Unión y división, ¿Estaremos ante el final de los tiempos?

Nos adentramos en el corazón de la Iglesia actual, ¿Qué está sucediendo, hay unión, hay división, seguimos la doctrina de la Iglesia o más bien los Sacerdotes son cobardes y prefieren hablar con rodeos?

“Unión y división, ¿Estaremos ante el final de los tiempos?”, Miguel Serafín

Existen multiplicidad de temas en la actualidad que causan escozor en el mundo de hoy. Comunión para parejas divorciadas, aborto, homosexualismo, ideología de género, etc. Hace muchos años atrás, La Iglesia tenía claro que en cuestiones de fe y de moral, no podía quedarse callada pues es justamente La Iglesia en cabeza de quienes la dirigen, la que queda encargada de orientar no solamente al pueblo de Dios, sino al mundo entero, independientemente de si la gente quiere creerle o no.

Papas como Pio X o Pio XII entre otros, se caracterizaban por su carisma y su claridad para no caer en ambigüedades. Los sacerdotes se caracterizaban por su valentía y su verticalidad en las opiniones. De hecho, los cardenales, esos elegidos por el papa en los consistorios, se visten de rojo indicando con ese color su disponibilidad a dar su sangre por defender las verdades de la fe.

Hoy vemos que todo eso ha cambiado. La emasculación del clero es pan de cada día. Los sacerdotes ya no se “mojan” y cada vez que hay que defender la fe y la moral, prefieren callar, omitir y hablar con rodeos y ambigüedades.

Para tal efecto, los dirigentes de La Iglesia se escudan en frases como “no hay que juzgar” “hay que dar esperanza” y “no hay que causar división porque Jesús siempre quiso una Iglesia Unida” y citan a san Juan “para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno” (Ju 17, 21). Pero la cita continúa diciendo “en nosotros”; es decir, no de cualquier manera sino en El Padre y en El Hijo, y para ello hay unas reglas establecidas por el mismo Padre.

Entonces obtenemos una Iglesia secularizada, que teme defender los valores morales, la doctrina, el depósito de la fe, y se hace cómplice de un mundo que habla de la no ofensa, del discurso del odio o hatespeech. La Iglesia y sus jerarcas han infundido en sus sacerdotes que no deben ofender a nadie, en ser inclusivos y dar esperanza (imagino que falsa esperanza); manipulando el concepto de amor del Evangelio, traduciéndolo a un amor alcahueta en donde todo es válido porque Dios es amor y por tanto todo es perdonado (lo cual es verdad) pero promueve que  incluso es perdonado cuando ni siquiera tratamos de salir del pecado, cuando ni si quiera se busca el perdón y cuando no estamos dispuestos al arrepentimiento y mucho menos a cambiar nuestras vidas.

Y a aquellos miembros del clero o laicos que se atreven a decir algo o cuestionar les llaman divisivos o causantes de división. Como si el mismo Jesús no nos hubiera dejado el ejemplo de división. Cuando aquellos que dicen que causamos división, qué se imaginan que quiso decir Jesús cuando dijo “No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre… el que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí.” (Mt 17, 34-38). Porque seguir a Cristo no es fácil y hay que decirlo. Hay que tomar la cruz que no es imposible de llevar. A eso se refiere el yugo suave y llevadero, porque es un yugo que atañe a alguno de los mandamientos, esa es la cruz. Las palabras de Jesús son claras, vino a causar división por su nombre. El que sigue a Cristo causa división justamente porque debe hablar claro.

Cuando El Señor nos dice, “no vine a llamar a conversión a justos, sino a pecadores”, (Lc 5, 32), el clero modernista habla como si Jesús perdonara automáticamente sin más. No incluyen que la palabra clave conversión, implica cambio. “No necesitan de médico los sanos sino los enfermos” (Mt 9 12). Imaginemos que vamos al médico y nos dice que estamos completamente sanos, aunque en realidad estemos enfermos. Esa es la analogía, si una persona está enferma, habrá que hacer algo, aunque sea doloroso para cambiar la condición o la enfermedad, pero lo que no podemos hacer es seguir exactamente igual sin hacer nada que cambie esa condición. Si así fuera, pues sería entonces absurdo acudir al médico.

Para el clero modernista y emasculado, lo importante es ser “guay”.

Pero La Iglesia y el mundo no pueden ver las cosas de la misma manera. Para eso fue creada, no por llevar la contraria siempre, sino como remedio para la cura de las almas, para procurar la salvación del mayor número posible de ellas y para eso se necesita decirle al mundo lo que no es de Dios. “No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo” (1Jn, 2,15). Aquí nuestro Señor no nos está hablando de odiar la creación, sino de la división que debe haber y hay entre su Iglesia y el mundo. Es un ejemplo claro de que quien sigue a Cristo no sigue al mundo. Cristo una vez más habla de división, y hay división porque seguir a Cristo es incompatible con la visión del mundo.

Y la mayor parte del clero no quiere o no puede entender esa distancia porque está en el mundo y vive en el mundo. Son más importantes sus prestigios y sus carreras y lo que pueda decir la gente de ellos. Eso cuando no son conscientes de que de manera pasiva están promoviendo el modernismo y las obras del enemigo. Otros, activamente están promoviendo agendas ocultas o son parte del clero afeminado que se ha venido ordenando desde hace varias décadas. 

La verdadera unidad de La Iglesia se da cuando se discute y se destapan asuntos que deben ser discutidos y dados a la luz. Cuando la ignorancia es la norma, el resultado es la condenación de las almas, incluyendo la de aquellos que se han encargado de mantener las cosas en la oscuridad.

En una reunión en donde había varios sacerdotes, cuando el arzobispo Carlo María Viganó destapó los horrores que el secularizado Theodore McCarrick cometió abusando sexualmente a seminaristas, y que el papa sabía, uno de estos sacerdotes con gran vehemencia llamaba a defender la inocencia del papa, decía “hay que defender al papa, aunque el propio papa sea un pederasta”. Solamente uno de estos sacerdotes se declaró en oposición a tamaña afirmación, los demás guardaron silencio. “La verdad os hará libres.” (Jn 8, 31).

Así es que muchos están dispuestos a sacrificar la verdad por la comodidad y el bien estar de la falsa unidad, ocupándose de cosas que no son de vital importancia: reuniones para el ecumenismo, emigración, cambio climático, la programación de las fiestas patronales en el verano, las orquestas que cobran un escándalo, el llamado funcionista, etc.

Cáritas se convirtió prácticamente en la única referencia rescatable de La Iglesia y es lo que más se reconoce con el lema de “dar de comer al hambriento”, más sin embargo se renunció a dar de comer al hambriento espiritual; se olvidó de las palabras del propio Señor, “no solo de pan vive el hombre”, y dogmas tan claros y base de la Iglesia se han olvidado: por no ir lejos, ¿cuántos católicos (incluso de los que todavía van a Misa) entienden que Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado está real y sustancialmente presente en cuerpo, sangre, alma y divinidad bajo la apariencia de pan y vino desde el momento de la consagración, y que ese dogma es base y cumbre de nuestra fe católica?

La Iglesia se mantiene ocupada al extremo de actividad en actividad, con catequesis alejadas de la doctrina por el temor de que, si se hablara de la perdición eterna del alma, fueran a venir cada vez menos, como si ocultarlo les trajera cada vez más fieles y aun peor, como si ocultarlo las fuera a salvar.

“Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: “Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme.” Entonces los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, ¿y te dimos de beber?  ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, ¿y te vestimos?  ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?” Y el Rey les dirá: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.” Entonces dirá también a los de su izquierda: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; era forastero, y no me acogisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis.” Entonces dirán también éstos: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?” Y él entonces les responderá: “En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo.” E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna.”

Mt 25, 31-46

Está claro que Cristo vendrá nuevamente a dividir. Es la naturaleza de Cristo. Unos toman unas decisiones y otros toman otras. El resultado no puede ser el mismo. El que sigue a Cristo no puede vivir una falsa unidad en la aceptación de absolutamente todo lo que dicta el mundo.

Hace unos 20 años se trasmitía un programa desde Argentina que fue llevado a toda Latinoamérica y Estados Unidos, no menciono su nombre porque en realidad era un programa non sancto. Pero había un sketch que se conocía como “tenés razón”. Era un hombre que se encontraba a charlar con sus amigos y todos terminaban por detestarlo porque si uno de ellos decía por ejemplo “es de día”, este personaje contestaba “tenés razón”, de inmediato otro de los amigos decía, “no, no es de día, es de noche”, a esta nueva afirmación contestaba “tenés razón”. Quería complacer a todos. Eso es lo que pasa con la Iglesia de hoy. Ha perdido el sabor, no tiene sal cuando estábamos llamados a ser la Sal y la  Luz de la tierra; y por eso ya casi no hay católicos. Obispos y cardenales se dedican a dar mini afirmaciones y fórmulas de vida en público tratando de no ofender a nadie. “Hay que ser inclusivos, no hay que ofender.” A veces en privado se atreven a decir que no están de acuerdo con un tema, pero dicen que no hablan para que no les mal interpreten y para no ofender a nadie. ¿Qué clase de pastor es ese, que prefiere no ofender en lugar de expresar claramente la doctrina de la Iglesia con respecto a un determinado asunto, duda, error o pecado? Prefieren crear nuevas teologías y tirar siglos de entendimiento, enseñanzas y disciplina para dar cabida a nuevos pensamientos y prácticas que están por fuera de la lógica del Evangelio, la doctrina y el depósito de la fe de la única Iglesia fundada por Dios; y se amparan por una falsa misericordia. La misericordia se recibe y la sanación también, cuando estamos dispuestos a admitir nuestros pecados, enmendar y renunciar a los mismos.

La Sagrada Escritura en palabras del mismo Jesús, nos enseña que, en el mundo sobre natural, también habrá una división:

“«Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y uno pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico… pero hasta los perros venían y le lamían las llagas. Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. «Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: “Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama.” Pero Abraham le dijo: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros.” «Replicó: “Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento.” Díjole Abraham: “Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan.” Él dijo: “No, padre Abraham; sino que, si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán.” Le contestó: “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite.”  

(Lc 16, 19-31)

Por tanto, pedimos a los pastores modernistas de la Iglesia que paren su discurso, que va algo así como:

“hay demasiada división… digamos no a la división y sí a la caridad. La división es intrínsicamente mala. Dejemos de mirar la paja en el ojo ajeno y miremos nuestra propia culpa, callémonos porque nosotros mismos somos pecadores. No debemos corregir a nadie porque nadie es perfecto. Seamos acogedores y démosles la bienvenida a todos sin mencionar tan siquiera la palabra pecado. Dejemos de ser odiosos y poco caritativos, seamos compasivos y démosle esperanza a la gente de que toda se va a salvar. No necesitamos hablar más del pecado, porque Dios es acogedor y perdona absolutamente todo, sin nuestro arrepentimiento ni tener que enmendarnos. Por lo tanto, grandes teólogos de nuestros tiempos han llegado a la conclusión de que el infierno no existe y por lo tanto Satanás no es nuestro peor enemigo y no quiere apropiarse de nuestras almas. Es más, Satanás no existe. Eso eso sólo un mito. Si todo lo enseñado por la Iglesia no es verdad, y todas las almas se salvan, pues entonces dediquemos nuestros esfuerzos a alimentar a los pobres. Es más importante la pobreza, no la del alma como decían los antiguos, no esa no. Es más importante llenar la barriga. Hablemos de lo importante que es prevenir el cambio climático, y a hablar de emigración (porque aquí entre nos, no nos va a quedar población porque como estamos matando a los niños y las parejas no tienen hijos, tema que tampoco es importante). Dejemos de hablar de penitencia, de oración, de sacrificio. Al fin y al cabo, qué más sacrificio que tener que preocuparnos por el calentamiento global que nos hará cambiar nuestras costumbres de vida, para proteger nuestra “MadreTierra” (no, la Virgen María no). Si todo esto no nos mantiene bastante ocupados, el ecumenismo y la inclusión de todas las creencias religiosas, es otro tema que nos debe ocupar profundamente, para no ofender a los demás. Pidamos disculpas, tratemos de que nuestra liturgia sea lo más parecido a las liturgias de las  iglesias hermanas cristianas para que el pobre Martín Lutero no se sienta ofendido en el más allá, hagámosle un homenaje porque él si que quería la unión verdadera y estuvo siempre en contra de la división. La fe católica lo que hizo hasta   hace cincuenta años, fue discriminar a las otras denominaciones cristianas y eso no es lo que quería Jesús, es más, incluso otras religiones no cristianas buscan al verdadero Dios y tenemos que acercarnos más y creer en su buena voluntad de que ellos también siguen al verdadero Dios, porque la voluntad de Dios era crear todas esas religiones. (Nueva Versión Bíblica Modernista 0, 0-0)

Sus Eminencias y Excelencias, con ese discurso, la cifra de los creyentes va a la baja. Han demostrado que La Iglesia Católica tiende a desaparecer en muchas regiones del globo. En el mejor de los casos, por su inoperancia, falta de arrojo, de mojarse y sacrificar sus posiciones. Pero lo que pareciera observarse, es que esto no es el simple resultado de una mala gestión, sino de un plan trazado a muy largo plazo. ¿Estaremos ante el final de los tiempos, la segunda venida de Jesús? Al final, sabemos en qué acaba la película y Jesús volverá triunfante como Él mismo nos lo advirtió, y junto con el Corazón Inmaculado de la Santísima Madre, como lo dijo en Fátima, triunfarán.

Miguel Serafín

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