Inicio del curso escolar: San Agustín de Hipona, modelo a seguir

Les ofrecemos las palabras de un director al empezar el curso, recordando lo verdaderamente importante. Son las palabras de Pedro Luis Llera a su equipo directivo del colegio “Juan Pablo II-Santo Ángel”, perteneciente a la Fundación, Educatio Servanda, consideramos que es un discurso que se puede proponer en cualquier colegio católico, les invitamos a leerlo.

“Inicio del curso escolar: San Agustín de Hipona, modelo a seguir”, Pedro Luis Llera

San Agustín de Hipona, obispo y doctor de la Iglesia

28 de agosto. Empezamos a trabajar. (fuente: http://evangeliodeldia.org/)

Hoy se celebra la memoria de san Agustín, obispo y doctor eximio de la Iglesia, que, convertido a la fe católica después de una adolescencia inquieta por los principios doctrinales y las malas costumbres, fue bautizado en Milán por san Ambrosio y, vuelto a su patria, llevó con algunos amigos una vida ascética y entregada al estudio de las Sagradas Escrituras. Elegido después obispo de Hipona, en la actual Argelia, durante treinta y cuatro años fue maestro de su grey, a la que instruyó con sermones y numerosos escritos, con los cuales también combatió valientemente los errores de su tiempo y expuso con sabiduría la recta fe.

San Agustín ha sido uno de los santos más famosos de la Iglesia católica. Después de Jesucristo y de San Pablo es difícil encontrar un líder espiritual que haya logrado ejercer mayor influencia entre los católicos que este enorme santo.

Su inteligencia era sencillamente asombrosa y su facilidad de palabra ha sido celebrada por todo el mundo. De los cuatrocientos sermones que dejó escritos, han sacado y seguirán sacando material precioso para sus enseñanzas los maestros de religión de todos los tiempos. Cuando Agustín se convirtió al catolicismo, escribió el libro Confesiones, que lo ha hecho famoso en todo el mundo. Su lectura ha sido la delicia de millones de lectores en muchos países durante muchos siglos. Él comentaba que a la gente le gustaba leer este escrito porque gozaban leyendo los defectos ajenos pero no se esmeraban en corregir los propios. La lectura de “Las Confesiones de San Agustín” ha convertido a muchos pecadores. Por ejemplo, Santa Teresa cambio radicalmente de comportamiento al leer esas páginas.

Cuando era joven, Agustín tuvo una grave enfermedad y ante el temor de la muerte se hizo instruir en la religión católica y se propuso hacerse bautizar. Pero apenas recobró la salud, se le olvidaron sus buenos propósitos y siguió siendo pagano. Más tarde criticaría fuertemente a los que dejan el bautismo para cuando ya son bastante mayores, para poder seguir pecando. Luego leyó una obra que le hizo un gran bien y fue el “Hortensio” de Cicerón. Este precioso libro lo convenció de que cada cual vale más por lo que es y por lo que piensa que por lo que tiene. Pero luego sucedió que tuvo un retroceso en su espiritualidad. Ingreso a la secta de los Maniqueos, que decía que este mundo lo había hecho el diablo y enseñaban un montón de errores absurdos.

Luego se fue a vivir en unión libre con una muchacha y de ella tuvo un hijo al cual llamo Adeodato (que significa: Dios me lo ha dado). Más tarde leyó las obras del filosofo Platón y se dio cuenta de que la persona vale muchísimo más por su espíritu que por su cuerpo y que lo que más debe uno esmerarse en formar es su espíritu y su mente. Estas lecturas de Platón le fueron inmensamente provechosas y lo van a guiar después durante toda su existencia.

Se dedico a leer la Santa Biblia y se desilusionó, ya que le pareció demasiado sencilla y sin estilo literario, como los libros mundanos. Y dejo por un tiempo de leerla. Después dirá, suspirando de tristeza: “Porque la leía con orgullo y por aparecer sabio, por eso no me agradaba. Porque yo en esas páginas no buscaba santidad, sino vanidad: por eso me desagradaba su lectura. ¡Oh sabiduría siempre antigua y siempre nueva. Cuán tarde te he conocido!”.

Al volver a África fue ordenado sacerdote y el obispo Valerio de Hipona, que tenía mucha dificultad para hablar, lo nombró su predicador. Y pronto empezó a deslumbrar con sus maravillosos sermones. Predicaba tan hermoso, que nadie por ahí, había escuchado hablar a alguien así:la gente lo escuchaba hasta tres horas seguidas sin cansarse. Los temas de sus sermones eran todos sacados de la santa Biblia pero con un modo tan agradable y sabio que la gente se entusiasmaba.

Y sucedió que al morir Valerio, el obispo, el pueblo lo aclamo como nuevo obispo y tuvo que aceptar. En adelante será un obispo modelo, un padre bondadoso para todos. Vivirá con sus sacerdotes en una amable comunidad sacerdotal donde todos se sentirán hermanos. El pueblo sabía que la casa del obispo Agustín siempre estaba abierta para los que necesitan ayuda espiritual o material.

Será gran predicador invitado por los obispos y sacerdotes de comunidades vecinas y escritor de libros bellísimos que han sido y serán la delicia de los católicos que quieran progresar en la santidad. Él tenía la rara cualidad de hacerse amar por todos. Había en el norte de África unos herejes llamados Donatistas que enseñaban que la Iglesia no debe perdonar a los pecadores y que como católicos solamente deben ser admitidos los totalmente puros (pero ellos no tenían ningún reparo en asesinar a quienes se oponían a sus doctrinas). Agustín se les opuso con sus elocuentes sermones y brillantísimos escritos y ellos no eran capaces de responderles a sus razones y argumentos.

Al fin el Santo logró llevar a cabo una reunión en Cartago con todos los obispos católicos de la región y todos los jefes de los Donatistas y allí los católicos dirigidos por nuestro santo derrotaron totalmente en todas las discusiones a los herejes.

Vino enseguida otro hereje muy peligroso. Un tal Pelagio, que enseñaba que para ser santo no hacía falta recibir gracias o ayudas de Dios, sino que uno mismo por su propia cuenta y por sus propios esfuerzos logra llegar a la santidad. Agustín que sabía por triste experiencia que durante treinta y dos años había tratado de ser bueno por sus propios esfuerzos y que lo único que había logrado era ser malo, se le opuso con sus predicaciones y sus libros y escribió un formidable tratado de “La Gracia”, el cual prueba que nadie puede ser bueno, ni santo, si Dios no le envía gracias ni ayudas especiales para serlo. En este tratado tan lleno de sabiduría se han basado después de los siglos los teólogos de la Iglesia católica para enseñar acerca de la gracia.

Cuando Roma fue saqueada y casi destruida por los bárbaros de Genserico, los antiguos paganos dijeron que todos esos males habían llegado por haber dejado de rezar a los antiguos dioses paganos y por haber llegado la religión católica. Agustín escribió entonces un nuevo libro, el más famoso después de las Confesiones, “La Ciudad de Dios” (empleó trece años redactándolo). Allí defiende poderosamente a la religión católica y demuestra que las cosas que suceden, aunque a primera vista son para nuestro mal, están todas en un plan que Dios hizo en favor nuestro y que al final veremos que eran para nuestro bien. (Como dice San Pablo: “Todo sucede para bien de los que aman a Dios”). San Agustín nos habla de las dos ciudades. Así lo explica la HumanumGenus de León XIII:

El humano linaje, después que, por envidia del demonio, se hubo, para su mayor desgracia, separado de Dios, creador y dador de los bienes celestiales, quedó dividido en dos bandos diversos y adversos: uno de ellos combate asiduamente por la verdad y la virtud, y el otro por todo cuanto es contrario a la virtud y a la verdad.

El uno es el reino de Dios en la tierra, es decir, la verdadera Iglesia de Jesucristo, a la cual quien quisiere estar adherido de corazón y según conviene para la salvación, necesita servir a Dios y a su unigénito Hijo con todo su entendimiento y toda su voluntad; el otro es el reino de Satanás, bajo cuyo imperio y potestad se encuentran todos los que, siguiendo los funestos ejemplos de su caudillo y de nuestros primeros padres, rehúsan obedecer a la ley divina y eterna, y obran sin cesar como si Dios no existiera o positivamente contra Dios. Agudamente conoció y describió Agustín estos dos reinos a modo de dos ciudades contrarias en sus leyes y deseos, compendiando con sutil brevedad la causa eficiente de una y otra en estas palabras: Dos amores edificaron dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios edificó la ciudad terrena; el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, la celestial.

La humanidad se divide básicamente entre quienes creemos en la presencia real de Cristo en la Eucaristía y quienes no; entre quienes queremos vivir de tal manera que podamos comulgar cada día y quienes solo piensan en disfrutar de la vida, pasarlo bien y hacer lo que les gusta o lo que les apetece; entre quienes queremos ser siervos del Señor e imploramos su gracia para cumplir siempre sus Mandamientos; y quienes quieren hacer siempre lo que les da la gana, aunque lo que les dé la gana sea pecado; entre quienes adoramos a Jesús Sacramentado y nos arrodillamos ante el sagrario; y quienes se mantienen en pie, altivos y desafiantes ante el Señor, o quienes profanan sacrílegamente templos y tabernáculos.

En el año 430, el santo empezó a sentir continuas fiebres y se dio cuenta de que la muerte lo iba alcanzar, tenía 72 años y cumplía 40 años de ser fervoroso católico, su fama de sabio, de santo y de amable pastor era inmensa.Los bárbaros atacaban su ciudad de Hipona para destruirla, y el murió antes de que la ciudad cayera en manos de semejantes criminales. A quién le preguntaba que si no sentía temor de morir, el les contestaba: “Quien ama a Cristo, no debe temer miedo de encontrarse con Él”. Pidió que escribieran sus salmos preferidos en grandes carteles dentro de su habitación para irlos leyendo continuamente (él en sus sermones, había explicado los salmos) durante su enfermedad curó un enfermo, con solo colocarle las manos en la cabeza y varías personas que estaban poseídas por malos espíritus quedaron libres (San Posidio, el obispo que lo acompaño hasta sus últimos días, escribió después su biografía).

ALGUNAS REFLEXIONES PARA EMPEZAR

1.- “Ser amados por todos”.

Dice Quevedo: “Sólo el que manda con amor es servido con fidelidad“. Eso no significa que haya que pretender “quedar bien” con todo el mundo o decir siempre lo que sabemos que los demás quieran escuchar. No se trata de ser políticamente correcto. No se trata de adular para caer bien a todo el mundo. Es imposible caer bien a todos y tomar decisiones que estén a gusto de todos.

El amor consiste en buscar siempre el bien del otro. Y a veces eso implica corregir, igual que castigamos a nuestros propios hijos. Pero si hay que corregir, corrijamos pero siempre con amor, con caridad… poniéndonos en el pellejo del otro… Tratando al otro como quisiera que me trataran a mí.

Es bueno ser amado por todos, si lo somos por nuestra santidad, como lo era San Agustín. Pero la santidad tiene sus peligros. Por ejemplo, que te persigan, que te calumnien, que hablen mal de ti, que te insulten… El camino de la santidad pasa inevitablemente por la cruz.

2.- No somos donatistas: queremos a todo el mundo; no solo a los totalmente puros.

Aquí entre nosotros, en el claustro, entre los padres y entre los alumnos hay de todo. Y nuestra labor es procurar la salvación de todos. Nuestra misión es llevar a todas la almas a Cristo. Y cuando digo todas las almas, me refiero a todas: las de nuestros compañeros, las de los padres y abuelos, las de los niños y adolescentes; y también las nuestras. Nosotros tenemos más obligación que nadie de ser santos. Solo seremos buenos directivos si somos santos.

Cristo está realmente presente en el Sagrario. Todo lo que sea ponernos ante el Santísimo nos vendrá bien. Todo lo que sea poner a los niños ante el Santísimo contribuirá a su salvación. El Amor de los Amores está realmente presente en la Hostia Santa. Y solo el Amor, solo Cristo, solo Jesús Sacramentado nos puede hacer felices y puede ayudarnos a encontrar (y a ofrecer a nuestros niños) un sentido a la vida, que nos permita vivir con dignidad y entender y afrontar los misterios del mal, del pecado y de la misma  muerte.

3.- No somos pelagianos.

Yo tengo 55 años y por más que me esfuerzo y por más que quiero ser santo, no lo consigo y sigo siendo un desastre y un pecador. Todos estamos llamados a ser santos. Dios quiere que todos nos salvemos y seamos santos. Pero no podemos ser santos solo con nuestras fuerzas. No podemos ser perfectos por más que lo intentemos. Vamos a fallar. Necesitamos la gracia de Dios para ser santos y perfectos. Y esa gracia de Dios que nos puede ir cambiando y santificando nos llega por los sacramentos: primero por el bautismo y luego por la confesión y la Eucaristía. La comunión es la unión de la criatura con el Creador; es la cumbre de la mística; es la experiencia de encuentro personal con Cristo definitiva. Vivamos en gracia de Dios (confesémonos con frecuencia) y participemos en la Santa Misa siempre que podamos: como mínimo los domingos y días de precepto. No asistir a misa es pecado mortal.

El pelagiano es el que se cree superman. El pelagiano cree que todo consiste en hacer muchas cosas. El pelagiano es voluntarista: voy a hacer, tenemos que organizar, hay que conseguir. Como si todo dependiera de nosotros. Y nada depende de nosotros: todo depende de Dios. TODO. Así que cuando estemos muy ocupados, vayamos a la capilla a rezar. Y cuando estemos desbordados, recemos más aún. Rezar no es perder el tiempo. Se consigue más rezando el rosario ante el sagrario que con doscientas reuniones. “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”, dice el apóstol San Pablo. Lo podemos todo si nos mantenemos unidos a Cristo y buscamos siempre cumplir su voluntad y no la nuestra. Muchas veces, cuando rezamos, confundimos al Señor con el genio de la lámpara y buscamos que Dios cumpla nuestra voluntad y nos regale tres deseos (o trescientos). Y no rezamos para pedir deseos. Rezamos para aceptar siempre la Voluntad de Dios. Él sabe lo que necesitamos antes de que se lo pidamos. No hablemos mucho al rezar: “Padre nuestro que estás en el Cielo, santificado sea tu nombre. Hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo”.

Nos pasan muchas cosas: fallecimientos de seres queridos, enfermedades, disgustos… Y las cosas que nos pasan, muchas veces, a primera vista parece que son para nuestro mal. Parece que todo lo que nos pasa muchas veces es malo. No tenemos suficientes alumnos, no tenemos suficiente dinero, no somos suficientemente buenos como personas o como profesionales. Pero todo lo que nos pasa – TODO – está en un plan que Dios hizo en favor nuestroy,al final, veremos que todo era para nuestro bien. Como dice San Pablo: “Todo sucede para bien de los que aman a Dios”. No tenemos que tener miedo a nada: ni siquiera a la muerte.”Quien ama a Cristo, no debe temer miedo de encontrarse con Él”. Eso sí: procuremos vivir en gracia de Dios y que ese momento de encontrarnos con Cristo (que nunca sabremos el cuándo o el dónde nos va a pillar) nos coja confesados. Alguien decía que es más importante vivir en gracia de Dios que la propia vida. Y es verdad.

Cada persona vale más que nada en el mundo. Las personas no son medios para alcanzar un fin: no son recursos humanos. ¡SON RECURSOS DIVINOS!

Pero tenemos que tener en cuenta algo importante, algo fundamental:

1.- Nuestra naturaleza está dañada por el pecado original. El ser humano tiende al mal. Somos imperfectos. Todos nosotros somos imperfectos y pecadores. No idealicemos a los niños ni a nadie. Idealizar es una mentira. Todos somos débiles, frágiles y pecamos. Por eso no hacemos las cosas como deberíamos. Por eso no hacemos las programaciones ni las actas a tiempo. Por eso no hay orden en las reuniones y todo el mundo habla al mismo tiempo. Por eso los niños no estudian. Por eso hay casos de acoso. Por eso los niños se pegan… Todos estamos dañados por la concupiscencia, que es la consecuencia del pecado original. Por eso, como san Pablo, hacemos el mal que no queremos y no hacemos el bien que queremos.

2.- Necesitamos la gracia de Dios: por eso tenemos que confesarnos con frecuencia. No vale una vez en la vida y ya está. No vale “confesarse directamente con Dios”: eso es protestantismo. Dios dio a los apóstoles el poder de perdonar los pecados.

Nosotros caemos una y otra vez. Y generalmente, siempre cometemos los mismos pecados… Está en nuestra naturaleza. Por eso necesitamos la redención. Por eso Cristo dio su vida y vertió su sangre por nosotros: para librarnos de la esclavitud del pecado y abrirnos la puerta del cielo. Para que podamos ser santos. Si cumplimos sus mandamientos y vivimos en gracia, Dios habitará en nuestro corazón. Y ya no seremos nosotros: será Cristo quien viva en nosotros. Hace falta que nosotros vayamos desapareciendo para que aparezca Él. Ojalá quien nos vea no nos vea a nosotros, sino a Cristo.

Somos débiles. Valemos poca cosa. Pero dice el Señor:

«Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad.»Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo.Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en insultos, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte. (2 Cor. 12).

Si no entendemos la realidad del pecado original y la necesidad de la gracia, no entenderemos nada. Dice Pío XI en la Encíclica Divini Illius Magistri:

Es erróneo todo método de educación que se funde, total o parcialmente, en la negación o en el olvido del pecado original y de la gracia, y, por consiguiente, sobre las solas fuerzas de la naturaleza humana(aquí aparece Pelagio otra vez).A esta categoría pertenecen, en general, todos esos sistemas pedagógicos modernos que, con diversos nombres, sitúan el fundamento de la educación en una pretendida autonomía y libertad ilimitada del niño o en la supresión de toda autoridad del educador, atribuyendo al niño un primado exclusivo en la iniciativa y una actividad independiente de toda ley superior, natural y divina, en la obra de su educación.

La gracia de Dios es el Espíritu Santo. Y es el Espíritu Santo quien nos da sus dones: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios.Todos son dones del Espíritu Santo, son frutos de la gracia de Dios. Nosotros somos colaboradores de Dios. Pero no somos Dios.

Y cuando nos encontremos ante situaciones que nos superan, lo único que podemos hacer es rezar. Tenemos que rezar más y hacer menos. Por nuestros alumnos, por nuestros profesores, por las familias que lo están pasando mal, por nosotros mismos, siempre podemos y debemos rezar y pedir a Dios aquello que nosotros no podemos solucionar. Rezar por los demás es amarlos. La oración es caridad. Sólo Dios hace milagros. Pero los hace. Y si no hace el milagro que nosotros quisiéramos, será porque Dios tiene otros planes mejores, que a nosotros se nos escapan.“Todo sucede para bien de los que aman a Dios”. Aunque no entendamos nada, Dios tiene una plan mejor que el nuestro para nuestro bien. “Hágase tu voluntad siempre”.  No tenemos que temer nada: ni siquiera la muerte.

María tampoco entendía nada. María acepta con humildad lo que Dios le pide y cumple sus mandamientos, aunque a veces no los entienda pero sabe que Dios es más grande y sabe mejor que nosotros lo que nos conviene. María, como nosotros, no comprendía muchas cosas. Pero lo guardaba todo en su corazón sin hacer nunca reproches a Dios. Al contrario, ella permanece siempre fiel y no pierde la esperanza. ¡Cómo se puede entender que tu Hijo muera torturado y crucificado, sin tener culpa de nada! ¿Cómo podemos nosotros entender el misterio del dolor, de la enfermedad o la muerte? ¿Cómo podemos entender que haya tantas injusticias en el mundo, tanto mal, tanto pecado? ¿Se puede entender la violencia contra las mujeres o contra los niños? ¿Se pueden entender las violaciones? ¿Se pueden entender la corrupción, las mentiras, las injurias, la prostitución, la pornografía, la explotación de los más pobres, el adulterio, los asesinatos, la avaricia de los ricos que nunca tienen bastante, las desigualdades sangrantes, el paro?

“Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios”,  les dice la Virgen a los pastorcitos de Fátima. El mejor camino para llegar a Dios es el Corazón de María. “No ofendáis más a Dios, que ya está muy ofendido”, nos pide la Virgen.

Hay mucho pecado en el mundo. Si queremos cambiar el mundo, lo primero que tenemos que hacer es revisar nuestra propia vida y pedir perdón al Señor humildemente, llorando a sus pies como la pecadora en casa del fariseo. El mundo no lo vamos a cambiar nosotros con nuestras propias fuerzas: lo cambiará Cristo. Y ese cambio empieza por la conversión personal de cada uno de nosotros, para que nuestro corazón se conforme con el Corazón de Jesús. Solo así, arrodillados ante el Sagrario con la humildad de María, sabiéndonos pobres y débiles, podremos construir, con la ayuda de la gracia de Dios, espacios de paz, de ternura y de amor; espacios en los que la caridad sea la ley inquebrantable; espacios en los que nos podamos amar de verdad y no de boquilla y donde habite la justicia. Nuestro Colegio queremos que sea así: un espacio de amor que permita a los niños crecer, aprender y madurar; un espacio de amor que nos permita a nosotros ser cada día más santos. Vivamos unidos a María para cumplir con ella los Mandamientos y no perder nunca la esperanza. Ella es la llena de Gracia, la mediadora de todas las gracias: la Esposa del Espíritu Santo y la Madre del Verbo Encarnado. Y sabemos que su Corazón Inmaculado triunfará. Gloriémonos de nuestras debilidades. Que el Señor nos dé su amor y su gracia y eso nos basta.

Pedro Luis Llera

Esperamos que hayan disfrutado con este artículo en el que se propone a San Agustín de Hipona como modelo para empezar bien el curso

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Pedro Luis Llera

Pedro Luis Llera

Pedro Luis Llera: Asturiano. Trabajo para la Fundación Educatio Servanda. Dirijo el Colegio Juan Pablo II - Santo Ángel de Puerto Real (Cádiz), de la Fundación Educatio Servanda Cádiz y Ceuta. Miembro de la academia Juan Pablo II por la vida y la familia. Condecorado con la Gran Cruz de Caballero de Santiago por la Asociación de Guardias Civiles Marqués de las Amarillas en 2011, por apoyar a la víctimas del terrorismo. Escribo en el portal de información religiosa InfoCatólica en el que gestiono un blog de apologética cristiana al que he llamado “Santiago de Gobiendes”: http://www.infocatolica.com/blog/gobiendes.php Colaborador como articulista en medios como Análisis Digital, Forum Libertas o Camineo.info.