Declaración de verdades: Cardenal Burke y Obispo Schneider

Cardenal Burke y Obispo Schneider emiten una “declaración de verdades” para corregir la desenfrenada “confusión doctrinal” en la Iglesia.

Por Diane Montagna, para LifeSiteNewshttps://www.lifesitenews.com/news/cdl-burke-bp-schneider-issue-declaration-of-truths-to-correct-rampant-doctrinal-confusion-in-church

Traducido por Beatrice Atherton para Marchando Religión

Roma 10 de junio 2019 (LifeSiteNews) El cardenal Raymond Burke y el obispo Athanasius Schneider, junto a otros obispos, han emitido una declaración pública sobre las verdades de la fe para remediar la “casi universal confusión y desorientación doctrinal” que pone en peligro la salud espiritual y la  salvación eterna de las almas en la Iglesia de hoy.

Algunas de las 40 verdades que están explicadas en la declaración refieren implícitamente a afirmaciones hechas por el Papa Francisco, mientras que otras son relativas a aspectos confusos que se han levantado, o intensificados, durante el presente pontificado. Otras abordan los errores morales en la sociedad que están dañando gravemente las vidas, mientras que gran parte de la jerarquía se mantiene al margen.

El documento de 8 páginas (ver el texto abajo), declarado en varios idiomas el lunes de Pentecostés, 10 de junio, se titula “Declaración de verdades referentes a algunos de los errores más comunes en la vida de la Iglesia de nuestro tiempo

La declaración confirma la enseñanza perenne de la Iglesia sobre la Eucaristía, el matrimonio y el celibato sacerdotal.

También incluye, entre las verdades de la fe, que el “infierno existe”, y que las almas que están “condenadas al infierno por cualquier pecado mortal sin arrepentimiento” sufren ahí eternamente; que la “única religión positivamente deseada por Dios” es la que nace de la fe en Jesucristo; y que los “actos homosexuales” y las cirugías de cambio de sexo son “pecados graves” y una “rebelión” contra la ley divina y la ley natural.

Los firmantes de la declaración incluyen a: Cardenal Raymond Burke, Patrono de la Soberana Orden de Malta, Cardenal Janis Pujats, arzobispo emérito de Riga, Latvia; su Excelencia Tomash Peta, arzobispo de la arquidiócesis de Santa María en Astana, Kazakhstan; Jan Pawel Lenga, arzobispo- Obispo emérito de Karaganda, Kazakhstan y Athanasius Schneider, Obispo Auxiliar de la arquidiócesis de Santa María en Astana.

Nota explicativa:

En una nota explicativa, repleta de citas a San Pablo, a los Padres de la Iglesia y a documentos del Vaticano II, los cardenales y obispos escriben que la Iglesia está experimentando una de las “más grandes epidemias espirituales” de su historia, y un “letargo generalizado en el ejercicio del Magisterio en los diferentes niveles de la jerarquía de la Iglesia en nuestros días”.

“Nuestro tiempo se caracteriza por un agudo hambre espiritual de los fieles católicos alrededor del mundo de una reafirmación de aquellas verdades que están ofuscadas, socavadas y negadas por algunos de los errores más peligrosos de nuestro tiempo” – dicen.

Los prelados argumentan que los fieles se sienten “abandonados”, encontrándose en una “especie de periferia existencial” y que tal situación “demanda urgentemente un remedio concreto”. La declaración pública de verdades que ellos han firmado, agregan, no puede retrasarse más.

Se dan cuenta de su “grave responsabilidad” como obispos de enseñar “la plenitud de Cristo” y “de hablar la verdad en el amor”. Dicen que la declaración se publica en un “espíritu de caridad fraternal” y como una “ayuda espiritual concreta” de modo que los obispos, sacerdotes y laicos puedan confesar “tanto privada como públicamente” estas verdades que hoy son “mayoritariamente negadas o desfiguradas”.

Si bien los firmantes no especifican de qué forma podría tomarse tal pública profesión, razonablemente puede imaginarse que puede incluir a un obispo haciendo profesión en su catedral, al sacerdote haciendo profesión en su parroquia, al superior religioso haciendo profesión en su monasterio u orden religiosa, o a un grupo de laicos haciendo profesión en un evento público o en la internet.

“Ante los ojos del Juicio Divino y en su propia conciencia, cada obispo, sacerdote o fieles laicos tienen el deber moral de ser testigos sin ambigüedad de aquellas verdades que en nuestros días están siendo ofuscadas, socavadas o negadas” – escriben los firmantes.

Exhortando a los obispos católicos y a los laicos a “combatir el buen combate de la fe” (1 Tim. 6, 12), los firmantes dicen que ellos creen que “los actos de declaración de la fe privados y públicos” pueden ser el comienzo de un “movimiento” para confesar y defender la fe; y para hacer reparación por “el oculto y abierto pecado de apostasía” cometido por igual tanto por clérigos como por laicos.

 Sin embargo, los firmantes observan que “tal movimiento no se juzgará de acuerdo con el número, sino de acuerdo con la verdad”.

“Dios no se complace en los números” (Or. 42, 7) escriben, citando a San Gregorio Nacianceno, quien vivió en medio de la crisis doctrinal de la crisis arriana.

Elaborado un día después de Pentecostés, la declaración también hace hincapié en el poder de la “fe católica inmutable” para unir a los miembros del Cuerpo Místico de Cristo a través de las épocas.

Enfatiza que las verdades de la fe no son contrarias a la práctica pastoral, sino que son pastorales por su propia naturaleza porque ellas nos unen con Cristo quien es la Verdad Encarnada.

La declaración, por tanto, implica que disfrazar la verdad o hacer de una opinión privada una doctrina no es muy pastoral, y que confunde a los demás, escandalizándolos al diluir la fe y que, hacerla contradecir la tradición católica, no ayuda a la vida espiritual y emocional de las personas.

Tomando las palabras de San Agustín, los firmantes observan que estar de pie sobre “una atalaya de vigilancia pastoral” es el oficio particular de los obispos.

“Una voz común de los pastores y de los fieles precisamente a través de una declaración de verdades será, sin ninguna duda, un medio eficaz de fraternal y filial ayuda para el Sumo Pontífice en la actual extraordinaria situación de general confusión y desorientación en la vida de la Iglesia” – escriben.

Los obispos y cardenales enfatizan que la declaración está siendo emitida “en el espíritu de la caridad cristiana”. Citando a San Pablo, ellos observan que la caridad se muestra preocupándose por “la salud espiritual tanto de los pastores como de los fieles, es decir, de todos los miembros del Cuerpo de Cristo”.

Los firmantes concluyen confiando la declaración de verdades al “Inmaculado Corazón de la Madre de Dios bajo la invocación de “Salus populi Romani” (Salvación del Pueblo Romano),  “considerando el privilegiado significado espiritual que tiene ícono para la Iglesia Romana”.

Como muestra de esta encomienda, la declaración y la nota explicatoria están fechadas el día 31 de mayo de 2019, la fiesta litúrgica de la Visitación en el nuevo calendario, la fiesta de nuestra Señora Virgen Reina en el calendario antiguo y la fiesta opcional de nuestra Señora Mediadora de Todas la Gracias.

La Declaración:

La declaración de las verdades se compone de cuatro partes: Fundamentos de la Fe (1-2), El Credo (3-11): La Ley de Dios (12-29) y Los Sacramentos (30-40).

La primera parte, sobre los Fundamentos de la Fe, refiere a los ataques contra la infabilidad de la Iglesia y al problema del relativismo doctrinal, esto es, creer que el significado de la doctrina católica cambia o evoluciona, dependiendo de la era histórica o de las circunstancias.

Haciendo referencia a la constitución dogmática de la fe católica del Concilio Vaticano I, Dei Filius, estable que “el correcto significado de expresiones como “Magisterio vivo” “hermenéutica de la continuidad” y “desarrollo de la doctrina” incluye la verdad que “cualquier nueva información pueda ser expresada de acuerdo con el depósito de la fe, jamás pueden contradecir lo que la Iglesia siempre ha sostenido en el mismo dogma, en el mismo sentido y en el mismo significado”. (1)

Citando un documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe, agrega que “el significado de las fórmulas dogmáticas permanece siempre verdadero y constante en el Iglesia, incluso cuando es expresado con mayor claridad o mayor desarrollo”. Agrega que los fieles deben, por tanto, “rehuir” de las opiniones que afirman que las formulaciones dogmáticas no pueden “significar la verdad de un modo definido” o que estas fórmulas dogmáticas son “aproximaciones” indeterminadas a la verdad. (2)

La segunda parte, en “El Credo”, disipa el error acerca de que “Dios es glorificado principalmente en el mismo hecho del progreso temporal y terrenal de la condición de la humanidad” (3) También señala que los musulmanes y otros que no son cristianos no adoran a Dios del mismo modo que los cristianos, como tal la adoración cristiana es un acto de fe sobrenatural. (5). Además, señala que la meta para un “verdadero ecumenismo” es que “los no-católicos se integren a esa unidad que la Iglesia Católica ya posee indestructiblemente” (7)

La parte 2 del Credo también afirma explícitamente el “el infierno existe y que aquello que son condenados al infierno por no arrepentirse del pecado mortal están castigados eternamente por justicia divina”. Por tanto, esto rechazo la teoría “aniquilista” que afirma que el condenado cesará de existir después del juicio final en lugar de que estar sufriendo tormentos eternos en el infierno.

En una clara referencia a la controversial declaración que el Papa Francisco firmó en Abu Dhabi, estableciendo que la “diversidad de las religiones” es “deseado por Dios”, la parte II también establece que “La religión nacida de la fe en Jesucristo, el Hijo Encarnado de Dios y el único Salvador de la humanidad, es la única religión positivamente deseada por Dios”.

El Papa ha dicho privadamente y con posterioridad en la audiencia general de los miércoles que la    controversial declaración de Abu Dhabi hace referencia al deseo “permisivo” de Dios, pero no ha habido una corrección oficial al documento.

La primera parte de la declaración, sobre la “Ley de Dios” está dedicada a las verdades de la moral tradicional católica. En esta tercera sección, los cardenales y obispos reafirman la enseñanza de la Iglesia, tal como está expresada en la VeritatisSplendor del Papa Juan Pablo II, que los cristianos están obligamos a “conocer y respetar los preceptos morales específicos declarados y enseñados por la Iglesia en el nombre de Dios”. Basado sobre esta misma encíclica, ellos rechazan la noción que “las elecciones deliberadas de tipos de comportamientos contrarios a los mandamientos de la ley divina y natural”, que algunos pueden justificar como “moralmente buenos”. (13)

Citando, nuevamente, a Juan Pablo II (Evangelium vitae), los cardenales y obispos reafirman que la revelación divina y la ley natural incluyen “prohibiciones negativas que vedan absolutamente ciertos tipos de acciones, por cuanto ese tipo de acciones son siempre gravemente ilegítimas debido a su objeto” (14), es decir, son actos intrínsecamente malos. Agregan, por lo tanto, que es una opinión “errada” la que dice que “una buena intención o consecuencia pueden ser suficientes para justificar la comisión de tales acciones” (15).

En una serie de aspectos, los firmantes reiteran entonces la enseñanza de la Iglesia acerca de que el aborto está “prohibido por la ley natural y divina” (16); que “los procedimientos que causan la concepción fuera de útero son moralmente inaceptables” (17); que la “eutanasia” es una “grave violación de la ley de Dios”, ya que es el “deliberado y moralmente inaceptable asesinato de una persona humana” (18).

La declaración también dedica varias partes al matrimonio. Reafirma que “por órdenes divinas y la ley natural” el matrimonio es “una unión indisoluble de un hombre y de una mujer” es cual se “ordena a la pro-creación y a la educación de los hijos” (19-20).

Reafirma que “por la lay natural y divina ningún ser humano puede voluntariamente y sin pecar hacer uso de sus facultades sexuales fuera del matrimonio válido” (20), es decir, a través de relaciones pre-matrimoniales, convivencia. Agrega que es “contrario a las Sagradas Escrituras y a la Tradición afirmar que la conciencia pueda verdadera y correctamente juzgar que los actos sexuales entre personas que han contraído un matrimonio civil con otra persona puede, algunas veces, ser correcto o requerido o incluso mandado por Dios, aunque uno o ambas personas estén casadas sacramentalmente con otra persona (ver 1 Cor. 7, 11; Juan Pablo II Exhortación Apostólica Familiarisconsortio, 84)

Citando la Encíclica Humanae Vitae de Pablo VI, reitera la prohibición de la Iglesia a la anticoncepción, estableciendo que “toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación.” (21)

En una clara referencia a la confusión levantada después de la promulgación del documento resumen sobre el sínodo de la familia, Amoris Laetitia, la declaración también reitera que aquellos que obtienen un divorcio civil de su conyugue con quien están válidamente casados y contraen una segunda unión, viviendo “como casados con su pareja civil” con total conocimiento y consentimiento, “están en un estado de pecado mortal y, por tanto, no pueden recibir la gracia santificante y crecer en caridad” (22).

Referente a la homosexualidad, los firmantes reafirman, con las Escrituras y la Tradición, que “dos personas del mismo sexo pecan gravemente cuando ellos procuran placer venéreo juntos (ver Lev. 18, 22; Lev. 20, 13; Rom. 1, 24-28; 1 Cor. 6, 9-10; 1 Tim. 1, 10; Judas 7) y que los actos homosexuales “en ninguna circunstancia pueden ser aprobados” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2357) (23).

En consecuencia, esto añade que es “contrario a la ley natural y a la Revelación Divina” decir que “así como Dios Creador ha dado a algunos humanos una disposición natural a sentir un deseo sexual por personas del sexo opuesto, ha dado también a otros una disposición natural a sentir deseo sexual por personas del mismo sexo, y que Dios tiene la intención que la última disposición se aplique en algunas circunstancias” (23).

En lo que se refiere a los llamados “matrimonios” del mismo sexo, los cardenales y los obispos señalan que ni “la ley humana” ni “absolutamente ningún poder humano”puede “dar a dos personas del mismo sexo el derecho a casarse o a declarar a tales personas estar casadas, ya que es contrario a la ley natural y a la ley divina” (24).

En lo que concierne a la ideología de género, la declaración reafirma que “los sexos masculinos y femeninos, hombre y mujer, son realidades biológicas creadas por la sabia voluntad de Dios”. En este sentido las cirugías de cambio de sexo son “una rebelión contra la ley natural y divina” y un “grave pecado”.

La tercera parte de la declaración termina reafirmando la enseñanza de la Iglesia sobre la legitimidad de la pena de muerte (28) y reafirma su enseñanza sobre el Reinado Social de Cristo (29).

Finalmente, la cuarta parte de la declaración, sobre los Sacramentos, reafirma la enseñanza de la Iglesia sobre la transubstanciación (30);sobre la naturaleza de la Santa Misa como “verdadero y real sacrificio ofrecido a la Santísima Trinidad y este sacrificio es propiciatorio tanto para los vivos en la tierra como para las almas en el Purgatorio” (32); sobre la Presencia Real de Jesucristo en la Santa Eucaristía; y sobre la diferencia esencial entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio de los fieles (34).

Reafirma el Sacramento de la Penitencia, ratificando la enseñanza del Concilio de Trento que este es un sacramento “es el único medio ordinario por el cual los pecados graves cometidos después del bautismo pueden ser absueltos, y que por la ley divina todos estos pecados deben ser confesados en número y en especie” (ver Concilio de Trento, sesión 14, can. 7). Esto también establece que por ley divina “el confesor no puede violar” el secreto de confesión, y ninguna “autoridad eclesiástica” o “poder civil” puede obligar a hacerlo (36).

Más adelante especifica que “en virtud de la voluntad de Cristo y de la inmutable Tradición de la Iglesia, el sacramento de la Sagrada Eucaristía no puede ser dado a aquellos que están en un público objetivo estado de pecado, y la absolución sacramental no puede ser dada a aquellos que expresan su falta de voluntad a conformarse a la ley divina, incluso si su falta de voluntad pertenece a un asunto de un solo pecado grave (Ver Concilio de Trento, sesión 14, c.4; Papa Juan Pablo II, Mensaje al Penitenciario Mayor cardenal William W. Baum, el 22 de marzo de 1996).”

La declaración concluye reafirmando que el celibato sacerdotal “pertenece a la inmemorial y apostólica tradición de acuerdo con el testimonio constante de los Padres de la Iglesia y de los Romanos Pontífices” (39). En una aparente referencia al próximo Sínodo del Amazonas, se establece que el celibato sacerdotal “no debiera ser abolido en la Iglesia Romana mediante la innovación de un supuesto un celibato optativo sacerdotal, ni para una región ni a nivel universal” (39).

Finalmente, citando al Papa Juan Pablo II en la Carta Apostólica, OrdinatioSacerdotalis, la declaración de las verdades concluye reafirmando el sacerdocio católico masculino: “ya sea en el episcopado, en el sacerdocio, o en el diaconado.”

NOTAS EXPLICATORIAS SOBRE LA DECLARACIÓN DE LAS VERDADES RELATIVAS A ALGUNOS DE LOS MÁS COMUNES ERRORES EN LA VIDA DE LA IGLESIA DE NUESTRO TIEMPO.

En nuestro tiempo la Iglesia está experimentando una de las más grandes epidemias espirituales, esto es, una casi universal confusión y desorientación doctrinal, la cual es un serio contagioso peligro para la salud espiritual y la salvación eterna de muchas almas. Al mismo tiempo, se hace necesario reconocer que existe en nuestros días un amplio letargo en el ejercicio del Magisterio en los diferentes niveles de la jerarquía de la Iglesia. Esto es en buena parte causado por el incumplimiento de los deberes apostólicos, tal como se señaló también en el Concilio Vaticano II, de “con vigilancia, apartar de su grey los errores que la amenazan” (Lumen Gentium, 25)

Nuestro tiempo está caracterizado por un agudo hambre espiritual de los fieles católicos alrededor del mundo por una reafirmación de aquellas verdades que están ofuscadas, socavadas y negadas por algunos de los más peligrosos errores de nuestro tiempo. Los fieles que están sufriendo este hambre espiritual se sienten abandonados y se encuentran en una especie de periferia existencial. Tal situación exige urgentemente un remedio concreto. Una declaración pública de las verdades respecto a estos errores no admite más demora. Por consiguiente, somos conscientes de las eternas palabras del Papa San Gregorio Magno: “Nuestra lengua no flaquee para exhortar, y habiendo acometido el oficio de obispos, nuestro silencio no puede condenarnos frente al tribunal del Juez justo. (…) Las personas encomendadas a nuestro cuidado abandonan a Dios, y estamos callados. Ellos viven en pecado, y nosotros no alargamos nuestra mano para corregirlos”. (Hom. In Ev. 17, 3.14)

Estamos conscientes de nuestra grave responsabilidad como obispos católicos de acuerdo a la admonición de San Pablo, que enseña que Dios da a Su Iglesia “y a otros pastores y doctores,a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del (pleno) conocimiento del Hijo de Dios, al estado de varón perfecto, alcanzando la estatura propia del Cristo total, para que ya no seamos niños fluctuantes y llevados a la deriva por todo viento de doctrina, al antojo de la humana malicia, de la astucia que conduce engañosamente al error, 15* sino que, andando en la verdad por el amor, en todo crezcamos hacia adentro de Aquel que es la cabeza, Cristo.De Él todo el cuerpo, bien trabado y ligado entre sí por todas las coyunturas que se ayudanmutuamente según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en el amor. (Efesios, 4, 12-16)

Con un espíritu de caridad fraternal, publicamos esta Declaración de verdades como una ayuda espiritual concreta para que obispos, sacerdotes, parroquias, conventos religiosos, asociaciones de fieles laicos, y persona privadas puedan tener la oportunidad de confesar tanto privada como públicamente aquellas verdades que en nuestros días son en su mayoría negadas o desfiguradas. La siguiente exhortación del Apóstol Pablo debería ser entendida y dirigida también a cada obispo y fieles laicos de nuestro tiempo, “Combateel buen combate de la fe; echa mano de la vida eterna, para la cual fuiste llamado, y de la cual hiciste aquella bella confesión delante de muchos testigos. Te ruego, en presencia de Dios que da vida a todas las cosas, y de Cristo Jesús —el cual hizo bajo Poncio Pilato la bella confesión—que guardes tu mandato sin mancha y sin reproche hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo” (1 Timoteo 6, 12-14)

Ante los ojos del Divino Juez y en su propia conciencia, cada obispo, sacerdote y fiel laico tiene el deber moral de dar testimonio sin ambigüedad de aquellas verdades que, en nuestros días, son ofuscadas, socavadas y negadas. Actos públicos y privados de una declaración de estas verdades puede iniciar un movimiento de confesión de la verdad, de su defensa, y de reparación por los pecados generalizados contra la Fe, por lo pecados de oculta y abierta apostasía de la Fe católica de no poco número tanto de clérigos como de personas laicas. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que tal movimiento no se juzgará de acuerdo con el número, sino de acuerdo con la verdad, tal como dice San Gregorio Nacianceno, ante la confusión general doctrinal de la crisis arriana, que “Dios no se complace en los números. (Or. 42, 7)

Dando testimonio de la inmutable fe católica, clérigos y fieles recordarán la verdad de que “la totalidad de los fieles no puede equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo cuando “desde los Obispos hasta los últimos fieles laicos” presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres” (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 12).

Santos y grandes obispos que vivieron en tiempos de crisis doctrinales pueden interceder por nosotros y guiarnos con sus enseñanzas, como lo hacen las siguientes palabras de San Agustín, las que dirige al Papa San Bonifacio I, “Dado que todos los que ejercemos el episcopado compartimos una misma atalaya pastoral (si bien tu vigilas desde una altura superior), hago lo que está en mis manos con respecto a mi pequeña porción del rebaño en la medida en que el Señor se digna concederme autoridad mediante la ayuda de tus oraciones” (Contra Ep. Pel. I, 2)

Una voz común de los pastores y de los fieles a través de una precisa declaración de verdades será sin ninguna duda, un medio eficaz de fraternal y filial ayuda para el Soberano Pontífice en la actual extraordinaria general situación de confusión y desorientación doctrinal en la vida de la Iglesia.

Hacemos esta Declaración con un espíritu de caridad cristiana, que se manifiesta en el cuidado de la salud espiritual tanto de los pastores como de los fieles, es decir, de todos los miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, mientras se tiene en mente las siguientes palabras de San Pablo en la Primera Carta a los Corintios: “para que no haya disensión en el cuerpo, sino que los miembros tengan el mismo cuidado los unos por los otros. Por donde si un miembro sufre, sufren con él todos los miembros; y si un miembro es honrado, se regocijan con él todos los miembros. Vosotros sois cuerpo de Cristo y miembros (cada uno) en parte. (1 Corintios, 12, 25-27); y la carta a los Romanos: “Pues, así como tenemos muchos miembros en un solo cuerpo, y no todos los miembros tienen la misma función, del mismo modo los que somos muchos, formamos un solo cuerpo en Cristo, pero en cuanto a cada uno somos recíprocamente miembros. Y tenemos dones diferentes conforme a la gracia que nos fue dada, ya de profecía (para hablar) según la regla de la fe; ya de ministerio, para servir; ya de enseñar, para la enseñanza; ya de exhortar, para la exhortación. El que da, (hágalo) con liberalidad; el que preside, con solicitud; el que usa de misericordia, con alegría.El amor sea sin hipocresía. Aborreced lo que es malo, apegaos a lo que es bueno.En el amor a los hermanos sed afectuosos unos con otros; en cuanto al honor, daos preferencia mutuamente. En la solicitud, no seáis perezosos; en el espíritu sed fervientes; para el Señor sed servidores; alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación, perseverantes en la oración. (Romanos 12, 4-11)

Los cardenales y obispos que firman esta “Declaración de las verdades” la encomiendan al Inmaculado Corazón de María bajo la invocación de “Salus populi Romani” (“Salvación del Pueblo Romano), considerando el privilegiado significado espiritual que tiene ícono para la Iglesia Romana”.

Pueda toda la Iglesia Católica, bajo la protección de la Virgen Inmaculada y Madre de Dios, “luchar intrépidamente el buen combate de la fe, persista firmemente en la doctrina de los Apóstoles y proceda seguramente entre las tempestades del mundo hasta llegar a la ciudad celestial” (Prefacio de la Misa en honor de la Bienaventurada Virgen María “Salvación del pueblo romano”).

31 de mayo de 2019

Cardenal Raymond Leo Burke, Patrono de la Soberana Orden Militar de Malta

Cardinal Janis Pujats, arzobispo emérito de Riga

TomashPeta, arzobispo de la arquidiócesis de Santa María, Astana

Jan PawelLenga, arzobispo-obispo emérito de Karaganda

Athanasius Schneider, Obispo auxiliar de la arquidiócesis de Santa María en Astana

(el texto completo de la declaración puede leerse en español aquí:https://adelantelafe.com/declaracion-de-las-verdades-relacionadas-con-algunos-de-los-errores-mas-comunes-en-la-vida-de-la-iglesia-de-nuestro-tiempo/; el texto en inglés con la declaración completa puede verse aquí: https://www.ncregister.com/images/uploads/Declaration_Truths_Errors_final_version_clean.pdf


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