davy había rezado y ofrecido su vida a Dios por su amado, porque tenía conciencia de las tentaciones que lo atormentaban y que podrían culminar en su pérdida: esto lo reconoce el propio Sheldon en el capítulo en que habla de su dolor ya sin Davy a su lado. El capítulo en que narra la muerte de Davy – The Deathly Sorrows – es tan terrible como hermoso: a pesar de la seguridad de la muerte que pronto llegaría, los dos vivían tan felices como en los primeros días de su amor; estaban tan enamorados como antes. Claro que ella temía a la muerte y por eso Sheldon decidió que tomaría el miedo de Davy para sí. Y lo tomó. No como el miedo que sentimos por nuestra muerte, sino que de alguna manera hizo suyo el miedo que Davy tenía de la propia muerte. Realmente todo el capítulo es muy bello y me parece difícil transcribir aquí no más que uno u otro párrafo. Me limitaré a reproducir la descripción del último acto de Davy:

Luego ella se agitó. No hubo ningún cambio en sus labios, ni en sus ojos entreabiertos o en la mano que yo sostenía. Pero entonces su otra mano y brazo subieron lentamente de su lado. No pude saber que estaba haciendo. La mano se movió lentamente sobre ella y encontró mi rosto. Tocó mi pelo castaño, luego cada ojo a la vez y mi boca. Sus dedos se movieron a cada esquina de mi boca como siempre lo habíamos hecho. Y le di a sus pequeños dedos besos con la comisura de mi boca como siempre lo habíamos hecho. Entonces bajó lentamente de vuelta su brazo. Pasado el ver y pasado el hablar, con el último acto de sus fallidas fuerzas ella había dicho adiós.

En una de sus primeras cartas, cuando estábamos recién enamorados, ella había dicho: “dulce y torpe anhelo que siento por ti simplemente por tocar tu rostro”. Y tocar mi rostro, a la manera antigua, fue su último acto en este mundo.

La pérdida del ser amado, como aparece en A Severe Mercy, deja el amante que sigue viviendo en un completo desconcierto ante el mundo: hay casi la ilusión de haber vivido en un sueño, la dura impresión de que la existencia de la criatura tan amada fue una clase de burla negra. Pero Vanauken no se dejó atrapar por esa tentación y no huyó del dolor: necesitaba comprender la existencia de Davy, su amor y el sentido de su vida:

La pérdida de Davy, después de un intenso compartir y de la cercanía de los años, la pérdida y la pena fueron simplemente la cosa más inmensa que yo haya conocido. Mucho antes, cuando estábamos levantando Shinning Barrier nos habíamos asustado por la idea de la muerte. Si nos convertíamos en tan cercanos, ¿cómo podríamos soportar la muerte del otro? Así que habíamos planeado la última larga estadía, yéndonos juntos, y así completamos Barrier. Pero Dios había vulnerado Shinning Barrier y yo estaba teniendo que soportar lo insoportable. Si debo soportarlo, pensé, lo soportaría. Encontrar el completo significado, saborear la brecha de esto. Yo fui conducido por una inquebrantable determinación a sondear las profundidades, así como para conocer a la Davy que amaba, para entender porqué ella había vivido y muerto, para aprender del dolor lo que este tuviera que enseñar. Fue una especie de fidelidad hacia ella. Yo no correría lejos de la pena; no trataría de aferrarme a esto si increíblemente pasaba.

Y así lo hizo. Más que recuerdos, los momentos pasados con Davy eran revividos por Sheldon: cada nueva Davy que volvía tenía que morir también; después de revivirlos, tales momentos sí pasarían a convertirse en recuerdos. Su amigo Lewis le había dicho que todos los amores humanos tienen que morir para renacer (eso también lo sabía Unamuno); y Davy había muerto cuando los dos todavía estaban enamorados. Así nada pudo perderse. Como dijo Sheldon, el manuscrito de su amor “has now gone safe to the Printer”. Es de Lewis la expresión “severe mercy”:

Fue la muerte, la muerte de Davy, esa fue la misericordia severa. No hay ninguna duda de que Lewis estaba precisamente diciendo esto. Esa muerte, tan llena de sufrimiento para ambos, sufrimiento que todavía abruma mi vida, fue sin embargo una misericordia severa. Una misericordia tan severa como la muerte, una severidad tan misericordiosa como el amor

Gilmar Siqueira

Nos hemos introducido en la figura de Sheldon Vanauken, les invitamos a quedarse en nuestra sección literaria


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Feo, católico y sentimental