No hay salvación fuera de la Iglesia

Nos hemos encontrado este artículo en el blog de Pedro Luis y nos ha parecido más que interesante su lectura, ¿Vds. creen que no hay salvación fuera de la Iglesia o ni siquiera piensan en esto?

“No hay salvación fuera de la Iglesia”, Pedro Luis Llera

Muy importante y necesario el artículo que publica Luis Fernando Pérez Bustamanteen su blog sobre la, al parecer, próxima canonización del Beato Henry Newman. Según escribe Luis Fernando, el cardenal dejó escrito que tenía la convicción de que si seguía siendo anglicano, se condenaría; o sea, aceptó el dogma “Extra ecclesiam, nulla salus”.

Extra Ecclesiam nulla salus es un dogma de fe; es decir, una verdad incuestionable y que todo católico debe aceptar. No es una verdad opinable, cuestionable o relativa. No. Y este dogma no ha sido derogado ni puede serlo. La verdad es la verdad siempre. Porque algunos aducirán que esto suena a medieval, a inquisición, a fanatismo, a integrismo, a intolerancia… Ya sé que esto en la sociedad liberal apóstata no se entiende. Ya sé que esto no es “políticamente correcto”. Ya sé que al mundo de hoy no le gusta escuchar la verdad. Pero cuando algo es verdad, es verdad. Y la verdad es la misma en el siglo XIII y en el XXI. Los dogmas no evolucionan. Pueden ser profundizados, pero no cambiados. Puede que alguien no los entienda, pero debe aceptarlos por fe. Nuestra obligación es llevar a todas las almas a Cristo para que se salven y tengan vida en abundancia. El cristiano tiene la obligación, por caridad – por puro amor – de curar las heridas del hombre que está tirado en la cuneta de la vida por culpa del pecado. No hay mayor amor que ese. Pero el amor no se impone ni la fe tampoco. Por eso no cabe fanatismo alguno. Pero tampoco podemos ocultar la verdad ni mucho menos, avergonzarnos de anunciar a Cristo. Lo que para el mundo sería un acto de soberbia y de prepotencia (“¡qué se habrán creído estos católicos! ¡Cómo pueden pensar que solo ellos se pueden salvar!”), en realidad es un acto de profunda humildad y de caridad: Extra ecclesiam nula salus significa que nosotros somos de Cristo, que Él es el Señor de nuestra vida y que sólo Él nos puede salvar a todos. La Iglesia no pretende excluir a nadie. Al contrario: a todos acoge con amor de madre. La Iglesia tiene las puertas abiertas para quien quiera entrar y recibe con los brazos abiertos a todos los que quieran acercarse a ella.

Pero no da igual ser católico que budista. No todas las religiones son iguales. No todas las religiones son verdaderas. Tampoco da igual ser católico que luterano u ortodoxo. No es lo mismo. La Iglesia Católica es la fundada por Jesucristo. Es la Iglesia de los apóstoles. Ser católico es ser discípulo de Cristo y ser discípulo de Cristo implica aceptar la verdad revelada a través de las Sagradas Escrituras y de la Tradición de la Iglesia.

Se lo trataré de explicar de la manera más sencilla posible. Yo no soy teólogo: soy un simple laico con alguna lectura, posiblemente mal asimilada. Pero les voy a tratar de explicar el dogma de que no hay salvación fuera de la Iglesia de la manera más sencilla posible.

Dice Jesús:

“Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará.” 
Marcos 16

Creo que esto queda claro. La Iglesia – los apóstoles – deben proclamar el Evangelio a toda la creación. Y deben bautizar a los que crean. El que cree y se bautiza se salva. Y el que no crea, se condenará. O sea que nuestra salvación depende de la aceptación de la verdad del Evangelio y del bautismo.

El bautismo es el sacramento que nos incorpora al Cuerpo Místico de Cristo: a la Iglesia. Por el bautismo nos convertimos en hijos adoptivos de Dios y el Señor siembra en nosotros la semilla de la fe. Por el bautismo somos hombres nuevos, libres del pecado original, aunque no de sus consecuencias (la concupiscencia de nuestra naturaleza herida que nos inclina al mal). El bautismo nos da la gracia santificante.

¿Pero no somos todos “hijos de Dios”? No. Somos todos criaturas de Dios; es decir, todos somos creados por Dios a su imagen y semejanza. Pero el pecado original nos apartó de Dios, nos enemistó con el Creador. Porque el pecado original es creernos que nosotros somos Dios, que nosotros podemos desobedecer a Dios y despreciar sus mandamientos. El pecado original consiste en autodeterminarnos de Dios, en apartarnos de Él y decidir hacer lo que nos dé la gana, al margen de Dios o directamente contra Dios. Yo puedo decidir libremente mentir, ser infiel a mi esposa y repudiarla, asesinar, blasfemar, robar… Por el pecado original entra en el mundo el mal, la corrupción, el dolor, el sufrimiento y la muerte. La soberbia y el orgullo del hombre que decide contravenir los mandamientos de Dios son el origen de todos los males. Quiero hacer mi voluntad y no estoy dispuesto a obedecer a Dios: “non serviam”. El pecado nos convierte en esclavos de Satanás y en enemigos de Dios.

El concepto de pecado original es fundamental en la antropología cristiana. Si prescindimos de él, caemos fácilmente en la falacia rousseauniana que predica que el hombre es bueno por naturaleza y que es la sociedad quien lo pervierte. De ahí vienen la teoría del buen salvaje, Tarzán, El Libro de la Selva, etc., etc. Y, efectivamente, el hombre fue creado bueno. Pero el pecado original ha dañado la naturaleza humana y nos inclina al mal. Por eso San Pablo dice:

No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero: eso es lo que hago. Y si lo que no quiero, eso es lo que hago, ya no soy yo el que lo hace, sino el pecado que hay en mí. Quiero hacer el bien, y me encuentro haciendo el mal.” 
Romanos 7

Ese es el efecto del pecado original en nuestra naturaleza humana: hago el mal que no quiero y no el bien que quiero. Lo dice el Catecismo:

407 La doctrina sobre el pecado original —vinculada a la de la Redención de Cristo— proporciona una mirada de discernimiento lúcido sobre la situación del hombre y de su obrar en el mundo. Por el pecado de los primeros padres, el diablo adquirió un cierto dominio sobre el hombre, aunque éste permanezca libre. El pecado original entraña “la servidumbre bajo el poder del que poseía el imperio de la muerte, es decir, del diablo” (Concilio de Trento: DS 1511, cf. Hb 2,14). Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres.

Cuando vemos a nuestros alumnos en el colegio cada día, efectivamente, vemos hijos de Dios, creados a su imagen y semejanza; amados y queridos por Dios: por supuesto. Pero si olvidamos que su naturaleza está dañada por el pecado original, haremos el tonto y cometeremos graves errores. ¿Por qué no estudian lo suficiente? ¿Por qué se insultan o se agreden entre sí? Cualquiera que dé clase sabe y sufre cada día las consecuencias del pecado original. Una educación católica que prescinda del concepto de pecado original y de la necesidad de la gracia de Dios para liberarnos del mal, estará abocada al fracaso.

No es verdad que el hombre se autodetermine por sus acciones: si haces cosas buenas te vuelves bueno y si haces cosas malas, te vuelves malo. Eso es lo que propugnan ciertas antropologías personalistas. El hombre es libre, pero el pecado original nos ha dejado heridos en nuestra naturaleza. Tendemos al mal que no queremos. Por eso la vida cristiana es una lucha constante contra el mundo, el demonio y la carne; un camino de perfección que es una senda estrecha y que solo podremos recorrer con éxito hasta llegar a nuestro destino en el cielo con la ayuda de la gracia de Dios. Para eso vino Dios al mundo: para liberarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte.

No echemos la culpa a Dios o a “la sociedad” de nuestros males, de nuestros sufrimientos, del dolor, de la enfermedad, de la muerte… La culpa es nuestra: no de Dios. Dios quiere que el hombre viva. Dios ama al ser humano. Dios ama a cada una de sus criaturas, porque somos obra de sus manos. Pero Dios aborrece el pecado y la muerte es su consecuencia. Dios aborrece el egoísmo, aborrece los vicios, aborrece la mentira, aborrece la muerte. Porque Dios es la Verdad, es la Vida, es el Amor.

Y Dios quiere que todos nos salvemos y vivamos en plenitud. Por eso, llegada la plenitud de los tiempos, Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros; igual que nosotros en todo, menos en el pecado. Dios se hace hombre para salvarnos del pecado y de la muerte. No vino a cambiar los Mandamientos, sino a llevarlos a plenitud. Cristo no cambia la ley de Dios, sino que nos enseña a guardarla y nos da su gracia para que seamos capaces de cumplirla. El Verbo se hace hombre, como uno de nosotros, en la persona de Jesús de Nazaret. Dios quiere liberarnos de la esclavitud del pecado, quiere librarnos del mal y de la muerte.

En la Antigua Alianza, el signo de la liberación era el sacrificio de animales, que el sacerdote sacrificaba en el Templo, para pedir perdón por nuestros pecados. En la Pascua, los judíos sacrificaban el cordero como signo de ese Dios que pasa y libera al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto.

Ahora, Cristo es el Cordero de Dios que se sacrifica para liberarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte. A partir de la cruz, ya no tiene sentido que sacrifiquemos animales. Él es el Cordero. Y Cristo entrega su Cuerpo y derrama su preciosísima Sangre para que nosotros podamos salvarnos y liberarnos de la esclavitud del pecado. ¡Dios mismo muere de amor por nosotros! Cristo muere y resucita. Y sube al cielo. Pero se queda sacramentalmente con los suyos en la Santa Misa. El mismo sacrificio de la cruz se actualiza en cada Eucaristía. Y su cuerpo y su sangre se nos da como alimento para la vida eterna. Por eso, la Misa es el cielo en la tierra. Pero para poder unirnos a Cristo, para poder vivir unidos a Él, para ser suyos, tenemos que tratar de vivir con coherencia. Para poder comulgar, tenemos que estar en gracia de Dios. No se puede comulgar en pecado mortal.

La gracia santificante que Dios nos da en el bautismo la perdemos cuando cometemos un pecado mortal; es decir, cada vez que incumplimos sus mandamientos. Cada vez que, en lugar de vivir según el mandamiento del amor, caemos en el egoísmo, en la mentira; cada vez que robamos, que matamos, que incumplimos nuestro juramento de fidelidad a nuestras esposas o esposos… El pecado es no amar. El pecado es traicionar a Dios – incumpliendo sus mandamientos – y a los hermanos – cuando en lugar de amarlos y servirlos, queremos que sean nuestros siervos, queremos aprovecharnos de ellos, utilizarlos como objetos para proporcionarnos placer a nosotros mismos…

Y la única manera de recuperar la gracia santificante es la confesión sacramental: arrodillarse ante el Señor, llorar a sus pies, arrepentidos para implorar su perdón y su gracia para no volver a pecar.

Ser santo no es ser Superman. Nosotros no podemos liberarnos del pecado por nuestras propias fuerzas. El pecado lo quita Cristo. Y Él nos va dando la gracia para que vayamos creciendo en santidad poco a poco (o de golpe, porque Dios actúa como quiere, cuando quiere y donde quiere). La vida es un peregrinaje, un camino hacia el cielo. Caemos y Cristo nos vuelve a levantar. Lo que hace falta es que nosotros queramos que Cristo nos levante y nos devuelva la dignidad de hijos de Dios. Porque muchos están encantados de vivir arrastrándose por el suelo como los gusanos. Hay muchos desgraciados que viven sin la gracia de Dios y por lo tanto, son profundamente infelices. Y hay muchos desalmados que echan a perder su alma por sus pecados y actúan con crueldad inusitada; seres inhumanos que se comportan como bestias inmundas: violadores, asesinos, torturadores… Los desgraciados y desalmados, los viciosos y violentos, provocan dolor y muerte. Y si no se convierten, se condenarán a las penas del infierno para toda la eternidad. Por eso es tan importante que llamemos a tiempo y a destiempo a la conversión de los pecadores: empezando por nosotros mismos, obviamente. Todos somos pecadores. Todos estamos en proceso de conversión. Pero todos estamos también en riesgo inminente de santidad. Dios quiere que todos nos salvemos. Para eso, el Señor nos dejó el sacramento de la confesión:

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

– «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

Juan 20

Los sucesores de los apóstoles reciben el Espíritu Santo para que puedan perdonar nuestros pecados. Pero muchos no quieren convertirse. No quieren ser perdonados. No quieren reconciliarse con Dios. Prefieren seguir regodeándose en su inmundicia. Prefieren la esclavitud del pecado que la libertad que Dios les ofrece. Esa esclavitud del pecado en la que viven tantos es el origen de lo que se ha venido en llamar la “cultura de la muerte”: aborto, eutanasia, divorcio, pornografía, prostitución, terrorismos, violencias, excluidos, paro, pobreza…

Ahora bien, para quienes no quieren convertirse Cristo habla con mucha claridad:

“Y cualquiera que no os reciba ni oiga vuestras palabras, al salir de esa casa o de esa ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies. En verdad os digo que en el día del juicio será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma y Gomorra que para esa ciudad.”

Todos aborrecemos el mal, la injusticia, la mentira, el dolor, la muerte… Porque en nuestra naturaleza llevamos inscrita la ley de Dios y todos ansiamos la felicidad, la justicia, la paz, el bien y la verdad. Todos deseamos un mundo habitable y justo. Todos. Solo que algunos se dejan cegar por los cantos de sirenas del hedonismo y de las ideologías que les proponen proyectos de redención pseudomísticos que les prometen el cielo en la tierra sin necesidad de Dios. Y esos proyectos pseudorredentores son mentiras que no conducen al bien y a la felicidad, sino a más muerte. Porque nosotros nos podemos salvarnos a nosotros mismos: solo Dios nos salva. Las ideologías son estructuras de pecado que pregonan la soberbia del hombre y su orgullo: yo me salvo solo.

Nosotros solo podemos alcanzar la salvación desde la humildad: yo no puedo nada y solo Dios lo puede todo. “Hágase en mí según tu palabra”. “Hágase tu Voluntad en la tierra como en el cielo”. El camino de la felicidad verdadera es el de la humildad: el de María. “Mi alma se alegra en Dios, mi Salvador, que se ha fijado en la humildad de su sierva”. Y Dios la llena de su Gracia. Dejémonos llenar nosotros de la gracia de Dios para ser santos y humildes según el ejemplo de María.

En resumen: solo la Iglesia Católica es la verdadera Iglesia de Cristo. Cristo vive en cada sagrario. Él se hace presente en la Eucaristía. Él perdona nuestros pecados por el bautismo y por la penitencia. Él nos da la gracia para que podamos cumplir sus mandamientos y ser santos. Sólo unidos a Él, en comunión con Él, podemos vivir amando a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. No se trata de hacer muchas cosas: se trata de dejarse transformar el corazón por la gracia de Dios. Nosotros viviremos la caridad en la medida en que esa Caridad, que es Dios, habite en nosotros. Y para que Dios habite en nosotros, tenemos que estar en estado de gracia. Y esa dignidad de hijos de Dios nos es dada a través de los sacramentos de la Iglesia.

Nuestras heridas personales y las heridas del mundo tienen una causa: el pecado. Dejemos que las llagas de Cristo curen nuestras heridas. Dejemos que Cristo nos salve. Dejémosle habitar en nuestro corazón. Abramos las puertas a Cristo. No hay otro Salvador que Jesucristo, que es la cabeza de Iglesia. Fuera de la Iglesia no hay salvación.

Empezábamos hablando de John Henry Newman y quiero acabar con una cita de uno de sus sermones que me llegó providencialmente por Whatsapp:

«Viendo a la muchedumbre, sintió compasión, porque erraban como ovejas sin pastor» Mirad a vuestro alrededor, hermanos: ¿por qué hay tantos cambios y luchas, tantos partidos y sectas, tantos credos? Porque los hombres están insatisfechos e inquietos. ¿Y por qué están inquietos, cada uno con su salmo, su doctrina, su lengua, su revelación, su interpretación? Están inquietos porque no han encontrado…; todo esto todavía no les ha llevado a la presencia de Cristo que es «la plenitud de la alegría y la felicidad eterna» (Sal. 15,11). Si hubieran sido alimentados por el pan de la vida (Jn 6,35) y probado el panal de miel, sus ojos se habrían vuelto claros, como los de Jonatan (1Sm 14,27) y habrían reconocido al Salvador de los hombres. Pero no habiendo percibido estas cosas invisibles, todavía deben buscar, y están a merced de rumores lejanos…

Triste espectáculo: el pueblo de Cristo errante sobre las colinas «como ovejas sin pastor». En lugar de buscarlo en los lugares que siempre frecuentó y en la morada que estableció, se atarean en proyectos humanos, siguen a guías extranjeros y se dejan cautivar por opiniones nuevas, se convierten en el juguete del azar o del humor del momento y víctimas de su propia voluntad.
Están llenos de ansiedad, de perplejidad, de celos y de alarma, «hechos bambolear y llevados por todo viento de doctrina, por la astucia de los hombres y su propia astucia que se equivoca en el error» (Ef 4,14). Todo esto porque no buscan el «Cuerpo único, el Espíritu único, la única esperanza de su llamada, el único Señor, la fe única, el bautismo único, el Dios único y Padre de todos» (Ef 4,5-6) para «encontrar el descanso de sus almas» (Mt 11,29).


PS. Antes de que empiece nadie a bombardear con matizaciones, queda claro que acepto cuanto el Concilio Vaticano II señala respecto a la ignorancia insalvable y todas las demás excepciones a la norma general. Como dice el Catecismo:

846 ¿Cómo entender esta afirmación tantas veces repetida por los Padres de la Iglesia? Formulada de modo positivo significa que toda salvación viene de Cristo-Cabeza por la Iglesia que es su Cuerpo:

El santo Sínodo […] «basado en la sagrada Escritura y en la Tradición, enseña que esta Iglesia peregrina es necesaria para la salvación. Cristo, en efecto, es el único Mediador y camino de salvación que se nos hace presente en su Cuerpo, en la Iglesia. Él, al inculcar con palabras, bien explícitas, la necesidad de la fe y del bautismo, confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que entran los hombres por el Bautismo como por una puerta. Por eso, no podrían salvarse los que sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella» (LG 14).

847 Esta afirmación no se refiere a los que, sin culpa suya, no conocen a Cristo y a su Iglesia:

«Los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna (LG 16; cf DS 3866-3872).

848 «Aunque Dios, por caminos conocidos sólo por Él, puede llevar a la fe, “sin la que es imposible agradarle” (Hb 11, 6), a los hombres que ignoran el Evangelio sin culpa propia, corresponde, sin embargo, a la Iglesia la necesidad y, al mismo tiempo, el derecho sagrado de evangelizar» (AG 7).

Pedro Luis Llera

Pueden leer el artículo original en la página de Pedro Luis: Blog Santiago de Gobiendes

¿Quieren conocer a Pedro Luis a fondo? En Marchando le hicimos esta entrevista, les invitamos a leerla:


*Se prohíbe la reproducción de todo contenido de esta revista, salvo que se cite la fuente de procedencia y se nos enlace.

 NO SE MARCHE SIN RECORRER NUESTRA WEB

Marchandoreligión  no se hace responsable ni puede ser hecha responsable de:

  • Los contenidos de cualquier tipo de sus articulistas y colaboradores y de sus posibles efectos o consecuencias. Su publicación en esta revista no supone que www.marchandoreligion.es se identifique necesariamente con tales contenidos.
  • La responsabilidad del contenido de los artículos, colaboraciones, textos y escritos publicados en esta web es exclusivamente de su respectivo autor
Pedro Luis Llera

Pedro Luis Llera

Pedro Luis Llera: Asturiano. Trabajo para la Fundación Educatio Servanda. Dirijo el Colegio Juan Pablo II - Santo Ángel de Puerto Real (Cádiz), de la Fundación Educatio Servanda Cádiz y Ceuta. Miembro de la academia Juan Pablo II por la vida y la familia. Condecorado con la Gran Cruz de Caballero de Santiago por la Asociación de Guardias Civiles Marqués de las Amarillas en 2011, por apoyar a la víctimas del terrorismo. Escribo en el portal de información religiosa InfoCatólica en el que gestiono un blog de apologética cristiana al que he llamado “Santiago de Gobiendes”: http://www.infocatolica.com/blog/gobiendes.php Colaborador como articulista en medios como Análisis Digital, Forum Libertas o Camineo.info.