El bar la Clepsidra

Un bar, unas notas aparentemente olvidadas en una mesa y una mujer que detiene el tiempo mientras se sienta a leer lo que alguien dejó allí escrito.

EL BAR LA CLEPSIDRA“, Sebastián Renna

(Del Barrio General Lamadrid)

a Jorge Darío Meinardi y Guillermo Córdoba

Dios imprimió al cosmos una lógica y una dinámica que aún no comprendemos, y jamás comprenderemos acabadamente. He aquí una posible aproximación a la noción del “misterio”, para muchos inoportuna, sobre todo para aquellos que se han instalado en la previsibilidad de la rutina, y la obviedad de que los efectos siempre responden a sus causas; o se han aferrado a lo conocido como refugio seguro contra los repentinos espasmos del sobresalto y el asedio de la incertidumbre, accidentes capaces de comprometer el “merecido” descanso, provocar insomnio o fastidiar las ansiadas vacaciones (pero calma: no es mi intensión escribir una apología del pensamiento de Teilhard de Chardin).

¿Quién pudiese eludir la rutina y renovar cada día su existencia, revestido con la audacia del peregrino, y afrontar la sucesión y la contingencia sin condiciones ni reclamos, en el espíritu del que va sin razones donde quizá no debiese ir, y se niega a volver la mirada o desandar lo recorrido, no por renegar de lo vivido sino sólo por el ejercicio de Vivir, con la intensidad de quien sabe que es libre de ir hacia Aquél que lo espera al fin del Camino? ¡Por la Verdad de Dios somos y Él nos quiere libres, aún frente al misterio, que quizá, es el camino!

Pepe me alcanzó unas notas de Augusto olvidadas sobre la mesa que habitualmente ocupaba en el bar “La Clepsidra”, ubicado en el límite del barrio General Lamadrid con el barrio Centro, sobre el Boulevard Alvear, y llamado así porque al ingresar, a unos cinco metros de la puerta de cristal de doble hoja, podía verse una inmensa, antigua clepsidra -reloj de agua, en este caso de arena- sobre la barra, en uso y según los parroquianos, capas de una alarmante precisión. Algunos se atrevían a conjeturar que “algo” más allá de lo natural “regía” la puntualidad del viejo artefacto, que aportaba al ambiente una cierta incomodidad… Debo reconocer que se percibía al entrar al bar, la fugacidad del tiempo.

Aquella tarde tuve la repentina urgencia de ver y hablar con mi amigo, y fui por él al bar donde siempre lo encontraba, después del almuerzo y en la misma mesa tomando café, fumando, pensando, esperando…

No estaba allí. Me senté a esperar que llegase. Cuando Pepe (el dueño del local), se acercó, aproveché para consultarle sobre su ausencia:

Ciertamente, a mí también me sorprende. Es tan puntual como la clepsidra. Pero hombre, antes que me olvide, tengo algo para Usted, ahora mismo vuelvo.

Pepe fue hasta la barra, tomó lo que parecían unas hojas sueltas, luego regresó a mi mesa (la misma que ocupaba Augusto), y me las entregó.

Olvidó estas hojas escritas por él mismo, sobre esta mesa, o al menos, aquí las encontré. Me pareció prudente protegerlas por el valor que pudiesen tener para él. Así es que las guardé yo mismo hasta volver a verlo. Usted es su amigo, creo que es mejor que se encargue de ello, entrégueselas o consérvelas hasta que pueda hacerlo, aquí no están seguras. Conoce Usted muy bien el carácter de Augusto, seguro me comprenderá por qué se lo pido. ¿Un café…?

– ¡Si, por favor!

Se trataba de un manuscrito. Reconocí inmediatamente la caligrafía de mi amigo en aquel escrito que abarcaba varias hojas, tamaño carta. Llamó mi atención el esmero que dedicó al prolijo trazo de las letras, por lo que me resultó evidente que el discurso escrupulosamente apuntado, fue concebido para que pudiese ser leído y comprendido. Dudé en leerlo. Pensé que se trataba de algo personal, por lo que decidí esperarlo. Sin embargo, demoraba demasiado en llegar, tanto como para suponer que aquella tarde no asistiría al bar.

Al fin, la curiosidad me llevó a examinar las notas olvidadas, o abandonadas allí por él. Transcribo algunos párrafos, para beneficio del lector en orden a una posible percepción de lo que ocurrió aquella tarde:

«Hay una intimidad a la que los otros no acceden, una instancia del alma que jamás expondríamos al escrutinio de extraños, ni al cruento examen de los bufos que se afanan por humillar a incautos.

Más allá de ese trazo infinito que es la línea del pensamiento dialéctico, y de la ociosa penumbra que denuncia las tortuosas bifurcaciones y encrucijadas de la inteligencia humana, dónde no acuden con su torrente de tribulaciones los vicios, las pasiones y la impostura, existe un país que congrega a las almas inocentes. De belleza insuperable pues sus variopintos contrastes confluyen en perfecta armonía, tal que no sería capaz de perturbar la integridad de espíritus sensibles y nobles.

Sospecho que allí amanece cuando aquí declina la tarde.

Un espacio prodigioso, que puede abarcar el insondable universo pues ningún límite lo sofoca, o quizá sólo abarque el minúsculo destello de una fugaz ilusión, pero a nadie preocupa la extensión porque la cantidad no impera sobre las estancias de la beatitud.

Donde la culpa es una quimera pues nadie juzga ni condena, y es que allí no sucede la mentira, la injusticia, la hipocresía, la traición…

Donde esa apariencia que los hombres hemos proclamado soberana, no prevalece sobre la convicción de que lo real es sólo una alegoría urdida por la voluntad, que predispone a la inteligencia a admitirla por analogía, pues la verdad no es la mentira y por ello, el héroe es el que se vence a si mismo, no el que destruye al otro.

Un lugar donde siempre alguien te espera y te recibe con una sonrisa, conjurando el brutal asecho de la costumbre, la angustia y el desamparo, esas devastadoras inclemencias que en este mundo no es posible eludir».

Sigue una gran cantidad de lamentaciones y quejas, pero mucho más prosaicas, y demasiados párrafos, debo decirlo, algunos por demás oscuros.

Pensé: Augusto no está bien, además de su temprano “Parkinson” a cuya medicación suele renunciar voluntariamente, asegurando que inhibe su agilidad mental y limita su éxito con las damas, parece abrumado por innumerables frustraciones, demasiadas, que ha ido acumulando. En varias ocasiones me ha declarado que acabaría esas múltiples aflicciones y tormentos, de una vez y para siempre: suicidándose; pero aún no había reunido el coraje suficiente como para hacerlo. A lo que yo contestaba: “coraje necesitas para enfrentar los tremendos desafíos de la vida, huir es el recurso del cobarde”. Al llegar el diálogo a este punto siempre respondía con un gruñido, permaneciendo luego mucho tiempo en silencio, con la mirada fija en algo que sólo él podía ver.

Continué leyendo, suponía que en esas notas encontraría la razón por la que no acudió al café (sentía mis manos heladas, y a la vez, transpiradas). El escrito es extenso por lo que me limito a transcribir lo que creo relevante para el lector. En el siguiente párrafo se ve la opinión que tenía de mí, pero, sobre todo, su manera de pensar la realidad:

«Todos necesitamos aceptación, y dónde buscarla sino en un amigo, mi amigo; aún recuerdo unos versos suyos que discutimos café y cigarrillos de por medio, toda una noche:

Habrán ellos materializado

sus mezquinas ambiciones,

y yo, que tan generosas ilusiones

he prodigado a mis desvelos,

seguiré soñando que un misántropo

ocioso y senil, agotará su tiempo

desfigurando mis engendros”.

Me conoce el desgraciado “tecladista acústico barato”, eso es algo que no se lo perdono. Fui yo quien no ha querido escucharle. Sé que quiso ayudarme y espero que el Dios en el que cree se lo pague, pero gastamos demasiadas jornadas en agotadoras divergencias, que pude haber dedicado a mis asuntos y resolverlos según mis criterios, evitando ociosas discusiones e inútiles litigios».

Hacia el final del escrito he dado con algunos párrafos misteriosos (como tantos otros), que sirvieron para intuir el motivo de esas páginas. Conocía a Augusto, pero evidentemente no tanto como creía:

«Me he enamorado de una idea y soy feliz, y tal vez ese sea el motivo de estas notas. Debo advertirte que no me encontrarás, cuando vengas por mí.

Se que escribo, o creo saber que lo hago. Declina la tarde, el bar es el mismo, pero yo ya no soy el mismo. Aquí debo acabar, pues vienen por estas líneas. Ya no percibo el tiempo, sólo la ingravidez del ambiente. El recipiente inferior de la clepsidra esta lleno de arena y Pepe parece haber olvidado invertirlo.

Dejo estas notas para que sepas, cuando las leas, que te he esperado tanto como me ha sido posible, sólo lamento que en mi obsesión por esperarte no consideré la importancia de tu llegada.

He sido -según acostumbro- egoísta y desconsiderado, perdóname, debí estar aquí para cuando llegases, pero no me será concedido».

Devolví las notas a la mesa. Era evidente que las había dejado allí con un propósito. Sin duda no las escribió para mí, pero ¿para quién…?

Pedí a Pepe que levantara todo lo demás, y dejase las notas exactamente donde las había encontrado. Me miró, esperando una explicación.

Soló déjalas allí (dije al fin), algo va a pasar, y será pronto. Paciencia amigo.

Sin decir una palabra, se llevó todas las tazas de café que me había tomado, cambió el mantel y volvió a dejar las notas sobre la mesa, según le indiqué.

Anochecía, no sé porqué me dejé llevar por una tristeza que no surgía de mí, pero abarcaba todo el bar. El tiempo parecía haberse detenido (el recipiente inferior de la clepsidra estaba lleno). Sólo permanecíamos en el bar: Pepe, detrás de la barra trabajando en sus asuntos, y yo. Le pedí un café más, y fui a ubicarme en otra de las mesas, desde donde podía ver la que acostumbraba ocupar Augusto. Intuí que no tardaría en comprender lo que ocurría.

Después de que Pepe me trajese el café, encendí un cigarrillo. Sentía cierta levedad en el ambiente, y ya no podía percibir el devenir. Lo tomé como presagio de un acontecimiento extraordinario que me tocaría presenciar. Tenía la sensación de que el tiempo, la duración, era el protagonista principal de un evento inminente, y noté, además, gran inquietud en mi alma…

La vi llegar. Se detuvo frente a las puertas de cristal, algo le impedía ingresar.

Afortunadamente advertí que la razón era su discapacidad, por lo que acudí inmediatamente en su ayuda. Sostuve una de las puertas mientras ingresaba, lo hizo con notable dificultad (llevaba una muleta en cada brazo). Para avanzar arrastraba una de sus piernas impulsándola con su cuerpo, que a su vez apoyaba en las muletas, y usaba la otra pierna, rígida, para afirmarse.

Mientras ingresaba me miró como si me conociese y sonrió. El gesto me resultó sorprendentemente familiar. Puedo asegurar que no sería capaz de describir con suficiente elocuencia, la sensación de extrema pureza, inocencia, fragilidad y profunda melancolía que vi en aquel rostro delicadísimo. Había tanta dignidad en ella que deslumbraba, una mujer joven de tez muy blanca, ojos grises y cabello negro.

Se dirigió, con naturalidad y como si conociese perfectamente el lugar, directamente a la mesa de Augusto. Volví a la mía y desde allí, la observé.

Al llegar se detuvo, dejó sus muletas conta el muro que estaba detrás de la mesa y se sentó sin mayores dificultades. Una vez instalada tomó las notas que dejó Augusto y las leyó, lentamente; cuando terminó, dejó el escrito donde lo había hallado, y apoyando los codos sobre la mesa, ocultó el rostro entre sus manos.

No podría explicar por qué, pero repentinamente sentí el impulso de mirar la clepsidra y vi a Pepe intentando invertirla. Quise evitarlo, creo que le grité que no lo hiciese, pero fue inútil… Inmediatamente sentí que el tiempo fluía en el ambiente. Luego miré la mesa de Augusto, ella ya no estaba allí, nada delataba que hubiese existido tal mujer, excepto las notas desordenadas de Augusto (que conservo), y dos muletas apoyadas en el muro, detrás de la mesa.

Pepe guardó las muletas por si alguien las reclamase. Hasta hoy y después de más de diez años, nadie lo ha hecho.

Este incidente me ha obligado a repensar los conceptos y la distinción entre “momento” e “instante”.

Sebastián Renna

Ya conocemos un lugar más, el bar la Clepsidra, al cual nos ha llevado Sebastián.

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Sebastian Renna

Sebastian Renna

Mendigo de Dios e impenitente objetor del Siglo