El sueño de un gorrión

Un informe sobre las aves en el barrio Lamadrid o lo que es lo mismo, el sueño de un gorrión, ¿Qué ha pasado con los pájaros en este lugar, ya no cantan?

“El sueño de un gorrión”. Sebastián Renna

En el barrio General Lamadrid

zu meiner mutter

El tortuoso Franz Kafka soñó que despertaba para morir como vil insecto en una horrible pesadilla1. Yo quiero dormir para soñar que vivo en la levedad del ave y en su vuelo perdurar.

Del “Sueño de las especies”2, que debemos al ilustre ornitólogo de barrio General Lamadrid Don Vicente Xavier Quevedo Palma, obra ciertamente de escasa difusión (tal vez porque sus investigaciones, como la que cito, en apariencia científica, es meramente conjetural); y del “Breviario de aves”3 (un trabajo de contenido abrumador, origen remoto y autor ignoto), que ha llegado a mis manos de manera casual, puedo elaborar un pequeño informe de la razón de la escasa población de aves, que perseveran en disponer de sus habituales residencias en el barrio General Lamadrid:

La población de aves en el barrio ha disminuido considerablemente, del mismo modo que se ha reducido hasta la extinción la presencia de insectos tales como mariposas, luciérnagas, cigarras, etc. Sabemos, además, de plantas que ya no crecen y de aquellas que han ido debilitándose tal que, probablemente y quizá muy pronto, será difícil que las veamos por aquí.

Sin duda, debemos este desastre al uso de plaguicidas en campos vecinos, que nos llegan a través de su expansión en la atmósfera y los vientos, a la ciudad. Y al feroz proceso que llamamos urbanización, esa desmedida voracidad inmobiliaria justificada en razón del incremento desmesurado de la población humana.

La contaminación ambiental que estos procesos han provocado ya es irreparable. El imperio del ruido y el humo, de la velocidad y la irritación, han enfermado a nuestros vecinos de resignación y desconcierto, y hasta hemos caído en la cuenta que la nostalgia y melancolía matan.

No sólo las aves y los insectos nos han abandonado, los animales domésticos, particularmente gatos y perros, también han sido afectados por la devastación. Parece que un fenómeno nuevo ha contribuido a acabar con los gatos en primer lugar, y últimamente comienzan a escasear los perros en el paisaje del barrio. Algunos culpan de este fenómeno a extraños seres mitológicos y a sus acólitos ávidos de ceremonias que conjuren la mala suerte; otros, menos místicos y más ramplones, pedestres, triviales y nada románticos, no vacilan en adjudicar sus penurias al hacinamiento y la desesperación.

Los analistas, de formación académica y en base a estadísticas duras, adjudican la contingencia a ciertas desprolijidades financieras y sus macro y micro efectos no deseables, de previsibles pero inevitables repercusiones en los estrechos márgenes de las economías de clase media. Los menos ilustrados, pero muy afectados por tales eventos, -que no pueden comprender, aún si lo intentasen-, esas palabras técnicas y para ellos indescifrables (que de cualquier modo no proveen a sus necesidades, pero tratan de explicarlas inútilmente), sólo se complacen en declarar -brutalmente- que tienen hambre.

Más, y sin duda, y a pesar de la fortuna adversa, aunque siempre eventual, debo declarar que estamos ante una reformulación de la concepción sobre los espacios y los ambientes, en tanto que útiles y necesarios para el hombre. No estoy seguro de que la ingeniería urbana que resulta de las nuevas ideas sobre la vida y el bienestar de las personas, sea el correcto, es más, creo que es equívoca y perjudicial para el hombre y su calidad de vida, y mucho menos si se considera lo que hemos debido resignar para alcanzar aquellos estándares que reclama la urbanización a cambio del confort que garantiza”.

Me permito citar algunos párrafos del “Breviario de aves”, porque a las aves y en particular quisiera referirme, y he aquí una definición de aquella con la que me he identificado en tantas oportunidades:

«El gorrión, “passer domesticus”, también conocido como “pardal”, es una plaga, su trino es odioso y no hay belleza en su plumaje. Suele usarse su apariencia para referirse a lo desagradable: “es horrible pobrecito y no hay en él gracia alguna, parece un gorrión”. Vive del derroche y los desechos de los hombres, y en razón de ello es frecuente su presencia en las grandes aglomeraciones de seres humanos, por lo que puede considerase un ave urbana».

No me ha sido dado el hábito de volar (al menos con mis propias alas), pero sí el de evitar que dormir me quite el sueño… ¿Y qué tiene que ver esto con volar? (se preguntará el lector). Creo que más adelante se entenderá. Desde que escribo, es decir, desde que tengo conciencia de existir, no he hecho más que identificarme en todo, aún en el trino, al pájaro panzón, urbano y de plumaje austero que ha resignado al sueño, su esperanza de cielo.

El gorrión es un ave de dilatado abdomen que habita en las plazas, los paseos y los barrios de la ciudad. Sabe de rutinarias, ruidosas, profanas y tóxicas jornadas en las que se despilfarra la vida humana y la ve repetirse como un círculo, que ha diluido los extremos, una idea de la que el hombre ya es incapaz. Esa omisión le depara el triste espectáculo que a diario presencia. El hombre es en apariencia previsible, pero eso no le garantiza el alimento pues no se resigna a confiar en una densa opresión que torna inestable y por tanto azaroso, el límite del abatimiento del que es capaz la especie humana. Semejante rutina hecha de oprobio y fundada en la necesidad, le hace dudar de la superioridad del hombre sobre el ave.

Quisiera hacer notar que la perspectiva puede agudizar la comprensión del observador, y cuando las distancias son escasas es posible abarcar con mayor precisión los hechos, los que, de ser percibidos correctamente, perfeccionan la reacción.

A las aves, Dios les ha dado alas, a los hombres el intelecto; dones que deberían denunciar claramente la naturaleza de quien los posee. Curiosamente a los dos los iguala el deseo de la elevación. Pero las aves no tienen opción, el hombre puede elegir. Curiosa paradoja, el ave que no sabe no duda de que su destino es el cielo, el hombre parece haber elegido renunciar al fin de su naturaleza.

Yo he tratado de ver la vida con los ojos del gorrión, y he notado que prevalece el gris en las tonalidades que suelen regir sus observaciones sobre la vida de los hombres, y he percibido un cierto sobresalto que al ave espanta, pero no huye, sólo toma distancia, se protege de seres que desean escapar y no lo logran. A las aves los hombres no las asustan, sólo se cuidan de eventuales despropósitos hijos del desaliento y el hastío, capaz de promover un desahogo que arrase aún con aquellos que no son causa de su desconsuelo, pero si víctimas de la irracionalidad.

Es evidente que muchos hombres sienten la necesidad de abandonar sus penosas existencias, pero no tienen el valor ni la determinación del ave, temen al vértigo de la altura o a un posible accidente, y precipitarse en abismos más horrorosos que los que habitualmente frecuentan. Pienso que el ave percibe ese horror y siente pena, y por ello ve al hombre como un ser gris, aferrado a una seguridad que no le es grata, y no se atreve a las eventualidades de la libertad. Los gorriones saben que la libertad tiene su costo y vale la pena asumirlo, el hombre se aturde con vanas especulaciones, las que, y según estima: “jamás serán suficientes”.

Se ha dicho que la relación entre el hombre y el gorrión es el ejemplo perfecto de convivencia entre humanos y aves.

Tal vez, pero muchos se preguntan ¿por qué aún siendo ese el criterio general cada vez hay menos gorriones en las ciudades? Quizá la respuesta sea que el hombre no es capaz de ninguna amistad, o que el pájaro desconfíe de los afectos que mueven al hombre a actuar. ¿Cómo culparlos de semejante sospecha? Yo he visto cómo niños con hondas se complacen en derribarlos y rematarlos en el piso si es que sobreviven aún heridos cuando caen, y abandonarlos allí donde han caído…para continuar la horrible cacería. Y también he visto cómo, cuando se alejan los depredadores, se acercan otros gorriones al caído y allí permanecen hasta que una posible reaparición de los niños los dispersa, sin embargo, siempre se demora uno de ellos, hasta último momento, permaneciendo junto a la víctima.

En el Barrio General Lamadrid aún puede encontrarse uno con gorriones, y es increíble comprobar que no huyen de todas las personas, las aves rara vez se equivocan en quien confiar.

Dos especies de aves habitan aún en el barrio. Es común ver las “palomitas de la virgen”, llamadas así porque son más pequeñas y estilizadas que las que suelen poblar las plazas de las grandes ciudades (de mayor tamaño y torpeza). Son aves de rasgos delicados y ciertamente muy amigables y pacíficas, aunque por aquí también sufrimos las maldades de los depredadores con sus nefastos instrumentos de muerte, buscando a quién destruir, e incapaces de piedad y misericordia. Afortunadamente los vecinos están atentos y no tardan en correrlos. Yo mismo he rescatado a una de ellas que parecía herida pues no podía volar, la cuidamos en casa hasta que se recuperó. Un día, y sin más vio una de las ventanas abiertas y voló hacia la libertad evidentemente reestablecida.

La noticia del advenimiento de un nuevo día, el amanecer, me llega generalmente por el anuncio de las aves, que suelen armar un notable alboroto advirtiendo sobre el renovado milagro que acontece en el cielo y en la tierra. Nuevo, pero no por cotidiano, menos auspicioso. Suelen contagiarme esa alegría ante la inminencia que denuncian, logrando que mi alma se predisponga, contagiada por el fervor de las aves, de buen ánimo, a encarar las imprevisibles eventualidades de otra jornada.

Al atardecer se repetir el alboroto. Muchas veces lo he percibido, en realidad lo espero, me ayuda a afrontar la noche con disponibilidad de espíritu frente a los avatares que suelen prodigarme sus inclemencias. En la noche, cualquier afectación resulta más intensa que las que nos tocan afrontar durante el día.

Un ocaso… y previo a la noche: la “hora de la paloma”, vencido por “el sueño (autor de representaciones) que… en su teatro sobre el viento armado, sombras suele vestir de bulto bello4:

Sólo, cerré mis ojos y quizá… soñé. Aquel sueño fue sutil como el suspiro de un ángel, tenue como el dulce intervalo de una sonrisa en un mundo aferrado al encono, y ciertamente efímero, como un impulso que rige la voluntad de los necios que prefieren la inconciencia a la inocencia. ¡Oh pérfida, cuánta razón tenía el genio clásico al recomendar indiferencia ante tus caprichosos designios, y la porfía tenaz del trabajo sin concesiones y sin pausas para alcanzar los altos ideales, es decir, los sueños!.

Cerré los ojos, pero los ojos del cuerpo, y abrí los del alma:

Vi una interminable procesión de luces a las que se iban sumando todas las estrellas del cosmos, en peregrinación hacia un inmenso jazmín suspendido en medio del universo.

Aquellas luces, a la distancia aparentaban ser astros que se unían a los peregrinos, y fuéronse revelando como aves de diversa silueta, tamaño, y apariencia. Múltiples y radiantes. Me sentí inmediatamente atraído por el común destino de aquellas viajeras resplandecientes, pero sin alas (pensé), me será imposible seguir.

Pronto noté que mis alas eran la causa de la creciente nitidez que adquiría mi conciencia de aquel magnífico espectáculo.

Un inmenso jazmín con sus pétalos ordenados en forma de anfiteatro, capaz de reunir sobre ellos una asombrosa asamblea de aves.

En la cumbre del jazmín vi a una bellísima mujer, vestida de purísimo blanco, con los brazos extendidos y sonriendo de una manera que no podría describir, animando a cada una de las aves a que ocupase su lugar, como si algo tuviese que decirles y fuese muy importante que la escuchasen…”

Sebastián Renna.

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1. Die Verwandlung (La metamorfosis). Franz Kafka, publicada en octubre del año 1915 en la revista Die weissen Blätter, dirigida por René Schickele, en la editorial Kurt Wolff de Leipzig 1915.

2. Sueño de las especies. Vicente Xavier Quevedo Palma, Capítulo 4, Página 122. Editorial Crucial, Madrid, 1948.

3. Breviario de aves. Volumen II. El gorrión, “passer domesticus”. Página 532. Editorial Pampa, Córdoba 1965.

4. Jorge Luis Borges, Obras Completas, Tomo II (1975 – 1985), Siete Noches: “La pesadilla”: extracto del soneto de Góngora “A un sueño”, Página 226.María Kodama y ÉMECE Editores S.A., Buenos Aires, 1989.


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Sebastian Renna

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Mendigo de Dios e impenitente objetor del Siglo