John Senior: un maestro

Sólo leer el título, uno ya está deseando leer el artículo, ¿verdad? Nuestro querido Gilmar nos lleva al paraíso literario de Senior, no hace falta decir más.

“John Senior: un maestro”, Gilmar Siqueira

“Los principios generales de cualquier estudio puedes aprenderlos de los libros en casa, pero el detalle, el color, el tono, el aire, la vida que la hace vivir en nosotros, debes capturar todo esto de aquellos en los que ya vive”

John Henry Newman. The Idea of a University.

Hay una palabra en español que, desde que he podido comprender su sentido, me ha cautivado: esta palabra es maestro. Porque en español me parece que todavía guarda sus reminiscencias medievales, es decir, el maestro es el autor de una obra maestra que colma sus esfuerzos como discípulo a la vez que es prueba de fuego para aquella específica vocación. Así se puede tratar de maestros a El Greco, Domingo Ortega, Juan Manuel de Prada y Rafael Gambra, por ejemplo. Pero, al mismo tiempo – y esto también me encanta –, el maestro es quien imparte las clases a los chavales en la escuela.

Ocurre que el maestro es siempre un profesor, aunque cada uno lo sea a su manera.

Y el norteamericano John Senior, nacido en Nueva York en el año 1923, es un buen ejemplo de qué quieren decir los españoles cuando tratan a alguien por maestro. Claro, como dije John Senior nació y creció en la gran ciudad de Nueva York; lo que pasa es que, a los 13 o 14 años, tomó una decisión que ya por entonces daba muestras de su personalidad e inclinaciones: dejó su casa, oculto de sus padres, para convertirse en un vaquero. Sí, en un vaquero, como aquellos de las historias que tanto le habían cautivado. Tuvo la suerte de encontrar un buen hombre que le llevó a su rancho bajo la condición de que llamara a sus padres para decir donde estaba y pedirles permiso. Tras muchas negociaciones le pidieron que por lo menos volviera para terminar sus estudios y luego verían qué pasaría. Así que regresó John Senior a la ciudad e incluso hizo carrera universitaria; pero aquella experiencia en el rancho con los vaqueros sería ya imborrable.

Al paso de los años sus inquietudes iban en aumento y llegó a acercarse al marxismo, que no le satisfizo. Lector infatigable, llegó a Santo Tomás a través de citaciones de Ananda Coomaraswamy. Y se sorprendió porque Santo Tomás hablaba de la realidad, del orden de las cosas, de la experiencia concreta; tan concreta como aquella que tuvo con los vaqueros en el rancho: ¡entonces aquella era la realidad! Desde ahí el camino hacia la Iglesia Católica fue inevitable. Cierto día, tomada la decisión definitiva, le dijo al sacerdote que había leído a Santo Tomás y a San Agustín y que deseaba ser recibido en la Iglesia; el cura entonces le enseñó un catecismo y le preguntó si ya lo había leído. Más o menos así le contestó Senior: “¡pero si es el mejor libro que he leído en mi vida!”

Su gran preocupación, desde entonces, no fue traer a todo el mundo a la Iglesia de la noche a la mañana.

Como profesor que ya era, veía muy claramente el estado caótico en que vivían sus alumnos y compañeros profesores – porque lo vivió él mismo –, un estado de deshumanización. El suelo de sus almas estaba tan desarraigado que fatalmente sería estéril para las grandes ideas:

El estudio de la filosofía y la teología no curan una imaginación enferma, y cualquiera con una imaginación enferma es incapaz de estudiar filosofía y teología. Las popularizaciones como las de Gilson o Maritain, aunque sean saludables, son insuficientes. Comenzaron una moda neoescolástica que, como las otras modas, se agotó y desapareció, porque el estudio apropiado de estos temas presupone una inmersión en la cultura cristiana. A pesar de una vida de estudio de Santo Tomás, Maritain mismo, cegado por el deseo, cayó en los mismos errores que había refutado en otros.

El alejamiento de la realidad, la falta de raíces humanas (el desarraigo, que dirá Rafael Gambra en El Silencio de Dios) degenera en un tedio supremo, que aborrece al ser mismo, a todas las cosas creadas. La creación se vuelve un absurdo, como una burla negra de algo extraño como el destino, que simplemente echa a los hombres en el mundo para que sufran y luego desaparezcan. El que padece el tedio supremo odia:

La palabra ennui (tedio) deriva del latín “in odium”, de una raíz que significa al mismo tiempo “odiar” y “apestar”. El aburrimiento modernista no es el agotamiento que sigue tras el exceso, como en Byron; es el disgusto positivo, y, finalmente, el odio de la misma existencia. Para los modernistas el mundo no es un accidente, como la ciencia hizo creer a los hombres de la Ilustración y desesperar a los hombres de la era romántica. El mundo es más bien un truco deliberado, malicioso y muy sucio. Todo lo que es, está mal, y la única salvación está en la destrucción.

Leí una vez, creo que en Gustavo Corção, que el diablo era conocido como el mono de Dios, es decir, que intenta imitar al Creador, pero el resultado es siempre todo lo contrario. Así, de todo lo que existe es bueno, pasamos a todo lo que existe es malo. Para que alguien pueda creer en semejante cosa tan firmemente, tiene que negar todo lo que ve delante de sus ojos y probablemente todo lo que ha experimentado en su vida. Su imaginación tiene que estar completamente enferma. Y no lo digo yo como quien apunta un dedo hacia lo ajeno, como un puritano: una imaginación enferma es, ante todo, algo triste; en el tiempo que nos ha tocado vivir, parece que nadie se escapa de esa enfermedad. Pero dejémoslo así y marchemos a otro punto: ¿Hay algo que se puede hacer? ¿Qué tiene que ver la literatura con la imaginación y el cultivo de nuestras almas?

La literatura es el buey de la cultura, su bestia de carga. Sin ella no tenemos forma de transportar la cultura. Hoy en día todos sufrimos penosamente de un amplio vacío que nos deja a merced del primer fraude que se sale de los márgenes de nuestra especialidad, el cual, decorado con frases extranjeras y gotas diseminadas de imágenes exóticas, se presenta a sí mismo como el nuevo diluvio, y allí tenemos sobre las ruinas de la cultura real el triunfo de la ignorancia, el nuevo barbarismo que se presenta como el eje del hombre de confianza enciclopédica que engaña a la mayoría de la gente la mayoría del tiempo y que muy frecuentemente, rodeado de tontos aduladores, se engaña a sí mismo, añadiendo de ese modo una sinceridad desagradable a la decadencia general.

Quedémonos con esta frase: “la literatura es el buey de la cultura, su bestia de carga”. Es precisamente por ella, gracias a las experiencias comunicadas a lo largo de los siglos, que podemos nosotros también darles una forma concreta a las experiencias de nuestras vidas: y a la vez que las damos una forma, las compredemos. Todos saben como es maravilloso encontrar en un autor la descripción perfecta de algo que sentimos pero que hasta entonces éramos incapaces de atribuirle un nombre; muchas veces traducimos a tal sentimiento como “angustia” y la cosa se queda ahí, pero sin resolver. Entonces leemos a un poema o a una novela y todo está allí. Y, aunque nuestro sentimiento sea bastante malo, por lo menos lo compredemos, sabemos a partir de entonces qué nombre tiene y de dónde viene. Como dijo el poeta Luis Rosales, “escribimos para vivir, para saber en lo que ha consistido nuestra experiencia”. Pero, ¿por donde empezar? Esto también nos lo dice el maestro:

Debemos trabajar muy duro para restaurar, primero en nosotros mismos y luego, por influencia, en otros, lo opuesto a esa “búsqueda furiosa del placer que culmina en el deseo real del horror y el placer de la muerte”, y que es la búsqueda de la verdad, que culmina en el deseo real por la belleza y el placer de la vida.

Voy a contaros una cosa: mi primera impresión mientras leía La Muerte de la Cultura Cristana –impresión que creció a lo largo de la lectura – fue de que estaba delante de algo escrito por un santo. Claro, ¿qué es lo que entiendo yo de la santidad? Nada, desde luego, pero no voy a negar que quedé bastante contento cuando el profesor Anthony Esolen – uno de los muchos y grandes discípulos de John Senior – dijo que su legado es el de un santo. El maestro sabía – gracias a su admiración por John Henry Newman – que el profesor también tiene que empezar por sí mismo: es que solamente amando y viviendo concretamente lo que enseña será capaz de infundir el mismo amor en sus alumnos:

Y los profesores deben comenzar ellos mismos. Con enseñar pasa lo mismo que con cualquier vocación, buena o mala: es la persona la que lo hace. Nadie aprendió más por un método, del mismo modo que nadie muere más por haber sido asesinado con un arma de fuego o un cuchillo. Somos enseñados y asesinados por personas que pueden o no usar varios instrumentos. Entonces la primera regla de un profesor, como en el caso de cualquier persona, es ser alguien digno de su vocación, tener una “dignidad” apropiada, lo que en su raíz latina significa “merecimiento”, y de ninguna manera implica que deba actuar como un sepulturero. Existe una dignidad apropiada para enterrarnos y otra para alzar a los jóvenes. Me refiero al merecimiento apropiado del trabajo, y para el profesor de Lengua o de los Clásicos esto significa una alta seriedad acerca de la lengua y de la literatura, en presencia del cual no ocurren faltas de disciplina o respeto, simplemente como forma de cortesía. Ocurre que este cliché es cierto: si uno quiere enseñar algo, debe tener ese algo. Si la poesía no es parte de tu vida, ningún método en el aula creará ex nihilo el amor por la poesía en tus estudiantes. Recordemos el famoso dicho de San Agustín: “Ama a Dios y haz lo que quieras”. Se abre a abusos, pero la verdad esencial permanece. La misma máxima se aplica a lo que llamamos “idioma”: ama la literatura y haz lo que quieras.

Un maestro no enseña en abstracto, sino que también con su vida y su ejemplo: para infundirle a alguien el amor, primero hay que amar. A los que estamos todavía algo perdidos, la presencia y el amor del maestro por su vocación – su auténtica y arraigada vivencia, su fe encarnada y no flotante (como dijo el Padre Castellani) – es capaz de hacer despertar en nosotros nuestra vocación y el ardiente deseo de vivirla: porque la vocación no es tan solo lo que se hace, sino que es la vida enteramente considerada. Y así se empieza a amar todo lo que es.

Gilmar Siqueira

Todas las citaciones para este artículo las he tomado de La Muerte de la Cultura Cristiana en la traducción de Esteban Trento y Carlos Rafael Domínguez. El libro ha sido editado por Editorial Vórtice y se puede encontrar en www.vorticelibros.com.ar

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Gilmar Siqueira

Gilmar Siqueira

Feo, católico y sentimental