Van Der Meersch: Denise. Sangrar hacia arriba

Gilmar nos trae nuevamente a Van Der Meersch, esta vez con la novela de “la mujer pobre” en la que veremos el rumbo que toma la vida de Denise y como a veces es posible sangrar hacia arriba.

“Van Der Meersch: Denise. Sangrar hacia arriba”, Gilmar Siqueira

“La gente sencilla no sabe explicar su miseria”. Maxence Van Der Meersch. El Pecado del Mundo.

El sufrimiento humano parece materia infinita. Y yo, muy finito de entendederas, vuelvo a meterme en lo que no me importa. Pero así somos los impertinentes. Vengo de un mes sin escribir y ya me pongo a enfrentar un tema tan ameno como el que me propongo hoy: uno de los reflejos de la obsesión por el sufrimiento.

Ando leyendo otra vez a Maxence Van Der Meersch, así que ya comprenderán ustedes de dónde me ha venido la idea para este artículo. Meersch escribió una trilogía titulada La Mujer Pobre. En ella cuenta de manera novelada la vida que llevó Thérèse, su mujer; no sé si todo será biográfico, pero mucho me temo que sí. La niñez del personaje Denise contada en La Mujer Pobre (así se titula el primer tomo de la trilogía) es terrible: no fue deseada por sus padres, su madre no la quería, luego su padre falleció y tuvo que trabajar muchísimo. Las penurias siguen en Leed en mi Corazón, donde el novelista nos cuenta la adolescencia de la chica.

Denise, como todos los niños no queridos y de padres inmaduros, tuvo que madurar demasiado temprano. Creo que si hubiera algo como un tema para la trilogía, sería el milagro de su inocencia de niña preservada: y el autor nos lo muestra con un amor inmenso. En Leed en mi Corazón podemos ver a una Denise adolescente que es capaz de darse cuenta de cosas que ni siquiera entreveía cuando niña. Hay dos episodios en especial que contaré aquí. El primero es cuando, forzada por una huelga y por el hambre de su madre y hermanos, Denise decide robar carbón para cambiarlo por comida. Prefirió robar antes que venderse a un hombre, como le había “sugerido” una conocida. Sin embargo, Denise fue arrestada. No contaré aquí todos los sufrimientos de la pobre muchacha, llena de vergüenza, hambre, rabia y miedo. Una vez, sin embargo, delante del Comisario de policía, Denise tuvo algo como una visión: entró repentinamente la hija del Comisario, una niña de diez u once años, y lo besó:

               Comprendí de pronto lo que hubiera podido ser, yo también, si hubiese sido más amada. Comprendí que aquel hundimiento presente, el triste espectáculo de una degradación humana que yo ofrecía a toda aquella gente, provenía de la ternura que me había faltado. Se desgarró mi corazón y saltaron mis lágrimas. Y me sentí impulsada a decirle a aquel hombre, que su hija tenía suerte, que era feliz, que tenía un buen papá, alguien que la acariciase, que velara por ella, que le educara en la honradez, en la calma, en la felicidad, en el amor. Y que él debía comprenderme y tener compasión de mí, de mí que no había tenido como su hija, la felicidad de conservar a mi padre para que velara por mí, para que me ahorrara los golpes de la vida, para defenderme, para amarme.

Denise sufrió hambre, frío, sed, unas cuantas enfermedades y un tremendo agotamiento. Estaba resignada porque, de todos modos, creía que todo aquello era normal: los demás chicos sufrían igual que ella y sus madres también les pegaban. Sí que había gentes ricas, pero a ella le tenía sin cuidado. Sin embargo, allí delante de un padre que era cariñoso con su hija, comprendió que algo más profundo que todas sus penurias le fue arrebatado. Algo que ya no podría recobrar y que quizás le diera más fuerza delante de tantos otros sufrimientos; y la falta de ese algo, del amor, le dolió. Es terrible imaginarle a ella mirando al padre que abraza y besa su hija, con toda la naturalidad, y pensando de golpe: “Comprendí de pronto lo que hubiera podido ser, yo también, si hubiese sido más amada”.

He aquí la raíz de su tragedia que, añadida a todas las otras enormes penurias, era la semilla para un enorme resentimiento. Las novelas son narradas en primera persona, es decir, la propia Denise nos cuenta su vida: sufre, perdona muchas cosas, tiene algo de rabia de otras y, sin embargo, ella no es una resentida. No hizo, como suele pasar tantas veces, de su infortunio una razón para su fracaso vital. La única vez en que vislumbró que todo podía ser distinto, se sintió muy triste y se desahogó, pero no le echó la culpa a nadie: aceptó incluso el desamor, aun sin merecerlo.

A mí me parece muy duro y triste lo que les voy a decir, pero es algo que he visto: hay personas que hacen de sus sufrimientos una excusa de su fracaso. Claro que puede parecer sencillo escribirlo así, en pocas palabras, sin ponerme en lugar de alguien que arrastra un dolor (físico o no) que lo tortura todo el tiempo, que parece hacerlo caer a cada paso, que lo impide soñar y tener tranquilidad, que lo tiene casi aniquilado. Es verdad; y yo tampoco sé cómo salir de este lío en que me he metido a mí mismo. No creo que haya una receta para librarse de ciertos sufrimientos; a lo mejor ni siquiera habrá remedios más que para mitigarlos. Hay casos en que lo único que se puede hacer es “sangrar hacia arriba”, como dijo el Padre Castellani (¡y de sufrimientos sabía ese cura!).

Regresemos a Denise. Una vez humillada por robar, no le quedó más remedio que humillarse de la última manera posible: pidiendo limosna (venderse, ¡jamás!). Y, sin embargo, cuando parecía que estaba en el fondo de un abismo, ocurrió algo que también fue como una revelación para ella. Una familia rica los recibió a ella y sus hermanos para darles limosna; pero con esa familia todo era diferente: el hombre les trataba bien y su mujer no tenía asco de su pobreza, además les preguntaba por su madre y por su vida. En las palabras de Denise: “Acaso nada haya influido tanto en mí, como haberla visto llorar por nosotros. Me hizo conocer la caridad”.  Después de darse cuenta del desamor en que había vivido, Denise conoció un amor, un amor muy grande:

               Me dio mucho más de lo que ella se imaginaba. Infinitamente más que un poco de pan, que unas frutas y que una palabra de piedad. Nunca pudo sospechar la riqueza, la fecundidad de su caridad. Me dio el espectáculo de una vida en medio del orden, de una vida a la cual aspiraba, sin creer que fuese posible. Y me la presentó posible, realizada ya. Con ello, sin que lo advirtiera, me proporcionó la voluntad de vivir, de continuar en busca de un destino puro y recto como el suyo. Si he permanecido pura y recia, a ella se lo debo en gran parte. Ella contribuyó a salvarme del envilecimiento, de la abyección.

La esperanza, esa pequeña niña, como la llamó Péguy en un poema, nació en el corazón de Denise algún tiempo después de haber llegado al fondo de su abismo. Y nació por la visión de una buena mujer, una mujer que comprendía el sufrimiento ajeno, que se compadecía y que era buena; una mujer que, sencillamente por vivir como vivía, le enseñó a aquella chica algo entristecida que una vida de pureza, tranquilidad y belleza era posible. Si era posible, ¡también ella podría tenerla!

La buena señora no le dio los medios, no le dijo lo que tenía que hacer, pero enseñó a Denise el cuadro de una vida posible. Y esto no tiene precio. Era todo lo que ella necesitaba: saber que su virtud, su fuerza, su resistencia y hasta su sangre podrían llevarla a algo tan hermoso como una vida buena, pura y recta. El sueño que Denise albergaba en su corazón se encarnó en la vida de aquella mujer que le hizo conocer la caridad. A partir de entonces, Denise empezó a “sangrar hacia arriba”.

Gilmar Siqueira

Pueden leer el anterior artículo de Gilmar dedicado a este gran escritor, Van Der Meersch: Pescador de hombres


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Gilmar Siqueira

Gilmar Siqueira

Feo, católico y sentimental