La música y la educación del alma cristiana

¿Podemos tener un carácter que destile paz desde nuestro interior hasta el exterior? Hay un camino para ello y consiste en regular nuestras pasiones en consonancia con el bien, podemos hacerlo con la educación del alma cristiana.

“La música y la educación del alma cristiana”, Por L. Joseph Hebert, Jr. para The Imaginative Conservative

Traducido por Beatrice Atherton para Marchando Religión

En un mundo vibrante de ruido e impregnado con una más o menos ingeniosa idolatría de las pasiones divorciada de los bienes objetivos, ¿dónde encontrar melodías capaces de penetrar nuestros endurecidos corazones con verdades espirituales?

En la República de Platón, Sócrates lidera a un grupo de ambiciosos jóvenes atenienses en la búsqueda de la mejor forma de vida. Su construcción verbal de un régimen perfectamente justo no está motivada por el idealismo, real o fingido, sino por la genuina perplejidad ante la única cosa que los seres humanos no pueden dejar de desear: la felicidad. Glaucón, Adimanto, y sus compañeros quieren saber qué beneficio proporciona la justicia al alma, lo que posiblemente podría superar las riquezas, poderes y placeres de hombres inteligentes y emprendedores, como ellos mismos, y que desean adquirirlos a través de ingeniosas injusticias.

Dado el estado del alma de sus fundadores, no sorprende que la primera tarea que enfrenta esta “ciudad del discurso” sea levantar un ejército para el saqueo de sus vecinos. Mientras describe las pasiones que provocan tal injusticia como “febril”, Sócrates aprovecha este desarrollo sobre la base de lo que les ayudará a descubrir “de qué manera la justicia y la injustica crecen naturalmente” en los seres humanos. Las genuinas virtudes y la felicidad que otorgan no son el resultado de pasiones ignoradas o reprimidas, sino más bien el de haberlas purgado del error y de redirigirlas hacia aquellos bienes verdaderamente capaces de satisfacer los anhelos de nuestros corazones.

A primera vista, este apasionado camino a la justicia puede parecer opuesto a los Evangelios, donde la penitencia, la pobreza, la mansedumbre, y el luto son proclamados como las claves de la santidad (Mateo 4, 17; 5, 1-5). Es verdad que el cristiano debe negarse a sí mismo e incluso “perder su vida (psyche) por amor [a Cristo]” (Lucas 9, 23-24). Sin embargo, el propósito de tal disciplina no es la supresión de las pasiones sino su purificación y reorientación hacia la única verdadera fuente de felicidad y alegría. (Mateo 5, 12). Cristo vino a traer fuego sobre la tierra (Lucas 12, 49) y a que nosotros tengamos vida en abundancia (Juan 10, 10) y promete dar cumplimiento a aquellos que tienen “hambre y sed de justicia” (Mateo 5, 6), siempre que lo busquen donde se encuentre.

Sócrates comienza su educación a Glaucón y sus amigos solicitándoles reflexionar sobre las características de los personajes imaginarios que ellos más admiran: los guerreros guardianes de la ciudad. En seguida concuerdan en que los guardianes requieren un extraordinario suministro de thymos (coraje n. de tr.), la pasión que nos conduce hacia la conquista y la victoria. Sin embargo, con el fin de evitar que aquellos hombres saquearan su propia ciudad, su empuje debe ser contrabalanceado con un igual desarrollo del eros o del amor por el bien. Los entusiastas jóvenes captan con rapidez que un alma saludable está inflamada de pasión por lo que es verdaderamente deseable y están dispuestos a soportar cualquier dificultad para su adquisición y protección.

No admiramos al matón que pelea por cualquier tontería, o al cobarde que rehuye de cualquier necesario conflicto.

La clave para desarrollar un carácter digno de admiración, uno que nos haga capaces de estar en paz con nosotros mismos, es la regulación de la pasión en concordancia con el bien. Como animales racionales, nuestra principal forma de captar el bien es a través del logos: la razón o el discurso. Ya que la razón es falible y las pasiones están sujetas a los hábitos formados antes de que la razón madure, no es una tarea fácil lograr una condición en la que las pasiones de uno se armonicen con la razón correcta de lo bueno.

En la búsqueda de esta armonía Sócrates recomienda musiké, el conjunto de artes que, incluyendo el discurso y las imágenes, así como la melodía y el ritmo, son capaces de influenciar al alma a través de cada una de sus partes. En la antigüedad la poesía musicalizada proveyó el poderoso escenario en el que los hombres encontraban a los dioses y a los héroes cuyas vidas parecían más bendecidas y dignas de imitación. Aquí Sócrates da un giro contracultural, rechazando los mitos dominantes en los cuales Zeus y Aquiles actúan desde una lujuria y rabia descontrolada, acompañada por un marcador que apoyaba su embriaguez emocional. Sócrates insiste sobre el desarrollo de una nueva música en la cual Dios sea representado como ser un único, estale, razonable y benevolente; los héroes sean notables por sus semejanzas a tal deidad y las armonías y cadencias sean combinadas para reforzar la belleza de sus virtudes.

Aunque el mundo pagano se esforzó por seguir a Sócrates en este asunto, como cristianos estamos en posesión de una musiké que lejos supera el modelo por él propuesto. En las Sagradas Escrituras no solo tenemos la propia palabra de Dios (logos) sobre Él mismo, sino incluso al divino Logos hecho carne para nuestra instrucción y asistencia en el camino de la perfección. A lo largo de nuestra vida, en nuestra búsqueda de convertirnos en verdaderos seguidores de Dios, se nos dice que procedamos musicalmente, “entreteniéndoos entre vosotros con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando de todo corazón al Señor” (Efesios 5, 19), permitiéndole entrar a través de cada parte de nuestra alma para que así Él pueda redimir cada parte de nuestro ser.

En un mundo sonoro con ruido e impregnado con una más o menos una ingeniosa idolatría de las pasiones divorciada de los bienes objetivos, ¿dónde encontrar melodías capaces de penetrar nuestros endurecidos corazones con verdades espirituales? Aunque el Canto Gregoriano ocupa un lugar de orgullo en la vida de oración de la Iglesia o cuenta con una habilidad única para elevar al alma de los pensamientos terrenales hacia la contemplación celestial, me gustaría recomendar otra tradición que puede ser una poderosa ayuda para integrar nuestras pasiones humanas con la razón divinamente inspirada: aquellas numerosos y maravillosos trabajos en los que dotados compositores usaban las técnicas operísticas para dramatizar las lecturas de los textos sagrados.

Un ejemplo de este inagotable tesoro es el Salmo 109 [1]. Dixit Dominus siendo el primer Salmo de las Vísperas del domingo y en las fiestas mayores, ha sido musicalizado en incontables ocasiones, al menos tres veces por el magnífico Antonio Vivaldi. Si consideramos RV 594, 595 o 807 Vivaldi nos invita a disfrutar de las dimensiones timóticas (aquella tercera parte del alma, según Platón, que tiene un carácter socializador, y apunta a la autoestima y al ánimo de ser reconocido, N. de Tr.) de este Salmo mesiánico, mientras el Señor envía el cetro de poder del Salvador desde su montaña sagrada, destrozará a los reyes, juzgando naciones, llenando ruinas y aplastando cabezas en la tierra de muchos hasta que ponga a los enemigos de Cristo a sus pies. [2] Movidos por la alegre grandeza de la victoria definitiva del Señor sobre la maldad, obtenemos una visión nueva sobre el afán de los Apóstoles por conocer cuándo Cristo “restauraría de nuevo el Reino de Israel” (Apocalipsis 1, 6), y se les recuerda que lo que el luto de Cristo ensalza, incluye anhelar (y luchar) por el triunfo de la virtud en un mundo caído.

Al mismo tiempo, Vivaldi dirige nuestra atención hacia los divinos misterios, desconocidos para Sócrates, pasada por alto por los Escribas y Fariseos, e incluso difíciles de comprender para los discípulos de Cristo. El mismo Jesús citó este Salmo contra aquellos que cuestionaban su autoridad, señalando la paradoja contenida en su verso inicial: “Si David entonces llama [al Mesías] “Señor”, ¿cómo es que él es su hijo?” La respuesta está en que Cristo es hijo de David según la carne, e hijo de Dios según la generación eterna de su divina Persona. Es Dios Padre quien dice a Dios Hijo: “Él te engendró del seno antes del lucero”, una revelación que Vivaldi destaca colocando énfasis en las palabras “genui te”(Él te engendró)” en un dúo para dos tenores. [3] En otra versión, la etérea intervención de los violines y las sopranos está sugiriendo la procedencia del Espíritu Santo del Padre y del Hijo y el caritativo diseño de nuestras almas hacia “el resplandor de la santidad” referido en este verso. [4]

Aunque el Hijo de Dios vendrá con poder y gloria a juzgar a vivos y muertos, cumpliendo las gloriosas promesas de este Salmo en el sentido más literal, los discípulos eran reacios a aceptar que Él también “ha de sufrir mucho…y ha de ser asesinado y al tercer día ha de resucitar de nuevo” (Lucas 9, 22)

Esta parte de la misión mesiánica está prefigurada en la última línea del Salmo: “Beberá del torrente en el camino; por eso erguirá la cabeza”. En sus representaciones de este verso  Vivaldi captura los tormentos de la Pasión de Cristo, recordándonos que, como imitadores de nuestro Señor, debemos tomar nuestra cruz y sufrir persecución por su amor antes de que podamos disfrutar de las indescriptibles alegrías del Cielo. [5][6][7]

Sorprendentemente Vivaldi no rehuye a las imágenes femeninas de “del seno antes del lucero”, incluso dándonos una versión de “él te engendró” recordándonos los dolores del parto. [8] Pero Dios es conocido como Padre por una buena razón, él crea al hombre a su propia imagen, hombre y mujer (Génesis 1, 26) y es el modelo de todas las virtudes, masculinas y femeninas. La más grande de todos los santos, a quien Vivadi dedicó sus mayores obras, es también la Madre de Dios. Aunque una santa tradición nos dice que ella se libró del dolor físico en su nacimiento, sabemos que María sufrió inmensamente cuando su hija la Iglesia nació del lado perforado de su bienamado Hijo.

En su Magnificat (Lucas 1, 46-55), María refleja brillantemente el espíritu y el amor con el que su Salvador dispersa a los soberbios y recibe a su bendita doncella, exaltándola por su humildad y haciendo de ella un instrumento con el cual él aplasta a la serpiente infernal. Aquí también Vivaldi dramatiza las pasiones implícitas en el himno de alabanza y alegría espiritual de nuestra Madre.[9]

Abordada correctamente la música de Vivaldi, y la de otros grandes compositores, nos ofrece una valiosa ayuda mientras avanzamos virtud por virtud hacia el esplendor de los santos, señalándonos las fuentes de ayuda celestial sin la cual, incluso los más poderosos entre nosotros, no podemos hacer nada.

Por L. Joseph Hebert, Jr. para The Imaginative Conservative


Puedes leer este artículo sobre la educación de la música y del alma cristina en la página web de Imaginative conservative: https://theimaginativeconservative.org/2019/01/music-education-christian-soul-joseph-hebert.html

[1]http://catholicbible.online/side_by_side/OT/Ps/ch_109

[2]Antonio Vivaldi, https://www.youtube.com/watch?v=-5EDRSD0M3c&t=389s

[3] Antonio Vivaldi, Dixit Dominus [psalm 109] RV 807

[4] Antonio Vivaldi, Dixit Dominus [psalm 109] RV 595

[5] Antonio Vivadi,  Dixit Dominus RV 594

[6] Antonio Vivadi, Dixit Dominus [psalm 109] RV 595, EnsembleInégal, / PragueBaroqueSoloists

[7] Antonio Vivaldi  Dixit Dominus [psalm 109] RV 807

[8] Antonio Vivadi, Dixit Dominus RV 594

[9] Antonio Vivaldi, RV 610, Magnificat, Alessandrini, Concerto Italiano

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