Raíces: Hogar y patria

Gilmar nos presenta un tema muy interesante a la vez que bello: nuestras raíces, ¿Dónde están ubicadas? Sencillamente en el hogar, en la patria, ¿Qué sucede si no reconocemos nuestras raíces? Lo mismo que le sucede a las plantas, se marchitan.

“Raíces: Hogar y patria”, Gilmar Siqueira

<<I have become a pilgrim to cure myself of being an exile>>.

G. K. Chesterton. Manalive.

Es bastante corriente en nosotros un sentimiento más bien melancólico que nos asalta en muchos momentos de la vida: nos sentimos solos, aislados, extranjeros e incomprendidos en nuestro medio; y tal sentimiento, aunque fugaz, nos deja huellas en el alma mismo después de abandonarnos. Y las deja porque es real aunque lo tomemos por no más que una melancolía bochornosa. Ya lo sé que se ha dicho muchas veces que no hemos sido hechos para este mundo; pero una frase, aunque repetida en exceso, no deja de ser real.

Entonces tenemos que aceptar la paradoja: no hemos sido hechos para este mundo, pero estamos en él. En él nacemos, amamos y sufrimos hasta que la muerte nos lleva. Se compone nuestro ser tanto de carne como de espíritu: sin uno de estos dos elementos sencillamente no seríamos. Así amamos a nuestra tierra con todas las fuerzas que nos da la carne y, al mismo tiempo, sin dejar de amarla, intuimos que estamos de paso rumbo a lo que no perecerá.

Dijo Sheldon Vanauken que el cielo sería un regreso al hogar.

Cuando nos referimos al hogar, evidentemente, hablamos de nuestra casa, de nuestra tierra y de todas las personas que amamos, pues estas personas también son inseparables del hogar. Entonces se podría llamar absurda semejante comparación entre el cielo y el hogar, ya que éste no es más que una imagen humana y perecedera. Sin embargo, hace falta recordar que nuestros primeros padres han sido expulsados de su hogar a causa del pecado. Cristo fue quien nos enseñó el camino de regreso: Él mismo.

Pasamos entonces de exiliados a peregrinos. El pecado nos hizo exiliados, pero la gracia nos ha convertido en peregrinos.

Si no aceptamos la ruta de peregrinación no podremos regresar al hogar. Ocurre que esta ruta, siempre con Cristo a la cabeza, es distinta para cada uno de nosotros como son distintos nuestros hogares el uno del otro. Tenemos raíces muy específicas que nos atan a la tierra: raíces de sangre, amor, lágrimas y alegrías. Parte de lo que somos recibimos de nuestros mayores y de quienes elegimos para compartir nuestras vidas. El hombre habita en lo concreto, como dijo el profesor Rafael Gambra en El Silencio de Dios:

(…) el hombre, aunque razone, no vive en lo universal, sino que habita en lo concreto, y sólo a partir de lo concreto razona. Precisamente porque él mismo es individual y personal, crea lo concreto determinado y en ello se alberga y protege. De aquí que el conjunto de límites o determinaciones que forman el habitáculo humano sea el bien más precioso que cada hombre y cada generación debe conservar, porque le proporciona el sentido de las cosas y le preserva de la incoherencia y del esencial hastío.

El sentido de las cosas, de la propia vida del hombre, está atado a lo que él conoce y ha aprendido a amar. Porque a través de todo lo que ve y oye, de lo que ha recibido por la tradición, de lo que construye con el sudor de su frente, el hombre se re-conoce; a lo largo de la vida intentará formar su hogar, su albergue, como una prefiguración – o ícono – del hogar para el cual desea regresar un día. Dejemos que siga el profesor Rafael Gambra:

El sentido de las cosas tiene dos aspectos, uno espacial y otro temporal. La <<Tierra de los Hombres>> es mansión en el espacio y rito en el tiempo. El hombre construye su albergue en el espacio, y ese albergue posee límites, estancias, estructura. Y cada estancia, un sentido y también un misterio intransferible. Como cada flor es, en sí misma, la negación de las demás. Es la mansión histórica, hecha sustancia de la vida, lo que el hombre ama; no la construcción teórica, en serie, de la que sólo se sirve.

Hacer del hogar sustancia de la vida, de lo que buscamos, de lo que somos y podemos ser, de hasta dónde anhelamos llegar. Si vivimos en lo concreto tenemos raíces: no elegimos el suelo, el lugar ni tampoco las características más fuertes – buenas y malas – de esas raíces, pero simplemente las recibimos y entonces podemos aceptarlas o no. Sólo con la aceptación de nuestras raíces podremos, algún día, reconocernos y así encontrar nuestra auténtica ruta de peregrinación. Si las negamos o aborrecemos, estaremos negando a nosotros mismos y viviremos como el ciego de la pintura de William Kurelek, que tantea el caminho desde muy cerca pero sin poder verlo.

La aceptación de nuestras raíces es la única cosa capaz de hacernos mirar de nuevo al pasado, pero sin resentimientos.

Y de ahí emanarán los recuerdos más hermosos: los que seguían vivos en nuestra memoria y que sólo necesitaban un pequeño – pero crucial – estímulo para salir a la luz. Y con una dicha más serena que ruidosa veremos que tales recuerdos nos son preciosos como símbolos de quienes somos y queremos llegar a ser; no son como aquellos recuerdos de las cosas terribles que hemos hecho, de los cuales siempre decimos con terror: “¡Dios mío! ¿Cómo he podido actuar así?” Los recuerdos que vienen de la aceptación, sin embargo, son los que miramos con ternura: el niño de ayer y el hombre de ahora son el mismo, a pesar de las cicatrices.

Nuestras raíces nos indican cuáles son nuestro hogar y nuestra patria.

Aunque muchos no lo crean, si el hombre es cortado desde sus raíces también puede fenecer. Pero, de una manera distinta, el hombre puede cortar sus raíces sin moverse: le basta con no aceptarlas. Y un hombre sin raíces, siempre a medio morir, es muy atractivo para los que desean controlarlo; porque así no tendrá fuerzas ni ganas de luchar. Por eso los que ironizan el amor a la patria siempre hacen con que ella sea una cosa abstracta, ridícula, no más que una bandera o un pequeño punto en un grande mapa. Sin embargo, la única patria que existe es la concreta, porque la patria es el hogar.

Me viene a la memoria un episodio de la novela Morir Bajo tu Cielo, de Juan Manuel de Prada, en el que Guicay dice a su padre – el carlista Don Ramiro Garzón – que la patria era todo lo que ella amaba. Entonces su padre le preguntó qué era lo que ella amaba y la muchacha le contestó:

—Amo el suelo donde nací —respondió al fin—; amo la hacienda en la que me crié; amo mi casa, que es mi nido; amo la paz y la libertad que en ella siempre he respirado; amo los campos de abacá, los cocales, los árboles de mi jardín, donde aprendí algo de botánica; amo la escuela donde estudié de niña; amo a las hermanas que me enseñaron; amo el recuerdo de los estudios, las travesuras, los premios de aplicación y los cánticos que entonábamos en clase; amo aquel altar dedicado a la Virgen donde mi padre me enseñó a cantar la Salve y aquel otro dedicado al Sagrado Corazón donde recibí la primera comunión; amo las procesiones de la fiesta patronal y del Corpus; amo la lengua tagala, que me enseñó mi madre, con la que puedo expresar lo que siento; y amo la lengua española, que me enseñó mi padre, con la que puedo expresar lo que pienso…

—Se detuvo por un instante en su letanía, un poco intimidada por el recogimiento con el que la escuchaban todos—.

Amo las caricias de mi madre, que por desgracia me faltaron pronto, y el cementerio donde descansan sus restos. Amo, sobre todas las cosas y todas las personas, al comprometedor de mi padre, que me está haciendo pasar mucha vergüenza delante de estos señores y que aún seguiré amando… con la condición de que me pague un pasaje a España, porque quiero conocer los tranvías eléctricos de Madrid, que estoy empezando también a amar.

En la misma novela vemos a Teodorico Novicio, rebelde tagalo lleno de rabia e incapaz de aceptar sus raíces, que eran españolas y filipinas a la vez. Tampoco tenía el valor de reconocer sus propias contradicciones hasta que encontró la encantadora Sor Lucía. Sólo el amor por ella hizo con que Novicio encontrara un hogar:

Novicio miró el rostro amado de aquella mujer, en el que nunca podría copiarse, en el que nunca podría fundir su aliento. Pensó que aquel rostro era su única patria.

—Entonces me echaré otra vez al monte —respondió. Y recordó al morisco Ricote —: Es tan dulce el amor de la patria…

La patria – el hogar – es la vieja casa de los padres, la madre horneando el pan, el padre llegando con el leche, los abuelos diciendo lo que en su tiempo era mejor y el rostro de la amada que queremos contemplar desde aquí hasta la eternidad.

Gilmar Siqueira

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Feo, católico y sentimental