Conocer y aprender la Forma extraordinaria del Rito Romano

¿Vds. han acudido alguna vez a la Misa Tradicional? El Padre Jesús de María nos habla de su historia personal, la impiedad que vio en las distintas parroquias en las que estuvo, su soledad y como conoció la Forma extraordinaria del Rito Romano

“Conocer y aprender la Forma extraordinaria del Rito Romano”, Padre Jesús de María

Una humilde reflexión de un sacerdote que da gracias a Dios por conocer y aprender la Forma extraordinaria del Rito Romano de la Santa Misa

Fui ordenado sacerdote al comienzo de los años noventa, y en estos, ya más de 25 años de sacerdocio la Santa Misa ha ido configurando mi vida y mi ser. Desde el comienzo he cuidado la preparación a la misma, el silencio, la liturgia y el respeto al Misterio que he tratado de preservar y guardar y así lo he tratado de enseñar a los fieles.

Poco a poco, a lo largo de los años y en los diversos destinos he tenido que sufrir por el deterioro que, por parte de los feligreses y en las distintas parroquias por las que he pasado, he contemplado en lo que respecta a la celebración de la Eucaristía. Ni el silencio, ni la forma de vestir, ni las disposiciones más elementales de una buena educación se han tenido en cuenta a la hora de ir a la Iglesia a celebrar la Misa. Progresivamente en los últimos años he visto cómo han ido aumentando la pérdida de respeto, de educación, el no saber estar o el abuso llegando a la irreverencia a la hora de asistir a la Misa

Una batalla que ya considero perdida porque uno no se ha visto respaldado por los superiores que reciben las quejas de los feligreses de turno contra un exigente sacerdote que no permite ciertas concesiones. Lo cierto es que progresivamente era consciente que algo había fallado, que algo no estaba haciendo bien, aun a pesar de celebrar correctamente y cuidar mi disposición interna y externa a la hora de subir al altar.

Y la luz clara de la Verdad hizo a su tiempo morada en mí…

Poco a poco y a raíz de la aprobación del Motu proprio que liberaba la celebración del rito romano en su forma extraordinaria, tuve la ocasión de acercarme al espíritu de la liturgia de la Tradición. Experimentaba que la doctrina, la moral y la liturgia han de estar unidas, que el deterioro en la vida de la Iglesia en las últimas décadas tenía una explicación: Lex orandi, lex credendi.

El primer aspecto a considerar fue la celebración ad orientem, la clave estaba en que cuando celebraba la misa en la forma ordinaria con motivo de los distintos sacramentos en las parroquias surgían siempre algunas preguntas:

¿para quién celebramos? ¿para un difunto en su funeral?, ¿para unos novios el día de su boda?, ¿para unos niños el día de su primera comunión?

Todo esto llevaba a un gran desencanto personal, por la pérdida de sentido y de orientación en lo que respecta a la celebración. La familia del difunto buscaba hacer un panegírico ubicar a su pariente en el cielo, los novios en la boda buscaban ser el centro de atención y los padres de los niños de comunión se afanaban por lucir a sus hijos so pretexto de la misa de comunión.

Si la orientación cambia, el centro y la atención no es ya el hombre sino Dios.

Nuestra cultura es tan narcisista y egolátrica que cuando el sacerdote celebra ad oriente dice que celebra de espaldas, porque el hombre de hoy gira entorno a sí mismo, olvidando que celebra de cara a Dios, que todos en la nave de la Iglesia, han de mirar en la misma dirección que es Cristo, y es que el hombre está desorientado porque ha puesto su orientación en sí mismo con la consiguiente pérdida de sentido y desubicación, la creatura ha perdido la referencia a su Creador.

Pero en la orientación, en el mirar hacia el sol que nace de lo alto, también hay un aspecto que toca de lleno al celebrante. En el Novus ordo, el sacerdote retoma protagonismo, se convierte por defecto en el centro de la celebración, en el Vetus ordo, el sacerdote, desaparece, sirve, se presta, se humilla ante el Misterio y la presencia sacramental con la constante adoración por las sucesivas genuflexiones. Continuamente su mirada se centra en el crucifijo que preside el altar, se centra en el sacrificio, en el calvario. Él hace las veces de Cristo, se ofrece y ofrece.

Todo converge en Cristo, en su sacrificio.

El temor y temblor con el máximo respeto reverencial ante el misterio que celebra lo cautiva, lo hace no ser ya dueño de sí, sino de aquél que por amarlo hasta el extremo le pagó con el precio de su sangre. Recuerdo una declaración que hizo el cardenal Sarah el 23 de mayo de 2016, a la revista francesa Famillae Chretienne, en la que invitaba a todos los sacerdotes para que al comienzo del tiempo de adviento celebraran ad orientem, creo que esta era su intención: “Se trata de mirar todos juntos hacia el ábside que simboliza el oriente donde está el trono de la cruz del Señor resucitado”. Creo que la orientación correcta lleva a la Cruz, al sacrificio y este a la humillación, al máximo abajamiento. Este le recuerda al sacerdote, no ya la dignidad a la que ha sido llamado, sino su indignidad personal y la humildad en la que ha de vivir para hacer las veces de Cristo.

Cuando contemplo tantas improvisaciones, añadidos, moniciones y protagonismos por parte de los sacerdotes en la celebración de la Santa Misa, en el fondo lo que hay es una gran falta de humildad, y me hace recordar aquél dicho de nuestra querida Santa Teresa de Jesús, la humildad es andar en verdad.

Otro aspecto a considerar es el silencio. Gran parte de la misa tridentina se dicen en voz baja.

Vuelve a centrarnos en Dios. No se celebra para los hombres, el culto se tributa a Dios y los hombres son beneficiarios de ese culto por pura gratuidad y misericordia de Dios. El silencio sigue siendo el garante del misterio y dispone a acércanos de un modo mejor. Enseña el Santo Padre San Juan de la Cruz (Dichos de luz y amor) “Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma”.

 ¡Cuántas explicaciones, moniciones, indicaciones y avisos, preparados o improvisados se añaden continuamente a la Santa Misa en el Novus ordo!

En la Forma extraordinaria al subir al altar el silencio impone el respeto reverencial que exige el culto a Dios, y esto te ayuda como sacerdote a no distraer tu atención de aquel a quien tratas de servir con todo tu corazón. Dios habla en el silencio y el sacerdote debe ser un hombre que ame el silencio para escuchar a Dios.

Siempre he tratado de cuidar el silencio en el templo, educar a los feligreses para mantener el silencio en la celebración.

He enseñado que el templo no es un lugar de reunión social para saludarse y charlar. He procurado que se guarde el silencio al acabar la misa, pero no siempre ha sido posible. Quienes hablan y hablan y viven de ruidos en su vida, no pueden soportar que el silencio les hable y les muestre su vacío ante Dios.He visto que era imposible hacer la acción de gracias al acabar la misa ante el bullicio, los saludos y la falta de respeto, no sólo para Dios, sino para los que tratábamos de dar gracias por la Santa Misa. En las distintas parroquias en las que he desempeñado mi labor he pedido que se guardarse silencio en la sacristía y que nadie entrase antes de la misa, si no es por estricta necesidad, para poder rezar las oraciones al revestirme y hacer silencio antes de la misa. Es imposible pasar de las conversaciones, informaciones y saludos e inmediatamente subir al altar, necesitamos una ruptura de nivel, subimos al Calvario y también la vida del sacerdote se va a entregar en el altar, tenemos que ser muy conscientes de lo que vamos a celebrar y necesitamos el silencio como el modo único y excelso para subir al altar. Necesitamos como sacerdotes y víctimas silencio para aquietar nuestra alma, para acallar nuestra mente, para dejar reposar y que se asiente todo aquello que nos preocupa y distrae y pensar sólo en el Sacrificio de Cristo, en el misterio de tanto amor. Sólo el silencio puede expresar lo que las palabras no pueden explicar. Dice el cardenal Robert Sarah en su libro La fuerza del silencio, que el silencio es más importante que cualquier otra obra humana. Porque manifiesta a Dios.

Animaría a todo sacerdote que no conozca la Forma Extraordinaria a acercarse a ella.

Será una ayuda esencial para su ministerio y para su vida. Cuando se celebra el Vetus Ordo, ya no se celebra igual. Entroncar con la milenaria Tradición de la Iglesia no sólo renueva el sentido de la vida del sacerdote, sino que ayuda a vivirlo desde el misterio de la entrega de Cristo.

Que la Santísima Virgen María, la siempre virgen, como dice la misa tridentina, nos ayude a todos los sacerdotes, sus hijos, para que celebremos santamente el sagrado servicio del altar.

Padre Jesús de María

¿Quieren saber más, desean conocer y aprender la Forma extraordinaria del Rito Romano? En nuestra página tienen recursos para ello, les invitamos a conocer nuestra sección de: Misa Tradicional

En el siguiente video pueden conocer y aprender la Forma extraordinaria del Rito Romano: Mysterium Fidei: La mejor explicación de la Misa Tradicional


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