El acoso a la ninfa

¿Les apetece pasar un día diferente con nosotros? La propuesta de Sebastián hoy es llevarnos a una representación, ¿Se apuntan?

“El acoso a la ninfa”, Sebastián Renna

(Obra de Ovidio, adaptada por Luisa Dewind y representada en el Auditorio del barrio General Lamadrid)

Entre tantas páginas que nos ha legado el “Cronista” del barrio General Lamadrid, Don Guillermo Ignacio Olivieri, deseo vindicar aquellas que han sido concebidas con el fin de exaltar a una dama, a su juicio “inadmisiblemente hermosa”.

Escribe Don Guillermo:

«Por aquellos días solía caminar con regular frecuencia por el barrio. Eran los tiempos del “progreso” y el “advenimiento”. La llegada de nuevos vecinos nos deparaba multitud de rostros extraños que aparecían y desaparecían con inusitada vehemencia. El ardor, la ansiedad y la agitación, la incertidumbre, consecuencia de inusuales premuras, modificaron la densidad del ambiente y la serenidad del espíritu de los vecinos.

Un bullicio cosmopolita fue disipando la plácida y coloquial atmósfera del barrio, precipitándonos a una especie de insatisfacción histérica y a una desmesurada obsesión por las cosas, en desmedro de las personas. Muchos adjudicaron a las perturbaciones de aquellos tiempos y los consecuentes acontecimientos que se desencadenaron, la “causa eficiente” del fin de los “años dorados”.

Admito que yo padecí aquel proceso con una íntima aflicción, y no me ha sido posible aún, resignarme a la creciente inestabilidad de ánimo y a la terrible confusión de intereses que han enrarecido, por decirlo de alguna manera, nuestro “lugar en el mundo”, desde entonces».

Después de describir el ambiente, denuncia un feliz encuentro:

«De regreso a casa, después de una de mis acostumbradas caminatas que no abandoné a pesar de tantos cambios que acabaron por confundir mis itinerarios y a desconocer los sitios que frecuentaba, la vi.

Sucedió una hermosa y templada tarde de los primeros días de otoño, hacia el ocaso, cuando los árboles mudan el semblante y se tornan sombríos; y los hombres, agobiados por los rigores de la jornada, retornan a sus hogares con las últimas luces, y la creciente noche que avanza desde el sur diluye sus identidades en la penumbra; noté que una dama se detuvo frente a mí y al verla, mi corazón se detuvo con ella.

Carmen estaba frente a mí, una mujer hermosa. Nuestras miradas se encontraron. Sus ojos eran del color del ocaso, oscuros, y su mirada seductora. Supe, inmediatamente, que aquel encuentro comprometería definitivamente mi existencia».

(Crónicas Inéditas, “Sobre las fatalidades que oprimen irremisiblemente los corazones”. Tomo I, Cap. 12, Art. 2, Pág. 15).

El caso es que la irrupción de Carmen impresionó gratamente a los vecinos, y además de afectar a sus vulnerables corazones, provocó entre los intelectuales del barrio una ardua polémica sobre la belleza e inspiró a poetas y escritores obras de gran interés artístico. Sé que su retrato ha sido pintado por un artista del barrio, y además, que la familia de Carmen se ha mudado, pero aún lo conserva, aunque no me han permitido acceder a él.

Mignoli en su libro “Testimonios”, cita unos párrafos del Poeta Máximo Frazzetti, poco conocido en el barrio Lamadrid, pero de cierto éxito en los cafés literarios, de la Capital:

«Yo, que he hecho de la belleza la razón de mi vida, no hubiese podido permanecer ajeno a los primores de Carmen. Ella, poco reparó en mí. Mi ausencia en los ámbitos que la dama solía frecuentar, consecuentemente contribuyó al desinterés por mi persona: un pobre y oscuro poeta de barrio. Pero esta circunstancia, jamás me ha desanimado. Mi propósito es la admiración, antes que la posesión. Yo amé la hermosura de la mujer, pero a la belleza antes que a la mujer. Sin duda, y por ello, la complejidad de la belleza encarnada en una dama, me abrumaría, y tal vez fuese causa de espanto».

Máximo declara, además, que:

«He cantado sus encantos en la intimidad, y luego se los he remitido junto a rosas blancas. No me ha hecho llegar su desagrado ni he notado hostilidad hacia mi persona. No he percibido de parte de ella signo alguno de reprobación o rechazo en relación al soneto que le envié y estoy seguro que recibió. En realidad, nada he obtenido de ella, absolutamente nada, quizá porque eso mismo merecían mis pobres letras.

Pero la belleza de Carmen aún me conmueve. Puedo asegurar que entre todas las mujeres que he conocido no hubo, no habrá ninguna más bella».

(Capítulo 10, pág. 160)

Mignoli refiere, además, la confirmación de que Carmen y el ingeniero Gonzalo Layout tuvieron una breve relación, de la que el ingeniero tardó en recuperarse, cuando concluyó. Mignoli dejó constancia de los pormenores que obtuvo por el relato de un amigo de Layout, el Dr. Mario Ricardo González Etchegaray, prestigioso jurisconsulto del barrio:

«Gonzalo logró cierta cercanía con la dama. La visitaba a menudo en su casa, casi a diario. Solían caminar tomados de la mano por el barrio y saludaban sonrientes a los vecinos, que comentaban: “son la pareja perfecta”. Sin embargo, la distancia entre ellos era demasiada.

– Pero ché -le decía yo-, vas mal. Y él respondía:

– Tranquilo, démosle tiempo a la dama…

Una tarde, como tantas, fue a visitar a Carmen. En la casa de la muchacha se encontró con aquel joven de pelo largo, a quien Carmen había observado con evidente y constante fascinación, durante gran parte del último baile al que asistieron.

Después de un breve período de silencio en lo que hubo algunos intercambios de miradas esquivas, el Ingeniero comprendió que sobraba.

Pobre Gonzalo, sufrió mucho aquello.

Sólo agregaré -querido joven-, que como alguien dijo: “el amor estaba adentro y crecía con el dolor del rechazo”».

(Capítulo 10, pág. 161)

Los hombres cultos del barrio General Lamadrid conocen y no olvidan la tragedia que deben a la erudita pluma de la poetisa Luisa Dewind. Una ingeniosa adaptación inspirada en la persona de Carmen, y asociada al mito de Aretusa y Alfeo, fundada en la obra de Ovidio (el gran poeta latino), y representada en el Auditorio del “Centro Vecinal”, en el que se narra la desesperada, pero exitosa huida de la ninfa ante el lascivo acoso del dios. Y la posterior discusión que generó su puesta en escena, por lo que la función no se repitió.

La tragedia intitulada: “El acoso a la ninfa”, es una alegoría que poco tiene que ver con la realidad. Luisa, según Mignoli, se inspiró en los ardores que Carmen despertó en Alfredo, un muchacho pelón y forastero.

Hay que decir que Luisa aprovechó su obra para plantear el tema del “acoso sexual” por entonces de gran difusión en los medios. Asunto que hoy nos llega por la “llamada ideología de género”, pero conociendo la obra de Luisa estoy seguro que ese no era su propósito principal.

Ilustro al lector, transcribiendo un pequeño fragmento de “El acoso a la ninfa”.

La belleza de Carmen en la saga es causa de desgracia para su familia. Su ardiente enamorado Alfredo, al no poder conquistarla, por despecho, conspira contra el padre de Carmen, un productor rural, ocasionando la ruina de la familia de la muchacha.

Su hermana la acusa de ser responsable de la tragedia que padecen, calamidad que les sobreviene a causa de los coqueteos de Carmen:

«…Responde la atribulada Carmen a los requerimientos de su hermana, expresando los pesares que abruman su corazón:

Yo fui -¡Oh desdichada de mí!-, de todas las niñas, la más educada y obediente, la más delicada y gentil de todas las flores que engalanaron aquel jardín de ensueños. De aquel edén que la odiosa fortuna nos arrebató. Ninguna otra recogía con mayor delicadeza y esmero los frutos de la naturaleza, y ninguna honraba como yo el nombre que nos afamaba ante nuestros iguales en esas vastas extensiones verdes y azules de nuestra amada patria.

Fui mimada como ninguna, y aún, y mil veces desprecié sin arrogancia los elogios a mi gracia y donaire, pues nunca busqué la fama de la hermosura, más sin desearlo obtuve el titulo de hermosa y de ello jamás me jacté.

No me complacía aquella cualidad excesivamente alabada, y tales dones que a otras suelen obsesionar hasta la enfermedad y la locura, yo los despreciaba.

Yo, una joven sencilla, me avergoncé con los atributos de mi cuerpo y consideré una culpa agradar.

Todo esto, ya tú lo sabes, más he de referirte, a ti, infeliz perjudicada por mí, he de darte razón de nuestra desgracia y el suceso perturbador de nuestro destino.

¡Escucha mujer y ten piedad cuando me comprendas!».

Allí Carmen relata a su hermana el suceso que inició la tragedia de su familia: Alfredo la ve bañándose desnuda en el estanque, y en incontinente frenesí se lanza conta ella, pero no le es posible alcanzarla, y de allí los reclamos posteriores.

Considerándose inocente, la muchacha insiste en reclamar el perdón de su hermana:

«…Tal como estaba, desnuda, hui. Mi vestido queda en la otra orilla. Tú querida hermana, me ves llegar y me proteges, ¡me salvas!

Conoces el resto. Sabes bien cuánto he huido del acoso de aquella bestia henchida de crueldad y salvaje lujuria.

Perdóname, si me comprendes, y no me repudies ni abandones en estas horas terribles, colmadas de pánico y desazón, a la perversión del infame y brutal que me persigue con desenfrenada enajenación».

(Parte I, Capítulo 2)

El “chueco” Bermúdez (Domingo Eliseo Bermúdez), ávido lector, cuestionó la obra de Luisa e inició una ardua polémica sobre la belleza y la legitimidad e inconveniencia de los ardores que despierta:

«La belleza es una ilusión que perjudica el entendimiento, nos distrae, nos confunde, nos desconcierta, nos hiere y mata (la historia de “Romeo y Julieta” es un ejemplo). Somos vulnerables a las imágenes bellas. Somos víctimas indefensas de encantos que pueden condenarnos, si nos permitimos abandonarnos a apremios irracionales (las pasiones de los enamorados), impulsos inmoderados que nos arrastran a la pena, y a esas insensatas urgencias del corazón, que por ciegas sólo pueden conducirnos al abismo.

En fin, la hermosura es la más cruel de todas las apariencias, porque puede ocultar perfectamente cualquier atrocidad, y al obnubilar la razón, nos expone a la fatalidad y al desasosiego.

Nadie ante una dama atractiva piensa en su coeficiente intelectual, mejor digo, nadie ante una mujer hermosa quiere pensar, es decir, ejercer el arte de la especulación racional. Son otros mecanismos los que impulsan al acto, y esto, lo digo de una vez, es de una inmoralidad inadmisible y tal cosa queda clara en la obra de Luisa».

Daniel “el vasco” Medrano, que estaba presente y no pudo evitar responder al “chueco” Bermúdez, propuso la belleza como consuelo y rectificación de la existencia, según el testimonio que nos llega de Mignoli:

«Somos deudores de la belleza. Lo bello es, a mi humilde juicio, el misterio más inquietante de la duración. Pero lo bello en cuanto a tal, no es posible si carece de la condición de bien y verdad.

Puede una dama engañarnos con simulados encantos, más éstos se desvanecerán bien pronto y la desilusión nos procurará el consecuente desencanto. Sin embargo, aquella hermosura que se sostiene en la verdad y el bien acabará por depararnos la excelsitud y la bienaventuranza.

La belleza nos devuelve al legitimo bien y nos conduce a la quietud contemplativa de lo inefable».

La discusión a partir de aquí fue caótica y en algunos casos violenta. Aunque podría citarse el aporte del Poeta Gustavo Álvarez, que enunciaría los términos del debate:

«La sensualidad es un instrumento, la belleza una cualidad».

(Capítulo 10, pág. 170)

La familia de Carmen, a causa de la cantidad de incidentes que la muchacha desencadenó, para protegerla, pronto decidió mudar de vivienda y barrio.

Sebastián Renna.

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Sebastian Renna

Sebastian Renna

Mendigo de Dios e impenitente objetor del Siglo