Rafael García Serrano: explorador de paisajes sin nombre

Hoy, nuestro querido Gilmar, nos trae el nombre de un escritor que, a día de hoy, pretender sumergir en el olvido, pero sus textos siguen vivos: Rafael García Serrano, ¿Se animan a un rato de buena lectura? ¡Les invitamos a saborear este artículo!

“Rafael García Serrano: explorador de paisajes sin nombre”, Gilmar Siqueira

<<(…)Quisiera ser orilla de flores de ribera,

por irte acompanhado, por irte embelezando.

El paisaje sin nombre de tus ojos perdidos,

el água para el sitio último de tus lábios(…).>>

Juan Ramón Jiménez. A Filomena, Blanca y Rubia, Como Luna con Sol.

Los versos citados han acompañado a Rafael García Serrano, escritor nacido en Pamplona en el año de 1917, a lo largo de toda su vida. Y con razón: toda su obra, considerada por algunos como incitación al combate, fue la contemplación de númerosos paisajes sin nombre vislumbrados en todos los ojos perdidos que encontró durante su vida. Ojos lánguidos de camaradas muertos en la Guerra Civil, de hombres maduros con esperanzas renovadas, de mujeres enamoradas que, a la vez que comprendían el deber de sus amados, lloraban en silencio y pedían a la Virgen que los guardara. Porque la guerra que ha dividido España, que ha dividido a los españoles, fue el escenario de la vida y de los escritos de Rafael García Serrano.

Pero la división, claro está, empezó antes. Y, en la alborotada Madrid de la Segunda República, el joven García Serrano oyó por la radio el discurso de José Antonio en el Teatro de la Comedia: fue lo que le bastó para abandonar la militancia de izquierdas y entregarse a la Falange. Fue una entrega para toda la vida porque nunca oculto ni dejó hacia un lado tanto el yugo y las flechas como su estrella de alférez provisional, que llevó mientras combatía por el Bando Nacional. Y tal lealtad le costó muy caro: hoy es un escritor casi olvidado y, cuando no, llamado de facha por gente que probablemente ni se da al trabajo de abrir sus libros. Pero también, en honor a la verdad, es duramente criticado por muchos que lo han leído: y ello porque el ideal falangista, el anhelo por una patria renovada y por el heroísmo, se hace presente en todas sus novelas. Es algo que se ve desde un principio en la primera obra que ha publicado: Eugenio o Proclamación de la Primavera (1938). El personaje principal, aunque tuviera el mismo nombre de un camarada del autor, no era un individuo concreto, ni siquiera totalmente verosímil. Eugenio era el muerto, sí, el muerto, “que yo – que cada uno de nosotros – hubiera querido ser”.

Porque Eugenio, el bien engendrado, fue un arquetipo de héroe para toda aquella generación de jóvenes falangistas. Desde el primer capítulo podemos ver ejemplos de bravura, exaltación y de una abnegada capacidad de sacrificio. Es ya en el inicio del libro que Eugenio “elige” su muerte: una muerte de soldado, de cara al sol, porque no podría soportar seguir viviendo en aquella España que veía llena de podredumbre y también porque, de alguna manera, presentía que iba a morir. Pero, aunque no lo pareciera, Eugenio era humano y se enamoró. El autor nos cuentra que encontró su amada como Leandro encontró a Hero.

Sin embargo, también ese amor fue una preparación para la muerte:

O sea que ya no existe el problema dulce de la personal primavera. Por cesión trágica, Eugenio otorga su personal primavera a cambio de la primicia de la sangre. Dios haga, Eugenio, camarada el bien engendrado, que la tuya sea fecunda. Eugenio ha dado el ejemplo a todos nuestros jóvenes camaradas que abandonan la novia por salir a buscar la cita arriesgada del peligro, que es más fuerte y más deseado en la hora de la vencida.

Eugenio abandonó su primavera personal por otra que le transcendía. Rafael García Serrano empezó a escribir el Eugenio en 1936 y lo leyó para sus camaradas. Creo que se puede imaginar el efecto que semejante lectura ha producido en todos aquellos chavales sinceramente inquietos y entusiastas. Porque el personaje era como ellos, como el propio Rafael, pero en un estado de exaltación casi sobrehumano. Es interesante como, en La Fiel Infantería (1943), el personaje Ramón – otro joven falangista – es alguien que a todo momento intenta hacer con que los otros comprendan las razones por las que habían entrado en la guerra. Ramón deseó ardientemente una muerte en combate, como un héroe, pero acabó atrapado por la tuberculosis y retirado del campo de batalla para morir en un hospital. Ramón también era como Rafael: era, quizá, el Rafael que pudo haber sido con el fin que el escritor pudo haber encontrado. Me parece que Ramón encarna de una manera más rotunda las esperanzas del joven falangista Rafael – que descubrió padecer la tuberculosis durante la Batalla del Ebro – y las lleva a las últimas consecuencias sus frustraciones de convaleciente. Ramón pensaba demasiado en sí mismo, en sus ambiciones:

Ramón vivía convencidísimo de que Dios pensaba en él cada minuto, porque también oía en sí mismo el hote de su gran destino. Ignoraba Ramón que los mozos así, altaneros, taciturnos, predestinados, suelen morir modestamente; que la peor señal de malogro es oír demasiado el crujido de la hibera interior.

Ramón había dejado la frivolidad de una vida tranquila de estudiante en Madrid (mientras que por entonces sus amigos, de ambos bandos, ya se peleaban) al descubrir que existía algo más grande, más importante, que la comodidad y una vida llena de placeres fáciles. De repente la realidad se le cayó ante los ojos de manera que todo lo que le había ocurrido antes le pareció inútil. A partir de ahí la necesidad de luchar, de construir una nueva España, fue lo más importante para él. La victoria era lo que importaba. Pensando de esa manera le aborrecían las comparaciones del carácter español con el Quijote; porque, para él, el viejo Hidalgo de la Mancha no era más que un derrotado, terrible ejemplo para él y para todos sus camaradas. Para alguien con semejantes ideas la muerte en la cama de un hospital era un fracaso:

Pero Ramón, Ramón predestinado, Ramón superior, Ramón gibelino, Ramón litigando ante el Dios de los acampados, Ramón alférez, Ramón con su historia, Ramón ha llegado ya – piensa, desobedeciendo al médico –. Ya no duda, ya no se desespera, ya no es altaneiro: ya sólo es un resignado. Lo que jamás hubiese querido ser: un resignado. Algo así como un vencido que no se rebela, que cierra los ojos y codicia el mazazo definitivo. La resignación — ¿verdad, Matías? – es un artificio para ocultar la derrota. Seguramente que en cuanto tenga un minuto libre el activo burócrata, Ramón habrá terminado y nadie sabrá qué universo de sueños nutría y qué mochila de ambiciones llevaba a la espalda mientras defendía su passo con las manos armadas. El mundo – la derecha en las aceras, los domingos por la tarde, las capitanías, el servicio de los demás, una a una, la chica de al lado – el mundo es de los fuertes. <<Y yo – susurra Ramón – he dimitido de fuerte porque no muero como los fuertes>>. Y se despedía de ellos.

Su tristeza de vencido que no se rebela fue como la de Don Quijote al ser derrotado por el Caballero de la Blanca Luna y su muerte fue como la de Alonso Quijano, quien se disculpó con Sancho por haberle arrastrado a tantas y tan “locas” aventuras. En el fin de su vida Ramón fue igual que el personaje que tanto despreciaba. Pero nuestro escritor, claro está, sobrevivió para contarnos la historia del desdichado Ramón, del enamorado Miguel y del tranquilo Matías. Y también para hablarnos de Pamplona. En cierta manera se puede decir que la hermosa ciudad es el principal personaje de la novela Plaza del Castillo (1951), cuya historia transcurre entre los días 6 y 19 de julio de 1936, cuando de la preparación para el Alzamiento que empezó en el 18 y movilizó a Pamplona en el 19, tras el último San Fermín anterior al conflicto. Se puede decir que la propia fiesta tiene un sentido muy importante para comprender la unidad de España y el dolor provocado por su ruptura:

Pensaba Joaquín, mirando en torno, que la diversidad se unificaba alrededor de la fiesta cristiana. Los buenos y los malos, los ricos y los pobres, los listos y los tontos, los analfabetos y los sabios, los guapos y los feos, encontraban en el fondo de su alma cristiana la honda ligadura de una unidad cada día más difícil, cada día más cuarteada por las circunstancias. Entró Javier García con varios de su cuerda, el vendedor de Mundo Obrero, otro que pasaba por matón profesional y un par de estudiantes, y Joaquín se daba cuenta de que también ellos, esos cinco que entraban, estaban cogidos por la magia unitiva de la fiesta, por el légamo cristiano de sus corazones, por aquellas preces de la madre, por siglos de catolicidad en la sangre, y su blasfemia era cristiana y sus ganas de quemar iglesias eran cristianas y ellos se sabían herejes porque también conocían o intuían una simple y hermosa ortodoxia. Era la rabieta contra Cristo, la pataleta de los desesperados que no saben o no quieren comprobar como Cristo, solamente Él, puede ser su centurión, su amigo, su camarada.

En ese sublime párrafo Rafael García Serrano nos muestra el cimiento de la unidad española y la verdadera razón de su ruptura.

Él sabía perfectamente que aquellos otros hombres – sus hermanos y enemigos a la vez – blasfemaban en católico, como decía el Padre Castellani, porque conocían – o por lo menos intuían – el sentido de los símbolos de la fe: sabían qué era lo que detestaban y lo que deseaban destruir. Hasta en su odio había solemnidad. Eran bastante distintos, por ejemplo, de Luis Murguía, aquél personaje de Pío Baroja para quien los símbolos no significaban nada, puesto que le eran indiferentes. Algunas personas dijeron que las novelas de García Serrano podían ser perniciosas porque trataban al enemigo con demasiada complacencia. Esto es parcialmente verdad. Y lo es porque el autor sabía que en el otro bando había también españoles, hombres “que decían madre igual que tú”, que hablaban un mismo idioma, que empleaban las mismas expresiones para comunicar sus experiencias comunes. Pero los burócratas e ideólogos no pueden comprender tal cosa: para ellos no existen más que las ideas y los planes, pero no el hombre concreto; un hombre que, por desgracia, puede estar en el otro bando. A Dios gracias que el personaje Felisín no era un ideólogo y por eso veía la realidad tal y como era:

El pecado estaba en torno, pero una atmósfera zafia lo hacía repugnante para cualquiera que tuviese mediano gusto. Sucedía, simplemente, que hasta los pregoneros de una virtud sin sustancia, sin heroísmo, sin belleza y sin interés, formaban en la tribu de gustos soeces, de mal estilo, y esa falta de un alto y claro estilo, de una manera de ser entera y verdadera, hacía de todos y cada uno de los españoles gentes sin vuelo, sin raigambre, aburridas y desesperanzadas. El gran acuerdo nacional, el programa común de izquierdas y derechas, de nobles y plebeyos, consistía em agarbanzar más aún la existencia, en esculpir en corro. Quedaban unos cuantos locos, pero ¿qué podían hacer?

Es verdad: ¿qué podían hacer esos locos sensibles y anhelantes de belleza y sentido? Quizás escribir algunos libros y dar testimonio con la propia vida, como hizo Rafael García Serrano hasta el 12 de octubre de 1988, cuando falleció. Puede que una de las razones para llevar por toda su vida la estrella de alférez provisional es porque tenía conciencia de ser un soldado de la pluma, como Meersch era su obrero. Y también para enseñarnos a sus lectores que el sangre y la tierra están unidos al hombre, en sus raíces más profundas. Para finalizar este artículo, dejaré el lector con la hermosa descripción que hizo García Serrano de su Navarra:

(…) desde la raza rubia y primitiva de las montañas, hasta la raza indomable, ibérica, morena, de la Ribera, todo lo tiene Navarra, compendio geográfico y espiritual de España, resumen y cifra de la Patria hermosa. Como ella conserva su antiguo sedimento romano y guarda a un tiempo, en su parte vascongada, el ánimo arriscado y montaraz de los que ni Roma doblegó. Las atalayas fronterizas, las aventuras de moros, los monasterios del Pan, el Vino y las letras. No fue en vano vía de peregrinaje, paso obligado hacia la tumba del Señor Santiago, y ahí está el alma católica de un pueblo que recuerda el fervor andariego de quienes cruzaron el mundo para rezar ante el Apóstol jinete. Los pasos de Roncesvalles, que recogieron el rumor europeo de su época, dieron también la cara por la Independencia, y allí hincó el pico la caballeresca historia del cuerno de Roldán, que ni astilló el fragrante burladero de las montañas. En Pamplona fue herido el capitán Loyola, a quien Dios puso así en la jefatura de los ejércitos que habrían de hacer un Mühlberg teológico. Y a la vez, en Javier, tierra intermedia y adusta, un hombre joven recogería el ímpetu conquistador de España para transformarse en un Hernán Cortés a lo divino: en San Franciso Javier, envangelizador del Japón. Navarros, rojos carriquiris, eran los toros que Orison lanzó sobre Amílcar, con el rojo fuego de la sangre y las rojas y alucinantes hogueras en el testuz, y navarros eran los toros que Altamirano llevó a Toluca, los toros conquistadores de América, y navarra es la suerte de torear a pie y esa fase primera y valerosa de agarrar al toro por los cuernos.

Gilmar Siqueira

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Gilmar Siqueira

Feo, católico y sentimental