El laberinto y la biblioteca mágica

Sebastián nos lleva a pasear por su barrio y a conocer una historia apasionante, ¿Conocen Lamadrid?

“El laberinto y la biblioteca mágica”, Sebastián Renna

There are more things in heaven and earth, Horatio, than are dreamt of in your philosophy.

(William Shakespeare, Hamlet, I act., 5ta. esc.).

Es fama que en el “barrio General Lamadrid” (mi barrio)… un lugar en el mundo que se ha resignado -como tantos otros- a la urbanización de los espacios y las conciencias, ciertamente, brutal despropósito que los “Sabios Encantadores” del “barrio Florentino Ameghino” han adjudicado, no sin artera morbosidad y socarrona maledicencia a la “necesidad” (pues acuda Usted, estimado lector a los diccionarios de filosofía, donde se define lo que los griegos entendían por ello, y luego tenga Usted la amabilidad de explicármelo, porque yo, honestamente no lo comprendo); …existe una biblioteca inverosímil, accesible a muy pocos y de incierta localización, donde los libros eligen a sus lectores.

Debemos la acreditación del prodigio a la certificación inequívoca de vecinos harto respetables de nuestra comunidad, hallándose entre ellos personajes notables e ilustres del barrio, personas -hay que decirlo- que ofendería objetar, por sus impecables reputaciones (con escasas excepciones, siempre las hay), hombres y mujeres que tienen por superados, digamos: los cincuenta años… A los jóvenes los libros no les interesan, mucho menos las bibliotecas.

Es necesario advertir que nadie conoce la ubicación exacta de la biblioteca (ni aún aquellos que la frecuentan), pero sí se sabe que para acceder a ella se debe afrontar el laberinto que la precede. No ha faltado quién previniese a los incautos de que tal dificultad, sólo puede ser superada por hombres de probada virtud y reconocido prestigio. Sin embargo, es conveniente dudar de la integridad moral del “Parasicólogo” Iván Filomeno Astudillo, que se jacta de asistir con regularidad a la legendaria institución, y de que ningún obstáculo se lo haya impedido.

Fernando Cruz Aguilar, (ex socio de Iván Filomeno), y actual “Consultor” del barrio General Lamadrid, según lo anuncia la placa que precede el ingreso al local donde ejerce su oficio, aconseja:

“…no atender a los disparates que impunemente divulga Iván Filomeno, sobre la biblioteca y la frecuencia con que la visita, y mucho menos creer los comentarios sobre los libros que asegura consultar allí, a fin de adquirir precisiones sobre la condición humana que luego emplea para tratar a quienes recurren a él, por ayuda”.

Es muy interesante lo que el Licenciado Esteban Mignoli (Investigador Neorevisionista de la inextricable secuencia histórica del barrio General Lamadrid), refiere sobre el oneroso oficio que ejerce Fernando Cruz Aguilar, en una elegante oficina instalada a tal fin, precedida por una sugestiva placa de bronce donde se declara la naturaleza de los servicios que ofrece: “Consultoría de asuntos Varios”; disuelta la sociedad con Iván Filomeno Astudillo, a causa de considerar “fraudulentos” los recursos y métodos empleados por su antiguo socio.

El licenciado Mignoli nos ilustra sobre la naturaleza del oficio que ejerce Cruz Aguilar:

Fernando escucha a sus clientes. Rara vez formula juicios, y sus consejos son, él mismo lo declara: sólo orientaciones fundadas en el sentido común (el menos común de los sentidos, ha escrito nuestro querido Chesterton) y, algunas sugerencias, pero pocas, que suelen desencadenar arduas reflexiones en sus clientes, mismas que lo llevan a la salud, a través, y generalmente, del olvido del problema a causa de la confusión que les procura su examen”.

Mignoli refiere, además, la noticia que Fernando Cruz Aguilar tenía del arbitrario laberinto y la inefable biblioteca:

«Atendiendo a mi oficio de consultor, he recibido en cierta oportunidad a una joven que decía haber extraviado a su pareja en circunstancias extraordinarias. Ella misma descreyó del relato que luego, mientras realizaba una búsqueda intensiva y estéril, le refirió un anciano desconocido con quien se encontró inesperadamente, hombre entrado en años, pero de porte distinguido y amable conversación, cualidades que le inspiraron confianza y la movieron a escuchar su discurso con atención, no sin asombro y algún reparo, a causa de la extraña e imprevista aparición. Si mal no recuerdo esto fue, según la joven, lo que el anciano le declaró:

Sé que has perdido a Juan mientras paseaban por el barrio. De pronto y sin saber cómo ocurrió, él ya no estaba a tu lado, desapareció. No insistas en buscarlo, no se le concederá una nueva oportunidad, no lo volverás a ver. Desde aquel instante para tu bien y su mal, vaga en un laberinto sin centro ni fin, cumpliendo la condena que le fue impuesta en razón de sus múltiples vicios y perversidades. Tú eres una mujer virtuosa y él, un malvado. No sufras su pérdida, antes bien considera mujer, que existen hombres bondadosos y justos que pueden depararte una vida feliz, según mereces”».

Le recomendé -concluyó Fernando-, que no hiciese caso a tales disparates, y que pensase en la posibilidad de que su novio la hubiese dejado sin otra razón que el “mero desamor”.

(Testimonios: Sección 13ra., Pág. 377).

El bueno de Don Guillermo Ignacio Olivieri (Cronista y Exégeta, del barrio General Lamadrid), expone en una de las páginas más oscuras de sus “Crónicas inéditas”, la tesis que suscribe sobre los laberintos:

«Un laberinto es una trama compleja urdida por inteligencias superiores con el fin de ocultar y proteger, de aquellos que no son dignos, algún objeto atesorado sea cual fuese su naturaleza, y cuyo valor depende de sí mismo o de aquél que reúne las condiciones necesarias para justificar una correcta estimación de la magnitud de su excelencia; preservándolo de intereses profanos, o de la mera irreverencia de la curiosidad, en orden a evitar que eventuales imprudencias afecten su integridad y lo exponga a la imprevisión y riesgos innecesarios, por caso, eventuales afectaciones que comprometan la integridad o el destino del simple mortal».

(Crónicas inéditas, “Sobre la curiosa arquitectura del barrio General Lamadrid y sus múltiples perplejidades”. Tomo V, I, 15, art. 2, pág. 255

Algunas páginas más adelante, declara:

«Hace ya unos cuantos años, recibí noticias extrañas y maravillosas, acerca de la existencia de una biblioteca inconcebible, en nuestro barrio, y me he interesado en comprobar la veracidad de semejante portento, que en un principio adjudiqué al delirio de una grosera impostura.

Sin embargo, me han asegurado hombres de mi más alta estima y confianza, que la biblioteca existe y que la calidad de los secretos que en sus anaqueles se preservan del polvo y la corrosión, en interminables galerías flanqueadas por estanterías repletas de libros, es inestimable. He sido informado, además, por aquellos que han podido acceder al extraordinario edificio, sobre la variedad de las obras que contiene. Los gruesos volúmenes parecen abarcar todas las ciencias y todas las artes, aún aquellas que han sido concebidas al amparo de la reclusión, discreción y reserva, por evitar que la ignorancia y la brutalidad acaben con los conocimientos que allí se revelan, o resulten perturbadores al eventual escrutinio de hombres aprensivos y supersticiosos».

(Crónicas inéditas, “Sobre la curiosa arquitectura del barrio General Lamadrid y sus múltiples perplejidades”. Tomo V, Libro I, Cap. 15, art. 3, pág. 268).

La versión más difundida y aceptada, digamos “oficial”, ubicaría el acceso a la biblioteca en el “Pasaje Santa Lucía”, entre las “calles Lamadrid” e “Ituzaingó”, ingresando por la “calle Santiago del Estero”. Tal referencia se funda en una hipotética convergencia (geográfica), de “extraños e inexplicables sucesos”, atendiendo a la profusión de denuncias que los vecinos de la zona formulan a diario. Nada se ha probado y los testimonios son divergentes y contradictorios, por lo que el sitio señalado es convencional; y a mi juicio, conjetural.

Tengo para mí, que la verosimilitud de la mayoría de los sucesos denunciados no queda demostrada, pero no sería justo impugnarlos sólo porque yo dude de ellos. Es evidente que algo extraño ocurre (se percibe en el aire una densidad parecida a la de la inminencia), y si bien puedo permitirme dudar de la “localización”, la certeza sobre la “realidad” del prodigio es unánime, y no seré yo quien la objete, pues “vox populi, vox Dei”.

El Licenciado Mignoli, refiere la opinión de Daniel “el vasco” Medrano (Filósofo disidente, del barrio General Lamadrid), sobre el asunto. La transcribo en razón de su posible valor discursivo:

«Toda especulación acerca de los laberintos, mejor dicho: toda especulación se resuelve apelando al idealismo platónico. Es así que, una trama compleja, cualquiera sea, bien puede considerarse como “reflejo” de su “arquetipo celeste”, la trama fundamental o fontanal, que consiste, no ya en ser insuperable, sino posible. En este sentido, muchas son las circunstancias que emulan a “aquél”, a modo de pálido reflejo: el universo, el ocaso, la vida de un hombre, la política, el escote de una dama, los avatares del intelecto, la metafísica, las diversas crónicas de una misma tragedia, el amor, la poesía, la desdicha, ¡los sueños!

No es extraño ver en la disposición irregular de un conjunto urbano, la confusión necesaria para suponer una arquitectura artificiosa cuyo propósito sea la perplejidad. La idea del laberinto, compleja y voluntaria, supone un orden y un fin. Para quienes hemos aceptado padecer la angustia de la existencia, la esperanza, que implica la complejidad concebida con un “sentido”, susceptible de fundarla y conciliarla, y cuya develación se encuentra en algún lugar de la multiplisidad, acaso, en el centro, es legítima. Pero, si se piensa en el caos como rector de la diversidad, desde ya, la esperanza es inadmisible».

(Testimonios: Sección 13ra., Pág. 402).

La idea del orden en la multiplicidad y el caos en la diversidad, extrapoladas al fenómeno del laberinto y la biblioteca del barrio General Lamadrid, tal vez nos permita reflexionar acerca de nuestra concepción sobre el “cosmos”, en tanto “arquitectura -de la que participamos-, ordenada a un fin, o no”. Dejo al lector, si le place, la consideración de lo que a mi juicio refiere a la “dispersión” y la “distinción” como “herramientas del intelecto en orden al escrutinio y la comprensión de la realidad y sus fenómenos”.

Transcribo un comentario sobre el asunto de Don Guillermo Ignacio Olivieri, que estimo, puede resultar de interés para el lector:

«Sobre el contenido de las obras que guarda la biblioteca, ápice del laberinto, he escuchado diversos pareceres y no he consentido en acordar con ninguno. Es por ello que, atendiendo a la peculiaridad del portento e hilvanando algunas ideas rescatadas de distintas opiniones, he optado por acudir a mi propia exégesis en relación a la magnitud y el tenor del prodigio, que allí se encuentra a resguardo de seres inescrupulosos y vacuos.

Sabemos que la biblioteca es magnánima, y este dato es fundamental para inferir que se trata de conocimiento, pues cualquier tesoro que este mundo puede ofrecer a los hombres, palidece ante afanes de carácter material, que suponen objetos efímeros, y por ello siempre insatisfactorios al anhelo de plenitud. Tenga a bien, y muy en cuenta quien lee estas páginas, que deploro el gnosticismo, así es que le ruego que se abstenga de adjudicármelo pues ofendería mi inteligencia e inflamaría mi voluntad.

Se me ha ocurrido, y estoy seguro que así debe ser: hablar de cantidad de volúmenes es un error pues implica extensión, lo apropiado es acudir a la cualidad o calidad, y en este sentido bastan pocas ideas, quizá sólo una para exponer con todo rigor los secretos del universo. Yo tengo la esperanza de que, al fin, nuestra limitada capacidad intelectual alcance para ver, o para comprender y pronunciar si es el caso, esa única y definitiva signatura que nos depare la felicidad».

(Crónicas Inéditas, “Sobre la curiosa arquitectura del barrio General Lamadrid y sus múltiples perplejidades”, Tomo V, Libro I, Cap. 15, art. 2, pág. 323).

He solicitado la opinión de Mons. Miguel Ángel Juárez S.I., sobre el asunto. El Sacerdote, visiblemente irritado, me contestó con San Agustín:

Jesús es la vía recta que nos salva del laberinto circular en el que andan los impíos

Sebastián Renna

Esperamos que hayan disfrutado con este viaje que nos propone Sebastián: “el laberinto y la biblioteca mágica”. Les invitamos a quedarse en nuestra página

¿Saben que Vds. también puedes escribir en Marchando Religión?

Les recordamos que Marchando Religión está en las siguientes redes sociales:

FacebookTwitterYoutube


*Se prohíbe la reproducción de todo contenido de esta revista, salvo que se cite la fuente de procedencia y se nos enlace.

 NO SE MARCHE SIN RECORRER NUESTRA WEB

Marchandoreligión  no se hace responsable ni puede ser hecha responsable de:

  • Los contenidos de cualquier tipo de sus articulistas y colaboradores y de sus posibles efectos o consecuencias. Su publicación en esta revista no supone que www.marchandoreligion.es se identifique necesariamente con tales contenidos.
  • La responsabilidad del contenido de los artículos, colaboraciones, textos y escritos publicados en esta web es exclusivamente de su respectivo autor
Sebastian Renna

Sebastian Renna

Mendigo de Dios e impenitente objetor del Siglo