Iglesia light cobarde y asalariada

Como es habitual en Miguel Serafín, denunciando la situación del clero que no cuida a sus fieles, nos habla de la enseñanza de la Iglesia que hoy en día ya no se predica y muchos desconocen.

“Iglesia light cobarde y asalariada”, Miguel Serafín

Los novísimos, es enseñanza de la Iglesia Católica que tiempo atrás se tenía muy presente. La fe, es creer que lo que la Iglesia enseña, es porque ella ha heredado verdades consignadas en el Antiguo Testamento, también trasmitidas desde los apóstoles hasta hoy, por tanto, hace parte de la Revelación de  Dios hacia los hombres.

Los novísimos son entonces, verdades de vital importancia, pero que se han ocultado, se evita hablar de ellas o tenemos miedo y nos hacen sentir incómodos. Frente a esta incomodidad preferimos no tocar esos temas, como si esas realidades no fueran parte de la verdad revelada y no tuviéramos que tarde o temprano enfrentarnos a ellas en el momento más importante de nuestra vida: la muerte.

Lo peor, es que la mayor parte del clero de la Iglesia ha abandonado su enseñanza, ya sea por negligencia, ya sea por respetos humanos, ya sea porque hay infiltrados dentro de la Iglesia que no quieren enseñarlo más; con la consecuencia de que muchas almas se perderán por la ignorancia. “Perece mi pueblo por falta de conocimiento, […], más será del sacerdote lo que sea del pueblo: yo le visitaré por su conducta y sus obras le devolveré […], mi pueblo consulta a su madero, y su palo le adoctrina, porque un espíritu de prostitución le extravía, y se prostituyen sacudiéndose de su Dios.” (Os 4 6-12)

Veamos pues que los novísimos, son cuatro verdades consignadas en el Catecismo, y que en general no hablamos de ellas; y se refieren a las últimas cosas que suceden a la vida humana: muerte, juicio, infierno y cielo.

Presentamos lo que La Iglesia ha definido y consignado en el Catecismo con respecto a estas verdades, omitiendo lo que corresponde a la muerte, pues es tan evidente que sucederá, aunque de ella evitamos hablar también.

El juicio particular

“Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación (cf. Concilio de Lyon II: DS 856; Concilio de Florencia: DS 1304; Concilio de Trento: DS 1820), bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo (cf. Concilio de Lyon II: DS 857; Juan XXII: DS 991; Benedicto XII: DS 1000-1001; Concilio de Florencia: DS 1305), bien para condenarse inmediatamente para siempre (cf. Concilio de Lyon II: DS 858; Benedicto XII: DS 1002; Concilio de Florencia: DS 1306).” (CIC 1022).

La purificación se refiere al purgatorio, es decir un alma (que es inmortal), tiene tres posibilidades después de que se lleva a cabo ese juicio: la primera es, si el alma ha muerto en estado de Gracia (sin pecado mortal), pero no amerita entrar en el cielo todavía, “(Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.” (CIC 1030).

Esta purificación es necesaria por los efectos o consecuencias del pecado. Es decir, si la persona muere en estado de Gracia, es porque se ha arrepentido de sus pecados antes de morir y los ha confesado, pero las consecuencias que dejaron esos pecados tienen que ser purificadas. Después de esta purificación, el único destino de esa alma es el Cielo.

El Infierno

La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno” (cf. DS 76; 409; 411; 801; 858; 1002; 1351; 1575; Credo del Pueblo de Dios, 12). La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.” (CIC 1035)

El Cielo

 «Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven “tal cual es” (1 Jn 3, 2), cara a cara (cf. 1 Co 13, 12; Ap 22, 4):

“Definimos con la autoridad apostólica: que, según la disposición general de Dios, las almas de todos los santos […] y de todos los demás fieles muertos después de recibir el Bautismo de Cristo en los que no había nada que purificar cuando murieron […] o en caso de que tuvieran o tengan algo que purificar, una vez que estén purificadas después de la muerte […] aun antes de la reasunción de sus cuerpos y del juicio final, después de la Ascensión al cielo del Salvador, Jesucristo Nuestro Señor, estuvieron, están y estarán en el cielo, en el Reino de los cielos y paraíso celestial con Cristo, admitidos en la compañía de los ángeles.” […]» (CIC 1023).

Es interesante cómo en el lenguaje que utilizamos en general cuando nos referimos a la muerte, no corresponde a la realidad que refleja la enseñanza de la Iglesia. Por ejemplo, decimos “que descanse en paz”. Pero es evidente que el alma que es inmortal no va a descansar después de la muerte del cuerpo. Viene de inmediato un juicio y una vez realizado, según cada caso, el alma pasa al infierno, en donde no habrá ningún descanso, o al purgatorio donde tampoco lo hay, y en el mejor de los casos, a la Gloria del Cielo, donde gozaremos de la presencia de Dios, lo cual es un alivio, un descanso, pero no porque el alma quede dormida. Si en un responso decimos “dale Señor el descanso eterno”, lo que se quiere decir es que le pedimos a Dios que el alma de nuestro difunto entre a gozar eternamente junto a Él, no que quede eternamente dormida.

Erróneamente pedimos por un enfermo, que descanse del sufrimiento sin proporcionar confesión.

Así, la mayoría de los católicos, incluso de los que asisten a Misa, no conocen el destino final de las almas. No saben que cuando se reza por los difuntos, realmente se está rezando únicamente por los difuntos que están en el purgatorio. La lógica está en que Dios nos creó para que lo elijamos a Él. Dios es el objeto de nuestra vida y para eso fuimos creados, ese sería el destino final. Nuestra libertad es la que determina a donde vamos a parar: Al Cielo junto a Dios y los santos porque seremos santos allá, o al infierno con Satanás y los demás condenados.

Si un alma ya está en el Cielo, sería absurdo pedir por ella para que llegue a él cuando ya se encuentra allí. Si el alma ya ha llegado directamente al infierno; (y como vimos ya, al infierno se entra para la eternidad), nunca se sale de allí.

Por lo tanto, rezar por las almas del infierno es una pérdida de tiempo.

Así que nosotros rezamos por nuestros difuntos con la esperanza de que, si se encuentran en el purgatorio, puedan entrar pronto a gozar de la presencia del Eterno; de ser así, rogamos a Dios y ofrecemos Misas y oraciones por ese único propósito.

Muchos católicos creen que una vez que el cuerpo muere, esa persona deja de existir. Desconocen que el alma es eterna, por lo cual no se preocupan por ella. Se hacen planes a futuro, por ejemplo, en qué universidad estudiar, conseguir un buen trabajo, una buena pensión y qué herencia dejar a sus hijos. Todo eso es bueno, pero todos son planes relacionados con el cuerpo, ninguno con el alma eterna. “Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna.” Mt 10 28)

El clero modernista es en buena parte culpable de ello. No se predica desde hace ya mucho tiempo sobre la muerte, el juicio ni el eterno infierno. A lo sumo, predican es que la mayoría de las almas van al cielo. Que Jesús es muy bueno y no nos condena eternamente. Eso es verdad, Él no nos condena, somos nosotros mismos los causantes de nuestra condenación.

No aclarar afirmaciones como “el infierno no existe” y que “las almas de los pecadores no sufren para la eternidad, sino que desaparecen”, hacen un flaco favor para la salvación de las almas. No se puede dejar avanzar una idea como esas. Atajar un rumor de esos es obligación moral del clero, porque justo para la salvación de las almas, es que Jesús dejó fundada su Iglesia. Y debería hacerse de manera contundente, con campañas claras patrocinadas desde el Vaticano, hacia las conferencias episcopales y de éstas a los obispos y los sacerdotes en general.

No es amor mentir y darle falsa esperanza a las personas de que se salvarán.

Hay que enseñar cómo es que se salva el alma y los riesgos y atentados que permanentemente el demonio hace sobre cada ser humano para que llegue al infierno. En los funerales, la familia del difunto casi que espera que el sacerdote se dedique a decir lo bueno que era el difunto. “El Señor ya lo tiene en su Gloria”, “ya está descansando en paz”, “él sólo se nos ha adelantado, nosotros nos encontraremos con él en la Gloria de Dios”; son expresiones falsas, no corresponden a la realidad, pues es imposible determinar quién está o no en el Cielo. Es por eso por lo que se rezan responsos, se celebran Misas y se dicen oraciones, porque no sabemos si la persona está en el Cielo o el infierno. Es nuestra incertidumbre la que nos estimula a rezar por un alma. La realidad es que muchas personas van a las Misas de difuntos por compromiso social. Peor es la indiferencia del sacerdote ante esa realidad.

Las familias de los enfermos graves sólo piden oración para que su enfermo deje de sufrir y descanse en paz. No se les ocurre llevar al sacerdote hasta el enfermo, y procurarles en primer lugar la posibilidad de la Confesión, la Unción de los Enfermos y la Eucaristía. Creen que es más amor no asustar al enfermo que darle la clara oportunidad de que si muere, se vaya confesado en estado de Gracia y con la garantía de que algún día estará gozando de la Gloria de Dios aunque tenga que pasar tiempo en el purgatorio.

Satanás ha sido astuto. Ha cambiado las costumbres de que las personas se enteren de los novísimos. Cada vez se habla menos de la muerte para no asustar a nadie. Cada vez los sacerdotes hablan menos de la seriedad de morir en pecado mortal. Cada vez se habla menos del infierno y cada vez se habla menos del demonio, nuestro peor enemigo y el más astuto y dañino de todos. El clero no habla nada de eso.

Somos tan ingenuos y creemos que el demonio es un mito que incluso a nuestros hijos les decimos “es un diablillo” cuando el muchachito se porta mal. Sí, comparamos al niño con nuestro peor enemigo. A quien se le ocurriría comparar a nuestros niños con el asesino de nuestra familia. En varios restaurantes llaman a sus platos importantes o sus cocteles con el nombre de “diablo o demonio”, como si fuera un chiste. Es como nombrar un producto importante de nuestra empresa con el nombre de “Pedro Pérez” cuando es Pedro Pérez el que prometió acabar con nuestra familia y ya se ha cargado a varios de sus miembros. Y así vemos muchos tipos de negocios y expresiones con el nombre del demonio, porque sencillamente ignoramos estas verdades de fe.

Nos apresuramos a decir que desconecten a nuestros familiares que padecen la llamada  “muerte cerebral”, y no se nos ocurre que esa persona puede estar necesitando la ayuda para irse en estado de Gracia y puede aún salvarse si se le asiste adecuadamente en el estado en que se encuentra, pues la muerte cerebral no es igual que la muerte de la persona y fue confirmado por la Academia Juan Pablo II por la vida y la familia, así que ni siquiera debemos apresurarnos a donar órganos porque sólo se donan órganos vivos que pertenecen a un ser vivo; y para declarar la muerte de acuerdo con varios científicos como el Dr. Paul Byrne, existen criterios más complejos que la muerte cerebral.

Todo esto se debe al completo desconocimiento de las enseñanzas de Dios y que La Iglesia debería insistir en enseñar a tiempo y destiempo. Los humanos queremos desconocer la ley natural y moral, y la Iglesia es negligente no enseñándola. El viejo refrán dice, “ni el enfermo quiere, ni hay que darle”. El fiel no quiere saber, y la Iglesia no quiere enseñarle, mientras tanto Satanás gana terreno y cada vez hay menos instrumentos de salvación, porque la jerarquía de la Iglesia (como siempre, insisto, no todos) ha sido infiltrada por elementos diabólicos que se la han pasado desvirtuando las enseñanzas de la Tradición, la Liturgia y han dedicado más tiempo a promover prácticas homosexuales y en los últimos tiempos a “echar balones fuera” para evitar pérdidas millonarias y a lavar la imagen por las demandas de abusos sexuales a fieles jóvenes  y a seminaristas.

Nosotros tendemos al facilismo, nos encanta que nos digan que la vida es fácil y que todo estará bien sin ningún esfuerzo, por eso aplaudimos cuando escuchamos palabras dulces al oído, apoyamos teologías que están por fuera de la enseñanza de La Iglesia, y atacamos con fiereza y sin fundamento a quien nos diga lo que debemos hacer. El clero modernista y asalariado por su parte, contradice toda la Tradición enseñada por veintiún siglos y promulga ideas que hacen eco en una sociedad que quiere vivir sin Dios y sin ley, y decimos, “ahora sí, esta es la iglesia que me gusta, por fin hay quien la modernice de sus ideas arcaicas”; como si Dios fuera un Dios que se modernizara de acuerdo a cada época y a la necesidad de los hombres cuando somos nosotros los que debemos adaptarnos a Dios, y buscarle porque para eso fuimos creados, para buscar La Verdad, y Dios es la Verdad absoluta, está escrito en nuestro ADN que debemos buscarlo, y por eso la humanidad ha avanzado en tantos campos, pero tal parece que sólo en el campo de Dios no queremos estar. Dios que es lo más importante y La Verdad plena, no hace parte del objeto de nuestro tiempo y nuestro estudio, dedicamos tiempo a todo, menos a conocer La Verdad. El clero nos abandonó enseñando lo que no era, lo que era mentira y cuando mucho, lo que no es importante.

El papa Juan Pablo II, calificó como “la Reina de las profecías” a  Nuestra Señora de La Salette, en Francia en 1846,  aparición aprobada por la Iglesia,  donde La Santísima Virgen profetizó por medio de Mélanie Calvat y Maximín Giraud de 15 y 11 años de edad, entre otras cosas que sucederán antes de la segunda venida de Nuestro Señor lo siguiente: “muchos abandonarán la fe, y el número de los sacerdotes y religiosos que se separarán de la verdadera religión será grande; entre estas personas se encontrarán incluso obispos”.

Miguel Serafín

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