Sobre el cisma alemán y otros extravíos

Uno de nuestros colaboradores más queridos, Juan Manuel Rubio, nos trae un artículo muy interesante sobre el cisma alemán, una denuncia en toda regla sobre lo que sucede en Alemania, lamentable y real.

“Sobre el cisma alemán y otros extravíos”, Juan Manuel Rubio

Los disparates doctrinales y pastorales que tienen lugar en Alemania han puesto de manifiesto que en ese país solamente hay unos siete obispos católicos, el resto de la Conferencia Episcopal Alemana es un atajo de herejes y cismáticos, tanto que algunos se atreven a amenazar públicamente con una secesión si la Iglesia no cambia doctrinas que ¡oh casualidad! se agrupan mayormente alrededor del Sexto Mandamiento.

Amenazar con un cisma, el «si no me dais lo que quiero me marcho y además os monto la competencia», tiene algo de contradictorio: el que amenaza con irse es que ya se ha ido, es que ya no cree que la Iglesia católica es la única que fundó Cristo, la única que tiene al único Salvador por cabeza. A los que rezamos la profesión de fe asintiendo a todo el alcance del «Creo en la Iglesia que es una, santa, católica y apostólica.» ni se nos pasa por la cabeza la idea de irnos fuera, donde no hay salvación, e, irónicamente, esta gracia también nos conecta con el más puro espíritu del Concilio Vaticano II: «… no podrían salvarse aquellos hombres que, conociendo que la Iglesia católica fue instituida por Dios a través de Jesucristo como necesaria, sin embargo, se negasen a entrar o a perseverar en ella.» Lumen Gentium 14.

Por fidelidad a Cristo no debemos hacer ninguna concesión doctrinal disfrazada de pastoral, pero además debemos tomarnos con cierta calma las amenazas de separación. No son ninguna amenaza de un daño futuro; la pérdida ya se ha producido y lo único que existe es una simulación falsaria: los obispos traidores alemanes van de vez en cuando a Roma a participar en rituales y reuniones, como si fuesen católicos, y el Papa hace como si creyese que son católicos. Los motivos de unos y otro para mantener tales apariencias solamente los conoce Dios y no seré yo quien juzgue sus conciencias, pero de los hechos visibles y la experiencia histórica todos podemos juzgar.

Mantener la situación actual en Alemania y otros países es un error, y no nuevo.

Se tardó varios años en excomulgar a Lutero y el Concilio de Trento, en 1545, cuando el protestantismo ya estaba muy consolidado, todavía empezó con miras y miramientos a ver si los protestantes acudían al concilio para restablecer la unidad. Ni sirvieron entonces ni servirán ahora, para nada, todos estos equilibrismos que dañan a los católicos que permanecen fieles, en donde abundan obispos herejes y cismáticos están dejados en manos de lobos en vez de pastores, e impiden la entrada en la Iglesia de los que puedan haber recibido alguna llamada y salen huyendo al ver el espectáculo –los países en los que ahora está creciendo el número de fieles no son aquellos en que los obispos amenazan con irse si no hay rebajas en el Sexto Mandamiento-. Hay que ser firmes. El que quiera irse que se vaya, en el Juicio nos veremos, y para el que quiera volver siempre está abierto el camino del hijo pródigo, el camino que abrió Cristo con su muerte para que todos podamos arrepentirnos de nuestros pecados y reconciliarnos con Dios. Y a los fieles que queden en Alemania, pocos o muchos, nombrarles nuevos pastores católicos saltando por encima de toda esta basura episcopal que ahora hay; y si los cismáticos se llevan los templos, que para los buenos católicos quede la fe.

Queda pendiente la cuestión ¿de verdad, esa banda de infiltrados alemanes, va a formalizar el cisma, montando su propio catoprotestantismo, para ser una confesión más entre tantas? Aún teniendo en cuenta que esos herejes se quieren llevar todo lo posible: sus cargos, burocracias diocesanas, catedrales y templos, y sobre todo y ante todo el impuesto religioso del que ahora viven estupendamente ¿de verdad quieren correr el riesgo de salirse del paraguas católico, aunque en su caso la pertenencia sea meramente nominal?

Hace años que pienso en los motivos por los que no hemos tenido en la Iglesia un cisma formal de importancia en los últimos cincuenta años, pese a que motivos y motivados los hay de sobra, pese a que nunca ha sido tan fácil separarse de la Iglesia y crear la propia asociación religiosa, pese a que nunca ha tenido tantos herejes y cismáticos de corazón en su interior. Alguno dirá que Dios no lo ha permitido. Sí, ciertamente, pero Dios actúa de muchos modos, incluso de los que pueden parecernos menos sobrenaturales. Atribuyo esta ausencia de cismas a que unos creemos en la «Iglesia una, santa, católica y apostólica» y otros, los progresistas de todo pelaje y condición, desde cristianos de base a obispos alemanes, saben que fuera de la Iglesia no tienen ningún futuro ni individual ni colectivo; intuyen que el tiempo está contra ellos por una de sus características: la esterilidad.

Citaré brevemente otro freno para los cismas: la separación Iglesia-Estado.

Esta separación, tal como se practica en los países donde hay algo de libertad y respeto a los derechos humanos, puede ser muy objetable desde el punto de vista teórico, pero tiene una consecuencia práctica que nos viene bien para el caso que nos ocupa: el poder político no favorece los cismas, al menos no abiertamente, no persiguiendo a los que quieren seguir siendo católicos, y para tener éxito los cismas necesitan esa persecución; véase el protestantismo en el siglo XVI o el caso actual de China.

Volviendo a la esterilidad de nuestros bien amados herejes, cismáticos latentes y progres en general. Jesucristo otorgó a su Iglesia el don de la fecundidad, la capacidad de engendrar nuevos hijos mediante el bautismo, de obtener nuevos prosélitos mediante la predicación «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará…» Mc 16,15-16 y la transmisión de la fe en las familias fundadas, sólidamente asentadas, sobre el santo matrimonio «…los hombres se engendran principalmente no para la tierra y el tiempo, sino para el cielo y la eternidad.» Casti Connubii 24. Pero los disidentes no pueden propagarse de este segundo modo pues predican el libertinaje sexual, no la santidad del matrimonio, y propagarse del primer modo es francamente incómodo; tendrían que dejar sus poltronas episcopales, sus bien pagadas cátedras de teología, la comodidad de vivir en países ricos para ir a predicar el evangelio de… ¿de qué? ¿en qué creen que valga la pena el sacrificio de predicarlo y la molestia de abrazarlo?

Una prueba clara de la esterilidad de la disidencia católica es lo que ha pasado, desde hace más de cincuenta años, con la formación y posterior caminar de diversos grupos contestatarios. Nunca se han formado añadiendo nuevos miembros a la Iglesia, aunque fuese de una forma un tanto imperfecta y herética, provenientes del paganismo, el protestantismo o el ateísmo; siempre restándole miembros a la Iglesia al pervertir alguna organización católica preexistente, desde un pequeño grupo parroquial a la parroquia entera, desde un convento hasta una orden religiosa entera, movimientos apostólicos, seminarios o universidades católicas. Una vez que los hijos de las tinieblas controlan alguno de esos ámbitos instauran toda clase de doctrinas y prácticas contrarias a la fe y los objetivos de la Iglesia, alejan a sus víctimas de la buena doctrina y la piedad; no pocas veces las llevan a actividades y organizaciones, como ciertos partidos políticos, frontalmente contrarios a la Iglesia y, finalmente, a la nada. No son capaces de conseguir nuevos seguidores y aquellos de los que se apoderaron inicialmente, con engaño, van evolucionando hacia la decepción, el abandono de todo, la vejez y la muerte, con lo que el sarmiento arrancado de la vid termina secándose.

Redondeando las cifras del sarmiento medio arrancado de la vid en Alemania tenemos: dos millones de asistentes a misa de entre veinte millones que pagan el impuesto religioso, los cuales disminuyen un 1% anual. Son iglesias particulares que ya están demostrando su esterilidad con el derrumbe de la asistencia a misa en las últimas décadas, la disminución en el número de sacerdotes y el acogimiento de toda herejía y mala práctica.

En esta situación ¿se arriesgarán los obispos traidores a romper formalmente con la Iglesia? ¿podrían sobrevivir sus cargos, burocracias y dineros? ¿cuánto tiempo?

Supongamos que la mitad de los asistentes a misa son católicos con un decoroso nivel de formación, fe y conciencia y salen corriendo en cuanto se declare el cisma. Pensemos que algún millón más de los que paga impuesto religioso, aunque no practique, tiene un rescoldo de fe o de tradición familiar que le hace querer pertenecer a la Iglesia y no a otro grupo protestante más. En poquísimo tiempo los obispos cismáticos pueden perder el 10 o el 20% de sus cotizantes.

Pero ¿y los católicos tibios a los que les da más o menos lo mismo? ¿seguirán pagando impuesto religioso al chiringuito cismático?

Los cambios de importancia, las conmociones, son un momento propicio para que las personas pongan en práctica lo que llevan tiempo pensando y por inercia o pereza no hacen. La continua bajada en la práctica religiosa y en el pago del impuesto religioso indica que hay un 5, 10 o 20% a los que la Iglesia ya no interesa y están pensando darse de baja, pero no tienen tiempo, no encuentran el momento. La consumación del cisma sería ese momento y, de golpe, los clérigos traidores podrían encontrarse con que la caída de ingresos totaliza un 30%. ¿Y la caída de asistentes a sus cultos, de vocaciones al sacerdocio –ordenarían mujeres pero eso no arregla nada-, de voluntarios? Los mismos mecanismos mencionados para el impuesto religioso funcionarían en los demás aspectos de la comunidad cismática, muchas cosas se le vendrían abajo del primer impacto, luego vendría más.

Otra cosa que puede frenar la marcha de los obispos herejes y cismáticos es el fracaso patente en que se encuentran toda clase de grupos: anglicanos, luteranos y protestantes varios, que siguen el camino de conformar sus doctrinas con el Mundo y corren aceleradamente hacia la extinción. Si tienen una mínima capacidad para escarmentar en cabeza ajena pensarán que les va mejor en la situación actual, con todas las ventajas del hacer lo que les da la gana y todas la ventajas de pertenecer a la Iglesia, que montando un negocio propio que podría ir a la quiebra. Y sin salir de la Iglesia tienen un ejemplo que les puede hacer pensar: el Santo Padre no ha hecho ni pretende hacer una mínima parte de lo que quieren hacer esos obispos traidores, pero sus … son suficientes para que Francisco se esté quedando solo con sus aduladores, con la plaza de San Pedro cada vez más vacía, viajes que son un fracaso de asistentes a las celebraciones y hasta los enemigos de la Iglesia, que lo recibieron muy bien, dándole cada vez más leña en los medios de comunicación.

No me hace feliz que la apariencia de comunión con la Iglesia que hay en muchas diócesis de Alemania se mantenga por motivos tan espurios como los que he sugerido en los últimos párrafos, pero si Dios quiere aprovecharlos para escribir derecho con renglones torcidos hágase su voluntad en la Tierra como en el Cielo.

Juan Manuel Rubio

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