Creernos demasiado buenos: Abismos

Nuestro querido Gilmar nos lleva a profundizar en algo que muchas veces damos por cierto y es el creernos demasiado buenos, esto nos puede conducir al abismo. Sumerjámonos en el espacio literario con el Sr. Siqueira

“Creernos demasiado buenos: Abismos”, Gilmar Siqueira

<<O mon Dieu, donnez moi la force et le courage de conteimpler mon coeur et mon corps sans dégout.>>

Charles Baudelaire

<<Who will be able to bear the sight of himself? And yet we shall be obliged steadily to confront ourselves and to see ourselves. In this life we shrink from knowing our real selves.>>

John Henry Newman.

Habrá notado el lector, por las dos frases que he citado, que el tema de este artículo no será de los más ligeros. Y la idea es que realmente no lo sea. Porque si hay algo que me desazona es la tentación sensiblera que tenemos todos, muchas veces, de creernos demasiado buenos: si soy muy bueno, siempre lleno de buenas intenciones y hermosos sentimientos dulzones, pues seguro que el malísimo será el otro, él no me comprende, el que no me acepta, el que es incapaz de ver las cosas como las veo yo. Podrá objetar el lector que esto es algo muy común a todos y que quizás yo exagere un poco en mis colocaciones. Lo concedo. Pero, al mismo tiempo, un hombre lleno de “buenos sentimientos” es capaz de hacer las más grandes ruindades con lágrimas en los ojos; y precisamente porque se cree bueno.

Y sin embargo, el que logra mirar hacia dentro y entonces contemplar todas las maldades que ha hecho y que aún puede hacer, se enfrenta con el riesgo de sentir asco de sí mismo, de despreciarse por miserable y de cerrarse en la certeza de que no se merece el perdón. A partir de ahí deseará ahogarse en su propio fango – no por placer, como creerán algunos – sino para destruirse. Como me dijo una vez un Obispo, por detrás de la desesperación generalmente está el orgullo.

Pensemos, por ejemplo, en Nastasia Filipovna, personaje del Idiota, de Dostoyevski: ella se encontró con su miseria muy temprano en la vida, cuando fue abusada por un hombre mayor y, desde entonces, se sintió degradada y miserable, indigna de la redención. El príncipe Míchkin, “el idiota”, fue el único capaz de comprenderla:

(…)¡Harto torturada está por la sensación de su deshonra inmerecida! ¿Y de qué es culpable, Dios mío? Constantemente grita con rabia que es una víctima de los hombres, que no tiene ninguna falta de qué acusarse, que toda la culpa ha sido de un malvado libertino. Pero, por mucho que lo diga, tenga la certeza que no lo cree. No: en el fondo de su alma se juzga culpable. (…). ¿Y sabe usted por qué huyó de mi lado? Sólo para probarme que era una miserable. Pero lo más terrible de todo es que ella lo ignoraba y no sabía que su fuga tenía el móvil íntimo de cometer una acción deshonrosa para poder decirse luego: <<Te has deshonrado una vez más. Eres una mujer infame>>.

Resulta que la culpa es una consecuencia del contacto con la miseria.

No pocas veces viene junto al asco que describí en el párrafo anterior. Y puede quedarse en la conciencia como una obsesión. Pero hoy no hablaremos precisamente de la culpa. Regresemos, pues, a la constatación de nuestra miseria. Pensará el lector que los dos caminos que he presentado hasta el momento no son demasiado alentadores. Lo hice a propósito para demostrar dos extremos a que podemos llegar en nuestras vidas. Pero hay que conservar la esperanza: la constatación de que uno está en el fango suele ser la primera señal de que se puede abandonarlo. En este sentido, son preciosos los comentarios que hace el Padre Castellani, en su Psicología Humana, sobre las Memorias del Subterráneo (otro gran libro de aquel ruso que conoció tan bien el fango de que hablamos):

Si el alma humana fuese pura miseria, no podría dolerse de ella. Este es el fondo del alma humana, parece decir Dostoiewski, esta es la permanencia de nuestros actos. Pero si eso es el fondo del alma humana, ciertamente eso no es todael alma humana: hay una dualidad en ella, puesto que ella puede describirse a sí misma con rabia y con desprecio. Eso es evidente. Yo no voy a decir que hay dos almas (eso fue condenado por el Concilio de Vienne), pero es como si las hubiera. Si el alma no fuera más que bajeza, ni siquiera se daría cuenta de la bajeza; mas si se da cuenta, evidentemente hay en ella una alteza. Esta alteza está invisible en las “Memorias del Subterráneo”; pero ella es la que produce todas las memorias del subterráneo. Una nobleza terriblemente lastimada y herida resuella allí por la herida.

Es como si, por una reducción al absurdo, el alma llegara la conclusión de que existe una pureza: al verse inmiscuída en el fango empieza a detestar todo lo que es feo y abominable; desprecia la bajeza en que se encuentra porque, de alguna manera, sabe que hay algo mejor, algo verdadeiramente hermoso; pero que de momento le parece muy lejano. Así podemos llorar. Y como dijo Gustavo Corção:

E as lágrimas que cada um chora, na solidão de sua queda, são lágrimas de criança, porque é sempre como criança que nós choramos.

Lloramos como niños porque añoramos la inocencia que se ha quedado hacia atrás, porque de alguna manera deseamos hacernos niños otra vez; porque el Maestro nos dijo que tenemos que hacernos niños otra vez. Pero estamos caídos – algunas veces al borde de la desesperación – y quizá necesitemos, para que volvamos a ser niños, que primero seamos molidos a palos como muchas veces lo fue Don Quijote. La pureza perdida tiene su precio. Y el Padre Castellani podrá mostrárnoslo mejor que yo:

¡Oh Dios, por qué caminos quebrados, por qué túneles oscuros y por qué máquinas de cardar lana tienen que pasar algunas de tus criaturas para llegar a Ti, todos en realidad, pero no todos en esta vida! ¡Con razón dicen que tu aciento está más alto que el sol y que toda carne se amustiará en tu presencia! ¡Oh almas naturalmente buenas, si es que existe tal cosa, cuán ñoñas me parecen vuestras fáciles virtudes al lado de esta virtud arrancada a tirones, y toda sangrienta y en un conato convulsivo no de horas sino de años, a la horda de los malos instintos!

Gilmar Siqueira

Después de leer este maravilloso artículo de Gilmar, ¿siguen Vds. pensando que está bien creernos demasiado buenos? Les invitamos a quedarse en nuestro espacio literario:


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Gilmar Siqueira

Gilmar Siqueira

Feo, católico y sentimental